Cuando vienen y se quieren quedar conmigo, escribo cuentos y los dejo aquí.

viernes, 28 de enero de 2011

Falsos suicidios

Había salido a caminar con buen ánimo ese día y durante los primeros quince minutos ya sentía que había valido la pena. Decidí desviarme del camino central para bajar al río por las escaleras de madera. Me paré en el medio del puente de hierro, de cara al inmenso acueducto de piedra que se alza sobre el río Almond en el camino que va a Mid Calder. Me preguntaba si me animaría, con el sol casi a punto de desaparecer al borde de los árboles más altos, a seguir por esa vía y regresar por el sendero angosto que pasa detrás de las casas de la calle ciega y bordea el campo sembrado. Mientras decidía el rumbo tomé una foto a mi árbol favorito, que cae enorme y quieto sobre el agua. Entonces escuché su voz tan cerca que me hizo dar un salto.

—Hello there!

Venía hacia mí con una amplia sonrisa que le arrugaba la cara entera. Respondí el saludo reconociéndolo y esperé a que pasara para seguir mi camino. Lo había visto muchas veces en el parque, caminando con un radio prendido que se ponía en la oreja. Siempre me pregunté por qué no usaba audífonos y por qué en vez de aquel radio aparatoso y antiguo no se había comprado un iPod, o algún perol parecido, como todo el mundo. Es la edad, me dije muchas veces. Llega un momento en el que no podemos seguirle el paso a los aparatos, cada vez más livianos y minúsculos, y nos estacionamos para siempre en algún artefacto confiable que se vuelve obsoleto en unos meses. Así le pasaría al caminante del radio.

Se recostó en el borde del puente a dos pasos de donde yo estaba todavía tomando fotos. Cuando apagó el radio me di cuenta de que no tenía intenciones de seguir de largo. Me había saludado muchas veces, pero nunca habíamos cruzado nada más que ese saludo cortés que todos los caminantes del parque intercambian por hábito y buenas maneras. Parecía casi un abuso de confianza detenerse a conversar. Y, sin embargo, ahí estaba el hombre del radio, haciendo una pausa en el puente, a dos pasos de mí. Sin ningún preámbulo el hombre se lanzó con una perorata sobre el clima, que es el modo en que aquí se inician todas las conversaciones.

Le respondí con monosílabos, como si estuviera distraída buscando un mejor ángulo para una última foto. Pensó que me interesaba la inmensa estructura de piedra y comenzó a contarme que era un puente que se había contruido a finales del siglo XIX para una línea de tren que venía de Glasgow y llegaba a Edimburgo. Mencionó medidas y fechas, estaba obviamente muy orgulloso de su conocimiento de la historia local. Le sonreí, tratando de parecer amable, mientras me ponía otra vez los audífonos. Di un primer paso, despacio, para alejarme sin mucha brusquedad.

—Los suicidas lo usaron durante mucho tiempo, hasta que se dieron cuenta de que no funcionaba. Casi todos quedaban vivos —me dijo, deteniéndome en seco.

Me recosté de nuevo al borde del puente y me quité el audífono de la oreja derrecha. El hombre me miró apenas un segundo para asegurarse de que estaba atenta a sus palabras y miró hacia el río que corría abajo, atropellado y espumoso.

—Treinta y cinco metros —repitió. Y señaló con un dedo arrugado la trayectoria que tendría que seguir, desde el borde del acueducto hasta el lecho del río, un cuerpo que cayera. El rugido del agua parecía acompañar el recuerdo terco que le venía a la mente cada vez que se paraba a considerar esa distancia.

—Es muy alto —dijo—. Y sin embargo, es posible caer y quedar vivo.

Se quedó callado un rato y pensé que con su silencio me estaba dando permiso para irme. Pero entonces comenzó a nombrar cifras de gente que se había lanzado desde éste y otros puentes. Porcentajes por edades, por sexo, por niveles sociales y de educación. Su perorata incluía datos que parecían aprendidos de memoria: Escocia está entre las naciones europeas con más alta tasa de suicidios; se suicidan más las mujeres que los hombres, más los adolescentes que los viejos, más los pobres que todos los demás. Si eres adolescente y pobre, concluyó, lo más seguro es que quieras lanzarte por un viaducto y acabar con todo de una vez.

Asentí con la cabeza. Hubo un silencio que me permitió ensayar bien un par de frases antes de pronunciarlas.

—Hace unos meses parece que hubo un suicidio aquí. Yo vi la ambulancia en la calle ese día. Había policías por todas partes —le dije despacio, con mi marcado acento de gente de otra parte.

El hombre me miró. Compuso un gesto que parecía de triunfo amargo y me aseguró que ese también había sido un intento de suicidio. El joven había quedado vivo. Dijo un par de frases que no entendí y luego comenzó a contar, sin ninguna transición, la historia de su vida. Según entendí a medias, él había venido a vivir aquí a los trece años, porque su padre había conseguido un trabajo en las minas o algo así. Me explicó que había nacido en Irlanda, que su madre era galesa y su padre del sur. Así dijo, del sur. Yo asentí, como si entendiera, y él siguió hablando de sus hermanas y hermanos, de cómo cada uno había ido resolviendo su vida a su manera y de cómo él se había quedado finalmente sólo con su padre y una hermana menor cuando la madre los dejó para ir a trabajar de enfermera en algún lugar que no entendí dónde era.

La historia se me estaba haciendo cada vez más confusa, porque a medida que el hombre se internaba en los vericuetos de su intrincada familia hablaba cada vez más rápido o de manera menos coherente, como si hablara solo. Nombraba a las personas con sus extraños nombres sin decir si eran hermanos, primos, tíos o abuelos. Además, yo no conocía las ciudades ni los lugares donde esa gente se movía, así que en un momento perdí totalmente el hilo de lo que me estaba diciendo. Lo dejé seguir sin hacer ningún gesto, pensando que en este país tan pequeño la gente se siente extranjera si se mueve apenas de un pueblo a otro, de un borde a otro de fronteras imaginarias y engañosas.

El hombre pareció advertir que yo me había perdido en mis pensamientos y se quedó callado un momento. Me hizo una pregunta que no entendí. Le pregunté ¿qué? Y me repitió la pregunta despacio. Quería saber de dónde era yo, porque parecía obvio que yo no era de los alrededores. Pronuncié el nombre de mi país despacio y luego el nombre del subcontinente del que vengo. He aprendido que aún así, a mucha gente aquí no le dice nada ese grupo extraño de palabras. América, me dijo después de un esfuerzo de traducción que se hizo visible en su cara tensa.

—Yo tuve un tío que se fue a vivir a América. Todo el mundo decía que se iba a hacer rico. Pero diez años después regresó enfermo y más pobre que todos nosotros. No tenía ni equipaje cuando llegó. Había vendido hasta el cepillo de dientes para comprarse el pasaje de regreso.

Todo esto lo dijo muy despacio, tratando de pronunciar cada palabra con todas sus letras, como si leyera un libreto. Yo hice un comentario medio inútil sobre el sueño americano y comencé a revisar las listas de mi iPod y a andar hacia el otro lado del puente para demostrarle que ya era hora de seguir mi camino. Pero de pronto se me ocurrió preguntarle algo que se me había quedado pendiente.

—¿Cómo sabe que la gente no se muere si se lanza de ese viaducto? —le dije, ya avanzando sobre el puente.

Giró sobre sí mismo y me señaló su pierna izquierda con la mano en la que cargaba el radio. Su gesto me hizo detenerme y mirar. Le pregunté qué pasaba con la pierna. Es lo único que se dañó con la caída, me dijo. Estuve dos meses sin moverme, seis meses en rehabilitación, y todavía hoy no puedo caminar bien. Entonces volvió a hablar muy rápido y sólo entendí que a él también lo había recogido una ambulancia y que se habían tardado horas en rescatarlo y llevarlo a un hospital.

No supe qué decir. Me quedé parada en el medio del puente mirando el viaducto. El hombre encendió la radio, subió el volume, se oyó una voz narrando un juego a una velocidad vertiginosa. Esta vez fue él quien avanzó sobre el puente y al pasar por mi lado me hizo un gesto de saludo con la mano. Volví a mirar su pierna coja y le sonreí, de una manera más bien estúpida, como si lo felicitara por su hazaña.

—Ya estoy casi a salvo —me dijo en voz alta, por encima del hombro y del sonido de la radio— Después de los cincuenta y cuatro años el porcentaje de hombres que se suicidan es mínimo.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.