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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Black Bull

Entramos en el Black Bull con los zapatos llenos de barro. Veníamos de caminar por dos horas entre charcos y pantanos que se habían acumulado después de una semana de intensas lluvias. El hombre que estaba detrás de la barra no nos miró mal al principio. Tal vez no éramos los clientes más sucios que habían entrado a su pub esa tarde. Pero cuando le pedimos sólo té con leche sí le notamos que puso mala cara. En la barra había dos hombres sentados: uno joven y uno viejo. O tal vez uno más viejo que el otro. Ambos despeinados o con exceso de pelos en la cabeza, en las manos, en la cara.

Nos sentamos en la mesa que estaba en el único rincón donde todavía caía un helado rayito de sol. Puse mi abrigo sobre la calefacción para que se secara un poco. El hombre más viejo se bajó trabajosamente del taburete en el que estaba sentado en la esquina de la barra y se acercó despacio a donde estaba mi abrigo. Pensé que lo quitaría del medio sin más explicaciones, porque tal vez le había parecido una afrenta que yo, de manera egoísta, hubiera acaparado el calor de la calefacción por un par se minutos para secar mi ropa. Uno se acostumbra a ese tipo de desencuentros. Pero no. Lo que hizo fue retirar su bastón, que estaba en el otro extremo del radiador, y regresar con lentitud y parsimonia a su puesto.

Cuando estuvo colgado de nuevo en su percha, acodado en la barra, el hombre volteó a mirarnos y esbozó una sonrisa que nos pareció siniestra. Le respondimos con un gesto más bien cortés y tratamos de distraernos mirando el menú mientras llegaba el té, que se tardó mucho más de lo debido. El pub estaba casi vacío, descontando los hombres sentados en la barra, y servir agua caliente en dos tazas no es exactamente una operación complicada. Pero nos habíamos acostumbrado también a esas respuestas dilatadas que son una de las formas con las que los parroquianos de pueblos pequeños le niegan al extraño el más elemental gesto de bienvenida.

El extranjero está siempre sujeto a las formas sutiles de maltrato que le impone quien se siente dueño y señor de su pedacito de tierra. También se expone a formas menos sutiles, ya no de maltrato, sino de violencia directa. Apenas unos días atrás, en una calle concurrida de Manchester y a plena luz del día, un joven de veinte años le había atravesado la cabeza con una bala certera a otro joven, apenas mayor, que no había cometido otro despropósito que ser de un país diferente y tener tal vez la piel un poco más oscura. Habíamos comentado largo ese caso mientras caminábamos. Ponderamos las razones y los motivos. Elucubramos sobre el contenido que debía tener la mente de alguien que le dispara a sangre fría a otro ser humano. Llegamos a conclusiones aterradoras y nos sentimos de pronto víctimas eternas de un futuro atentado.

Pero cambiamos de tema, como siempre, y al final de la larga caminata ya estábamos haciendo planes, imaginando otros viajes, sacando cuentas. Por eso, cuando entramos al Black Bull veníamos más bien con un ánimo festivo, y se nos había olvidado ya la bala en la frente del pobre estudiante que estaba de vacaciones en Manchester. Y por eso registramos sólo a medias los signos evidentes de agresión o retraimiento y seguimos comentando y haciendo planes en nuestro idioma, tal vez en un tono de voz más alto de lo necesario.

Cuando llegó el té lo dejamos reposar un rato y después le pusimos azúcar y leche. No sabía bien. Dudamos. Olimos las bolsitas de té arrumadas en un plato. Probamos lo que quedaba de la leche apenas fría. Era la leche. Devolvimos todo a la barra y le explicamos al bartender que la leche estaba pasada. El hombre retiró las tazas y la jarrita de leche con una imperturbable expresión de furia. Nos sentamos a esperar que nos trajeran dos nuevas tazas de té. Y entonces sí comentamos en voz baja la sensación que nos había producido aquella cara de pocos amigos, el silencio que se había hecho a nuestro alrededor desde que entramos, la lentitud con la que nos sirvieron, la coincidencia sospechosa de la leche en mal estado.

Justo en ese momento, cuando estábamos callados frente a la mesa vacía, de la que ya había desaparecido el mínimo rayo de sol que nos había hecho sentarnos en el rincón, el hombre del bastón volteó a mirarnos de frente.

–No les gusta la leche –dijo en voz más bien alta y en el acento cerrado de la región.

Le explicamos que estaba pasada. Casi nos disculpamos. No queríamos sonar arrogantes. Bastaron un par de frases para que el hombre comprobara lo que ya sabía desde que nos vio entrar. Éramos extranjeros y eso le bastaba.

–¡A los señores no les gusta la leche que se produce por estos lados! –gritó a voz en cuello el hombre, volviendo a darnos la espalda.

No se sabía para quien gritaba, porque además de su acompañante y un par de adolescentes que jugaban en el otro extremo del salón con una máquina tragamonedas, no había nadie más que nosotros. Pero se notaba que era uno de esos personajes inclinados a imaginar amplias audiencias, aunque la realidad rara vez lo acompañara en sus delirios.

–¡Tal vez hay que darle a los señores una leche extranjera! –siguió gritando el hombre. Y esta vez parecía que se dirigía al hombre que con la más absoluta lentitud hacía como que recogía, lavaba y secaba nuestras tazas.

Nos miramos sin decir nada, calculando el peligro. Había comenzado a llover hacía un momento y las gotas caían en la ventana con un golpeteo cada vez más fuerte. Mirábamos como distraídos la lluvia que se estrellaba contra la ventana cuando el hombre se acercó para preguntarnos por encima de la barra si queríamos algo más. Había puesto en la barra el dinero que le pagamos al entrar sobre un platico de metal, justo al lado del hombre que vociferaba. Por un momento no supimos qué responder. Creíamos que al devolver el té habíamos pedido que nos dieran otro par de tazas. Tal vez nos habíamos explicado mal.

Aclarado el malentendido nos sentamos en silencio mirando caer la lluvia a través de la ventana empañada. Un autobús pasó por la calle angosta haciendo un ruido de animal antiguo. En la acera de enfrente una señora mayor luchaba contra el viento y trataba de mantener la cabeza canosa dentro de la capucha del abrigo impermeable. Una pareja entró, sacudiéndose el agua y cerrando los paraguas. No se habían acostumbrado todavía a la penumbra del lugar cuando el hombre del bastón ya los estaba recibiendo con su grito de guerra.

–¡A los extranjeros no les gusta nuestra leche! –gritó mirando a los recién llegados y levantando el vaso de cerveza que tenía enfrente.

Después de sonreir a modo de saludo, la pareja eligió una mesa alejada de todos como tratando de mantenerse al margen. El hombre que debía estar ocupado preparándonos el té salió de inmediato de detrás de la barra y se acercó a los recién llegados con una libreta y un bolígrafo a mano. Anotó lentamente lo que le pidieron, se detuvo a hacer o a responder preguntas. Nosotros lo miramos sin ninguna sorpresa. Ya sabíamos que esa era otra de las maneras de hacernos sentir que estábamos de más en el mundo: su pedido sería servido antes que el nuestro. Los que acababan de llegar, sin saberlo, estaban participando en una batalla milenaria contra nosotros, contra los raros, los que teníamos la piel de un tono distinto y hablábamos una lengua incomprensible.

Las monedas seguían en el plato de metal. El hombre se afanaba detrás de la barra poniendo en una bandeja las bebidas que había pedido la pareja de recién llegados. En el instante en que la lluvia amainó nos miramos de nuevo calculando el peligro. Nos levantamos al mismo tiempo. Nos pusimos los abrigos sin ningún apuro y dejamos caer en un bolsillo las monedas que tintinearon por un segundo.

–Gracias. Que tengan un buen día –dijimos al salir, con nuestro inconfundible acento de extranjeros.
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jueves, 15 de diciembre de 2011

Estación de ruegos

Nos refugiamos en la estación una hora antes de que saliera el tren. Hacía un frío odioso afuera. Pedimos café y té con leche. Alcanzamos a sentarnos en la única mesa que quedaba libre y, sin quitarnos los abrigos, nos instalamos a calentarnos las manos con los vasos de cartón hirviendo. La estación reverberaba con un ruido animal y por la claraboya inmensa que coronaba el techo apenas se notaba el último rayo de sol invernal, aunque no eran todavía las tres de la tarde. Gente con maletas iba y venía como si el mundo estuviera a punto de terminar y fuera necesario salir corriendo sin perder un minuto.

Cruzamos un par de frases y luego escuchamos su voz y los dos nos miramos haciendo la señal de costumbre. Nos gustaba cazar conversaciones ajenas, sobre todo si eran pronunciadas en nuestro idioma y en un acento conocido. Entre Eli y yo sumábamos casi una docena de idiomas, si no bien hablados, al menos bien entendidos. Habíamos rodado por el mundo por más de veinte años, encontrándonos al menos una vez cada seis meses para compartir unos días y separarnos de nuevo. Era nuestro modo de permanecer juntos, porque nada reemplaza esos momentos en que te sientas en un café a calentarte las manos con un líquido humeante, mientras esperas que salga tu tren, y ya no tienes nada más que decir.

En nuestro largo vagabundear habíamos perfeccionado este entretenimiento que recogía historias por el camino, porque siempre llega el punto en el que los cuentos propios se acaban. Y era, además, lo que nos permitía disfrutar del espectáculo del mundo, que se entendía mejor si llevaba como banda sonora las conversaciones de los extraños que encontrábamos al azar. La primera parte del juego consistía en adivinar de dónde eran los que conversaban. Reconocíamos incluso algunos acentos regionales y el reto siempre era refinar cada vez más la búsqueda. Pero cuando se trataba de gente que hablaba nuestro idioma nos poníamos incluso pedantes.

–¿Caraqueños? –preguntó Eli sin hablar, sólo moviendo exageradamente los labios.

Negué con la cabeza y me recosté sobre el espaldar de la silla helada, acercándome más al lugar de donde venía la voz. El hombre estaba detrás de mí y yo no podía voltear a mirarlo directamente de manera discreta. Eli sí podía verlo, pero lo escuchaba apenas. Si queríamos armar la escena completa teníamos que juntar lo que yo escuchaba con lo que Eli veía. No era la primera vez. Teníamos ya una serie de señales conocidas y cada vez descubríamos nuevas maneras de encontrarle sentido a los cuentos que armábamos a partir de esos retazos de historias encontradas.

–Necesito que me expliques. No te puedes ir sin decirme por qué. Sin explicarme lo que te está pasando –decía el hombre, un muchacho tal vez, porque su voz tenía esa cadencia indecisa de los que no han salido del todo de la adolescencia, sin importar mucho qué edad tengan.

–Colombianos –dije en un susurro. Y para darme aires agregué– de Medellín.

Eli hizo una señal de suficiencia, burlándose de mi altanería. Un segundo más tarde cambió de expresión y su cara se volvió tristísima. Me pareció ver en su gesto una pizca de solidaridad o reconocimiento. Después hizo bajar el índice desde el ojo hasta la boca para indicar que el tipo lloraba. No pude resistir voltear, como quien busca a alguien o mira sobre el hombro la pantalla de los trenes que están por salir. Le vi apenas el perfil, pero fue suficiente para ponerle piel a la voz que seguía hablando en un tono de letanía que más parecía un rezo.

–Viniste para acá a verme. Te gastaste todo ese dinero. Y yo pensaba que habías venido a decirme que te quedabas conmigo, que habías decidido que era yo. Que yo era el que te hacía feliz y no él. Me tienes que decir por qué lo prefieres a él. Por qué prefieres irte y no quedarte. Me tienes que decir si valió la pena venir, si te alegraste de verme...

Le hice a Eli una señal con tres dedos para indicarle que el asunto era complicado. Eli me respondió con un gesto que simulaba un dolor intenso. El joven decía siempre lo mismo de maneras distintas. Pero su persistencia, su terquedad, la vehemencia con la que pedía explicaciones y parecía preguntarse y responderse al mismo tiempo me hicieron pensar que la persona con la que hablaba ya había dicho todo lo que tenía que decir. Escuché con atención por más de cinco minutos y no pude oír ni una sola respuesta. Le hice señas a Eli para que me dijera si podía ver a la otra persona. Me dijo que sí, puso varias caras que podían significar seriedad o indiferencia o concentración. No supe descifrarlo.

–Es una niña –me explicó, impaciente, sin cuidarse mucho de bajar la voz.

El ruego siguió con algunas variaciones por un rato. Por más que miré por encima del hombro un par de veces no pude ver a la oyente silenciosa. Necesitaba ver su cara para entender el drama y no había ningún gesto, ninguna descripción a media voz que Eli pudiera hacer para que yo lograra imaginar la expresión, el estado de ánimo de quien recibía aquella larga súplica. Sin embargo, podía imaginar con claridad su pensamiento dándole vueltas a una sola y simple idea, que se resumía en una frase contundente: No eres tú.

–Yo te he querido desde que puse por primera vez mis ojos en ti. Nunca te he ocultado mis sentimientos. Desde el principio fui muy claro contigo y te dije, como te repito ahora, que te iba a esperar hasta que tomaras una decisión. Te esperé. Te esperé sin pedirte nada a cambio. Por eso te invité a venir aquí, para que vieras cómo vivo, para que pudieras imaginarte tu vida aquí conmigo, lejos de todo eso que te atormenta. Pero si esto no te gusta, si quieres regresar a ese infierno, tienes que explicarme por qué. No te puedes ir sin decirme por qué. Sin explicarme lo que te pasa...

Y así volvía a empezar todo de nuevo, como un rosario de quejas que sonaba más bien a un listado de promesas incumplidas. Hice un gesto circular con el dedo para que Eli entendiera que no había nada nuevo. El hombre hablaba como si tratara de comunicarse con un dios sordo, al mismo tiempo dueño de su destino y culpable de su suerte. La súplica que repetía sin pausa parecía un reclamo hecho con la desesperación de quien ruega por su vida, de quien pide clemencia y se arrodilla. El silencio que se negaba a dar respuesta a ese ruego sin esperanzas nos partía el alma. Nos miramos haciendo memoria y a los dos se nos aguaron los ojos.

Nuestro tren salía en diez minutos y yo tenía que ir al baño desde hacía horas. Le dije entre señas a Eli que estuviera pendiente de todos los detalles para que me contara después. Por más que me apuré no pude evitar hacer una cola de cinco o seis minutos. Llegué del baño corriendo, porque nuestro tren estaba por irse y al volver a la mesa en la que había dejado a Eli vi que se levantaba sin esperar a que yo llegara. Me indicó que hiciera un rodeo para que pudiéramos pasar los dos frente a la pareja que seguía decidiendo su destino en aquel lugar de paso, en el que todo el mundo se estaba yendo para otra parte.

Nos reunimos casi delante de la pareja y los vimos en la misma postura que tal vez habían mantenido por horas. Estaban sentados en un banco que le daba la espalda a las mesas del café. Él miraba hacia el frente y hablaba volteando sólo de vez en cuando, como para constatar que ella seguía ahí. Ella estaba ligeramente inclinada hacia él, pero lo escuchaba sin levantar la vista. Jugueteaba con las hebillas de su morral, con los flecos de su bufanda, con cualquier cosa que pudiera manosear para distraerse. Se balanceaba ligeramente sobre sí misma y parecía tener un sólo pensamiento entre ceja y ceja. Al verla entendí que era cierto, que ella ya había dicho su última palabra y que todo lo demás sobraba. Entre ese momento y su partida definitiva sólo quedaban unos minutos, no muchos ya, llenos de palabras inútiles.

Una hora después, subidos al tren que nos dejaría en la ciudad en la que íbamos a separarnos una vez más, seguíamos comparando nuestras impresiones de la pareja de colombianos que se estaba despidiendo para siempre. Porque la parte más interesante del juego estaba en realidad al final. Armábamos y rearmábamos la historia muchas veces. Esta vez, ninguna de las versiones tuvo un final feliz. Sabíamos muy bien a qué se enfrentaban. Habíamos sufrido el mal de las despedidas, el dolor de los amores contrariados, la angustia de los rezos inútiles ante el altar del dios de los destinos inflexibles. Hace más de veinte años, nosotros también habíamos llorado al despedirnos para siempre en una estación no muy distinta a la que acabábamos de dejar atrás.
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martes, 25 de octubre de 2011

La deuda

Se respiraba un aire como de tormenta. Un ventarrón largo levantaba las hojas, los papeles, la fina arenilla de las aceras. Con el delantal entre las manos mojadas Sere se detuvo a mirar la calle sola mientras Hipólito cerraba la reja. Había sido un día largo y todavía faltaban tres semanas para las elecciones. En tiempos de campaña todo parecía moverse más rápido y al mismo tiempo todo se detenía en el aire, como en este ventarrón que levantaba las hojas y las sostenía quietas por un momento encima de las cabezas y los carros.

Grupos de los dos bandos se habían alternado para venir a hacer sus cenas y encuentros en La Factoría. Hasta este día no se había producido ningún enfrentamiento. Sin que pareciera demasiado evidente, Hipólito se las arreglaba para sentar a cada grupo en un rincón alejado del otro. Cada quien llegaba y se sentaba en su mesa, sin mediar más que un saludo silencioso, resuelto con un golpe de quijada. Las conversaciones se mantenían en voz baja y después cada quien salía por su lado sin llamar la atención. Pero este día las cosas estuvieron a punto de pasar a mayores.

—Nos salvó la campana —dijo Hipólito aflojándose la corbata.

—Las mujeres, mijo, siempre estamos salvando a la patria —dijo Sere.

Todavía resonaban en el aire los sonidos de sillas pateadas y de botellas rodando por el piso. Sere no había logrado entender cómo y cuándo se desató todo, pero recordaba haber escuchado una maldición antes que nada.

—¡Más puta será tu abuela! —había gritado alguien con un vozarrón.

Había dejado todo lo que estaba haciendo para asomarse desde la cocina. Y en los veinte segundos que tardó en caminar hasta el comedor todo había descendido a un nivel de violencia que parecía incontrolable. Hubo gritos y empujones. Alguien cayó y se levantó furioso, volteando patas arriba una mesa que hizo más grande el estrépito cuando se quebraron vasos y platos. El olor a whisky con Coca-cola se extendió por el aire. Alguien gritó agárrenlos y luego ya no se entendió nada por un rato. Hasta que una mujer alta y vestida de amarillo encendido, que había estado gritando órdenes y separando sillas, se plantó en el medio de la contienda y disparó al aire con una pistolita que parecía de juguete.

—¡Aquí no se mueve nadie! —dijo la mujer.

Su resolución era tal que todos obedecieron y se quedaron como estaban, en las poses más absurdas, por un par de segundos. Después bajaron los brazos, levantaron las cabezas, se acomodaron las faldas o las chaquetas y comenzaron a recoger el estropicio. Hasta ahí había llegado el escándalo. El grupo de la oposición salió primero, fingiendo cierta indignación y asegurando que la próxima vez reservarían todo el lugar para ellos solos, porque no se podía compartir de manera civilizada con esos trogloditas.

Los del gobierno pidieron otra botella y estuvieron criticando a los oligarcas, burlándose y planeando revanchas hasta una hora más tarde. Desde la cocina Sere los oía reirse y cuchichear y volver a reirse a carcajadas. Cuando consideró que era un buen momento, se acercó a la mujer que había detenido la hecatombre y le preguntó cómo se llamaba. La mujer la miró al principio con un gesto duro, pero enseguida aflojó la mirada y se rió con gusto.

—Me dicen la mapanare, pero me llamo Celia —dijo—, como la cantante.

Sere le extendió la mano y le dio las gracias. Le dijo que había sido muy efectiva su manera de solucionar el conflicto, pero que prefería que no se usaran armas en su restaurant. La mujer le respondió con un abrazo franco del que Sere no supo zafarse.

—Me debes una, cocinera —dijo Celia—. Pero no tienes que pagármela de una vez y tampoco me tienes que dar las gracias. Para eso estamos.

Cuando casi a la media noche el cansancio se veía ya en las caras de todo el personal de La Factoría fue Celia la que levantó a sus huestes y se las llevó a terminar la parranda en otra parte. Sere le hizo un gesto de reconocimiento y de alivio desde la caja.

—Ya van dos —dijo Celia al salir, con una sonrisa de oreja a oreja.

El viento había dejado de levantar las hojas. Frente a la luz escasa de los postes se dibujaba ahora una llovizna tan fina que parecía no llegar al asfalto. El olor a tierra mojada vino después, como un eco impreciso de la lluvia. Mientras Sere despedía a Hipólito hasta mañana recordó las palabras de Celia y le asaltó un extraño presentimiento. Miró la marca neta que había dejado la bala en el techo y pensó que no tenía idea de hasta dónde llegaba la deuda que había contraído. La lluvia comenzó a repiquetear fuerte en el techo y Sere apagó la última luz antes de salir por la puerta de atrás.
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jueves, 29 de septiembre de 2011

El violinista enamorado

Nunca entendí la historia de Pedro Miguel. Tal vez porque los viejos la contaban en la plaza con frases confusas que terminaban en murmullos y miradas que parecían decir mucho más que las palabras. A los niños que jugábamos alrededor de los mayores, escuchando a medias las historias que contaban cada tarde, aquel misterio no nos decía nada. Parecía cosa de gente grande y no había ni en el principio ni en el final una aventura o un riesgo o siquiera un drama verdadero, digno de la curiosidad de los que escuchaban con impaciencia a que se terminara esa historia recurrente para pasar a otro cuento más entretenido.

Cuando el cuerpo no ha atravesado todavía la catástrofe del deseo ni la brutal caída en el amor, las historias románticas dicen poco. Pero las lavanderas y las cocineras podían convertir cualquier cuento aburrido en una enigmática historia de encuentros y desencuentros en la que la aventura estaba encerrada en el corazón de los protagonistas y la intriga no se resolvía al final sino que se quedaba colgando a mitad de camino. Aunque no me gustaban esas historias, por alguna razón las escuchaba atento cuando acompañaba a alguna de las mujeres de la familia al río. Después de mucho rogar, me dejaban desvestirme y meterme en el agua fresca, con miles de recomendaciones para que no terminara arrastrado por la corriente si me caía de espaldas por meter mal un pie entre las resbalosas piedras grises. Sumergido en el agua hasta la cintura escuchaba los cuentos de las mujeres que lavaban como distraídas y cuando el nombre de Pedro Miguel asomaba en medio del ruido que hacían al sacudir la ropa algo en mí se enderezaba para escuchar con atención.

Si trato hoy de sacar en limpio lo que creo haber entendido de las muchas versiones que escuché en la infancia, me quedan tres hechos demasiado escuetos: Pedro Miguel tocaba el violín; se había venido al pueblo arrastrado por el amor de una mujer que nunca lo quiso; después del rechazo había perdido todo interés en la vida y se había dedicado a beber y a tocar el violín en reuniones y fiestas. De eso vivía, aunque la mayoría de las veces le pagaran solamente con licor. Algunos piensan que por eso terminó difunto, a la orilla de un barranco, un par de años antes de que yo naciera. Pero no es justo que una historia que se quedó rondando por más de medio siglo entre los viejos de la plaza, las lavanderas y las cocineras, sea despachada sin la debida atención.

Si hago un esfuerzo sé que puedo recordar otros detalles y tratar de explicarme por qué la historia ambigua y difusa de Pedro Miguel vuelve una y otra vez a mi memoria sin que yo pueda evitarlo. Tal vez lo que más vuelve es el recuerdo de las canciones. Las cocineras tarareaban una especie de tonada dulce que aseguraban que había compuesto el mismo Pedro Miguel, en los tiempos en que su genio no se había apagado y no sólo era capaz de tocar como el mejor, sino también componer melodías romáticas o tal vez nostálgicas, dedicadas a ese amor que para entonces no había sido todavía mal correspondido. Cuando me sorprendo recordando aquella música me doy cuenta de que tal vez esa es la razón por la que los viejos de la plaza tampoco pudieron olvidar la historia del violinista que murió de amor.

–No era que no lo quería, sino que sus padres le prohibieron que se casara con un vagabundo, un hombre que según ellos vivía en los caminos y dormía debajo de los puentes –decía el viejo Casimiro.

Pero no todos estaban de acuerdo con esa versión. Más bien la mayoría aseguraba que Pedro Miguel se enamoró hasta los huesos de una jovencita caprichosa y engreída, que lo único que quería era verlo humillado a sus pies para luego despacharlo a su suerte. Nadie nunca quiso contar en la plaza la historia de la joven desdeñosa. Pero a la orilla del río escuché más de una vez su nombre junto al de Pedro Miguel y ahora entiendo que era ella la que escondía para mí el verdadero misterio.

Se llamaba Virginia. ¿Y qué otro nombre podía tener la heroína de un cuento así? Las lavanderas no se ponían de acuerdo sobre la dimensión de su belleza. Algunas aseguraban que era tan hermosa que su madre le había asignado una sirvienta exclusivamente para que le impidiera quitarse el velo de la cara cuando iba a la misa los domingos o cuando se sentaba en las tardes a tomar el fresco en la ventana de la sala. Pero las cocineras descartaban semejante leyenda diciendo que el velo que la cubría en público en realidad servía para disimular unos rasgos disparejos y una nariz demasiado larga.

Nadie sabe cómo ni cuándo la vio Pedro Miguel por primera vez. Cuando lo vieron tocando su violín en la ventana de la joven de la cara velada ya el encuentro fatal había sucedido. Nunca se supo si la ventana permaneció abierta durante aquella primera serenata ni si hubo palabras de agradecimiento después. De lo que sí se enteraron todos en el pueblo en los meses que siguieron a aquel apasionado concierto a la luz de la luna fue que a Pedro Miguel no le sería permitido ir más allá del lamento angustioso de su violín en la ventana.

Pero durante unas semanas el músico pareció convencido de que sus amores eran correspondidos y es sólo en ese único momento que la historia parece animarse. En esos días Pedro Miguel tocó su violín en todas las fiestas que hubo en el pueblo con un ánimo resplandeciente y casi bailando al compás de la música. Tocó gratis para los pobres y le cobró a los ricos el doble de lo acostumbrado. Cuando no había fiestas ponía su sombrero en la acera para pedirle unas monedas a los que pasaban por la plaza y su alegría contagiosa llenó el aire de melodías saltarinas que la gente le pedía que tocara otra vez y otra vez.

Después la historia se vuelve definitivamente triste. Hay un tiempo que nadie sabe contar como es debido, entre aquellos días alegres de animadas serenatas y las borracheras escandalosas que vinieron después. Pero lo cierto es que tanto los viejos de la plaza como las lavanderas coinciden en que la primera vez que el violinista insultó a voz en cuello a los padres de Virginia y a todas sus generaciones anteriores, llamándolos uno a uno por sus nombre de pila, el pueblo se enteró de que el romance era mucho más viejo de lo que pensaban. Y ese día supieron también que el idilio había terminado.

Decían que los padres se llevaron a Virginia a la casa de un familiar que vivía en la capital y les debía algún favor. También contaban que el primer impulso de Pedro Miguel fue perseguirla hasta el fin del mundo. Los viejos recordaban que en el bar de la esquina de la plaza el violinista gritaba, con el aliento pastoso de los borrachos, que iría tras ella hasta el mismo infierno si fuera necesario. Pero la amenaza nunca se convirtió en acción y Pedro Miguel siguió tocando en las fiestas, en los bautizos y los cumpleaños, en las misas de gallo y en las procesiones en las que sacaban a pasear a la virgen con su manto dorado. Pero su ánimo había cambiado de manera drástica y el violín lo decía mejor que cualquier cuento de camino.

Las lavanderas recordaban que su cabeza se puso blanca en menos de un año y las cocineras se lamentaban de que su cara de hombre apuesto se había deshecho en un gesto de amargura en apenas unos meses. Pero lo que más recordaban los viejos de la plaza era que sus manos ya no acariciaban el violín con la gracia y la soltura de sus mejores tiempos. Con demasiada frecuencia sus notas sonaban desafinadas y fuera de lugar. El violín que lo había acompañado la vida entera lo iba abandonando poco a poco o tal vez era él el que ya no podía seguirlo más. Y es justo en este punto de la total desgracia, donde la historia debía darse casi por terminada, en el que se produce el gran misterio de la vida de Pedro Miguel. El misterio que cuando yo era niño estaba lejos de comprender y que aún hoy, cuando han pasado tantos años, sigo entendiendo a medias.

No sé exactamente en qué momento una duda extendida se vuelve un misterio. Pero en el caso de Pedro Miguel todo empezó con una desaparición repentina. Los viejos pensaron que se había ido a la capital, a cumplir con la promesa de seguir a su amada hasta el último confín de la tierra. Por años la pregunta obligada que le hacíamos a todos los viajeros que llegaban de la capital era si conocían a un tal Pedro Miguel que tocaba el violín. De más está decir que los citadinos nos miraban con cara de asombro y, en un tono más condescendiente que insultante, nos explicaban que es imposible conocer a todos los que viven en la gran ciudad, por más violinistas que sean.

Pero mientras colgaban al sol las sábanas ya limpias, las lavanderas contaban que a Pedro Miguel lo había mandado a matar la familia de Virginia y no había vuelto a aparecer porque su cuerpo había sido descuartizado y echado a los zamuros al pie de un barranco que estaba más allá del río. Decían que la osamenta blanqueaba todavía entre las piedras chatas y que más de una vez había aparecido por la orilla del río algún perro realengo con el trozo de un hueso demasiado humano entre los dientes.

El caso es que la historia de Pedro Miguel sigue abierta y los flecos desmadejados de lo que fue su vida no se pueden juntar en un final que complazca a todos. Es uno de esos relatos que pierden interés por falta de precisión y de objetivo. Un cuento sin moraleja que deja al hombre sólo en mitad de un impulso sin objeto. Porque morir de tristeza no es heroico y no hay aventura alguna en desaparecer sin dejar rastro y sin que se pueda recuperar una sola pista que permita redondear un final.

De todos modos, yo conservo todavía la historia que me contó una tarde, a la orilla del río, la hija de una de las lavanderas. Es una versión que se parece más a la que yo hubiera imaginado y hasta me he atrevido a veces a contarla en la plaza. La hija de la lavandera me contó que una noche sin luna, después de varios intentos desesperados intentando recordar los acordes de una vieja melodía, que él mismo había escrito antes de que su inesperada pasión por Virginia lo arrastrara al abismo, Pedro Miguel se puso de rodillas y le rogó al único dios que conocían sus dedos, a ese objeto hueco de madera y cuerdas, que lo dejara tocar una vez más. Entonces el violín le concedió a sus dedos el don de la memoria por última vez. Y Pedro Miguel tocó como nunca había tocado en su extraviada vida de músico enamorado, sabiendo que tenía que pagar con su vida por aquel último don.

No es un final feliz. Pero al menos en esta versión el pobre hombre no termina descuartizado y comido por los zamuros al borde de un barranco. Por eso los niños que hoy escuchan los cuentos en la plaza se me quedan mirando con curiosidad cuando me atrevo a contar la historia rodeado por el silencio arisco de los demás viejos. Puede que no le vean sentido a un cuento sin aventuras ni misterios, pero sin duda les llama la atención ese pacto fatal que ata al final los cabos sueltos y permite que nos vayamos todos a dormir con un remedo de paz acurrucado en el pecho.
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martes, 30 de agosto de 2011

Final de historia

Te tengo que contar esto. No sé cómo contártelo pero éste es el final de la historia y una historia no se puede quedar sin final. Ninguna historia se debe quedar sin final. Ya sé. Ya sé. Todo final es una convención. Un punto que se pone en el último extremo de una línea. Un tono de cierre. Un “...y vivieron felices para siempre”. Ya sé, los cuentos de hadas, las historias de piratas y cofres del tesoro, todas tienen un final, porque el propósito mismo del relato es llegar al final para decirnos algo. Para enseñarnos algo que se supone que debemos aprender. Pero ¿qué es lo que esta historia quiere realmente decir? ¿para qué contar el final de esta historia? Te tengo que contar el final para poderme ir sin este peso. Para poder pasar la última página, cerrar el libro y empezar a hacer otra cosa, cualquier otra cosa menos quedarme colgada en esta historia que se empeña en no terminar.

Tú nos conociste a todos. Cuando tomamos aquellos locales abandonados y los bautizamos “Barrio Chino” estuviste en la ceremonia escandalosa que hicimos para inaugurar nuestra proeza. Queríamos demostrar que era posible tomar un espacio, ponerle un nombre e instalarnos a vivir en él sin que nadie se diera por enterado. Hacíamos una comida al día con las sobras que recogíamos entre los cafetines de la ciudad universitaria o con lo que martillábamos en algunos abastos y panaderías de Los Chaguaramos. Vivíamos de gratis. Comíamos de gratis. Tú lo desaprobabas con esa cara de ¿y ahora qué? que nos ponías cada vez que te encontrabas con alguno de nosotros.

Luna te lo explicaba en su tono filosófico. Estamos construyendo la patria nueva, hermano, el futuro: un lugar donde todo es de todos y nadie puede adueñarse de nada porque nada es ajeno. Somos la patria que vendrá, decía Luna convencido. Y tú sacudías la cabeza y tratabas de explicarle que no hay patria sin trabajo, sin productos, sin comercio, sin dinero. Que una comuna no puede ser un país. La Nena te respondía con un poema de Alexaindre o de la Szymborska: “Cuatro mil millones de seres en esta tierra / y mi imaginación sigue siendo la misma. /No se le dan bien los grandes números. /Le sigue conmoviendo lo individual...” Tú la mirabas con cara de no entender. Pero cuando ella seguía recitando aquellos versos, “...escojo rechazando, porque no hay otra forma...” tú entendías.

Entendías que quisiéramos vivir sin trabajar y sin pagar alquileres. Que las puertas de nuestros cuartuchos estuvieran siempre abiertas para el que quisiera venir a quedarse o pasar de largo sin mayores ceremonias. Entendías que Rebeca y Fausto nos hubieran adoptado, o nosotros a ellos, en las tardes en las que nos reuníamos a comer. Aprobabas incluso nuestras fiestas y nuestros berrinches iconoclastas. Cuando pintábamos los carteles de los candidatos con bigotes y chistes subidos de tono, te reías con ganas y celebrabas las ocurrencias. Pasabas a tomarte tu cervecita cada tanto y, a veces, sin que nadie lo notara, te escabullías en mi colchón a media noche.

Nos entendías como nadie porque conocías la historia de cada uno de nosotros. Sabías por qué Luna y La Nena estaban juntos. Pero también conocías todos los recovecos de la historia de Guillermo y Blanca, porque Guillermo te había contado cómo se habían separado y por qué los hijos de ella habían terminado viviendo con él en uno de los cuartuchos del Barrio Chino. Ninfa, Martín y Glinda, los niños de Blanca, jugaban a contarse historias porque una vez que estuvieron contigo paseando por el jardín botánico les enseñaste ese juego de muchas voces que terminó creciendo hasta formar parte inseparable del modo como después nos contamos este cuento.

Había una vez un pirata que se llamaba Peace, decía Martín. Tenía un barco enorme llamado la Sirena de Oriente, decía Glinda. Y con él recorría los mares en busca de tesoros y barcos enemigos, decía Ninfa. Y así iban contando el cuento de un pirata que buscaba tesoros y aventuras que no se terminaba nunca y que todavía hoy puedo escuchar como ruido de fondo. Nosotros nos comprometimos a ayudar a construir la historia y cada tarde al menos uno de nosotros tenía que sentarse en la rueda de los niños a participar en el juego. A veces se nos permitía elegir el tema. Pero a Guillermo nunca le otorgaban esa gracia, porque era inútil. Guillermo tenía una buena cabeza para los números, pero no para el ir y venir del alma humana ni para la sed insaciable de aventuras contadas.

Y, por supuesto me conocías a mí. Desde mucho antes de que yo conociera a los otros. Desde que vivíamos en otro tiempo y en otro lugar, en aquel pueblito del interior en el que nací y del que salí huyendo cuando pude. Tú dabas clases en un liceo y a veces nos encontrábamos, como se encuentra todo el mundo en los pueblos pequeños. Pero nadie sabía que habíamos venido del mismo remoto lugar de la provincia. Era nuestro secreto, Salgar, y nunca nos traicionamos contándoselo a nadie.

Por eso eres el único que merece escuchar el final de esta historia. Porque cuando conversábamos en la alta madrugada, encima de los pasillos techados y mirando las estrellas, siempre me dijiste que eso iba a terminar mal. Que si no queríamos abandonarlo todo por las buenas íbamos a tener que hacerlo por las malas. Que había elecciones, que el candidato a Decano nos había puesto el ojo encima. Que éramos el blanco perfecto. Todo lo que decías era verdad, pero no queríamos oírte. Teníamos una certeza ciega. Creíamos en la fuerza de los hechos cumplidos.

Pero no contamos con la violencia. Porque ninguno de nosotros la había sufrido en carne propia. La violencia era una abstracción, algo que le sucedía a otros en otras partes. Algo que no era concebible dentro de la casa que vence las sombras. La ciudad universitaria era nuestro refugio y de verdad creíamos que nadie podía tocarnos, porque la violencia directa implicaría el horror y el escándalo.

Pero la violencia, como lo anunciaste, cayó sobre nosotros. Nos golpearon, saquearon el barrio, confiscaron libros y papeles. Y nos empeñamos en no responder. No queríamos hacer nada que implicara más daño, más destrucción. La Nena lloraba por los rincones la pérdida de sus dibujos y sus notas. Luna se quedaba mudo mirando el destrozo sin reaccionar. Entonces Rebeca dejó de venir a comer la sopa del día. Y después desapareció Fausto. Ígor comenzó a faltar más que antes. Pensé que era porque ya se había convencido de que yo no quería pasar con él nada más que unas horas cada tanto. Pero ahora creo que desapareció porque tuvo miedo, que es una manera de decir que le hizo caso a su instinto de supervivencia y usó el sentido común para irse a tiempo. Nos estaban cercando como ratas y nosotros nos empeñamos en seguir dentro de la madriguera, en vez de salir corriendo.

Huir nunca fue nuestro fuerte. Pero resistir fue una temeridad que terminamos pagando caro. Me lo advertiste y quisiste hacer algo. Le ofreciste a Guillermo y a los niños una casa de un familiar remoto que estaba no sé dónde. Me pusiste a la orden tu apartamento de soltero para pasar unas noches, aunque sabías que yo tenía a dónde ir. Sé que hablaste largo con La Nena, porque ella estuvo días discutiendo con Luna para que tomaran una decisión antes de que todo se viniera abajo. No logró convencerlo y se fue una noche con sus libros y sus cuadernos y sus lápices de colores, sin despedirse de nadie.

Luna desapareció unos días más tarde. El líder de la patria futura no pudo soportar el abandono y la soledad. Guillermo había estado tratando de localizar a Blanca para entregarle a los niños. Sin decirlo en voz alta, ya estábamos convencidos de que debíamos irnos. La utopía del territorio liberado se había terminado cuando por tercera vez entraron en nuestros cubículos y destrozaron lo poco que quedaba entero. Guillermo se había despedido de los niños y estaba trabajando para ganarse un dinero que pudiera darles cuando Blanca viniera por fin a buscarlos. Todo había terminado y sin embargo estaba por venir el final de la historia.

Tengo que contarte el final para poder escapar a otro lado. Necesito cerrar este cuento para poder irme de aquí sin dejar nada atrás. Tengo que decirte que Guillermo murió y que fue ahí donde todo se terminó de verdad para siempre. Guillermo murió con dos balas clavadas en su cuerpo perfecto. Una bala le entró en un hombro. Otra le rozó la sien y siguió de largo. La última, la que lo mató, le entró por un ojo y se quedó alojada, por pura terquedad, dentro de su hermosa cabeza cubierta de rizos negros. Así murió Guillermo y eso es lo que tengo que contarte. ¿De dónde salieron las balas? ¿quién lo mató? Esas no son preguntas que yo pueda responder. Son preguntas para un expediente o para una larga novela de intriga policial que soy incapaz de escribir.

Yo sólo cumplí con ir a la morgue a reconocer el cadáver. Me dijeron que debía ir lo más rápido posible porque, después de la autopsia, sólo guardaban los cuerpos por veinticuatro horas y, si nadie los reclamaba, los incineraban y los mandaban a enterrar en una fosa común, dentro de una bolsa de plástico, como si fueran un desperdicio indeseable. Me llamaron porque Guillermo tenía en su cartera una foto mía, con todos mis datos y alguien que atendió el teléfono en mi casa les dijo dónde encontrarme. Sí, tú eras el único que sabía que yo tenía familia aquí y una casa a donde iba cuando no estaba en el Barrio. Pero eso es algo que nadie más sabía y que ya no tiene importancia, porque ahora lo que tengo que contarte es el final de esta historia.

Cuando llegué a la morgue me hicieron esperar más de una hora. Ya no parecía haber razones para apurarse. Me llevaron por pasillos, escaleras, puertas, más pasillos hasta llegar a una sala llena de bultos que al principio no pude distinguir. Había cuerpos por todas partes. Algunos estaban tapados. A veces un pie era todo lo que se veía de un cuerpo inmóvil, pero no había etiquetas colgadas que indicaran la identidad de los cuerpos, como en las películas. Aquí todo parecía dejado al azar o a la memoria de algún distraído funcionario o al más absoluto desorden. Había camillas con dos cuerpos y apenas un minúsculo trapo encima. Había incluso cuerpos apilados en el piso, al fondo de la sala. Creí que iba a desmayarme y tuve apenas tiempo de notar que otros funcionarios se movían de un lado a otro llevando y trayendo camillas con bultos más grandes o más pequeños.

La mujer que me dirigía no se conmovió ante mi asombro. Se detuvo frente a un cuerpo y me miró con la mano puesta sobre la sábana verde manchada de marrón que lo tapaba a la altura de la cabeza. Yo había pensado que sería como en las películas, donde a la gente la llevan a una sala pulcra y vacía en la que yace un cuerpo íngrimo, cubierto por una inmaculada sábana blanca. Nada más lejos. No sólo estaba rodeada por decenas de cuerpos, sino por los inevitables olores y por un absoluto silencio. Nada de música incidental para enfatizar la gravedad del momento. El olor era una mezcla de sangre tapada con alcohol o de mugre espesa lavada con creolina. Era un olor al mismo tiempo difícil de definir e imposible de olvidar. Un olor a muerte disimulada. A pánico.

Me pareció que pasaba un siglo. La mujer esperaba tranquila. La miré. Le dije que sí con un gesto dudoso de la cabeza porque mi garganta se negaba a emitir el más elemental sonido. Ella levantó la sábana verde y en ese instante mis piernas dejaron de funcionar y se volvieron agua. Ahí estaba él. Lo había visto claramente antes de desplomarme en el suelo inmundo y helado. Lo vi por tres segundos y sin embargo sé que es una visión que voy a tener presente, con total nitidez, en el fondo de mi memoria hasta el instante mismo en que deje de existir.

Era él. Su pelo ensortijado todavía estaba ahí. Sus cejas gruesas y bien delineadas. Su lunar al lado de la boca. Y, aún así, no era nada más que un montón inanimado de carne, huesos y piel ensangrentada. Alcancé a ver las dos heridas que tenía en la cara. Parecía que habían intentado limpiarlas y lucían como roturas accidentales y sin consecuencias. El raspón en la sien parecía un golpe recibido al azar en una inocente pelea entre amigos. La herida del ojo se veía como una moneda oscura que se hubiera hundido en su piel por equivocación. No llegué a ver la herida que tenía en el hombro.

Cuando me recuperé ya no estaba en la sala de los cadáveres. La mujer me había llevado casi cargada a un pasillo y me había dado un caramelo de menta. Me dijo que el azúcar ayudaba. Lo primero que hice después de confirmar que se trataba, en efecto, de Guillermo, fue preguntar qué había pasado. Pero nadie parecía saber. En la morgue sólo sabían que el cadáver había sido levantado temprano en la mañana, en la ciudad universitaria, cerca del estacionamiento de autobuses. Nada más.

Todo lo demás lo supe después, cuando regresé y pedí explicaciones. Dijeron que habían oído gritos y disparos en la madrugada. Dijeron que Guillermo estaba ayudando a uno de los choferes a arreglar el arranque de un autobús. Que los dos estaban metidos de cabeza en el viejo motor cuando un grupo de encapuchados había llegado preguntando por un tal Juan Antonio. El chofer les dijo que estaban equivocados, que ninguno de ellos era Juan Antonio. Cuando iba a indicarles los nombres de él y de Guillermo los tipos abrieron fuego. Al chofer sólo le dispararon una vez en una pierna. A Guillermo le apuntaron directo a la cabeza. El chofer se aterrorizó y desapareció sin dejar rastro. Por eso encontraron a Guillermo tirado en la calle al día siguiente. Eso es todo. Nadie sabe nada más. Nadie está interesado en encontrar una respuesta ni en buscar ninguna verdad. Nadie está haciendo más preguntas.

Lo peor no es la muerte. Lo peor es que la vida se pueda perder de pronto de una manera tan absurda. Que todo sea tan descaradamente inútil. Que después de tanto predicar esa especie de resistencia pacífica que nos mantuvo por más de un año en aquellos cuartuchos inmundos, terminemos en desbandada y con una baja de gratis. ¿A quién le duele la muerte de Guillermo? A los niños, claro. Por suerte Blanca vino a buscarlos. No sé de qué paraíso o infierno llegó, pero apareció justo a tiempo. ¿A quién más le duele? Sólo a mí. Sólo a mí. Éste es mi dolor. Un dolor que no sé con qué parte de mi cuerpo sentir, de qué modo mantenerlo a raya para que me sostenga sin destruirme.

Y éste es el final de la historia. Un final en el que muere el bueno y nadie sabe quién lo mata. Un final en el que la chica se queda sola con su dolor y su duelo. Un final que hubieras preferido no saber, ¿verdad?
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jueves, 28 de julio de 2011

Paisaje marino con fuga

El sábado fui a la playa. Hacía un día espléndido. Cuando me desperté en la mañana, con el sol en la cara, fue como si hubiera recibido una orden y, casi dormida, metí en un bolso grande comida y agua, un libro y un protector solar, una gorra y una toalla grande y me fui caminando a la estación a esperar el lento tren que me llevaría a la costa. Cuando llegué había todavía poca gente y mientras caminaba hacia la orilla pensé que ese era un lugar en el que podía quedarme a vivir para siempre. El sol se había ido y la brisa estaba más bien fría, pero calculé que si me mantenía abrigada podía quedarme un par de horas mirando el mar antes de congelarme.

Me senté en lo más parecido a un rincón que encontré en un recoveco entre la arena y el monte bajo que crecía más allá de la zona que la marea inunda cada seis horas. Abrí el libro que había llevado para entretenerme, pero en lugar de leer estuve un rato mirando pasar la gente, siguiendo a las gaviotas en sus vuelos de ida y vuelta, preguntándome por el precio de los trajes que usan los surfistas para mantener la temperatura del cuerpo en las heladas aguas del mar del norte. Un niño se acercó corriendo y me soltó una lenguarada rápida. Le sonreí. Me miró extrañado y regresó otra vez a las carreras a donde lo esperaba su padre. Un hombre pálido, casi calvo, alto y huesudo, tal vez divorciado, al que le tocaba cuidar al niño este fin de semana.

El libro que había llevado a la playa hablaba de un hombre que se había enamorado de una mujer desde muy joven, pero que al ver correspondido su amor, muchos años después, le aterraba la idea misma de ser amado para siempre. Leí y releí las primeras páginas mientras las gaviotas acompañaban el sonido del mar con sus silbidos que a veces parecen risas o gritos o súplicas. Cuando estaba en medio de una frase que hubiera querido subrayar una pareja se acercó conversando. Me di cuenta de que unos pasos más atrás venía el mismo niño que había intentado decirme algo antes. Entonces miré al hombre y entendí que también era el mismo y que no estaba divorciado después de todo, porque junto a él caminaba una mujer que parecía su pareja. Entre los dos había ese ritmo que sólo las parejas tienen al caminar. Es una especie de tensa armonía. Una cadencia que parece contada con uno de esos aparatos que usan los músicos para llevar el tiempo: tac-tac, tac-tac. Es el sonido inaudible de dos cuerpos que han abandonado su propio ritmo individual para adquirir un vaivén doble, como esas campanas que suenan bien solamente si se hacen sonar juntas.

Pensé que iban a seguir de largo. Pero, para mi sorpresa, eligieron un lugar muy cerca de donde yo estaba. Me pareció que no me habían visto o que, si me vieron, me consideraron poco amenazante. Tal vez imaginaron que mi cara de extranjera, mi piel oscura, era una garantía de que me mantendría al margen. O tal vez, simplemente, no les importaba estar invadiendo mi espacio o que yo invadiera el de ellos. El niño se había distraído con algo que encontró en la arena enchumbada y se quedó agachado dándonos la espalda. Sus bracitos se movían hacia adelante y hacia atrás, como en un gesto a medio hacer que se repitiera por asco o por miedo.

Volví a mi lectura y doblé la esquina de abajo de la página en la que estaba aquella frase que quería recordar y que hablaba de evasiones y fugas, de la necesidad de planear siempre una ruta de escape por la que un día, tal vez, podamos ejercer el derecho a escabullirnos.

­–Tienes que tomar una decisión –dijo ella.

Ya está, pensé yo. Al escuchar su tono contenido, su urgencia, la rabia a punto de estallar y sin embargo quieta, entendí que me iba a tocar presenciar una larga discusión. Una de esas conversaciones sin principio ni fin que arrastran las parejas que se están disolviendo y que pueden durar toda una vida.

–Mi decisión ya está tomada –dijo él–. Pero necesito un poco más de tiempo.

No pude evitar mirarlos. Necesitaba ponerle expresión a aquellas palabras que me llegaban con una nitidez que me hacía sentir una intrusa. Ella miraba hacia el horizonte, hacia el lugar difuso en el que las olas estaban rompiéndose en una espuma blanca que estallaba en burbujas transparentes. Él miraba la arena empapada y con un dedo cauteloso hacía dibujos que yo no podía ver.

–Tiempo es lo que yo no tengo, ¿no te das cuenta? –dijo ella después de un rato de silencio.

El hombre siguió dibujando en la arena, pero su cara se contrajo en un gesto que parecía forzado. Pensé que iba a llorar y que si lo hacía yo debía pararme, hacer que me vieran, y buscar otro lugar donde instalarme. Me empezaba a sentir incómoda, pero me di cuenta de que me había quedado quieta, casi sin respirar, para que no se notara que estaba ahí escuchando una conversación demasiado íntima para oídos ajenos.

–Lo único que quiero es lo mejor para todos –dijo él.

–Siempre dices eso, pero en realidad lo que pretendes es que el mundo se detenga para que tú puedas hacer lo que quieras –dijo ella casi de inmediato, como si repitiera una línea que había usado con insistencia muchas veces antes.

Hubo una frase que no entendí. El hombre había respondido algo que se quedó entre ellos. Tal vez otra frase también usada muchas veces en discusiones parecidas a ésta. Había levantado la vista después de borrar con un manotón el dibujo en la arena. Se sacudió las manos y miró en dirección al niño. Pensé que me vería en ese momento si movía un músculo. Me quedé paralizada haciendo que leía mi libro, pero con los oídos puestos en el más mínimo murmullo.

–Es demasiado –dijo ella–. No estás dispuesto a renunciar a nada, pero esperas que yo deje todo para estar contigo.

Era un argumento irrefutable y el hombre lo sabía. Pidió más tiempo. Rogó que le diera más tiempo. Mientras sus argumentos se armaban alrededor de la idea prometedora de un futuro mejor en el que todo se resolvería, ella negaba con la cabeza, terca, constante. Decía que no, que ya no quería renunciar a nada más. Él le hacía promesas. Ella le respondía ya no te creo. Me descubrí volviendo a la lectura y perdiendo interés en un diálogo que se convirtió en ruido de fondo, juntándose al que hacían las gaviotas que se llamaban a gritos al borde del agua, anunciando comida o viento fuerte o tragedias por venir.

Una lenguarada me sacó de la lectura, justo cuando el protagonista comenzaba a armar un plan de fuga infalible, que consistía en dejar de llamar, dejar de acudir a las citas, olvidarse de los aniversarios, hacerse el loco. El niño estaba delante de mí con las manos llenas de arena y me mostraba algo que yo no podía distinguir. Le sonreí. Le pregunté qué era. Me dijo en su media lengua que yo apenas podía descifrar, “it’s a shell”. Y yo extendí mi mano para que me la mostrara. El niño puso un montón de arena húmeda sobre mi palma seca. Dos segundos después el objeto comenzó a moverse y yo entré en pánico. Todo bicho que se mueve me aterra. Lo solté sin pensarlo y el animal se hundió en la arena en el instante en que cayó en ella. El niño me miró. No quedaba en su cara ni rastro de la sonrisa que había tenido cuando me vino a mostrar su tesoro.

El llanto inconsolable del niño me persiguió todo el camino de regreso. Le había pedido disculpas a los padres tratando de explicarles que tal vez se trataba de un bicho peligroso. Pero ellos no necesitaban el ruido de mi voz por encima del llando del niño y me despacharon con un “it’s ok”, con un “don´t worry”, mucho antes de que mis excusas comenzaran a sonar inútiles. Recogí como pude mi sánduche a medio comer y mi botella de agua, el libro y el protector solar que nunca llegué a usar y salí casi corriendo. Sentía que estaba huyendo de una escena del crimen.

En el tren que me trajo de regreso a casa terminé la primera parte del libro. El protagonista no había logrado escapar de un amor que lo había perseguido la vida entera. Pero había perfeccionado una técnica que le permitía mantenerse ajeno incluso cuando aceptaba la compañía de aquella mujer que lo abrumaba con su devoción y su fidelidad a toda prueba. Revolviendo la taza de té que me preparé al llegar pensé en las estrategias de fuga, en el ritmo de las parejas al andar, en los bichos que se entierran en la arena. Tosté un pan, le puse mantequilla y me senté frente a la tele a ver las noticias. Otros tres soldados británicos habían muerto en la guerra.
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jueves, 30 de junio de 2011

Cuatro patas

A mi hermana Renée, que me regaló el recuerdo de las matas.

Otros días los viejos del pueblo se olvidaban de las historias antiguas o de los tiempos de la guerra y se concentraban en los personajes que hasta hacía muy poco deambulaban por el pueblo y que la mayoría de ellos había visto con sus propios ojos. Contaban la historia de la maestra Pilar y de cómo la habían matado de dieciocho puñaladas un miércoles de ceniza y a plena luz del día. Contaban también la historia de Pedro Miguel, el violinista borracho que había muerto de despecho y remordimiento castigándose el hígado con dosis cada vez más altas de todo lo que tuviera una gota de alcohol. Pero la historia que más me intrigaba era la del cuatropatas. Tal vez porque cuando yo era niño él seguía desandando las calles del pueblo y todos lo habíamos visto al menos una vez, hasta los más jóvenes.

Decían que había venido de Las Matas. Como no conocíamos el pueblo en el que el cuatropatas había nacido, en nuestra mente infantil aquello sonaba fantástico: un hombre que había venido de las matas y caminaba en cuatro patas. Repetimos aquella historia entre nosotros muchas veces, mirando con recelo las copas de los árboles más altos, como si esperáramos ver bajar de allá arriba una invasión de huesudas y pálidas réplicas de aquel ser que aparecía en todas nuestras pesadillas. Los adultos no necesitaban inventar ninguna criatura fantástica para amenazarnos. Bastaba con recordarnos que el cuatropatas andaba por las calles del pueblo, para obligarnos a terminar el plato de comida o a que nos bañáramos sin tanta queja o a que aceptáramos ir a dormir a la hora fijada.

Lo habíamos visto con su cara larga, su boca babeante, los harapos que le cubrían apenas el cuerpo y que sólo cambiaba una vez al año, las manos duras como la planta de un pie, los pies descalzos. Lo habíamos escuchado rugir y balbucear como única respuesta a cualquier pregunta. Le habíamos gritado insultos cuando estaba a más de media cuadra de distancia, pidiendo pan duro o nada más extendiendo la mano a todo el que pasara. Habíamos corrido como locos cuando se acercaba apenas, lento como una pereza, por la misma acera en la que estábamos, porque una generación atrás se había inventado la leyenda de que el cuatropatas podía correr tan rápido como un hombre adulto si quería alcanzarte. Por eso no necesitábamos que nos recordaran el terror que aquel ser deforme nos producía.

Y cuando los viejos del pueblo aceptaban hablar de sus orígenes o de su familia, todos escuchábamos fascinados, casi sin interrumpir, hasta que la historia se nos volvía tan triste que se nos acababa el miedo y prometíamos no volver a insultar al cuatropatas cuando lo viéramos mendigando por las calles bajo el reverbero del mediodía. Porque la verdad es que la historia del cuatropatas era triste. Según contaban los viejos, era hijo de una mujer que había nacido en Ospino y de un panadero portugués que se regresó a Lisboa en la primera oportunidad que tuvo. Pero las lavanderas aseguraban que aquella mujer había sido violada por el dueño de una hacienda en la que toda su familia había trabajado por generaciones. Cuando supo que estaba embarazada, la mujer intentó por distintos métodos sacarse aquel engendro de las entrañas, pero lo único que logró fue parir un niño monstruoso que era el hombre que ahora deambulaba sin esperanzas por las calles polvorientas.

Los viejos no estaban de acuerdo con esa versión dramática de la historia. Contaban, más bien, que el cuatropatas había sido un joven casi buenmozo, que hasta tuvo una novia cuando llegó al pueblo, que trabajaba de repartidor en un abasto manejando una moto prestada. Y que esa fue precisamente su desgracia, porque un día se estrelló de frente contra un camión que salía del mercado cargado de melones y patillas. El chofer del camión siguió su camino como si nada y el repartidor quedó tirado en el medio de la calle por una hora, sin que nadie lo recogiera. Cuando finalmente un alma caritativa lo llevó al hospital, no había nada que hacer. Tenía la columna partida en pedazos y nadie esperaba que sobreviviera.

También en este punto de la historia hay varias versiones. Algunos viejos aseguran que mientras estaba en el hospital nadie lo visitó nunca y que se curó por pura voluntad propia. Pero otros sostienen que aquella antigua novia que conquistó cuando llegó al pueblo se dedicó a cuidarlo día tras día y le prometió que lo esperaría hasta que pudiera salir de ahí caminando con sus propios pies. El resultado de ambas versiones es el mismo de todos modos. Un buen día el cuatropatas se vio en la calle, porque en el hospital dijeron que ya no podían hacer nada más por él. La novia desaparece de todas las versiones y sólo queda el pobre hombre sin mujer, sin trabajo y sin casa. Y sin poder caminar.

Dicen que él mismo aprendió a andar como andaba, usando los pies y las manos, no las rodillas. Y es por eso que su imagen resultaba tan extraña. Porque no tenía la gracia o la inocencia de un niño que gatea, sino que sus largas piernas estiradas y tiesas evocaban la idea de un primate prehistórico que quisiera imitar facciones humanas sin conseguirlo del todo. Nadie sabía por qué el cuatropatas andaba con las piernas rectas, sin doblar las rodillas. Ni siquiera las lavanderas o las cocineras, que intentaron siempre construir un relato que convocara una forma de la piedad o del consuelo, tenían una explicación para ese misterio. Fue el accidente, decían los viejos. Es una maldición del cielo, decían las sirvientas. Nadie se puso nunca de acuerdo y nadie se interesó por saber cuál era la explicación que podía dar el mismo cuatropatas.

Porque en todos los años que vivió entre nosotros parece que no hizo ni un solo amigo. Aunque dicen que el enano Tomasito apagaba el radio y se sentaba a conversar con él bajo los samanes de la plaza cuando todo el pueblo estaba durmiendo la siesta o asistiendo a la misa en las mañanas de domingo. Pero nadie puede afirmar que en realidad los vio hablando y más de una vez escuché a las cocineras decir que Tomasito aprovechaba cuando nadie lo veía para quitarle al pobre cuatropatas las pocas monedas que lograba juntar, aunque el tullido se resistía lanzando patadas y golpes a diestra y siniestra.

Y así como nadie sabe en realidad de dónde vino el cuatropatas, tampoco supo nadie qué pasó con él, a dónde se fue o si está vivo o muerto. Como en todo lo que tiene que ver con su precaria existencia, sobre su desaparición hay también varias versiones que no terminan de coincidir. Con la cesta del mercado terciada en un brazo, las mujeres de servicio contaron durante años en la esquina de la plaza que el tullido había muerto después de aquella historia del curandero que quiso ponerlo a caminar, invocando no se sabe qué espíritus de la sabana, y dándole a beber unos menjurjes hediondísimos. Pero los viejos dicen que el hombre sigue vivo y que regresó a Las Matas a vivir en la casa que le dejó un pariente que murió sin dejar ningún otro heredero.

Los niños del pueblo inventamos con el tiempo una historia que nos gustaba más que la que escuchamos contar a los adultos. Se la contamos a nuestros hijos cuando crecimos y, al final, esa es la historia que ha sobrevivido. Según esta versión, después de mucho sufrir de cólicos y diarreas, por haberse tomado aquellos menjurjes que le dio el curandero, el cuatropatas se fue a vivir en una casucha solitaria que había quedado en pie después de la última gran guerra. El refugio estaba al lado de un río y ahí el tullido se lavaba todas las mañanas antes de echarse al sol como llegó al mundo: deforme y en cueros. Todo lo que necesitaba lo tenía a mano: peces en el río, mangos al alcance de la mano, agua en cantidad. Y cuando se cansaba de lo mismo paraba al primer viajero que veía bajar por el camino y le pedía lo que llevara de comer encima.

Pero las viejas costumbres viven mucho y de vez en cuando el cuatropatas sentía nostalgia de las gentes del pueblo. Cuando la nostalgia no lo dejaba dormir, se vestía con los harapos menos gastados y emprendía el largo regreso al pueblo donde le sucedieron todas las desgracias de su larga vida. En esos días pedía limosna y aullaba en las esquinas como un perro triste para que todo el mundo supiera que había vuelto. Aún hoy, cuando escuchamos el aullido terco de un perro solitario al filo de la madrugada, la explicación que le damos a los niños para que se vayan a dormir en paz es que es el cuatropatas que ha vuelto para anunciar que sigue vivo. Pero tengo la sospecha de que los niños ya no nos creen, porque ellos mismos han inventado ya otra historia.
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lunes, 30 de mayo de 2011

La lección imposible

—¿Cómo se dice? —la mujer tenía una palabra en la punta de la lengua, pero no podía encontrarla.

Yo había visto esta escena varias veces en las mesas dispersas del café de la Biblioteca Nacional de Escocia. Sobre todo en las que están a los lados de la escalera que sube a la sala de lectura, hay siempre un par de horas en la tarde en las que algún nativo le da clases de inglés a algún extranjero ansioso y tímido. Una vez escuché a una mujer más bien madura corregir a un joven, tal vez polaco, que parecía estar estudiando una lección específica para un examen. Otra vez vi a un alemán bastante mayor, calculé que tendría unos setenta años, construyendo con dificultad una frase larga y densa, mientras una joven que no pasaba de veinticinco lo miraba impaciente.

Hubo un japonés que se pasaba las manos por el pelo, en un gesto de contenida desesperación, mientras repetía con cadencia musical los distintos tiempos de un verbo rebelde. También escuché un intercambio entre una señora que quería aprender ruso y una joven que estaba perfeccionando su inglés. La joven hablaba de una manera bastante fluida y hacía preguntas más bien tímidas sobre el uso correcto de algunas preposiciones. Estaba claro que en realidad no necesitaba muchas lecciones. Cuando le tocó el turno a la señora de practicar las pocas frases que había aprendido en ruso, los papeles se cambiaron bruscamente. La señora se sonrojaba y dudaba mientras la joven corregía y sonreía. Me pareció que en ese intercambio había una especie de justicia poética.

Me gusta escuchar esas clases de idiomas cuando almuerzo en la biblioteca. Es mi pausa, mi hora de descanso entre una y otra lectura de pesados ensayos sobre literatura y exilio. Y es la mejor ilustración del tema en el que intento trabajar. Cuando veo esos inseguros emigrados, trasplantados o exiliados balbucear frases incorrectas en un idioma del que no han podido todavía apropiarse entiendo el drama del extrañamiento mejor que si leyera veinte libros. Por eso ese día, cuando escuché la pregunta de aquella mujer —¿cómo se dice?— no pude evitar voltear a mirar a la dueña de esa voz que me pareció tan familiar.

Tenía la piel oscura y los ojos grandes, los labios gruesos y la barbilla roma. No usaba maquillaje salvo tal vez una pintura de boca mate. Sus ojos brillaban como si estuviera a punto de comunicar o de recibir una revelación. Hubo un silencio que el hombre que la acompañaba no trató de llenar. Sólo se oían los murmullos de la mujer que seguía empeñada en encontrar una palabra que no le venía a la mente ni en su idioma materno ni en el inglés testarudo que estaba tratando de aprender. El silencio pareció extenderse por los pasillos, por cada una de las mesas del café, pareció querer subir las escaleras y entrar a la sala de lectura donde docenas de estudiantes hacían como que trabajaban en un tema crucial, como que resolvían para siempre un drama eterno.

En ese par de minutos en que el silencio se hizo grande y denso yo me quedé suspendida en una idea que me había estado rondando desde que acepté escribir un artículo sobre la literatura del exilio. Había leído que el exilio es cuando no puedes regresar. Y también había leído que en realidad todo viaje que nos aleja de nuestro lugar de origen es un viaje hacia el exilio, porque nunca podemos volver exactamente al lugar del que salimos. Porque aunque volvamos ese lugar es siempre otro. No podemos volver y por eso somos todos exiliados sin remedio. Todas esas ideas que eran en realidad una misma idea fluyendo como un río que nunca es el mismo me hicieron dejar de masticar, de tragar, para poder escuchar aquella palabra que llegaría en algún momento a la memoria de la mujer que preguntaba ¿cómo se dice?

Pero la palabra no llegaba y mientras esperaba me acordé de aquella vez que yo también intenté hacer una especie de intercambio de idiomas con una mujer, tal vez mayor que yo, que terminó huyendo despavorida porque no cumplí con las reglas sagradas de ese tipo de intercambio. Habíamos quedado en vernos en el cafetín que tenía una terraza que daba al río. La terraza estaba casi siempre cerrada, porque el frío londinense no permite estar al aire libre por más de tres o cuatro semanas al año. Así que nos encontramos en una de las mesas de adentro que los estudiantes compartían sin demasiadas ceremonias y estaban llenas de papeles y vasos de plástico usados. Nos reconocimos por no sé qué indicaciones que nos habíamos dado por correo electrónico para fijar el día y la hora de la cita.

Ella me dio la mano y preguntó inmediatamente, con ese sentido práctico típico de los anglosajones, con qué idioma comenzaría nuestro intercambio. Le dije que podíamos empezar hablando español y ella aceptó sin reservas. Mientras pedíamos café y buscábamos una mesa donde sentarnos le pregunté por qué estaba aprendiendo español y cuánto tiempo llevaba intentándolo. Me contó una larguísima historia, llena de complicadas frases en las que el género y el número no concordaban nunca, y yo escuché con atención sin interrumpir para corregir ninguno de sus incontables errores. De vez en cuando le hacía una pregunta breve para que aclarara algún punto y se diera cuenta de que yo seguía su historia con un interés profesional. De pronto, casi en medio de una frase, miró el reloj y me dijo, en inglés, que su tiempo se había terminado y que era mi turno.

Me quedé callada. El cambio me pareció demasiado brusco. En esa época yo estudiaba en un departamento de español en donde todo el mundo quería practicar el idioma que estaba aprendiendo y casi nadie hablaba conmigo en inglés. De todos modos, cuando alguien lo intentaba cambiaba rápidamente al español al verme tartamudear y hacer un esfuerzo inmenso para encontrar una palabra que nunca llegaba y que dejaba mis frases incompletas para siempre. Pasar de un idioma al otro me parecía una proeza de la inteligencia y de la imaginación. Era también una forma de despojo, como quitarse un abrigo para ponerse otro. Y en el medio de esos dos abrigos había un frío que me resultaba casi imposible transitar.

Por eso me había quedado callada y me hubiera gustado preguntar, como la mujer que tenía ahora enfrente en la Biblioteca Nacional, ¿cómo se dice? Porque no sabía qué decir. Y aquella mujer, que acababa de sonar tan amable, tan dulce mientras me contaba la complicada historia de sus idas y venidas con una cultura extraña en la que sólo se sumergía los veranos que pasaba en Mayorca o en las Islas Canarias, se convirtió en una especie de institutriz alemana al tercero de mis intentos por decir algo coherente. Miró el reloj y completó la frase que yo había iniciado con una impaciencia desproporcionada. Entonces yo sentí la urgente necesidad de ejercer una pequeña venganza.

Hoy no tengo ganas de hablar inglés, le dije en español, con un tono definitivo. Ella se quedó paralizada. La indignación le subía por la piel desde el centro del estómago y se iba poniendo cada vez más roja. Respiró hondo un par de veces. Me recordó el acuerdo de palabra al que habíamos llegado cuando intercambiamos mensajes. Nos encontraríamos una hora a la semana. Ella practicaría su español por media hora y yo mi inglés por el mismo tiempo. No había dinero de por medio, sólo ese trueque cultural en el que un saber se paga con otro.

Creo que pasaron días o tal vez semanas antes de que me diera cuenta de que el pacto era más bien sagrado. De ningún modo resultaba aceptable que yo decidiera a mitad de camino que no iba a respetar mi parte del acuerdo. Porque era el equivalente a hacer un favor sin esperar nada a cambio. Y eso era, simple y llanamente, insoportable. Pero en ese momento no me pareció algo del otro mundo. No me había costado nada dedicarle media hora a una completa extraña que quería practicar mi lengua materna. Y pensaba que no le hacía daño a nadie negándome a hablar, de pronto y sin motivación alguna, un idioma con el que no me sentía todavía cómoda.

No me acuerdo cómo nos despedimos ni qué me dijo la mujer antes de dar media vuelta y desaparecer para siempre. Pero la sensación de intenso malentendido me acompañó durante los tres años que faltaban para que terminara mis estudios en Londres. Esa idea de que lo que en una cultura puede ser considerado un don desinteresado en otra puede ser visto como un insulto imperdonable se me vino a la mente otra vez mientras esperaba que la mujer de ojos brillantes dijera por fin lo que tenía que decir.

No puedo, dijo. Es que no sé cómo se dice, repitió. El hombre que tenía enfrente había respondido con profunda paciencia durante todo el tiempo que estuve mirándolos. Pero el silencio que había hecho, el modo quieto y reservado con el que había esperado por largos minutos que aquella mujer encontrara la palabra que se le había perdido, en lugar de dar lugar a un hallazgo feliz se había vuelto un muro infranqueable. El silencio le había quitado el impulso a la conversación y se había tragado toda la espontaneidad que a la mujer le podía quedar. Atascada en ese silencio que tal vez era, para el hombre, una señal de paciencia y tolerancia, la mujer se había hundido en una vergüenza cada vez más espesa y ahora no podía hacer nada más que escapar.

Se levantó de la mesa trastabillando un poco. No puedo, no sé, iba murmurando cuando se alejó por el pasillo hacia la sala en la que se guardan los abrigos y los bolsos. El hombre se quedó callado. No hizo ningún gesto. No la llamó ni la siguió para decirle que se tranquilizara, que no pasaba nada, que ya se acordaría, que cambiaran de tema, que no era grave, que seguramente se trataba de un lapsus temporal, que ya encontrarían el modo, que para eso estaban los diccionarios y las enciclopedias y hasta internet. Nada de eso. El hombre se quedó sentado sin hacer ni el más mínimo gesto.

Entonces me levanté y recogí con deliberada lentitud mi taza, mi plato y mi tetera. Puse todo encima de la bandeja y, llevándola como quien carga su dignidad por delante, di tres pasos y me paré frente al hombre que seguía mudo.

—Shame on you! —le dije sin alzar la voz.
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viernes, 29 de abril de 2011

El patio del vecino

Esta semana murió un vecino que vivía unas casas más allá. No lo conocía. Pero lo veía cortar la grama en su lote de patio que está frente a mi ventana. Lo hacía con cadenciosa lentitud y una especial atención a los detalles. Usaba una cortadora de grama verde y negra, que funcionaba a pulso y parecía de los tiempos de la segunda guerra mundial. Con su aparato silencioso y anacrónico pasaba una hora o más a la intemperie, distrayendo el tiempo muerto de algunas tardes. Iba de arriba a abajo de su minúsculo patio emparejando la grama hasta que quedaba impecable. Después sacaba los excesos de monte de los bordes con un pequeño rastrillo y finalmente contemplaba su obra en busca de minúsculas imperfecciones. Esa es la única imagen que guardo del vecino que murió esta semana.

Aquí las casas tienen patiecitos de unos tres metros cuadrados para colgar la ropa. Son rectángulos bordeados de una cerca baja de madera, que tienen adentro tres o cuatro postes que sostienen tensas cuerdas de plástico. Casi todos están cubiertos de baldosas de piedra o cerámica que mantienen a raya todo lo verde que pretenda asomarse. Patios de tendido entiendo que se llaman en español. No sé cómo se dice en inglés. Me imagino que será algo tan simple como backyard. Pero esa palabra escueta no define en realidad lo que se esconde detrás de la idea de que cada casa tenga un rectángulo soleado donde poder airear la ropa, que no necesariamente secarla.

Las pocas veces que tiendo afuera mis sábanas y mis paños, en los días en que el sol parece que calienta, tengo que recogerlos en la tarde todavía húmedos, impregnados de ese frío que hay aquí en el aire y que hace que la ropa sólo se seque en realidad en las noches, a punta de calefacción. En esos días en que me toca recoger sábanas húmedas como si arriara velas, recuerdo el crispado sol del trópico y el modo como calienta las telas, tostándolas en cuestión de minutos. Entonces no puedo evitar sentir una nostalgia quieta, que se me queda pegada en la piel por horas.

Tal vez por esa empecinada falta de sol algunos vecinos dejaron hace tiempo de usar sus patios. Aunque un par de señoras siguen fieles al ritual inútil del tendido, hay quienes han quitado ya las cuerdas y sólo de vez en cuando salen a ver si hay alguna hoja que barrer o algún monte terco saliendo entre las grietas. Pero unos pocos han decidido que no vale la pena robarle a la naturaleza un trozo más y levantan las baldosas y remueven la tierra que está debajo. Entonces siembran una grama verde que retoña agradecida en apenas semanas. Y nace así un retazo de lo que antes fue, una especie de regalo nostálgico a los demás vecinos, al aire, al universo. Eso fue lo que hizo el vecino con su trozo de patio. Lo dejó cubrirse de grama y cada tanto, cuando no hacía demasiado frío, salía a podar su retazo verde.

Ese patio reticente me ha dado que pensar desde que llegamos a esta casa y lo miré por primera vez. Lo contemplo desde la ventana de la cocina cuando lavo los platos. Desde el principio me pareció que la existencia misma de ese trozo rebelde era producto de un acto insólito de generosidad. Cuando no estoy distraída pensando en otra cosa, me entretengo imaginando el modo como el vecino habría decidido esa devolución desinteresada a la naturaleza. Seguramente involucró mucho más que el simple acto de levantar el piso para sembrar la grama.

—Ya no usamos el patio de tendido, ¿no? —le habría dicho el vecino a su mujer, simulando desinterés.

—No mucho —habrá respondido la señora, mirándolo con curiosidad, pero haciéndose la distraída.

Tantos años de convivencia lo preparan a uno para captar la más mínima variación en el tono de voz del otro. Esos cambios imperceptibles para cualquier oído ajeno, le dicen al oído entrenado infinidad de cosas. Que se avecina una resolución definitiva, por ejemplo. Eso debe haber sentido la señora del vecino detrás de aquella pregunta aparentemente casual. Pero el ritmo y el tono, tal vez la etiqueta misma de las largas convivencias también enseña que ante esos discretos advenimientos lo mejor es no hacer preguntas. Es preferible esperar a que las preguntas lleguen solas. Por eso la señora del vecino no habrá querido saber nada más. Ya llegaría el momento.

—Podríamos hacer algo con el patio, ¿no te parece? —diría el vecino al regresar una tarde, después de contemplar por largo rato aquel espacio pelado e inútil.

—¿Algo como qué? —habrá respondido la señora del vecino.

A esta pregunta, formulada tal vez de un modo demasiado brusco, el vecino habrá respondido con uno de sus hoscos silencios. El tiempo habría pasado lento, como acostumbra a pasar el tiempo cuando uno ha superado ya los mejores años y el ocio inunda los días más bien fríos. Hasta otro día soleado en el que el vecino se habría decidido a hacer por primera vez su propuesta formal.

—¿Qué tal si levantamos las baldosas y sembramos grama en el patio?

También aquí la larga convivencia habrá aconsejado aproximarse al tema con cautela. Así que la señora del vecino, conociendo los impulsos de renovación que asaltan a su marido cada tanto, habrá seguido con lo que estaba haciendo sin darle demasiada importancia al asunto. Es posible que haya dicho ¿por qué no? entre una puntada y otra, sin levantar la vista de la labor que tenía entre manos.

Y fue así como un día cualquiera, armado tal vez con precarias herramientas, el vecino se habría instalado en su patio de tendido a iniciar el largo trabajo de deshacer la obra de hombres más civilizados y ambiciosos. Al final de tres o cuatro días de una labor que a los ojos de los demás resultaría intrigante, por decir lo menos, el vecino habría puesto al descubierto un trozo de naturaleza bruta. Me lo imagino parado frente a su obra con las manos sucias en las caderas, contemplando las hormigas y las lombrices que huyen despavoridas ante tanta luz y tanto aire.

—¿Y qué tipo de piso va a poner ahora? —le habría preguntado algún vecino distraído.

—Ninguno —habría respondido él, con una sonrisa generosa cubriéndole la cara por primera vez en años.

El vecino curioso se habría quedado mudo de la impresión. Nadie levanta el piso de un patio para dejar la tierra pelada. Esas cosas no se hacen en estos suburbios en los que cada metro tiene un propósito preestablecido. ¿Dónde colgaría la ropa la señora del vecino ahora que él había desamarrado las cuerdas, desenterrado los postes y hasta desmontado una a una las pesadas baldosas? Pero en las relaciones entre vecinos que han vivido largos años codo a codo también hay un protocolo que pone a cada quien en su sitio. Y el vecino que se queda asombrado ante la respuesta sabe que el hombre que sonríe espléndidamente delante de él es dueño y señor de ese rectángulo que antes era un patio y ahora no es más que un montón de tierra revuelta, donde corren como locas las hormigas.

—¡Voy a sembrar grama! —habrá anunciado triunfal, pasándose por la cara una mano sucia que le deja un rastro oscuro en la frente y le hace parecer menos sensato de lo que en realidad es.

El otro vecino se habrá convencido en ese instante de que el sentido común no es el que está mejor distribuido y se habrá ido a su casa a comentarle a su mujer las loqueras que se le ocurren a la gente. Pero tres semanas después, ante los hechos cumplidos, todo el vecindario terminaría acostumbrándose a la generosa extravagancia. Con el tiempo, el rectángulo verde se instalaría en el paisaje como un don, como un regalo inesperado que no queda más que celebrar y aceptar. Y a veces, por qué no, copiar descaradamente.

Es por eso que el vecino de al lado amaneció un día con la misma idea y le dijo a su mujer, más decidido que dudoso, que levantaría las baldosas del patio de atrás. Supongo que hubo cierta discusión, alguna forma de resistencia, porque en el patio del otro vecino, el que está vivo y de lo más saludable, siguen en pie los postes que sostienen las cuerdas en las que se cuelga todavía la ropa. Pero ese patio también está sembrado de grama y los perros y gatos del vecino lo agradecen todos los días, con o sin sol.

El patio del vecino que murió esta semana se ha ido cubriendo de florecitas blancas y amarillas. Son matas inocentes que la gente persigue aquí con saña, porque las consideran un monte invasor que es capaz de acabar con todo mientras dure el buen clima. A mí me parecen coloridas y alegres. Me recuerdan las matas silvestres de la tierra en que nací y tienen el encanto de las cosas que, aunque duran poco, sacan provecho al máximo del tiempo que les ha sido dado. Pero parece que si se dejan crecer se tragan hasta la grama más resistente. Así que ya vendrá algún vecino a encargarse de eliminar las flores del lote huérfano.

Pero mientras llega ese momento, cuando lavo los platos con agua tibia miro por la ventana las flores silvestres que siguen creciendo sin límites y me imagino las posibles variantes de esa resolución inesperada que nos dejó el retazo verde. Cambio el escenario y las líneas del diálogo una y otra vez hasta que me suena probable. Después las cambio un par de veces más hasta que se vuelve divertido y luego otro poco hasta que llega a sonar absurdo. Así me distraigo pensando que es el único homenaje que le puedo hacer al vecino que murió esta semana y que no conocí. Y de pronto, en un impulso de generosidad contagiada, le digo a mi marido que trabaja ensimismado en sus gráficos y ecuaciones:

—¿Qué tal si sembramos grama en el patio?
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sábado, 12 de marzo de 2011

Escena final

—¿A dónde se dirige? —pregunta el guardia, con mi pasaporte en una mano y en la otra el lomo amenazante de un arma automática.

—A Escocia —le digo lentamente.

—¿Cuál es el propósito de su viaje? —pregunta el guardia.

—Estoy regresando a mi casa —le respondo.

—¿Dónde vive? —me pregunta, luego de una pausa de asombro más bien falso.

—En Edimburgo —le digo despacio.

Está incómodo porque lo miro directamente a los ojos y su uniforme y su tono no parecen intimidarme. Espero sin bajar la vista su próxima pregunta.

—¿A qué se dedica? — pregunta al fin.

—¿Perdón? —le digo, tratando de sonar despreocupada.

Me mira fijo un segundo, como si hubiera sospechado un tono de burla en mi respuesta.

—¿En qué trabaja?

—Soy escritora —le digo.

Siempre me ha parecido una forma de provocación decir que escribo. No sé por qué. Pero es tal vez porque en un país como el mío cualquier cosa que se salga de lo previsto es una afrenta. Aquí, ser escritor es una forma de no ser nada. Y no ser nada es sospechoso. El guardia no sabe qué más preguntar. Su cara va cambiando a medida que hace el esfuerzo de dar con la pregunta siguiente. Parece que está a punto de rendirse pero de pronto su cara se ilumina, apenas.

—¿A qué se dedica su esposo? —me pregunta triunfante.

Mi respuesta no llega enseguida. Saboreo por un rato la situación ambigua de saber que para este guardia que me interroga mientras hago la cola de Air France, que me va a permitir abordar el avión que me lleva a París, donde voy a montarme en el avión que me va a llevar a casa al día siguiente, encontrar una casilla, una etiqueta que me encajone y me ubique es fundamental. Sé que su trabajo consiste en intentar ponerme nerviosa. También sé que sus límites de tolerancia son cerrados. Este no es el único funcionario que va a interrogarme hoy.

Cuando entregue mis maletas y me den mi tarjeta de abordaje —o como se llame en español el boarding pass— tendré que hacer la cola para entrar a la zona de tránsito de los pasajeros. Ahí estaré sujeta a los interrogatorios de los funcionarios que revisan el equipaje de mano. Al menos dos de ellos van a mirar mi pasaporte y van a preguntarme hacia dónde me dirijo y a qué me dedico. Mis respuestas, a propósito, van a ser ligeramente diferentes. Descrubrí ese juego hace ya varios años. Aburrida de ser interrogada varias veces por distintos policías o guardias malencarados, cada vez que entraba o salía del país, decidí darles a cada uno una respuesta distinta a ver cómo reaccionaban. Cuando me preguntan a dónde se dirige puedo responder a París, a Edimburgo, a Francia, a Escocia, al Reino Unido, si quiero decir una verdad al menos parcial. Pero también puedo responder a Eslovaquia, a Estocolmo, a Estonia, a Estrasburgo, y ninguno nota la diferencia aunque tienen mi boarding pass en la mano.

Hace tiempo descubrí que podía decir cualquier cosa y después de los lugares de destino empecé a experimentar con las ocupaciones. En cada viaje espero con una especie de emoción contenida la infalible pregunta: ¿a qué se dedica? Depende de la cara del funcionario y de mi ánimo en el momento puedo responder, como en el caso de los destinos finales, con verdades a medias: soy periodista, profesora, traductora o escritora. O puedo inventarme cada vez, en el mismo día y a apenas dos pasos de distancia entre un funcionario y otro, las profesiones más diversas y contradictorias. Cuando me siento arriesgada y con ganas de tentar mi suerte, le digo al primer guardia que soy pintora, al segundo que trabajo en restauración de monumentos antiguos, al tercero que me dedico a hacer cervezas tradicionales en una destilería minúscula en las tierras altas, al cuarto que tengo varios oficios entre los que podría citar la lectura de runas vikingas o la predicción de catástrofes como el tsunami que acaba de arrasar el norte de Japón.

Cuando llego a este extremo la voz me falla a veces. Y otras veces empiezo a intuir que me viene subiendo desde el estómago un ataque de risa. Entonces me llamo a botón y vuelvo a las profesiones más o menos respetables. Soy profesora, le digo al último funcionario de la cola final. Y paso ese examen sin que ningún gesto inoportuno me delate y sin haber dicho ninguna verdad absoluta, por lo que me siento de lo más orgullosa de mí misma cuando paseo viendo vidrieras por el área de embarque y fantaseo con comprar maletas o libros o zarcillos o ropa. Pero al final siempre termino comprando solamente la prensa y chocolates para mi marido. Ese marido sobre el que me pregunta el guardia justo ahora.

Miro la cola de embarque moverse adelante. Al menos diez personas que estaban detrás de mí están ahora enfrente, algunos ya han terminado con el trámite de chequearse, han pagado su impuesto de salida y ya estarán tal vez frente al aburrido funcionario de aduanas que les va a sellar el pasaporte con la fecha de hoy, indicando que pueden irse, arrancar, despedirse, alzar vuelo. Pero yo sigo parada frente al guardia que espera mi respuesta, imaginando cuál de mis historias voy a usar esta vez, por puras ganas de incordiar, por ejercer la imaginación, y por oponer una forma de resistencia divertida e inútil ante tanto uniforme y tanto remedo de control.

Mientras el guardia mira alrededor por encima de mi hombro me pregunto qué historia contaré cuando los guardias revisen mi maleta llena de libros en la zona de embarque de equipaje. Porque sé que esta vez también me va a tocar bajar con cuatro o cinco pasajeros más, casi todos chinos, todos vestidos con el chaleco amarillo fosforecente que huele a aceite para carros y que nos obligan a ponernos sin derecho a discutir. Nos conducirá otro tipo de funcionario. Un civil, uniformado de azul, parco y aburrido. Casi sin mencionar una palabra, haciendo gestos a izquierda y derecha para indicar el camino, nos llevará por los pasillos hasta un ascensor y nos bajará hasta la puerta en la que nos van a quitar nuestros pasaportes y nos van a hacer pasar por un nuevo detector de metales. Después saldremos al calor inclemente de Maiquetía a las tres de la tarde.

Caminaremos en fila india por el borde de una callecita angosta por donde van y vienen vehículos de todos los tamaños autorizados para transitar por las pistas del aeropuerto. Escucharemos sirenas y cornetas, frenazos y señales de advertencia de los camiones que avanzan o retroceden. En medio del barullo oiremos también el ladrido de los perros que escudriñan entre las pilas del equipaje. Entonces sabremos que estamos llegando. Detrás de una mesa portátil tres funcionarios separan algunas maletas de un grupo que ya ha sido olfateado por los perros marrones de pelo corto, labradores tal vez. Preguntan cuál es la suya y piden que se abra. Sacan todo, lo palpan, lo huelen, lo saborean. Hacen preguntas sobre cada cosa.

Cuando estoy con ánimo de inventar historias les cuento el destino al que llegarán los libros, que son siempre los objetos más sospechosos que llevo. Unas veces van a parar a remotas bibliotecas públicas tibetanas, a las faldas de los imponentes Himalayas. Otras se quedan modestamente en la British Library. Pero la mayoría de las veces van a personajes particulares que tienen una historia rebuscada que invento en el momento a partir de recuerdos dispersos que corto y pego, como el ejemplar que le llevé una vez a un escritor ciego que recibía libros de todas partes del mundo y que tenía un ejército de lectores que los leían en voz alta en una cantidad inverosímil de idiomas que nadie sabía en realidad si él entiendía o no. También hubo un libro destinado a un escritor que escribía sus propios textos recortando con unas minúsculas tijeras frases, palabras e incluso sílabas de cientos de libros que le donaban sus aficionados para que reconstruyera las ficciones de otros en una especie de collage infinito. Y así.

Veo que el guardia ha llegado al límite de su tiempo de atención y que sólo sigue enfrente de mí esperando una respuesta porque no ha encontrado todavía algo mejor que hacer. Tanto él como yo sabemos que cumplimos un ritual inútil. Bailamos la danza de las sillas sin música. Él pregunta, yo respondo, hasta que la música imaginaria se acaba. Pero el intercambio no tiene consecuencias. Vestir uniforme y cargar un arma al hombro le da a él el derecho a interrogarme y a mí me impone la obligación de responder. Porque en este país el poder que no se ejerce pierde prestigio y el poder aquí se viste de uniforme, carga botas y lleva un arma al hombro.

A veces me pregunto si al final de la tarde se sientan todos los guardias, los policías de civil, los funcionarios de aduana, a contarse los hallazgos del día alrededor de un café o unas cervezas heladas. Hoy interrogué a una mujer que se dedicaba a predecir catástrofes, dirá uno. Eso no es nada, dirá otro, a mí me tocó una señora que trabajaba en la restauración de libros antiguos y que estaba reparando un diario de Simón Bolívar que acaban de descubrir enterrado en el Panteón junto con los restos del libertador. Todos hablarán convencidos de que se trata de distintas gentes. Y tal vez sea así. Tal vez yo no soy la única que ha descubierto esta manera de matar el tiempo en Maiquetía.

—Mi esposo se dedica a contar las estrellas del firmamento —digo con absoluta convicción.

Espero que el guardia ponga cara de sorpresa. Pero no lo veo reaccionar. En realidad no me está mirando, porque acaba de descubrir una presa más apetitosa a unos pasos detrás de mí y ya comienza a salivar con emoción anticipada. Cierra mi pasaporte con un gesto definitivo y me lo devuelve sin decir nada. Me quedo a propósito delante de él, bloqueándole el paso hacia su próxima víctima. Trata de dar un paso y descubre con furia que sigo ahí.

—¿Me puedo ir? —le digo en mi mejor tono de inocencia.

—Circule —me dice el guardia, despachándome con un gesto de impaciencia.
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sábado, 19 de febrero de 2011

La última foto

La mujer esperaba sentada en una silla de plástico a mitad de un pasillo, bordeado por otras sillas idénticas donde otras mujeres soñolientas también esperaban desde hacía horas. Su cara estaba detenida en un gesto que no era de cansancio ni de impaciencia. Era un gesto de absoluta determinación. Llevaba unas medias de nylon que habían pasado ya sus mejores días y pulcros zapatos negros de tacón bajo. Sus piernas se mantenían tensas, las rodillas juntas. Sus manos agarraban con firmeza un bolso de piel falsa. Debajo del bolso tenía una carpeta de manila casi limpia. Con esa carpeta, que contenía los documentos de identidad de su hijo, algunas fotos, las notas del colegio y del primer semestre de la universidad, había paseado de oficina en oficina por más de tres semanas.

Al escuchar su nombre se levantó, con una dignidad difícil de sostener en aquel pasillo que olía a café rancio y a colillas mal apagadas. Caminó detrás del funcionario, que no se volteó a mirarla ni una sola vez, y entró por la puerta que el hombre abrió casi con brusquedad. Del otro lado había más sillas de espera, pero estaban vacías, así que la mujer calculó que ya faltaba menos. Volvió a sentarse en la misma posición en la que estaba antes, la espalda recta, la carpeta debajo del bolso, los dos pies firmes sobre el piso, las rodillas juntas. Trató de recordar las frases con las que había comenzado cada vez, en cada despacho, después de cada espera, a contar la historia de la desaparición de su hijo. Pero antes de que pudiera llegar a la segunda frase se abrió una puerta y una mujer robusta, bajita, de unos cuarenta años, salió a su encuentro.

—Señora Peralta, mi nombre es Natalia Contreras —dijo la mujer extendiendo una mano firme, sin anillos ni pulseras.

La señora Peralta la saludó y entró a la oficina que parecía estar en un lugar distinto al que acababa de dejar atrás. Las paredes parecían recién pintadas, había una gran cantidad de afiches con las palabras derechos humanos, libertad, justicia, democracia. Una inmensa palmera ocupaba el rincón detrás del escritorio y por el ventanal enorme que recorría la oficina a lo largo, del techo al piso, se veía todo el este de la ciudad, la autopista llena de carros parados en el tráfico del mediodía, el Ávila inmenso como una ola verde que estuviera creciendo y el Guaire brillando al sol y perdiéndose en la bruma del fondo, como un hilo confuso de plata vieja. La señora Peralta no pudo evitar detenerse ante aquella vista que le mostraba su ciudad desde una altura nunca vista. Todo parecía limpio y claro. Casi alegre.

—Vengo por mi hijo —logró decir la señora Peralta cuando se repuso de la impresión y el vértigo.

Natalia Contreras le mostró una silla y abrió un cuaderno de notas. Leyó en voz alta los datos del joven Peralta. Edad, ocupación, domicilio, fecha de desaparición. Sin esperar que la madre del joven dijera su discurso habitual, la abogada le explicó el procedimiento que se seguía en esos casos. El joven Peralta había sido incorporado a una lista que periódicamente se presentaba ante la Fiscalía, para solicitar averiguaciones. Una vez que la Fiscalía daba respuesta, se proseguía con los pasos correspondientes, que tenían que ver con distintas instancias y ameritaban tiempos de espera variables. La madre del joven desaparecido dejó de escuchar en un punto de la larga cadena de procedimientos.

—Yo lo único que quiero es saber qué le pasó a mi muchacho —dijo al fin, cuando escuchó que la abogada hizo una pausa en su larga enumeración.

Natalia la miró un momento en silencio. Sabía que estaba frente a un sufrimiento genuino, como todos los demás, los de todas las madres, hermanas, tías, abuelas que pasaban día tras día por su despacho. También sabía que más allá de los protocolos establecidos tenía las manos atadas. Pero había aprendido a escuchar, porque era en realidad lo único inmediato que podía hacer por aquellas mujeres a las que nadie les hacía caso nunca.

—Por supuesto —dijo la abogada—. Dígame cuándo fue la última vez que lo vio.

Al escuchar esto la señora Peralta hizo un gesto de alivio. Tal vez todas las horas de espera no iban a ser totalmente inútiles. Entonces contó los detalles de la última vez que vio a su hijo. Se había despedido hasta el día siguiente, porque le harían una fiesta a un amigo que duraría toda la noche. No respondió a ninguna de las preguntas que su madre le hizo. Sólo le dio un beso sonoro y apretado y salió corriendo. Se llamaba Antonio, su hijo, pero todos le decían Toñito. Había estado saliendo mucho con un grupo de jóvenes que se reunían en la casa del partido.

—¿Qué partido? —preguntó la abogada en un tono casi de alerta.

La señora Peralta se sorprendió con la interrupción y con la pregunta. Explicó que el único partido que tenía una sede en el barrio era el partido oficial, el del presidente. Sintió de pronto que se trataba de algo demasiado obvio y estuvo a punto de preguntarle a la abogada dónde había estado viviendo en los últimos doce años. Pero era una mujer educada y no era el tipo de gente que podía salir con una malcriadez como esa. Así que se armó de paciencia y contó que en el barrio hacía años que no entraba ninguna autoridad, ni la policía siquiera, pero que la gente del partido se había organizado para patrullar las calles y mantener el orden. Con ese grupo se estaba reuniendo su hijo.

—¿Qué hacían para mantener el orden? —preguntó la abogada.

—Pues, patrullaban, andaban por el barrio de un lado a otro conversando con la gente, preguntando qué hacía cada quien, reclutando a los más jóvenes —dijo la señora Peralta.

Se quedó callada por un rato y por primera vez pareció dudar, como si hubiera descubierto algo, justo en ese momento. Se acomodó en la silla y dijo en voz un poco más baja:

—Dicen que fueron ellos los que se encargaron de desaparecer a los malandros que había en el barrio.

Entonces contó que desde hacía años ya no se veían en el barrio los malandrines vendedores de droga, ni los que asaltaban a mano armada las bodegas, ni los violadores que todo el mundo conocía. Dijo que los únicos muertos que aparecían los domingos eran los borrachitos que se peleaban a cuchillo en las esquinas oscuras. Explicó que se habían terminado las balaceras y los enfrentamientos y que ahora sólo había peleas, muy de vez en cuando, entre los mismos jóvenes del partido que a veces se enfrentaban a los gritos y lanzaban tiros al aire.

—Entonces están armados —dijo la abogada.

La señora Peralta no pudo evitar, esta vez, poner una cara de verdadera sorpresa. Trató de ser amable, pero igual dijo lo que tenía que decir.

—¿Y cómo cree usted que se puede imponer el orden en este país sino a balazos?

La abogada bajó la vista y movió los papeles que tenía enfrente, para hacer tiempo, para llenar el silencio incómodo que siguió. Entonces la señora Peralta abrió su carpeta y comenzó a sacar papeles, documentos y fotos. Le fue explicando qué era cada cosa y se detuvo en un papel que para ella era crucial.

—Mi muchacho era un buen estudiante, mire qué buenas notas sacó el semestre pasado. No todo el mundo puede sacar buenas notas en la universidad.

Su voz parecía una súplica. Repetía las palabras con una cadencia de oración y Natalia asintió con la cabeza, tratando de no interrumpirla. Sabía que esa historia, que tal vez había contado ya muchas veces, era su consuelo. Que estar ahí diciendo esa letanía rítmica y pasando la mano temblorosa sobre esos papeles era para esa mujer el único modo de ser madre que le quedaba en pie.

Cuando terminó de describir los documentos comenzó a desplegar las fotos. Las puso sobre la mesa en un orden que tal vez era la forma que tenía el recuerdo de lo que más quería en el mundo. Y en ese orden se las fue pasando a la abogada, que tomaba cada foto con dos dedos, delicadamente, la miraba, escuchaba con atención la historia que la explicaba o ubicaba en el tiempo y la devolvía a su lugar en la mesa.

—Aquí tenía tres años —decía la mujer, con los ojos secos.

Natalia vio a un niño de ojos inmensos que miraba a la cámara asustado y curioso. Pantalones oscuros, camisa clara, un juguete en la mano que podía ser un carrito o un tren. El niño parecía haber sido atrapado en medio de un gesto de fuga. Uno de sus pies se adelantaba ya, a punto de seguir hacia el lado izquierdo de la foto, por el piso embaldosado de un patio bañado de resolana.

—Esta foto la tomó su tío, mi hermano Augusto, cuando Toñito tenía doce años. Estaba haciendo la primera comunión.

Con dificultad se podían distinguir algunos de los rasgos del niño de la foto anterior. Había crecido mucho. Sus ojos se habían achicado y su cara se había alargado. Parecía más seguro ante la cámara, quieto o resignado. El traje blanco le quedaba algo grande y las puntas de los zapatos nuevos relucían al borde del ruedo del pantalón bien planchado. A su lado estaba una versión más joven y más alegre de la señora Peralta. Digna y orgullosa. Su brazo descansaba leve sobre el hombro del niño que lo sostenía como quien cumple con un rito solemne.

—Aquí está con sus amigos el día que se graduó de bachiller.

Las togas y los birretes uniformaban los cuerpos. Natalia tardó un rato en reconocer la cara larga y el cuerpo espigado de Toñito. Sonreía como todos los de la foto. Tenía una sonrisa amplia y contagiosa. Se reía con toda la cara y su puerpo estaba levemente inclinado hacia la derecha, por la presión que hacían sobre él los amigos que lo abrazaban. Era un grupo disparejo y al mismo tiempo uniforme. Había muchachos y muchachas, altos y bajos, gordos y flacos, más claros o más oscuros. Pero todos tenían la expresión satisfecha de haber cumplido con un sueño, de haber llegado a una meta. Ya no eran niños. La vida entera los esperaba.

—Ésta se la tomaron unos amigos cuando cumplió veinte años. La conseguí en su cuarto, en la mesita de noche, la semana que desapareció.

Toñito se veía casi serio, sentado en una silla, detrás de una mesa llena de botellas y platos, cigarrillos y vasos a medio llenar. A su lado había una muchacha que sonreía a medias. Sus cabezas estaban casi juntas. El codo izquierdo de ella estaba a la vista pero su otro brazo se perdía bajo la mesa. Él tenía todo el brazo derecho estirado al borde del desorden de vasos y platos. Un cigarrillo colgaba de sus dedos. Su otro brazo parecía descansar también bajo la mesa. Natalia imaginó sus manos entrelazadas, la emoción del descubrimiento de otro ser que te completa y te arrastra.

—¿Es su novia? —preguntó la abogada.

La señora Peralta recuperó la foto y se quedó mirándola con una expresión de sorprendida tristeza. Sus ojos recorrían el contorno de los personajes como tratando de buscar una memoria perdida mucho tiempo atrás. Puso la foto sobre la mesa, en el lugar correspondiente en la fila que formaba una especie de hilo vital. Pasó un dedo lento por la cara de su hijo.

—No sé —dijo, finalmente, en un hilo de voz.

Entonces sacó de la carpeta la última foto, en la que Toñito aparecía en una de las escaleras del barrio, de segundo en una fila de jóvenes vestidos con camisas rojas. Su cara se veía seria, grave, casi amenazante. Una sombra le cubría los ojos. Los brazos fuertes y las piernas firmes le daban un aire de seguridad que no estaba en ninguna de las imágenes anteriores. Su mano derecha descansaba sobre un objeto contundente que el joven llevaba en la cintura. Natalia miró con más detenimiento la foto. Observó a los demás jóvenes. Todos iban armados y mostraban las armas de una manera sutil o descarada. En medio de aquel despliegue, la pose de Toñito resultaba más bien discreta.

—Son los patrulleros, los amigos de Toñito —dijo la señora Peralta.

Natalia se hizo una idea del tipo de actividades del grupo. Anotó un par de palabras en una libreta y ordenó los papeles que tenía enfrente. La madre del desaparecido notó el cambio y trató de explicarse mejor, de no levantar sospechas inútiles.

—No fueron ellos doctora —dijo la señora Peralta.

—Todavía no sabemos qué le pasó a su hijo, señora Peralta. Por lo pronto, está desaparecido. Déjeme hacer los trámites regulares y las preguntas habituales en estos casos. En lo que tenga noticias me comunicaré con usted.

La voz de la abogada había adquirido el tono frío de los trámites burocráticos. Su cara se había endurecido de pronto. La señorta Peralta recogió lentamente sus papeles y sus fotos. Cuando todo estuvo dentro de la carpeta, sobre sus piernas, agarró el bolso que había dejado en la silla de al lado y trató de pararse. Pero se detuvo en medio del impulso, como si necesitara decir una última frase. Algo que conmoviera a aquella mujer que parecía haberlo visto ya todo.

—Lo más difícil de perder un hijo es que uno nunca se lo espera —dijo finalmente.

—Y uno nunca se resigna —completó Natalia, como si recitara una frase que ella misma había tenido que repetir muchas veces.

La abogada se levantó para acompañar a la madre del desaparecido hasta la salida. Al cerrar la puerta vio con claridad la imagen que aparecería al final de la cadena de fotos que resumía la vida de Antonio Peralta. No habría gestos ni poses. La urna estaría seguramente cerrada, tal vez con un crucifijo encima. Cuatro velas altas. Flores. Si alguien se atrevía a tomar esa última foto, la señora Peralta aparecería demacrada y ojerosa, con el pelo ya totalmente blanco, como si le hubieran caído encima veinte años. Y su cara de sorprendida tristeza quedaría fijada en esa imagen para siempre.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.