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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 31 de enero de 2014

El sermón


Una pelota sola rodaba por el centro del pasillo en la estación central. Miré a todos lados para ver de dónde venía el niño que iba a recogerla. Pero la pelota siguió rodando sola hasta que perdió el impulso y se quedó parada, huérfana, en medio del pasillo por el que pasaban gentes de todas partes y de todos colores, con maletas rodando trabajosamente detrás de los tobillos o con bolsos inmensos cruzados sobre la espalda. La pelota se quedó quieta por unos segundos hasta que uno de los viajeros apurados y distraídos la pateó sin querer. Entonces la vi salir disparada hacia el lado contrario y entendí que no había ningún niño sino puro azar y gente apurada y casualidades que se cruzan. No quise pensar que se trataba de una metáfora. Las metáforas me resultan sospechosas.

Entré al baño porque calculé que Eli no llegaría hasta media hora más tarde. No todos los baños huelen igual. Durante mucho tiempo Eli y yo construimos largas listas de olores para identificar las diferencias entre un baño de Londres y uno de París; entre los olores cargados de especias de los baños de Estambul y los básicos aromas agrios de los baños de Manaos; entre los discretos y perfumados de lavanda de Estocolmo y los metálicos vapores azufrados de Reikiavik. Yo aposté varias veces a que podía identificar en qué ciudad del mundo estaba, sólo con entrar a un baño. Pero como no había manera de llegar a esos olores sin pasar por la ciudad, la apuesta nunca se concretó. Jamás sabré si era una apuesta que podía ganar.

El baño de la estación central de Cape Town no se molesta en disimular la inmundicia humana que lo transita. Nadie lo limpia nunca, no parece probable que alguna vez alguien haya puesto un rollo de papel sanitario en sus desvencijados cubículos, nadie sabe siquiera que alguna vez hubo un recipiente en el que era posible vertir jabón líquido para lavarse las manos. Las puertas se juntan, no se cierran. Y es mejor hacer lo que hay que hacer aguantando la respiración y con los ojos fijos en un punto neutro, para no tener que preguntarse cuántos años tiene esa mancha ahí y si fue alguna vez sangre tibia de un ser que estuvo vivo.

Cuando salí me instalé a la mitad del pasillo, bajo una señal que claramente indicaba la entrada de los baños. Ese era nuestro santo y seña. Habíamos aprendido que no en todos los lugares existían esos sitios de encuentro que hay en los aeropuertos y las estaciones de trenes del primer mundo, ese punto de referencia marcado con un círculo que nos reconforta pensar que es universal. Las señales de baño son mucho más confiables. Aunque también hemos aprendido que no en todas partes se considera imprescindible ofrecerle al cansado viajero un alivio a sus entrañas. En esos casos la puerta de salida es el lugar de espera. Porque donde no hay baños suele haber solamente una puerta para entrar y salir y no hay manera de perderse.

La pelota regresó apurada y sentí la urgencia de interrumpirle el paso. Corté su trayectoria con el pie y miré a los lados, como si fuera un jugador experto, para ver a qué lado de la cancha debía mandarla. En ese momento apareció Eli por el lado izquierdo del pasillo. Miraba los letreros y parecía seguir su nariz más que sus ojos. Intenté patear la pelota hacia allá, pero mi mala puntería la hizo rodar más bien hacia la derecha y siguió de largo hasta pararse al lado de un pote de basura repleto de papeles y latas. Eli puso la maleta frente a mí, me dio un beso rápido y entró apurado al baño. Cuando salió tenía la misma cara descompuesta que me imagino que yo había tenido un rato antes.

Necesito agua, me dijo. Tal vez un jugo embotellado sea una mejor idea, le dije. Un rato después estábamos frente a la taquilla comprando los tickets para Muizenberg. La funcionaria nos vendió pasajes en primera clase sin preguntar. No quisimos cambiarlos. Hemos aprendido a aceptar los consejos de los locales, incluso cuando se nos imponen como un hecho cumplido. Los vagones de primera están tan marcados de grafitis que no podemos imaginar cómo serán los de tercera. En las paredes, en los asientos, hasta en los vidrios de las ventanas los grafiteros han dejado su huella. Garabatos sobre garabatos. Hay una guerra allí que el ojo ajeno no alcanza a descifrar.

Eli se instaló poniendo los pies sobre el asiento de enfrente, como hacían todos los jóvenes que venían en el vagón. Echó la cabeza hacia atrás y me dijo despiértame cuando lleguemos. Miré por la ventana para tratar de retener alguna imagen de Cape Town que pudiera llevarme conmigo para reconocerla después cuando volviera o cuando apareciera en uno de mis sueños de ciudades. Vi grandes depósitos, inmensos hangares hechos de metal en los que tal vez guardaban los mismos trenes en los que estábamos viajando. Vi edificios de distintos tamaños y edades. Pero nada que me permitiera distinguir esta ciudad de cualquier otra. Sólo la bandera, que de vez en cuando aparecía pintada o sacudida por el viento. Una bandera que veríamos en esos días siempre a media asta porque el país entero estaba de luto por la muerte de Mandela.

En Kenilworth subió al tren un hombre bajito y flaco, vestido con un traje que se le escurría desde los hombros y unos zapatos dos tallas más grandes. Se sentó unos asientos más allá y abrió un libro encuadernado en una piel como de hiena o de antílope, aunque no se puede decir que yo reconozco la piel de animales que no he visto jamás en la vida real. El hombre pasó la mano sobre la página que acababa de abrir con una especie de fervor ciego. Con los ojos cerrados murmuraba como si estuviera leyendo con los dedos o repasando una lección aprendida de memoria hace tiempo. Supuse que era una especie de ritual, un modo de leer tal vez más intenso pero no demasiado diferente de cualquier otro. Me distraje otra vez mirando hacia afuera. Pasaron otro par de estaciones con nombres que intenté en vano retener en mi memoria.

Entraron tres señoras robustas y trajeadas de colores vivos. Se sentaron en el asiento de atrás y despertaron a Eli con el ruido que hacían sus risas y sus palabras cantarinas llenas de clics y de sonidos ancestrales que sólo alguien nacido y criado en esa tierra era capaz de pronunciar. Eli abrió los ojos sin moverse y me miró buscando en mi cara una explicación para todas las desgracias de la existencia. Le sonreí. Me respondió con un gesto desolado que no supe descifrar. Miró por la ventana como preguntándose cómo, dónde y por qué. Entonces el hombre del libro forrado de pelos se levantó, se pasó la mano por la cara como si quisiera borrarse un gesto o componer otro y comenzó el sermón.

La voz del hombre era aguda pero subía y bajaba en una modulación cadenciosa que hacía casi imposible convertirla en ruido de fondo. Si hubiera elegido uno de los idiomas locales para imponernos su palabra hubiera sido más fácil ignorarlo. Pero el hombre hablaba en inglés, conocía bien su audiencia y su misión. Al principio no miraba a nadie directamente. Sus ojos se paseaban por encima de todas las cabezas, acusándonos a todos por igual de los más terribles pecados. De vez en cuando abría su libro de salvaje pelambre y leía una frase con un tono aún más enfático y luego continuaba haciéndonos un llamado a arrepentirnos, a abandonar todas las posesiones y bienes mundanos y a entregarnos a la inmensa sabiduría del hijo de un dios cuya palabra estaba encerrada en aquel libro santo.

El sermón duró todo el trayecto hasta la estación anterior a Muizenberg. A medida que se entregaba a su misión salvadora y escuchaba sus propias acusaciones, el hombre parecía envalentonarse. Por un rato me pareció que estudiaba la audiencia en busca de víctimas. Cuando se paró frente a las mujeres que habían despertado a Eli supe que esa mirada de animal de presa que le había visto desplegar no estaba solo en mi imaginación. Se paró frente a las tres mujeres y con su dedo acusador comenzó a hablar de tentaciones, de falta de fe, de cómo la sola presencia de una mujer pecadora podía hacer estremecer al mundo y destruir a la pareja, a la familia, a la humanidad entera. El hombre abría y cerraba el libro haciendo como que leía una frase tras otra contra del pecado de la lujuria, contra la mujer que lo provoca, contra la inmodestia y la doblez, contra todas las formas de la insinceridad y la hipocresía. Aquella lista de agravios no parecía tener fin.

A la vista del mar Eli respiró aliviado y se paró frente a la puerta un rato antes de que llegáramos a la estación. Yo me levanté cuando el tren se detuvo y caminé detrás de él hasta que estuvimos delante del mar inmenso, cubierto de olas que llenaban de espuma blanca la superficie del agua hasta el horizonte. La estación de Muizenberg queda tan cerca del mar que las olas casi salpican el andén y el olor a agua salada es tan fuerte que asusta. Respiramos hondo. No iba a ser ese el día en el que un pastor nos convencería de arrepentirnos de la vida que llevábamos. Habíamos coincidido en aquel rincón del mundo, como tantas otras veces en otros muchos lugares, y era necesario mucho más que un largo sermón para desanimarnos.

Bajamos a la playa siguiendo a los lugareños, que en vez de salir por la puerta de la estación caminaban al borde de los rieles hasta llegar a un agujero en la cerca por donde cruzaban niños en bicicleta y señoras cargadas con las bolsas de la compra. No sabíamos muy bien qué haríamos el resto de la tarde. Pero el mar estaba ahí y eso parecía suficiente. Nos quitamos los zapatos al llegar a la arena y caminamos hacia las casetas de colores brillantes que adornan la playa. Habíamos visto esas mismas cabañas diminutas en Brighton. Allá parecían hacer falta porque el clima británico es despiadado y en cualquier momento hay que buscar refugio. Pero aquí están sólo de adorno y sus colores vivos apenas agregan un punto suspensivo de vida a un paisaje que es de por sí intensamente azul y verde y no necesita más colorido del que ya tiene.

Después de caminar un rato en silencio nos sentamos al borde de la arena, en una especie de zócalo construido como para detener el avance de la playa. Las palabras del hombre que decía su sermón en el tren parecían resonar en la lejanía, por detrás del rugido del mar. El grito final que lanzó la mujer entrada en carnes que se había sentado detrás de Eli se confundió en nuestros oídos con los alaridos de las gaviotas que subían y bajaban sobre la espuma. No entendimos el primer grito porque salió como desde muy adentro y había sido dicho en un idioma primordial, ancestral, viejo como la tierra. Pero ante el asombro de todos y sin perder tiempo la mujer tradujo como pudo su propio reclamo. Con seguridad la traducción que hizo de su rabia y su furia dejó en el camino parte de la fuerza que tenía su indignación cuando la pronunció en el idioma en el que había aprendido a entender el mundo. Pero sus gestos y su tono de voz lo decían todo.

El hombre del libro forrado en piel dio un paso atrás ante la fuerza de aquel discurso que salía de todo el cuerpo de la mujer vestida de colores brillantes. Las otras mujeres que había en el vagón se fueron uniendo y se levantó un murmullo que hizo retroceder al hombre. Como último recurso, antes de salir en la siguiente estación, el misionero puso el libro delante de su cara, como un escudo o un amuleto de letras contra las palabras que le llovían de todas partes. ¿Crees que valga la pena arrepentirse?, dijo Eli al fin. Hay culpas que no se pueden curar con arrepentimiento, dije sin demasiada convicción. Quiero decir, dijo Eli, si uno de verdad se arrepiente. No dije nada por un rato. Sabíamos muy bien de qué estábamos hablando. El arrepentimiento siempre llega tarde, dije al fin. Una gaviota inmensa pasó gritando por encima de nuestras cabezas y se lanzó al mar con determinación suicida. Supongo que es preferible aprender a vivir con la culpa, dijo Eli. Nos quedamos un rato mirando el mar, recordando los gritos del pasado.

Regresamos al centro de la ciudad en un vagón de tercera. Esta vez no tuvimos que sufrir el discurso de ningún profeta. Me distraje por un rato mirando a un grupo de niños que entró bullanguero y reilón. Los niños se sentaron en el piso sin que les importara el gentío apiñado a su alrededor y comenzaron a cantar acompañándose con palmadas y golpes rítmicos. Era ya noche cerrada cuando llegamos a la estación central. Un viento impreciso levantaba las hojas y los papeles en la plaza de enfrente. Junto a una columna empapelada de anuncios, en el pasillo que rodea la estación, reposaba quieta una pelota sin aire.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.