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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 29 de mayo de 2009

Tres gatos

Mi vecino tiene tres gatos. Uno amarillo, uno blanco, uno negro y blanco. Como todos los gatos, los de mi vecino son al mismo tiempo indiferentes y curiosos. Desde la ventana de mi cocina los veo lamerse despaciosamente las patas y el lomo, estirarse al sol o resguardarse del frío y de la lluvia en el quicio de la ventana del vecino, que es idéntica a la mía. Sus lomos flexibles se estiran y encogen, dependiendo de la temperatura y el ánimo. A veces, muy de vez en cuando, me escuchan hacer ruido con algún plato o cubierto y voltean a mirarme. Su mirada fija y persistente se detiene lo suficiente como para hacerme saber que han registrado mi existencia y luego voltean a seguir con lo suyo y se dedican a ignorarme sin remordimientos hasta la próxima vez.

Cada uno de los gatos tiene una personalidad diferente. El gato amarillo es el menos sociable. Se pasea solo por los patios de tender ropa, sin esperar a los otros dos, silencioso y alerta. Hace el mismo recorrido todas las mañanas de sol. Cruza el patio del vecino, levanta la nariz para oler si hay alguna razón de alarma en el aire, se sube a la reja que separa su patio del resto del mundo, observa acucioso hasta que considera que es seguro saltar afuera. Ahí dejo de verlo hasta que reaparece en mi otra ventana, sobre el techo de los estacionamientos. Entonces dibuja una figura casi idéntica a la última vez, caminando sobre las cercas de los tendederos. Una figura que es como un gran rectángulo cruzado de líneas en ángulos disparejos. Cuando llueve, el gato amarillo no sale.

El gato blanco tiene un comportamiento mucho más simple. Parece constatar cada día que todo esfuerzo es innecesario, por lo que se contenta con salir a hacer sus necesidades en la grama húmeda y subirse luego al gran banco rojo del jardín a tomar el sol hasta que el frío lo espanta. Si algún pájaro pasa sobre su cabeza, abre los ojos sin ninguna codicia y lo mira pasar. Si se detiene cerca, el gato blanco parece recordar un deseo perdido y se incorpora a medias. Pero muy pronto pierde interés y vuelve a echarse a dormir hasta que el frío lo obliga a regresar al calor de la casa. Es el gato que más se parece a mí y por eso me asusta.

En cambio, el gato pintado de blanco y negro es el extravagante, el que está siempre afuera, soportanto el frío, la lluvia, el viento y cualquier otra inclemencia del tiempo que, en estos lados del mundo, muy pocas veces incluye sol, lo que se llama tibio, puro, simple sol. El gato pintado es mi favorito. Cuando lo veo aparecer en la ventana de mi cocina sonrío y me alegro por él y por mí, porque existimos en este mismo momento los dos y porque puedo ser testigo de su infinita capacidad de resistencia que está muy lejos de parecerse a la mía. Es el gato híbrido, el que lleva en la piel pintados los dos extremos, el que se sabe en el medio y no se siente incómodo.

Muy rara vez el vecino sale a compartir el jardín con los gatos. Parece que los suelta en la mañana y los deja entrar en la noche. Cuando quieren volver antes de la hora prevista, los gatos se amontonan en la ventana de la cocina y hacen ruido en el vidrio. Un ruido tan tenue que supongo que nadie escucha. Pero eventualmente todos entran a la casa y yo me quedo afuera, imaginando el hueco tibio en el que se mete cada uno, enrollado sobre sí mismo, a dormir por horas.

Hace unas semanas, mientras contemplaba a mis anchas al gato blanco y negro vi salir al vecino con trozos de madera y herramientas. No le hice mucho caso y subí a mi estudio a tratar de escribir al menos un par de líneas. Escuchaba el ruido de un martillo allá abajo, como un dolor lejano, interrumpiendo el silencio de la tarde. Resistí por bastante rato la tentación de asomarme a mirar, hasta que me dio hambre y ya en la cocina no pude evitar mirar el trabajo en progreso. Era una casa de madera para pájaros. Tenía un pie largo que terminaba en cuatro pequeñas patas y un techito arriba que simulaba una cabaña de vago aspecto alemán. Parecía muy útil para los helados meses en los que los pobres pajaritos sufren por falta de comida.

Todos los periódicos en algún momento del otoño recomiendan alimentar a los pájaros silvestres que no emigran y aguantan el invierno escocés sin inmutarse, o mueren intentándolo. Los programas ambientalistas de la tele enseñan a la gente a elegir la comida más adecuada y a ser consecuentes con la tarea. Mientras lavo los platos de la cena imagino que mi vecino ha leído los anuncios o visto los programas y ha sentido, igual que yo algunas veces, la necesidad de ayudar. Y se ha puesto, hacendoso y solidario, a construir su casita de pájaros para matar un par de horas sintiendo que hace bien.

No es fácil que los pájaros se dejen convencer. Más bien deben su supervivencia a una sabia desconfianza frente a todos y a todo. Por más apetitoso que parezca el envase con semillas y granos que despliega la casita de aspecto alemán, ninguno se acerca por días. Pero llega el momento en que el hambre puede más y finalmente un pionero se detiene a probar y como no pasa nada se queda. Saltando por precaución de vez en cuando para mostrar que sigue alerta. Entonces se va sumando uno más y otro, como si hubieran decidido darle a la nueva casa un visto bueno unánime.

⎯El vecino construyó una casa para pájaros, ¿cómo le parece? −me dijo unos días después la vecina de al lado, cuando se le habían terminado los comentarios sobre el clima.

No supe muy bien qué se esperaba que respondiera, así que dije que sí con la cabeza y seguí colgando mis sábanas con la mayor discreción. Pero la vecina no me había hecho la pregunta para que yo intercambiara con ella mis impresiones, sino para largarse a hablar por su cuenta sin necesidad de ninguna otra excusa. No ayudó mucho que en ese momento saliera a tender sus pantalones de todos colores la vecina del 105. Entre las dos destrozaron al pobre hombre y sus pretensiones de tener un patio más arreglado y mejor que los demás.

Al principio me costó entender de qué se trataba realmente todo aquello. No lograba descifrar la razón por la que hacían comentarios tan airados acerca de una casita de madera que no le podía hacer ningún daño a nadie y que además estaba en el patio del vecino, sin molestar ni siquiera a los pájaros. Pero antes de que terminara de tender todas las sábanas creí adivinar que la molestia venía por otro lado y que tenía una larga historia por detrás que yo no conocía. Me despedí de las vecinas y entré a mi casa con ese leve susto que asalta al que se va y sabe que deja atrás dos lenguas rápidas e implacables.

No me siento cómoda entre estos vecinos al mismo tiempo amables y gruñones, diplomáticos y agresivos. Cuando llegué a vivir a esta casa que heredé de una vieja tía solterona pasé meses sin atreverme siquiera a colgar ropa en el patio común. Me parecía que si asomaba la nariz por la puerta de atrás todos los vecinos me criticarían y tendrían de que hablar durante la semana entera. Me imaginaba que criticarían mi pelo demasiado largo o mi color demasiado oscuro o mis sábanas estrictamente blancas en medio de las floreadas telas de los demás. Ya era bastante difícil decidirme a salir por la puerta de enfrente a hacer las compras de cada día.

Pero llegó el momento inevitable en que reconocí que colgar las sábanas y las toallas dentro de la casa no era saludable ni práctico y comencé a espiar a las vecinas para calcular la hora menos probable en que me las encontraría. En los días de sol todas colgamos afuera nuestra ropa y hay un orden que parece ensayado y tal vez lo sea. Primero cuelga la ropa la vecina del 93, que parece lavar en la madrugada, porque cuando me levanto a desayunar ya sus cuerdas están llenas. Después sale la vecina de enfrente que no sé qué número de casa tiene. Luego hay una larga pausa, y es ese el momento que aprovecho para colgar mis sábanas, antes de que salga la vecina de al lado seguida por la del 105.

Nunca salgo al patio de atrás si no es para colgar la ropa o botar la basura. Y cada vez que lo hago siento la curiosidad de los vecinos como un baño de agua fría que me cae en la espalda. Todos tienen veinte o treinta años viviendo en estas mismas casas, y van a morirse aquí como mi tía solterona, que terminó sus días íngrima y rodeada de extraños. Yo soy la nueva, la extranjera, la que no habla bien inglés y no entiende el acento local. Por eso me limito a saludar cuando me saludan y a responder cuando me hablan, pero no visito a nadie y nadie me visita. Hablo con los vecinos sólo lo indispensable y evito involucrarme en los asuntos del pueblo.

Tengo una rutina que sigo al pie de la letra y gracias a que hago todos los días lo mismo los vecinos se han ido acostumbrando a no considerarme una sorpresa aunque siga siendo una curiosidad. Me levanto, me baño y desayuno. Miro por la ventana a los gatos salir, hacer sus rondas, volver a entrar. Lavo los platos y recojo la cocina. Cuando no tengo que ir al abasto a hacer la compra, subo directo a trabajar a mi estudio. Bajo cuando me da hambre y cocino algo rápido. Miro los gatos acurrucarse en la ventana del vecino pidiendo entrar. Subo a trabajar otro rato mientras espero la hora del té. A partir de las seis miro la tele mientras dejo que mi taza de Assam con leche se entibie y ahí me quedo hasta tarde escuchando noticias que me conmueven poco. Subo a acostarme cuando me rinde el sueño… y así, siempre igual.

Hace un par de días escuché un súbito revoloteo que me sorprendió cuando todavía no salía del baño. Escuché gritos y movimiento de gente. Miré por la ventana a un grupo de vecinos que estaba afuera, todos reunidos alrededor de un acontecimiento que no lograba explicarme. Hacían gestos, miraban a los lados, se agachaban y se levantaban con claros signos de alarma. Intenté por un rato adivinar de qué se trataba todo. Pero sólo logré descifrar las caras de preocupación y esa especie de tristeza indefinida que aparece cuando ya no podemos hacer nada.
Me asomé al fin, esperando escuchar algo sin que nadie reparara en mi presencia. Pero la vecina de al lado se dirigió a mí con una larga explicación en lo que me vio asomar a la puerta. Luego los vecinos hablaron todos a la vez tratando de explicar lo que estaba pasando.

No entendí nada, pero me bastó mirar al suelo para saberlo. No hacían falta palabras, en ningún idioma con o sin acento. Lo que quedaba del cuerpo de un pájaro marrón se podía ver todavía destrozado y sangriento en medio de los ladrillos del patio de tender la ropa.
Los gatos eran los culpables. O al menos uno de los gatos, el negro y blanco que mantenía amordazado y preso una de las vecinas más rollizas. El dueño de los gatos no estaba y pretendían retener quién sabe dónde al pobre bicho asustado hasta que pudiera aclararse el delito cometido. Le rogué a la vecina que me dejara guardar al pobre animal en mi casa. No podía soportar verlo tan asustado. Después de muchas negociaciones logré rescatarlo y entré con él a la cocina, pensando que por este acto de insubordinación y desobediencia me condenarían para el resto de la vida.

Le puse un plato con agua en una esquina y le hablé por un rato, sin levantar la voz, casi en un susurro, hasta que pareció entender que estaba a salvo. Terminé de limpiar la cocina y de lavar los platos mientras el gato se echaba a dormir en el rincón que le pareció más seguro. Cuando subí a mi estudio pareció preferir quedarse en el rincón que había elegido. Pero un rato después lo vi asomarse a la puerta y entrar despacio, para acurrucarse luego de varias vueltas detrás de la butaca de la esquina. Ahí se quedó dormido, con ese sueño a la vez profundo y liviano con que duermen los gatos. A mí me pareció un voto de confianza que moviera apenas las orejas al escuchar que tecleaba en mi laptop. Al rato dejó de importarme que los vecinos me condenaran al ostracismo eterno.

A las seis bajé a comer algo y cuando entraba en la cocina escuché a alguien tocar la puerta. Tres golpes secos y fuertes. Me devolví por el pasillo a abrir y vi a través del vidrio una figura alta que se movía de un lado a otro sin pausa. Cuando abrí, la cara roja y congestionada del vecino apareció delante de mí. Por un momento ninguno de los dos dijo nada. Yo sabía que venía por su gato, pero me esperaba al menos una palabra de agradecimiento. El vecino luchaba por encontrar algo que decirme, pero me le adelanté y le informé que yo tenía a uno de sus gatos, el negro y blanco.

El hombre murmuró algo que no entendí. Estaba claro que trataba de contener una furia que yo no sabía de dónde podía venir. A fin de cuentas le estaba haciendo un favor. Traté de explicarle que los vecinos pensaban que se había comido un pájaro, pero en medio de la frase que comenzaba a armar me interrumpió para decirme, de manera muy brusca, que por favor le devolviera a su gato. No supe cómo seguir explicándole que sólo le había ofrecido un refugio al pobre animal que estaba asustado y que los vecinos querían encerrar quién sabe adónde.

⎯Agradezca que no he llamado a la policía ni he levantado ningún cargo –me dijo de pronto, ahora sí con mucha furia en la voz.

Le pregunté extrañada que por qué iba a llamar a la policía y casi sin escucharme siguió diciendo que los animales de compañía eran propiedad privada y que retener a un animal ajeno era equivalente a robarlo, a llevarse un carro o cualquier otra cosa que le perteneciera a los demás, que yo no tenía ningún derecho y que en el futuro tuviera la bondad de abstenerme de meter las narices en donde nadie me había llamado. No sé si fue eso exactamente lo que dijo, pero es lo más cercano a lo que pudo haber dicho en aquel estado de furia o a lo que yo pude haber entendido en medio de la angustia, la vergüenza y el susto.

Cuando estoy en un estado de nervios todo se me ocurre en español y no puedo traducir de inmediato lo que pienso a un idioma en el que nunca sé cómo mostrarme convincente, fuerte o decidida. Así que me limité a hacerle una seña con la mano para que subiera a buscar a su gato. Le dije arriba, a la izquierda y esperé con la puerta abierta, tratando de armar en mi cabeza al menos una frase que explicara de manera definitiva lo ocurrido. El vecino subió las escaleras casi corriendo y medio minuto después bajó pisando muy fuerte. Los escalones crujían como si fueran a partirse en pedacitos.

⎯¡Buenas noches! –me dijo el vecino antes de salir, con el gato medio dormido colgado al hombro.

⎯Que tenga un buen día –le dije casi en un murmullo. No pude agregar nada más.

Ayer el vecino destruyó con un hacha la casa de pájaros y guardó las astillas en una bolsa negra que tiró al pote de la basura. No he vuelto a ver afuera al gato negro y blanco. De todos modos, sigue siendo mi favorito.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.