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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 30 de junio de 2011

Cuatro patas

A mi hermana Renée, que me regaló el recuerdo de las matas.

Otros días los viejos del pueblo se olvidaban de las historias antiguas o de los tiempos de la guerra y se concentraban en los personajes que hasta hacía muy poco deambulaban por el pueblo y que la mayoría de ellos había visto con sus propios ojos. Contaban la historia de la maestra Pilar y de cómo la habían matado de dieciocho puñaladas un miércoles de ceniza y a plena luz del día. Contaban también la historia de Pedro Miguel, el violinista borracho que había muerto de despecho y remordimiento castigándose el hígado con dosis cada vez más altas de todo lo que tuviera una gota de alcohol. Pero la historia que más me intrigaba era la del cuatropatas. Tal vez porque cuando yo era niño él seguía desandando las calles del pueblo y todos lo habíamos visto al menos una vez, hasta los más jóvenes.

Decían que había venido de Las Matas. Como no conocíamos el pueblo en el que el cuatropatas había nacido, en nuestra mente infantil aquello sonaba fantástico: un hombre que había venido de las matas y caminaba en cuatro patas. Repetimos aquella historia entre nosotros muchas veces, mirando con recelo las copas de los árboles más altos, como si esperáramos ver bajar de allá arriba una invasión de huesudas y pálidas réplicas de aquel ser que aparecía en todas nuestras pesadillas. Los adultos no necesitaban inventar ninguna criatura fantástica para amenazarnos. Bastaba con recordarnos que el cuatropatas andaba por las calles del pueblo, para obligarnos a terminar el plato de comida o a que nos bañáramos sin tanta queja o a que aceptáramos ir a dormir a la hora fijada.

Lo habíamos visto con su cara larga, su boca babeante, los harapos que le cubrían apenas el cuerpo y que sólo cambiaba una vez al año, las manos duras como la planta de un pie, los pies descalzos. Lo habíamos escuchado rugir y balbucear como única respuesta a cualquier pregunta. Le habíamos gritado insultos cuando estaba a más de media cuadra de distancia, pidiendo pan duro o nada más extendiendo la mano a todo el que pasara. Habíamos corrido como locos cuando se acercaba apenas, lento como una pereza, por la misma acera en la que estábamos, porque una generación atrás se había inventado la leyenda de que el cuatropatas podía correr tan rápido como un hombre adulto si quería alcanzarte. Por eso no necesitábamos que nos recordaran el terror que aquel ser deforme nos producía.

Y cuando los viejos del pueblo aceptaban hablar de sus orígenes o de su familia, todos escuchábamos fascinados, casi sin interrumpir, hasta que la historia se nos volvía tan triste que se nos acababa el miedo y prometíamos no volver a insultar al cuatropatas cuando lo viéramos mendigando por las calles bajo el reverbero del mediodía. Porque la verdad es que la historia del cuatropatas era triste. Según contaban los viejos, era hijo de una mujer que había nacido en Ospino y de un panadero portugués que se regresó a Lisboa en la primera oportunidad que tuvo. Pero las lavanderas aseguraban que aquella mujer había sido violada por el dueño de una hacienda en la que toda su familia había trabajado por generaciones. Cuando supo que estaba embarazada, la mujer intentó por distintos métodos sacarse aquel engendro de las entrañas, pero lo único que logró fue parir un niño monstruoso que era el hombre que ahora deambulaba sin esperanzas por las calles polvorientas.

Los viejos no estaban de acuerdo con esa versión dramática de la historia. Contaban, más bien, que el cuatropatas había sido un joven casi buenmozo, que hasta tuvo una novia cuando llegó al pueblo, que trabajaba de repartidor en un abasto manejando una moto prestada. Y que esa fue precisamente su desgracia, porque un día se estrelló de frente contra un camión que salía del mercado cargado de melones y patillas. El chofer del camión siguió su camino como si nada y el repartidor quedó tirado en el medio de la calle por una hora, sin que nadie lo recogiera. Cuando finalmente un alma caritativa lo llevó al hospital, no había nada que hacer. Tenía la columna partida en pedazos y nadie esperaba que sobreviviera.

También en este punto de la historia hay varias versiones. Algunos viejos aseguran que mientras estaba en el hospital nadie lo visitó nunca y que se curó por pura voluntad propia. Pero otros sostienen que aquella antigua novia que conquistó cuando llegó al pueblo se dedicó a cuidarlo día tras día y le prometió que lo esperaría hasta que pudiera salir de ahí caminando con sus propios pies. El resultado de ambas versiones es el mismo de todos modos. Un buen día el cuatropatas se vio en la calle, porque en el hospital dijeron que ya no podían hacer nada más por él. La novia desaparece de todas las versiones y sólo queda el pobre hombre sin mujer, sin trabajo y sin casa. Y sin poder caminar.

Dicen que él mismo aprendió a andar como andaba, usando los pies y las manos, no las rodillas. Y es por eso que su imagen resultaba tan extraña. Porque no tenía la gracia o la inocencia de un niño que gatea, sino que sus largas piernas estiradas y tiesas evocaban la idea de un primate prehistórico que quisiera imitar facciones humanas sin conseguirlo del todo. Nadie sabía por qué el cuatropatas andaba con las piernas rectas, sin doblar las rodillas. Ni siquiera las lavanderas o las cocineras, que intentaron siempre construir un relato que convocara una forma de la piedad o del consuelo, tenían una explicación para ese misterio. Fue el accidente, decían los viejos. Es una maldición del cielo, decían las sirvientas. Nadie se puso nunca de acuerdo y nadie se interesó por saber cuál era la explicación que podía dar el mismo cuatropatas.

Porque en todos los años que vivió entre nosotros parece que no hizo ni un solo amigo. Aunque dicen que el enano Tomasito apagaba el radio y se sentaba a conversar con él bajo los samanes de la plaza cuando todo el pueblo estaba durmiendo la siesta o asistiendo a la misa en las mañanas de domingo. Pero nadie puede afirmar que en realidad los vio hablando y más de una vez escuché a las cocineras decir que Tomasito aprovechaba cuando nadie lo veía para quitarle al pobre cuatropatas las pocas monedas que lograba juntar, aunque el tullido se resistía lanzando patadas y golpes a diestra y siniestra.

Y así como nadie sabe en realidad de dónde vino el cuatropatas, tampoco supo nadie qué pasó con él, a dónde se fue o si está vivo o muerto. Como en todo lo que tiene que ver con su precaria existencia, sobre su desaparición hay también varias versiones que no terminan de coincidir. Con la cesta del mercado terciada en un brazo, las mujeres de servicio contaron durante años en la esquina de la plaza que el tullido había muerto después de aquella historia del curandero que quiso ponerlo a caminar, invocando no se sabe qué espíritus de la sabana, y dándole a beber unos menjurjes hediondísimos. Pero los viejos dicen que el hombre sigue vivo y que regresó a Las Matas a vivir en la casa que le dejó un pariente que murió sin dejar ningún otro heredero.

Los niños del pueblo inventamos con el tiempo una historia que nos gustaba más que la que escuchamos contar a los adultos. Se la contamos a nuestros hijos cuando crecimos y, al final, esa es la historia que ha sobrevivido. Según esta versión, después de mucho sufrir de cólicos y diarreas, por haberse tomado aquellos menjurjes que le dio el curandero, el cuatropatas se fue a vivir en una casucha solitaria que había quedado en pie después de la última gran guerra. El refugio estaba al lado de un río y ahí el tullido se lavaba todas las mañanas antes de echarse al sol como llegó al mundo: deforme y en cueros. Todo lo que necesitaba lo tenía a mano: peces en el río, mangos al alcance de la mano, agua en cantidad. Y cuando se cansaba de lo mismo paraba al primer viajero que veía bajar por el camino y le pedía lo que llevara de comer encima.

Pero las viejas costumbres viven mucho y de vez en cuando el cuatropatas sentía nostalgia de las gentes del pueblo. Cuando la nostalgia no lo dejaba dormir, se vestía con los harapos menos gastados y emprendía el largo regreso al pueblo donde le sucedieron todas las desgracias de su larga vida. En esos días pedía limosna y aullaba en las esquinas como un perro triste para que todo el mundo supiera que había vuelto. Aún hoy, cuando escuchamos el aullido terco de un perro solitario al filo de la madrugada, la explicación que le damos a los niños para que se vayan a dormir en paz es que es el cuatropatas que ha vuelto para anunciar que sigue vivo. Pero tengo la sospecha de que los niños ya no nos creen, porque ellos mismos han inventado ya otra historia.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.