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(Un cuento al mes... o más)

miércoles, 5 de agosto de 2015

Las dos mitades



Mientras la veía elegir la llave de la reja con manos firmes no pude evitar pensar qué estaría haciendo yo en su lugar. ¿Me hubiera metido en la cama y me hubiera negado a salir de ahí por una semana? No. Estaría haciendo exactamente lo mismo. Tal vez dos días más tarde. No sé. Pero tarde o temprano hubiera llegado al apartamento de mi hermana muerta a recoger sus cosas, a mirar por última vez el lugar en el que vivió. Tarde o temprano me hubiera enfrentado a los olores, los objetos, la ropa y los libros, tal como estaba a punto de hacerlo Olga en el apartamento de Carla.
Intenté retrasar aquel encuentro, no porque no creyera que debía ocurrir, sino porque pensaba que era demasiado pronto. Y porque nadie había entrado allí desde que Carla salió de su casa en la mañana del día en que su tiempo se acabó. Es una estupidez insistir en lo obvio, pero ella no sabía que no volvería. Así que salió sin despedirse, sin tomar previsiones, sin guardar o esconder lo que podía avergonzarla ante ojos extraños. Es verdad que Olga no era una extraña. Pero todos somos hasta cierto punto extraños ante las miradas ajenas, por mucho que esas miradas sean de la gente más cercana.
Cuando entramos tuve el presentimiento de que Olga sintió esa distancia que la separaba de la vida de su hermana. Después de todo, tenían años sin verse. Hablaban. Claro que hablaban. Tal vez una vez a la semana. Y sin duda se escribían al menos una línea cada dos días. Pero la vida cotidiana, que es a fin de cuentas la vida misma, no se comparte a través de fotos o mensajes de texto. La vida es este desorden de ropas y papeles. Una olla dejada sobre la hornilla con un resto de leche. Libros abiertos sobre la mesa.
Olga entró en la cocina primero. Abrió la nevera, donde apenas había un litro de jugo, un queso en un pote plástico, una cebolla y dos pimentones en la gaveta del fondo. Revisó después el freezer. Nada se había dañado, pero había que sacar todo y limpiar la nevera antes de apagarla. Miró la cafetera y la leche sobre la cocina y el plato con la cuchara y la taza que parecían abandonados en el fregadero. Me comentó que habían comprado juntas aquella greca en Roma, la última vez que se vieron. Se agarró fuerte del borde del lavaplatos, como si necesitara recuperarse de un mareo.
Le ofrecí preparar café y me puse a lavar todo sin esperar respuesta. Olga salió de la cocina y se sentó un rato en la mesa del comedor. No podía escucharla mientras lavaba los platos y preparaba la greca para colar café. Pero podía imaginarla observando las fotos, esas fotos que Carla había tomado y que le gustaba imprimir en papel mate y poner entre dos vidrios sin marco para colgarlas en las paredes. Cada vez que yo visitaba a Carla había fotos distintas alrededor de la casa. Aquella era su galería personal.
Cuando salí de la cocina con la cafetera humeante y dos tazas de peltre en una bandeja, Olga estaba mirando un álbum que había quedado sobre la mesa. El álbum guardaba las fotos de los niños que Carla había tomado durante años. Esa había sido, tal vez, su primera idea para una serie. Cada vez que veía un niño le pedía a su madre, si estaba cerca, que le permitiera tomarle una foto. Si el niño estaba solo le pedía permiso directamente. Los había fotografiado en la ciudad y en el campo, en centros comerciales y en terrenos baldíos. Había acumulado cientos de fotos de niños.
Una vez le dije que estaba fotografiando el futuro, me dijo Olga mientras pasaba las páginas y se detenía en una cara o en otra. Entonces Carla me mostró la serie de los viejos, muerta de la risa, y me preguntó si aquello significaba que estaba fotografiando también el pasado. Olga quería sonar, si no alegre, al menos resignada. Pero no le salía. Su tristeza estaba enterrada en cada sílaba. Miró el Ávila azul y verde que asomaba más allá de la ventana. Y luego volvió a recorrer con la vista las paredes.
Ni una foto de ella, dijo. Las únicas fotos que tengo de Carla se las tomé yo misma, siempre cuando estaba distraída. No le gustaba que la retrataran. Prefería estar del otro lado de la cámara. La moda de los selfies no la había alcanzado. Parecía pensar que el mundo era demasiado interesante para perder el tiempo tomándole fotos a la misma cara que veía en el espejo cada día. Lo de ella era descubrir algo nuevo. Mirar hacia afuera, a los demás, a los otros.
En la biblioteca que cubría una pared completa de la sala, del piso al techo, había un estante lleno de álbumes como el que Olga estaba mirando. Allí estaba su serie de viejitos, pero también estaban las series de los bancos de plaza, la de los faroles, las piedras, las ventanas, las hojas, las estatuas, los charcos, los anuncios, los cielos, las cercas de alambre de púas. Tenía buen ojo para mirar y veía todo desde un ángulo propio. Sus fotos decían más cuando estaban juntas que cuando permanecían solas, separadas entre sí. Sus series eran como los distintos párrafos de un cuento o los capítulos de una novela. No tenían sentido por su cuenta sino cuando aparecían junto a otras similares, en aquellas series interminables.
Botones, dijo Olga tocando con la punta de los dedos una cajita de madera pintada de colores. Abrió la tapa y descubrió que adentro había tres piedras. Una gris, una blanca y una negra. Se había inclinado sobre la mesa bajita que ocupaba el centro de la sala, donde estaban algunas de las cajas que Carla había coleccionado desde que era una niña. Eran muchas. No parecía posible contarlas, porque estaban en todas partes. Sobre la mesa había tal vez veinte o treinta. Las demás estaban regadas en los estantes de la biblioteca. Hacía mucho tiempo habían inventado ese juego que era una variante del juego de la memoria. Tocabas una caja y tenías que adivinar qué tenía adentro. Carla se acordaba de cada una de las cosas que guardaba en ellas. Por eso ya no la dejábamos jugar.
Puse dos dedos sobre una caja tallada en piedra y dije hilos. Olga abrió la tapa y me mostró los botones rojos, marrones y negros que había adentro. Entonces, sin intentar adivinar, fue abriendo una por una las cajas. Había cajas de metal y de piedra, de vidrio y de cerámica, de fieltro y de latón, de paja y de madera. Esta es mi favorita, dijo, levantando con cuidado una cajita blanca, tallada en hueso, en la que un gato dormía sobre una silla con la cola estirada hasta el piso. Al levantar la tapa se veía un espacio minúsculo en el que Carla había dejado caer un diente mínimo. Un diente de leche.
Terminamos de tomarnos el café y bajamos al nivel inferior, en el que estaba la habitación de Carla, el baño y un pequeño cuarto de huéspedes donde había un sofá-cama y una hamaca de moriche colgada de una esquina a la otra. La seguí despacio. No quería molestarla, pero tampoco quería dejarla sola. Se paró frente a la puerta del cuarto principal y miró hacia adentro como quien mide lo hondo de un pozo antes de lanzarse. Entró y se sentó en la cama, mirando hacia la pared vacía. La única pared en la que Carla no había colgado ni una sola foto.
No lo vas a creer, me dijo, pero nunca había entrado a este cuarto. La única vez que estuve en este apartamento, Carla me hizo una visita guiada muy rápida. Se paró ahí, dijo Olga señalando el breve rectángulo antes de la puerta, y me dijo ese es mi cuarto. Puso mi maleta en el cuartico en el que dormí un par de noches y me mostró el baño. Me explicó cómo funcionaba la llave de la ducha, que tenía una manía, y me dijo dónde estaba todo. Después subimos a la sala y nunca más volví a ver esa puerta abierta.
Todo el mundo necesita un espacio propio, dije por decir algo. Olga se levantó y abrió el closet. Supongo que le sorprendió, tanto como a mí, ver que los estantes estaban casi vacíos y que había apenas tres o cuatro ganchos ocupados, de los que colgaban dos pantalones y una falda. Aquel vacío parecía contradecir el abigarrado espacio que habíamos dejado arriba. Mientras en la sala se acumulaban fotos y libros, cajas y papeles, cuadernos y letreros. Ahí abajo, en su espacio propio, Carla mostraba su voluntad de despojo.
La casa de arriba parecía pertenecer a una persona diferente de la que vivía ahí abajo. Una era generosa y espléndida, la otra era recatada y austera. La que acumulaba objetos era diametralmente opuesta a la que mantenía sólo cuatro pares de medias y tres sostenes en las gavetas desiertas. Era como si el lado atiborrado de su personalidad necesitara complementarse con una mitad vacía, ocupada sólo por lo indispensable.
No supe en qué momento Olga se desplomó. Creo que sólo me di cuenta cuando la vi en el suelo justo después de alargar la mano y llevarse a la cara una de las pocas camisas que estaban dobladas frente a ella. Me arrodillé y traté de levantarla. Estoy bien, me dijo. No lloraba. Sus ojos estaban secos y muy abiertos. Volvió a oler la camisa y me la pasó. Despedía un nítido perfume a detergente o a suavizante de ropa.
No recuerdo a qué olía mi hermana, me dijo. Ya nunca voy a saberlo.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.