Follow by Email

(Un cuento al mes... o más)

domingo, 27 de diciembre de 2009

Retrato de Isabel con hayacas

para Alonzo

Todo estaba listo sobre la mesa: las hojas de plátano, la masa ya preparada con onoto, caldo de gallina y su punto de dulce, el guiso crudo y los adornos, aceitunas, pasitas, cebollas y pimentones de dos colores. Isabel miró la mesa y se terminó de secar las manos en el delantal. Nunca había hecho hayacas sola y nunca fuera de su tierra. Pero el ritual de preparar la comida navideña estaba como metido en sus genes y no iba a renunciar a él por soledad o por distancia.

Se sentó frente a las hojas ordenadas por tamaños y el olor de aquel objeto casi vivo le trajo a la memoria todos los diciembres. Aquel diciembre en que nadie quiso celebrar porque hacía apenas unos meses había muerto la hermana mayor. El primer fin de año que recibieron la llegada del solsticio de invierno en la granja, a cielo abierto, con fogata y ponche crema. La navidad en la que decidió hacer de hija pródiga justo el día en que estaban todos reunidos en la casa de la abuela haciendo hayacas. La tristeza de los diciembres pasados entre gente extraña, de costumbres diferentes. Las fiestas con los primos adolescentes, llenas de patinatas y de intercambios de regalos. Los días pensando en la carta para el Niño Jesús, la espera ansiosa la noche del 24 y el descubrimiento de los regalos frente al nacimiento.

Los regalos siempre tenían que ponerse frente al nacimiento, porque el padre de Isabel se empeñaba en mantener las tradiciones propias, como él decía. El arbolito es un invento gringo, proclamaba a voz en cuello cada navidad. Lo que nosotros tenemos que hacer es conservar las tradiciones… y por ahí se iba en un largo discurso que las niñas se sabían de memoria y habían dejado de escuchar hacía años. Ahora ya no hay tradiciones que defender. Todos sus nietos viven en un país remoto donde no solo el arbolito es el dueño de las navidades, sino que además celebran el día de brujas, la noche de acción de gracias y tantas otras cosas ajenas que ya no vale la pena ni preocuparse. La tradición es un borroso recuerdo de infancia.

Isabel había hablado una semana atrás con su papá y escuchó su voz cansada, sus preguntas siempre iguales, la insistencia en que volviera a darle la dirección y el teléfono que tenía en el país remoto al que se había ido a vivir. El año que viene, si todo sale bien, te voy a visitar, había dicho el viejo. Pero cuando no haga tanto frío, insistió, como siempre que hablaban. Y después, como siempre, preguntó si estaba haciendo frío y se convenció, como cada vez que hablaban, de que nunca dejaba de hacer frío en ese lugar cerca del polo. Entonces, como todas las veces que habían hablado desde que Isabel vivía en el exilio, el padre decidió que tal vez estaba ya demasiado viejo para un viaje tan largo.

Durante toda la infancia de Isabel la letanía de la conservación de las costumbres propias obligó al ritual del nacimiento. Había que escoger un rincón de la casa que sirviera para armar el falso pueblito donde nacería el niño. Desde que Isabel tenía memoria usaban unas figuras de cerámica que representaban a José y María, la mula, el buey y los tres reyes. Se construía un pesebre a un lado del pueblo, donde esperarían con paciencia todas las figuras, y un desierto con aserrín por donde se irían acercando poco a poco los reyes magos. El niño sólo aparecía en el establo el día 24 a media noche y con él los regalos.

Cuando eran pequeñas, Isabel y sus hermanas tenían que estar en la cama antes de media noche, porque si no el niño no dejaba regalos. O al menos esa era la amenaza con la que se iban a la cama sin ganas y sin sueño. Con el tiempo ya no fue necesario mantener el ritual al pie de la letra y todas se quedaban despiertas ayudando a poner los regalos en el piso, frente al pueblito y las figuras de cerámica. En alguna de las muchas mudanzas las figuras se quebraron por última vez y ya nadie quiso repararlas.

El ritual de los regalos era más divertido cuando se reunían todos los primos y tíos en la casa de la abuela. Los primos grandes se encargaban de mantener en pie el cuento del niño Jesús para los primos más pequeños. Los sacaban a todos al patio a mirar las estrellas y a ver quién veía bajar al niño, mientras dos o tres ayudaban a la abuela y a los tíos a desparramar cajas envueltas en papeles de colores por toda la sala. Cuando estaban todos juntos los regalos eran muchos y no había nacimiento ni arbolito que aguantara tantos peroles al pie.

Lo que a Isabel más le gustaba era la preparación de la comida. Las ensaladas, los dulces, los pastelitos de la abuela, y sobre todo las hayacas. El ritual había sido dirigido por mucho tiempo por la abuela paterna. Pero ahora que la abuela no estaba, los preparativos se hacían muchas veces en casa de la otra abuela, bajo el férreo comando del padre. Hacer hayacas era todo un ejercicio de poder y sabiduría, una escuela en la que se iba avanzando año a año, y el certificado de graduación lo otorgaba el padre cuando permitía que el aspirante alcanzara el grado mayor de envolvedor de hayacas.

Pero antes de llegar a ese supremo puesto en la cadena de labores había que pasar por las bolitas de masa, el picado de aliños, la selección de hojas, el amarre y, finalmente, llegaba el año en que se enfrentaba la primera prueba de aprender a envolver. Si todo salía bien, al año siguiente se conservaba el sitial y el honor intacto. Si el jefe supremo tenía dudas sobre el desempeño de la aprendiz, con una simple orden podía degradarla a posiciones anteriores.

El padre de Isabel dirigía estas operaciones ante un ejército de mujeres. Aunque había tíos y primos, el género femenino predominaba. Estaba su mujer y sus cuatro hijas y un número indeterminado de sobrinas y cuñadas, amigas de la familia y la abuela, que por un par de días cedía con cierta reticencia el comando de su casa y su cocina, aunque se reservara el privilegio de dirigir las operaciones del preparado de pastelitos. En ese mundo de mujeres el padre reinó por un tiempo. Pero llegó el día inevitable en el que su autoridad tuvo que ceder. Todo comenzó lentamente, como sucede con los cambios más profundos y definitivos. Las hijas se quejaban del exceso de órdenes y contra órdenes, del tono en que las órdenes eran dadas, de la dureza, la insistencia y las arbitrariedades.

Sentada frente a la mesa, con la primera hayaca envuelta y amarrada, Isabel pensó que a partir de esos tiempos de rebelión el mundo había cambiado. Pero su padre seguía dando órdenes, cansadas y huecas, pero órdenes al fin. La semana anterior, cuando lo llamó para saber cómo estaba y preguntarle qué iba a hacer en las fiestas de fin de año, le contó que por primera vez se había quedado solito en navidad y que no iba a hacer hayacas. Aunque había pensado que este año tal vez no valdría la pena hacer tanto esfuerzo, ese día Isabel decidió que continuaría la tradición, como si obedeciera una orden de su padre.

Yo sí voy a hacer hayacas, le dijo. Entonces él le dio instrucciones, como todos los años. No le pongas carne de res al guiso, sólo cochino y gallina. Pollo también sirve, pero lo que le da gusto de verdad es la gallina. Isabel sabía que no lograba nada insistiéndole en que no se consiguen gallinas en este otro lado del mundo, donde los pollos vienen empaquetados y listos, sin especificación de género. Claro, cochino y gallina, se limitó a decir Isabel. Y no cocines el guiso, en Apure hacemos las hayacas con el guiso crudo. Sí, el guiso crudo. Y amasa la masa con el caldo de gallina para que quede más gustosa. Sí la masa con el caldo. Y ponle al guiso bastante ají dulce, y al caldo también. Aquí no hay ají dulce, papá. Ah?! ¿no hay ají dulce?... y así, lo mismo cada año.

Pero esta vez había una diferencia. El papá de Isabel no iba a hacer hayacas y el año entrante cumpliría ochenta años. Está renunciando poco a poco, pensó Isabel. Las hayacas se amontonaban en la mesa y al contarlas Isabel recordó el ritual de anunciar a voz en cuello cuántas hayacas iban, en las maratónicas sesiones que empezaban el día anterior, picando el guiso y montando el caldo. En la noche del día siguiente todavía estaban sacando hayacas de la inmensa olla que se montaba en el patio sobre una hornilla de campamento. Cuatrocientas, quinientas, seiscientas hayacas se contaban en esos días en que la familia entera se reunía para picar, amasar, envolver, amarrar, probar y, claro, comer y beber.

Solita en su cocina Isabel escuchó las voces, las risas, la música y sintió que estaba recordando un tiempo remotísimo que tal vez sólo había existido en sus sueños. Puso las hayacas con cuidado dentro del agua hirviendo y tapó la olla. Miró el reloj y marcó sesenta minutos en el cronómetro del horno. Escuchó la voz de sus tías cantando la hora, ¡ya va media hora! ¡no destapen la olla! ¡hay que esperar que se cumpla la hora completa porque el guiso está crudo! Es peligroso comer cochino crudo… Y escuchó otra vez la voz de su padre, una hora es más que suficiente.

Isabel se sirvió un té con leche y miró por la ventana calentándose las manos con la taza humeante. Afuera estaba todo blanco. Había nevado por cinco días seguidos en los que Isabel se había negado a asomar la nariz a la calle. Sólo se había animado a caminar las dos cuadras que separaban su casa del abasto, para comprar leche y pan. Pero cuando decidió que iba a hacer hayacas, no le quedó otro remedio que hacer, en medio de la nieve, la larga excursión por la ciudad que era necesaria para comprar la harina Pan y las hojas de plátano, o más bien de bananas como le dicen aquí.

Cuando se sacaba los guantes para pagar a la vendedora del abastico tailandés, que la miró extrañada por la cantidad de paquetes que se estaba llevando, recordó el olor a hojas tostadas de aquella vez en que se antojaron de ahumarlas en el mismo patio de la casa. Al entrar en la tienda de productos latinoamericanos donde conseguía la harina de maíz se quitó el gorro y se aflojó la bufanda para poder sentir mejor el aroma a café colombiano y a tostadas mexicanas, la mezcla de olores que le recordaban que su tierra existía del otro lado del mundo, en un lugar más oloroso y menos frío.

Con su cargamento a cuestas había llegado al mínimo apartamento en el que vivía y había llenado la diminuta cocina de carne y aliños, hojas de plátano y harina de maíz. Ahora que comenzaba a oler a hayacas se sentía menos sola y le parecía increíble que allá afuera, los niños que jugaban en la nieve hablaran en un idioma que su padre apenas podría entender. Era como si por un momento, mientras el olor a hayacas inundaba la casa, dos tiempos y dos mundos se juntaran. Sonó el teléfono y al oírlo Isabel sintió que sólo uno de esos mundos era real.

—Aló —dijo. No había dejado de responder en español.

Era su hermana. Llamaba desde el otro lado del Atlántico. Ella también estaba haciendo hayacas, pero su casa estaba llena de gente, de hijos y nietos, de vecinos y amigos. Compararon recetas y matices, precios y selecciones de ingredientes. Su hermana le contó los planes que tenían para la noche buena y el fin de año, los regalos que habían comprado, lo alta que estaba la nieve, las fotos que acababan de subir a facebook. Comentaron las conversaciones con el padre, los viajes prometidos siempre y nunca cumplidos, las demás novedades. Cuando Isabel colgó el teléfono el sonido del cronómetro le recordó que había pasado una hora y ya podía sacar del agua las hayacas.

Puso cada una inclinada sobre la rejilla de secar los platos para que se escurrieran. Eligió una bien armada y la abrió para probar. Se sentó en la mesa y miró la masa firme y del color exacto de las mejores hayacas que habían hecho tantas y tantas veces todos juntos, hace tiempo y allá lejos. Probó el primer bocado. Reconoció una vez más el sabor de la nostalgia, su consistencia tibia. Miró por la ventana el cielo blanco. Había comenzado a nevar otra vez.
.
.
.

*Nota: Siempre he dicho que escribo hayaca con “y” y no con “ll” por ejercer el derecho a la anarquía ortográfica, porque me suena mejor y porque me parece más “indígena” que la versión castellanizada con doble ele. Pero, según me entero por internet, la Real Academia acepta las dos opciones… así que, aunque ya no hay mucho lugar para la anarquía, la razón estética sigue contando.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El encargo

La habitación se mantiene en penumbras porque a la doña le da dolor de cabeza la resolana. En este pueblo, cuando no es de noche, todo es resolana. Desde que el sol se instala, alto de una vez al llamado de los gallos, hasta que el sol se pone, en dos minutos sobre el horizonte en llamas, todo es resolana. El único alivio es cuando llueve, por días y días seguidos. Entonces la doña abre apenas las pesadas cortinas de las ventanas que dan al patio de adentro y una luz azul se encuentra con los muebles y las alfombras, produciendo una especie de tibieza húmeda. En esos días, un olor a flores secas se levanta de los pañitos tejidos que cubren las mesas y las cabeceras de las viejas poltronas.

Pero hoy no llueve. Faltan meses para que lleguen las lluvias. Hoy hay resolana y las cortinas están cerradas. La doña espera, refrescándose la frente con un abanico que sus parientes le obsequiaron cuando viajó a España. Está sentada en la silla más incómoda de la sala, la silla forrada de gobelino verde. Su traje es tan blanco y su piel tan pálida que parece un fantasma aliviado ya de todas las penas del cuerpo. Pero se nota que sufre, o al menos que piensa en cosas tristes, porque sus párpados se contraen de pronto y sus cejas se juntan y se separan como siguiendo el hilo de una antigua preocupación.

La veo gesticular desde mi lugar en la penumbra, al lado de la puerta que da al patio, mientras esperamos que Segundo llegue. La veo llevarse a la boca el vaso de agua fresca y volverlo a poner en la mesa con el gesto mecánico de quien se mueve sólo para hacer andar el tiempo. Pero los minutos pasan y hace cada vez más calor y no sabemos en qué momento Segundo va a pisar los ladrillos del zaguán con su paso a la vez firme y lento. Hace tiempo que esas pisadas taladran las noches. Nadie se alarma ya. Nadie prende lámparas ni se asoma al pasillo a ver quién vive. Los pasos de Segundo se han vuelto un sonido más de los tantos que esta casa reconoce y conserva. Tanto, que a veces suenan cuando Segundo no está. Por eso la doña se sobresalta y se endereza en la silla cada dos por tres. Pero de una vez se da cuenta de que no es él, que es la casa la que repite los pasos de Segundo como una memoria que suena.

Cuando los pasos se oyen de verdad en el zaguán y luego en el corredor del primer patio, la doña se pone de pie, se arregla el vestido y el pelo y se vuelve a sentar. Abre y cierra el abanico.

—Aquí estoy —dice Segundo— ¿qué es lo que quieres? ¿qué es tan urgente que no puede esperar hasta…

Segundo se da cuenta de que estoy aquí, a un lado de la puerta, y sabe que no puede terminar la frase ni seguir hablando en ese tono. Se calla. Se quita el sombrero y trata de recomponer el gesto.

—Parece que la guerra está por terminar —dice la señora por toda explicación.

Segundo le da vueltas al sombrero entre las manos gruesas y cambia el peso del cuerpo de un pie al otro. Los dos suspiran y se miran de frente. Parecen a punto de insultarse.

—Ya es hora, entonces —dice Segundo resignado.

—No creo que debamos esperar más —dice la doña.

—¿Ha pensado en lo que le dije? —dice Segundo, claramente incómodo con el trato formal que tiene que usar delante de mí.

—Sí, pero no quiero que nadie más se meta en este asunto —dice la doña.

Segundo mira alrededor. Reconoce en la penumbra cada mueble, cada mesa, cada retrato, cada centímetro del piso alfombrado. Un rato después me mira de frente, como para comprobar que sigo aquí.

—Te llevas al muchacho —ordena la doña, como si le estuviera leyendo el pensamiento.

—No —dice Segundo.

—Te lo llevas.

—No.

—Entonces no hay trato —dice la doña, levantándose de la silla de gobelino verde, como una reina que se cansa del trono.

Segundo da un paso hacia atrás, hacia el marco de la puerta que da al corredor y al primer patio. Se pone el sombrero sin dejar de mirar a la doña y está a punto de inclinarse para saludar cuando suelta una pregunta que parece no querer salirle de adentro.

—¿Por qué? ¿por qué yo? ¿por qué no puede ir otro? —dice Segundo, en un tono de súplica que nunca antes le había escuchado.

—Porque eres la única persona que queda que todavía está dispuesta a arriesgar la vida por mí —dice la doña, con tristeza.

Segundo se quita otra vez el sombrero y avanza como buscando una palabra que no encuentra.

—Y porque no tienes nada más que hacer con tu vida que complacerme y yo no tengo nada más que hacer con la mía que esperarte —cierra la doña.

—Entonces me vas a esperar —dice Segundo. Se arrepiente de inmediato y me mira otra vez como si me lanzara una amenaza.

—Hasta que la paz y la guerra dejen de ser una y la misma cosa en este país de mierda —dice la doña, sin que suene en lo más mínimo como una vulgaridad.

—Si me matan ya no tendrás que esperar más —dice Segundo poniéndose de nuevo el sombrero.

—Si te matan no habrá ya ninguna razón para esperar nada —dice la doña volviendo a sentarse, pero esta vez en una poltrona más cómoda.

Abrió y cerró el abanico. No había ya en su cara ninguna señal de preocupación. Parecía que se había quitado un gran peso de encima, como dicen los viejos del pueblo. Los viejos del pueblo también dicen que la doña tiene una herencia enterrada en un pueblo que quedó atrapado en medio de la guerra. Dicen que cuando la guerra se termine ella va a ser muy rica. Más rica que ahora, que sólo es como el fantasma de lo que alguna vez fue.

—Salgo al amanecer —dijo Segundo, caminando a paso firme por el corredor hacia el portón que da a la calle.

—Te mando al muchacho con lo necesario —dijo la doña antes de que se escuchara el sonido del portón cerrándose.

La doña se recostó en la poltrona como si se desintegrara después de un inmenso esfuerzo por mantenerse firme. Sostenía el abanico todavía en un puño cerrado. Sus cejas se juntaron y se separaron de nuevo. Se puso de pie y miró la sala como si se despidiera.

—Carga en la mula comida para dos semanas y dile a Indalecio que te dé las municiones y la plata. Él ya sabe cuánto —ordenó.

Me quedé solo en la penumbra de la sala. Olía a flores secas.
.
.
.

jueves, 29 de octubre de 2009

La misma, dos veces

Regresaba a casa en el autobús de las nueve. Me había empapado durante media hora caminando hasta la parada y también durante los diez minutos que esperé en George Street un autobús que parecía negarse a llegar. Había saludado al chofer que ya me conocía de tanto verme en la misma parada a la misma hora. Me había acomodado en mi puesto, siempre en la fila de la izquierda, y llevaba ya un rato escuchando en el ipod una vieja canción que me recordaba las fiestas de una tierra lejana y tibia en la que había vivido, mucho tiempo atrás, como en un sueño, cuando una mujer vestida toda de negro y cargada de paquetes subió al bus con un niño.

La mujer pagó al entrar con cierto revuelo de manos y carteras —llevaba dos bolsos, uno pequeño, el otro enorme. Caminó por el pasillo con una cojera a la que no parecía estar acostumbrada y después de hacer extraordinarios esfuerzos para acomodar al niño y los paquetes al lado de la ventana, se sentó en el asiento del pasillo derecho que estaba justo a la misma altura de la fila en la que yo me había sentado. Medio minuto después, cuando yo ya me ensimismaba de nuevo en mi música, la mujer saltó del asiento como si le hubieran escupido un insulto. Tocó el cojín azul con un dedo precavido y determinó, en alta voz, que alguien se había orinado en él.

Nadie pareció hacerle mucho caso. A esa hora la gente que regresa a su casa, cansada y hambrienta, no quiere ya saber nada de nada. La mayoría cabecea de sueño o aburrimiento y los que se mantienen despiertos miran pasar el mundo por las ventanas con la más absoluta indiferencia o revisan sus mensajes en el celular o responden mensajes o hablan de manera desganada con quienes están ya en sus casas, tibios y satisfechos. Nadie quiere saber que hay un asiento sucio justo en la fila de atrás y todos piensan que la solución es tan simple que no vale la pena ni mencionarlo. Hay que sentarse en otro puesto. Asunto resuelto.

La mancha era claramente visible y la humedad parecía reciente y fresca. Un incidente así podía sucederle a cualquiera. Sentarse en un asiento mojado. Sobre todo en estos mullidos asientos forrados de tela, que son imposibles de limpiar y retienen los más insospechados fluidos corporales. Pero la mujer no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de indagar en el asunto. Tal vez tenía alma de vengadora errante, o espíritu inquisitivo. O tal vez simplemente no podía soportar ver nada sucio en el mundo o le resultaba del todo incomprensible la indiferencia ajena ante una afrenta tan evidente. El caso es que para ella el asunto no era simple, no podía ser simple.

Tal vez por eso se dedicó a preguntar a todos los que estábamos cerca del lugar del delito si habíamos visto quién se había sentado antes ahí. La vi acercarse a los pasajeros de enfrente y hablar con ellos señalando el asiento con asco y ánimo justiciero. Sabía que tarde o temprano me tocaría ser interrogada como testigo. Miré hacia afuera y traté de desentenderme del drama del asiento mojado observando las calles abiertas en zanjas. Princess Street parecía recién salida de una guerra implacable. Después de medio siglo de haber abandonado el tranvía, por considerarlo obsoleto, lento, pasado de moda, las autoridades habían decidido que en el nuevo siglo el mejor medio de transporte volvía a ser ese maravilloso invento del siglo viejo. Y ahora la ciudad tendría que soportar por años los trabajos que era necesario hacer para convertir en realidad ese sueño nostálgico.

Diciembre se acercaba, las fiestas navideñas estaban a la vuelta de la esquina y los trabajos del tranvía no avanzaban como debían. Por eso se habían redoblado los turnos, según anunciaron en la prensa, y ahora se trabajaba las 24 horas del día. Unas enormes torres de luces blancas, más claras que la luz del sol, convertían los espacios de trabajo en teatros de operaciones. Parecía que la ciudad estaba siendo operada del apéndice, o tal vez de algo mucho más grave. Difícil saberlo con toda esa gente alrededor, rompiendo y cavando, extrayendo tubos y cables, para volver a ponerlos más allá. No era fácil entender la urgencia si se miraba desde las ventanas de un autobús en marcha, apenas pasadas las nueve de la noche, con el cansancio del día pesando en la mirada.

Como no era fácil dejar de notar la urgencia inquisitiva de la mujer que seguía parada en el medio del pasillo, casi pegada a mi asiento, preguntando ya en voz más alta quién se había orinado en su silla. Saqué el audífono de mi oreja derecha y la miré un rato, resignada a enfrentar el interrogatorio que ya me tocaba. Cuando se fijó en mí, después de murmurar un rato una especie de queja larga que no entendí, me adelanté y le pregunté si no prefería sentarse en el asiento que estaba justo a mi lado. Le hice señas golpeando suavemente con la mano el seco y mullido cojín, como se hace con los niños cuando han estado peleando o quejándose y uno quiere calmarlos, sentarlos al lado para contarles un cuento, cualquier otra historia que no sea la que están empeñados en perpetuar.

Pero la mujer hizo como que no había escuchado la simple solución que intenté ofrecerle y volvió a insistir en el mismo interrogatorio al que había sometido a los demás pasajeros antes que a mí.

—¿Cuánto tiempo llevas sentada aquí? —me dijo.

—Como diez minutos —le respondí.

Sabía que esta era la primera pregunta porque la había escuchado antes y ya tenía mi respuesta preparada. También sabía que a continuación me preguntaría si había visto a la persona que estaba sentada ahí antes de que ella llegara. Mi respuesta sería simple, sólo iba a responderle que no y volvería a meter en mi oreja el audífono y me desentendería del asunto para siempre. En lugar de eso, me sorprendí a mí misma dándole una larga explicación que incluía el cálculo de cuánto tiempo podía haber estado mojado el asiento, la posibilidad de que a alguien, horas atrás se le hubiera botado algún refresco o una inocente botella de agua. Fue una larga explicación que ya no puedo recordar y que expresé con mi fuerte acento latino y muchos gestos de las manos, que yo veía reflejados en los ojos de aquella mujer que de pronto encontraba una interlocutora totalmente inesperada.

La mujer me miraba alternativamente las manos y los labios y los ojos. Ahora me imagino que estaba tratando de ajustar sus oídos a mi acento, que estaba tratando de entender si yo hablaba en serio o me estaba burlando, que estaba tratando de descifrar mi procedencia, mis motivos para hablarle largo y alto y lento en un mundo de gente que sólo respondía con monosílabos a los extraños que se empeñaban en hablar con ellos en un autobús que atravesaba la ciudad en medio de la noche. Ahora que lo recuerdo me doy cuenta del impacto que debe haber sentido esa mujer acostumbrada a la indiferencia. Pero en ese momento yo sólo quería responderle, actuar como si en realidad importara, ayudarla a resolver un enigma que podía considerarse genuino pero sobre el que sólo era posible especular. Así que yo la estaba ayudando a considerar todas las posibilidades, que eran muchas pero que al mismo tiempo sólo conducían al entretenimiento de la especulación y luego a la simple solución de que era mejor dejar de preocuparse, dejar de incordiar a todos los pasajeros y sentarse en otro asiento.

Después de mi larga explicación, que también incluyó la posibilidad de presentar una queja formal por escrito y pedirle al chofer que la consignara ante la empresa de transporte para que revisaran —en un futuro, no ahora— las cámaras instaladas en el autobús, donde seguramente aparecería el incidente y el responsable del incidente, le reiteré la invitación a sentarse a mi lado y olvidar todo el asunto. Cuando finalmente me callé, la mujer me seguía mirando palmo a palmo, como se dice. Miraba mis cejas gruesas y los cuatro zarcillos que he ido acumulando en una sola oreja, el gorro de lana cruda y la bufanda anaranjada, los guantes de piel azul que revoloteaban en una de mis manos y los anillos multicolores que brillaban en la otra, el borde mullido y acolchado de mi inmenso abrigo de invierno.

Hubo un silencio en el que también entraron las miradas de los otros pasajeros que con seguridad se preguntaban lo mismo que la mujer. Cuando los demás pasajeros dejaron de mirarnos, la mujer pareció tomar una decisión acerca de lo que debía hacer conmigo. Su cara se iluminó en un gesto que no supe descifrar. Dio media vuelta y se fue a instalar en los asientos de adelante, donde su hijo se había sentado desde el principio mismo del drama. Yo volví a mi música pensando que todo estaba por fin donde debía estar. Cada quien en su puesto, en silencio, soñando con llegar a casa.

El autobús estaba ya en las afueras de la ciudad cuando la mujer y el niño se levantaron para irse. Era uno de esos suburbios que están lo suficientemente lejos de la ciudad para no avergonzar a las autoridades y a una distancia no tan remota como para ser confundidos con las elegantes urbanizaciones en las que vivían quienes podían comprar no sólo una casa sino también el terreno que las rodeaba. La parada estaba al lado de una gasolinera y las luces anaranjadas de sus anuncios iluminaban un pedazo de acera en una calle que de resto estaba del todo a oscuras.

Al bajar, de la misma manera aparatosa en la que subieron, la mujer y el niño se quedaron parados bajo la luz naranja que venía de los inmensos letreros de la gasolinera. Parecían esperar a que el bus arrancara para poder moverse. Mientras otros pasajeros subían yo me quedé absorta mirándolos, tratando de entender una especie de misterio que se me escapaba. La mujer levantó la cabeza un momento para mirarme, pero de inmediato se distrajo con el ruido del bus que arrancaba. El niño, sin embargo, me miró fijamente durante todo el tiempo que el autobús estuvo en la parada. Cuando ya nos movíamos hacia adelante, el niño levantó la mano en un gesto decidido y me mostró dos largos dedos oscilantes.

Una semana después, a la misma hora y en el mismo autobús, la misma mujer y el mismo niño subían y se sentaban en los mismos dos asientos. Esta vez yo me había sentado al fondo y ellos no podían verme. La pantomima completa del asiento mojado se repitió íntegra. Asistí a aquella representación como se mira una obra ya vista o se lee un libro ya leído. Antes de que la obra terminara, subí el volumen de mi ipod y miré por la ventana. Las luces inmensas seguían encendidas y los obreros seguían tratando de curar a la ciudad de un mal desconocido con un remedio antiguo.
.
.
.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La lectura

La primera vez que la vi compraba panes en el abastico del pueblo. Me llamó la atención el modo como estaba parada frente al estante, refunfuñando y hablando sola. Parecía lamentarse por no encontrar algún producto agotado o por algo que a fin de cuentas nunca había estado ahí. Se quejaba de la inexistencia o de la injusticia en voz alta, como si estuviera acostumbrada a tener público delante. Lo segundo que me llamó la atención era que cargaba una bolsa de yute que decía Australia y tenía uno de esos dibujos construidos con puntos de distintos tamaños, negros, rojos, blancos y amarillos.

En la caja, sacó de la bolsa una carterita pequeña, también con motivos étnicos, pero esta vez el colorido de las telas era más bien guatemalteco o colombiano. Pagó resuelta con un billete arrugado que no se tomó la molestia de alisar. Eso también me llamó la atención. Las mujeres tienden a pensar que no es propio de su género entregar billetes arrugados en los mostradores. Eso es cosa de hombres desprolijos o de adolescentes despreocupados. Cuando se alejaba, saludó en un tono al mismo tiempo familiar y autoritario, una combinación que me pareció —eso sí— típica de las mujeres nacidas y criadas en este pueblo rodeado de ovejas. Pero su acento me sonó distinto, aunque no pude precisar por qué.

Cuando la vi sentada en el banco frente a la casa del guardaparque no me di cuenta de inmediato que era ella. Al mirarla de frente distinguí el bolso australiano y ya no tuve dudas. Desde lejos me pareció que estaba llorando y ahora que la tenía enfrente no sabía qué pensar. Sostenía en las manos un libro de tapas duras, de esos que uno nunca lleva en el bolso porque pesan demasiado y porque son incómodos para leer en los autobuses o en los trenes. Levantó la cabeza para mirar quién se acercaba y cuando pasé delante de ella intentó sonreir sin lograrlo.

Yo había ido a caminar más temprano que de costumbre, porque la página del tiempo anunciaba torrenciales lluvias para la tarde. Bajo un sol engañoso caminé a lo largo del río sin esperar sorpresas ni encuentros. Los caminantes habituales comienzan a llegar pasadas las cuatro y era mediodía casi en punto. En efecto no vi a nadie en el camino, salvo un perro suelto que lucía más bien perdido. Tal vez por eso me sorprendió más que de costumbre aquella mujer que parecía llorar mientras leía, sentada en el banco de madera húmeda, frente a la casa del guardaparque.

Subí con energía la cuesta que llega hasta la puerta de salida, tratando de sacudirme la tristeza que me había contagiado la mujer sentada en el banco. Llegué arriba sudando, a pesar del frío que anunciaba ya el inicio del otoño. Me desabroché la chaqueta y esperé en lo alto de la cuesta a que mi respiración se apaciguara. Miré los gatos amarillos de la casa que está en el límite del parque. Una casa mínima, que parece de juguete, donde vive una pareja de viejitos con al menos media docena de gatos. Uno de los gatos, que siempre me saluda, se acercó a mí con la cola recta. Justo antes de olerme los dedos algo lo asustó y salió disparado a esconderse en el jardín, detrás de la casa.

No pude entender qué había asustado al gato y me horrorizó la idea de que podía haber huido de mí. Que no había otra amenaza para él que mi simple presencia. Bajé la cuesta pensando lo difícil que era aceptar que para algunas criaturas podemos ser monstruos, amenazas feroces, turbios peligros. Escuché los pájaros revolotear en los árboles altos encima de mi cabeza. Para ellos también yo era un riesgo. Al llegar al lugar donde el camino de aplana de nuevo, casi me sorprendió volver a ver a la mujer sentada en el mismo banco, esta vez sí claramente llorando a mares.

Los últimos diez pasos antes de llegar al banco en el que la mujer lloraba traté de armar una frase. Una simple y directa frase que pudiera decirle sin sonar demasiado familiar ni tampoco muy distante. Pero todo lo que se me ocurría me venía en español y no me dio tiempo de traducir correctamente algo que sonara en el tono debido. Me resultaba imposible seguir de largo. Así que me senté al lado de la mujer y esperé. Sólo cinco segundos. Los que le tomó calmarse, enderezarse y mirarme con aire de lamentarlo mucho.

Quise preguntarle si había algo que yo pudiera hacer por ella. Pero mi frase salió disparada en inglés como esas fórmulas manoseadas que usan en las tiendas por departamentos las atentas señoritas a las que les pagan por encaminar a los clientes esquivos. La sorpresa no duró mucho en su rostro arrugado, porque ya tenía preparada una respuesta que me dio de inmediato. No. Todo estaba bien. Su acento me volvió a sonar raro.

Me quedaban dos opciones. Levantarme y dejarla sola con su tristeza, cualquiera que fuera. O quedarme allí y esperar a que tuviera ánimo de hablar y contarme algo que la hiciera sentir mejor. En lugar de eso, sin saber cómo ni por qué, comencé a contarle que yo también me sentaba a llorar de vez en cuando. Cuando cumplían un año más de ausencia los seres queridos que ya no estaban. Cuando veía un pájaro estrellarse contra un cristal. Cuando nevaba y me daba por recordar la lejana tierra en la que nací, donde la nieve no existe.

Hice una lenta enumeración, atravesada de pausas en las que buscaba los términos correctos para nombrar una nostalgia esquiva. A mitad de mi larga queja me pareció que estaba como leyendo una antigua plegaria. Hablé de los miedos que me hacían despertar en las noches frías, de los fantasmas que creía ver en los rincones de la vieja casa donde había venido a vivir, de las conversaciones a larga distancia con mi madre ya anciana, de la incapacidad de conectarme con el mundo que me rodeaba, del sabor de los mangos y las guayabas, del olor de las maletas que parecían conservar un aire del lugar dejado atrás, de viejas fotografías que me recordaban que había tenido una vida distinta.

Mencioné muchas otras cosas que ya no recuerdo. Mientras hablaba, la mujer miraba al frente, concentrada al parecer en escucharme o en medir la distancia entre mi dolor y el suyo. Un par de veces la miré de reojo sin dejar de hablar. Pero me fui quedando sin quejas, sin motivos para el llanto, sin adjetivos para calificar el tipo exacto de tristeza que me caía encima cada vez. Y cuando sentí que empezaba a repetirme me callé como quien se detiene en tres puntos suspensivos… Me di cuenta, por el resonar de mis palabras en el silencio que siguió después, que había estado hablando en español.

La mujer se quedó quieta un largo rato. Parecía procesar lo que había estado oyendo. El pesado libro seguía sobre sus piernas cerrado, pero con el índice de la mano derecha mantenía marcada una página. Me miró mirar el libro y entendió que yo había entendido. Abrió el libro y leyó. Su voz salió ronca al principio y después adquirió una cadencia suave y rítmica. Su lectura sonaba como una larga y lenta enumeración. Parecía que estaba leyendo una antigua plegaria, una queja vieja donde se inventariaban los agudos dolores de la distancia. No pude entender ni una sola palabra de lo que leía, pero cuando terminó de leer las dos estábamos llorando.
.
.
.

lunes, 31 de agosto de 2009

Venue 106

Era la última semana del Festival. Era miércoles y apenas comenzaba el mediodía. Acababa de salir de una entrevista de trabajo de la que no esperaba ninguna buena noticia. El resto de la tarde se abría ante mí sin piedad, como un abismo dulce. Bajé por Leith Walk para huir del centro y de los panfletos que entregaban en cada esquina de Princes Street muchachas vestidas de brujas o jóvenes saltimbanquis o señores con atuendos a lo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Al lado de una pequeña tienda de aceites de oliva y vinos italianos me llamó la atención un local que parecía cerrado desde hacía décadas. En la puerta desconchada había un cartel que invitaba a entrar: Venue 106.

Parecía uno de esos eventos en los que el público no tenía que pagar nada más que con paciencia y espíritu de aventura, así que me animé a empujar la puerta. Lo único que perdería sería una hora que de todos modos me sobraba. Caminé por un pasillo largo y casi en penumbras. Unas luces diminutas marcaban el camino al borde del piso, como en los cines. Al fondo a la derecha se abría un escenario tras una cortina negra. Era una pequeña tarima de madera, apenas levantada del piso. Parecía más un cajón de embalaje que un escenario. Una silla ocupaba el centro y de ella colgaba un largo trapo negro. Frente al escenario se alineaban unos cuatro o cinco bancos de madera destartalados. Una mujer esperaba sentada en la primera fila, con las manos quietas sobre las rodillas y los ojos cerrados, concentrada tal vez en algún lejano recuerdo.

Me senté un par de filas detrás de la mujer, un poco a su izquierda. Quería tener un buen ángulo para mirarla y entretenerme con algo mientras el público terminaba de llegar y la obra comenzaba. No había mucho que ver. La sala estaba casi en penumbras, salvo por la tenue luz que iluminaba a medias el cajón que servía de escenario y se reflejaba en la cara de la mujer sentada en la primera fila. Las paredes estaban forradas con una gruesa tela negra que hacía pliegues en las esquinas y producía una sensación de redoblado encierro. Una pisoteada alfombra cubría sólo una parte del piso y disimulaba apenas cables y grietas que cruzaban de un lado a otro.

Creí escuchar pasos de gente entrando y pensé que finalmente alguien más iba a entrar. Pero nadie se aventuró hasta el final del pasillo y por un rato que me pareció inmenso no se oyó nada más. Sólo escuchaba mi propia respiración y ya había dejado de sorprenderme que la mujer que estaba en la primera fila no se moviera. Pensé que tal vez la obra se iba a cancelar por falta de público y que alguien vendría a avisarnos. Traté de recordar escenarios anteriores en los que había estado, la mayoría de ellos mucho más extraños que éste.

Una vez había asistido a una obra que se desarrollaba en el baño de un viejo caserón en George Street. El público se sentaba en el suelo, pegado a las paredes del baño, o a lo largo de un pasillo desde donde se veía apenas lo que pasaba adentro. Dos actores discutían entrando y saliendo desnudos de una bañera que salpicaba agua y espuma durante una hora y media. Otra vez había estado en un pequeño autobús que se llevaba al público de paseo desde el West End a las afueras de Edimburgo y los largaba en el medio de un campo con ovejas y vacas. Los espectadores descubrían, ya tarde, que debían regresar a la ciudad por sus propios medios.

Los cuentos sobre escenarios extraños y obras inusuales eran lo más común del Festival y yo no creía que nada pudiera ya sorprenderme. Estaba preparada para cualquier cosa, pero la espera en aquel lugar oscuro y silencioso me estaba dando sueño y no sabía cuánto tiempo me iba a poder mantener despierta. Creí entender por qué la mujer de la primera fila se había rendido y dormía tranquilamente sin temer que algo la sacara de su letargo. Justo en ese momento escuché como un largo quejido que me inquietó más que asustarme.

El sollozo se convirtió poco a poco en una especie de llanto apagado. La mujer de la primera fila se sacudía muy levemente y lloraba bajito como quien siente vergüenza de estar tan triste. Mi primer impulso fue preguntarle si estaba bien, si necesitaba algo, si podía ayudarla. Pero no me atreví a decir nada ni a moverme porque la mujer parecía agarrar impulso para llorar más fuerte. En segundos, el llanto pasó de ser un quejido discreto a convertirse en un grito entrecortado y casi estridente. No pude evitar pensar que lograba proyectar el sonido de su llanto como una profesional.

Me quedé clavada en mi banco como si una fuerza superior a mí me obligara a escuchar. Aquel llanto que crecía me iba entrando bajo la piel como si fuera mío. Me dejaba arrastrar por el clamor casi desesperado de la mujer que se balanceaba en un doloroso péndulo, sin llevarse las manos a la cara ni secarse las lágrimas, que yo imaginaba que le corrían ya hasta el cuello aunque no podía verlas. Sentí cómo mis propias facciones se contraían y mis ojos se iban humedeciendo. Un nudo terco y duro se me formaba en la garganta mientras recordaba mis tristezas más largas y mis más hondas angustias. Me veía visitando funerarias en las que los seres que había querido recibían adioses en susurros. Mis piernas doblándose de dolor me dejaban caer en el suelo frente a la urna de mi hermana muerta. El llanto de mi madre por el teléfono que gritaba que no, que no, que no puede ser, se confundía con el de la mujer de la primera fila.

Mientras el llanto se prolongaba como por una eternidad recorrí oscuros pasadizos y madrugadas insomnes. Escuché una música que me hacía doler el pecho como una puñalada inmerecida. Palpé un rugoso abismo que se empeñaba en hacer desaparecer el suelo debajo de mis pies. Repetí versos que alguna vez me supe de memoria y que hablaban de los tremendos golpes de la vida. Me hundí en tenebrosos marrones, hondos vinotintos, sangrantes pardos y oscurísimos negros.

Una especie de profundo abatimiento me cayó encima cuando la mujer se quedó de pronto en silencio. Era una pausa cargada de diminutos gemidos, un lloriqueo sordo que amenazaba con estallar de nuevo de un momento a otro. Una tregua llana en la que recordé despedidas y malentendidos, intrigas y traiciones. La voz grave de un hombre que amaba diciéndome que todo había terminado. Mi estómago devolviendo todo en una esquina oscura y húmeda. El vómito en el borde de la acera. El dolor físico de no saber a dónde ir ni qué hacer y no poder soportarlo más.

Entonces el quejido se fue transformando en otra cosa. En algo que al principio no logré comprender. La mujer se había acurrucado en el suelo durante un largo rato y ahora se incorporaba despacio. Sobre las rodillas y las manos, su cuerpo todavía gimiente se acercaba a la silla que esperaba huérfana en el centro del cajón de embalaje que hacía de escenario. Cuando se puso de rodillas apoyándose en el asiento, ya había logrado entender que el sonido que ahora emitía aquella mujer que por primera vez estaba mirando de frente se parecía más a la risa que al llanto. Se secó las lágrimas y miró hacia arriba, hacia la luz. Su rostro se transformó en segundos y sus ojos se llenaron de una alegría intensa y honda. La boca se expandió lentamente hasta formar una sonrisa espléndida que se instaló en su cara por un largo rato como en espera de un acontecimiento, la llegada de alguien o de algo. Tuve tiempo de recomponer mi propio gesto, de recoger una por una mis aflicciones y mis pesadumbres, antes de que la mujer lanzara al aire oscuro de la sala su primera sonora carcajada.

Una incontrolable risa comenzó a crecer y a desbordarse como un río sin cauce. Las manos, que habían estado sobre la falda pálida, se juntaban ahora en el pecho que saltaba en un espasmo de alegría suelta. Sentí aparecer mi propia sonrisa en medio de las lágrimas que no me había secado. Evoqué amaneceres y cantos de pájaros, un sol cegador y caliente, el olor de un niño que acaba de despertarse, el arcoiris nítido sobre una montaña en la remota tierra en la que nací. Vi profundos azules y tiernos verdes, escandalosos amarillos y tibios anaranjados.

La mujer se levantó de la silla para poder seguir riéndose a todo lo que le daba el cuerpo. Carcajadas largas y sonoras rebotaban en las paredes y parecían originar nuevas olas de sonoras y largas carcajadas. Recordé un juguete que tenía cuando era niña. Era una lata que contenía la grabación de una risa de mentira, repetitiva y contagiosa. Volteabas la lata y la lata reía. La volteabas de nuevo y volvía a reir. Mis hermanas y yo hacíamos apuestas. Perdía quien no lograra contener la risa. Yo siempre perdía, riendo a carcajadas locas, perdía una y otra vez.

Cuando ya la risa parecía no caberle en el cuerpo, la mujer comenzó a zapatear. El piso de madera retumbaba acompañándola. Las manos volaban a los lados como si estuvieran apagando un fuego y unas diminutas lágrimas de dicha le brillaban en los ojos. Escuché mi propia risa por primera vez y no me dio vergüenza. Me vi saltando la cuerda en un patio de ladrillos rojos, galopando sobre un caballo gris en medio de la sabana inmensa, respirando fuerte abrazada a un cuerpo desnudo que sentía mío. Escuché una canción tonta que me gustaba tararear por las mañanas y dejé que se me escapara una carcajada justo antes de que se apagara la luz.

Seguí escuchando una risa sorda que se alejaba en la oscuridad y esperé a que la mujer terminara su acto para aplaudirla como se lo merecía. Cuando la escasa luz volvió a encenderse no había nadie en la sala. Sólo estaba yo, con una media sonrisa todavía colgándome en una esquina de la boca seca.
.
.
.

viernes, 31 de julio de 2009

Los corredores

Los vi justo al llegar frente a la casa del guardaparques. Eran tres. Pero desde donde estaba yo sólo podía ver a los dos que acababan de sentarse en el banco al borde del camino. Al principio sentí una vaga incomodidad, como la que se siente cuando hay que pasar frente a un grupo de hombres que trabajan en la calle, entre máquinas ruidosas, gritándose vulgaridades y adueñándose del espacio de todos. Me preparé para las miradas escrutadoras enderezando la espalda y subiéndole el volumen al ipod.

Estaba escuchando la historia de un joven a quien su padre borracho le pegaba casi todos los días, cuando vi que los dos hombres tenían latas de cerveza en las manos. Usaban franelillas con los brazos descubiertos, aunque todavía era abril y hacía ese frío intenso, típico de la primavera escocesa. Uno de ellos tenía tatuajes azules en un hombro y en la nuca. Ese fue el que me miró primero y le hizo al otro una señal casi mecánica, que imaginé como una vieja clave aprendida en la adolescencia. Surtió efecto y el segundo hombre volteó a mirarme sin ninguna precaución. Mantuve la vista al frente por un par de segundos, pero enseguida fingí necesitar algún ajuste en el volumen del ipod y eso me permitió hacer un gesto despreocupado, para mostrarles que no estaba angustiada por su presencia.

Justo antes de pasar frente al banco destartalado en el que estaban los dos hombres tomando cerveza y fumando decidí no subir la cuesta que va a los establos y llega hasta el límite del parque. Crucé a la derecha para tomar el camino que bordea el río. Había dejado de pasar por esa ruta desde que vi al niño arrastrado por el agua. Pero hoy parecía un buen día para vencer viejos miedos y retomar hábitos tranquilizadores. Al cruzar, unos pasos antes del banco donde conversaban los hombres tatuados, bebiendo cerveza y mirándome, me encontré de frente con el tercero y casi pegué un grito del susto. El hombre debió ver el miedo en mi cara, porque bajó la cabeza como para tranquilizarme con el gesto menos amenazante que pudo desplegar. De todos modos, yo apuré el paso cuando los escuché reirse con un tono que me pareció de burla y de provocación. Le estarán preguntando al que acaba de llegar si le gustan mis nalgas, pensé. Sentí sus miradas seguirme con intensidad hasta que llegué al puente colgante y en lugar de cruzarlo agarré el camino de la derecha, más amplio y más transitado.

Pero tampoco había nadie esta vez. Ningún atleta de fin de semana retándose a sí mismo, ninguna señora paseando un perro peludo y juguetón, ningún grupo de adolescentes empujándose, ninguna familia tomando el escaso sol de primavera en la grama verde. Había pasado el primer claro y estaba ya por salir al segundo, que se abre hacia el río en una playa sembrada de piedras, cuando los escuché reir detrás de mí. Miré sobre mi hombro derecho para calcular la distancia que me separaba de ellos y sentí un frío en el estómago cuando vi que venían corriendo.

Aceleré el paso a todo lo que me daban las piernas. Nunca he podido correr más de un minuto o dos. Es como si mi cuerpo se resistiera a la brusquedad del más mínimo movimiento violento, porque va en contra de mi naturaleza lenta y pausada. Tal vez por eso prefiero caminar. Las largas caminatas me dejan pensar y me permiten creer que sigo activa, aunque todo se haya detenido ya y mi vida no sea más que un recuerdo, una memoria borrosa de lo que fui en otro tiempo, en otro país, en otro idioma. Hubiera querido tener la fuerza de antes, el ánimo de antes, para correr al menos cinco o diez minutos y ponerme a salvo, en un lugar menos solitario.

Cuando llegué al tercer claro, donde se puede ver la loma verde que sube hasta la vía asfaltada que atraviesa el parque, pensé volver y refugiarme en la casa del guardaparques. Sabía que ahí había gente siempre, porque al lado de la casa grande, que servía para recibir a los visitantes, vivían las dos mujeres que se encargaban del mantenimiento de los jardines y de abrir o cerrar las puertas cada mañana y cada tarde. Una vez había entrado, en medio de un repentino aguacero, con la excusa de esperar a que escampara. Quería saber cómo era adentro, cómo sería vivir en esa casa en medio del parque. Pero me sentí tan desamparada y sola entre esas mujeres silenciosas que volví al camino antes de que dejara de llover y nunca he vuelto a entrar.

Rechacé la idea de refugiarme en la casa y avancé lo más rápido que pude, sacándome los audífonos de las orejas para poder escuchar con claridad cuando los hombres se acercaran. No había nadie al borde del río y la corriente se oía fuerte y persistente, como el ruido de una máquina que estuviera fabricando largas filas de cosas inútiles. Antes de llegar al último claro del camino que bordea el río, decidí subir por las escaleras de madera que llevan al camino principal. Pensé que me sentiría más segura pisando asfalto. Como si hubiera llegado a un espacio urbano en el que el miedo se diluye y la seguridad depende más de la actitud con que se camina que de cualquier amenaza, real o imaginada. Pero me dolían las rodillas y los tobillos por el esfuerzo de acelerar el paso y ya no podía respirar más rápido. Así que no logré sentirme más segura.

No escuchaba a los hombres. Tal vez se habían detenido o habían dejado de correr y venían despacio. Me calmé poco a poco mientras llegaba al puente de piedra. Volví a mirar para atrás y, como no los vi ni los escuché, decidí seguir mi camino habitual por el borde del río, del otro lado del puente de piedra. Me puse los audífonos otra vez y elegí una vieja canción cantada por una joven canadiense. La música me ayudó a relajarme. Recordé el miedo de mi mamá a caminar por lugares solitarios. No vayas por ahí, que nunca hay nadie. No camines tan tarde, que está muy solo.

Ella también había nacido en otra parte y también se había tenido que adaptar a una nueva vida en un lugar distinto al suyo. No le tocó sufrir la afrenta de aprender a comunicarse en otro idioma, pero sí debió acostumbrarse a entender las diferencias de pronunciación y de sentido que tenían las palabras y las expresiones. Su adaptación había sido rápida, porque llegó muy joven al país adoptivo. Era una adolescente apenas salida de la escuela primaria y se amoldó a los hábitos ajenos con la plasticidad de todo ser nuevo. Pero se había quedado con un miedo a veces inexplicable a los lugares solitarios. Un miedo visceral a amenazas oscuras e intangibles que la hacían dormir siempre con una luz encendida.

Mi mamá nunca entendió mi gusto por la soledad y el aislamiento. En otros tiempos no sentía miedo ni veía amenazas donde no existían. Pero ahora todo es distinto. A pesar de la música y de su efecto relajante, algo como un anuncio hizo que se me instalara en la nuca una sensación de terror que parecía venir de las advertencias reiteradas de mamá. Sentí en la boca del estómago un nudo y miré hacia atrás justo cuando se terminaba el camino del río y debía cruzar el puente verde por donde pasan las aguas del canal. Ahí estaban otra vez. Venían corriendo, empujándose y riendo, parecía que no me habían visto pero era evidente que me seguían.

Decidí salir del parque por el camino más corto, subiendo por las escaleras que empiezan justo al pasar el puente. No fue una buena idea. Después de más de cuarenta minutos caminando a todo lo que me daban las piernas, tratar de subir casi trotando todos esos escalones irregulares y tambaleantes era más de lo que mi cuerpo podía manejar. Escuché a los hombres venir corriendo sobre el puente. Sus pies producían en la superficie metálica un sonido vibrante y hueco. No había logrado subir ni diez escalones y veía con pánico delante de mí la cuesta empinada que parecía inmensa e imposible de escalar.

Los sentí detenerse justo al salir del puente. Presentí que miraban a los lados para decidir qué camino tomar; si la ruta plana y recta que bordea el canal o la cuesta irregular que yo estaba tratando de subir sin ser vista, casi en cuatro patas, ayudándome con las manos y las rodillas. Los sentí acercarse cuando decidieron que vendrían detrás de mí, que era a mí a quien buscaban.

Intenté correr cuando los sentí más cerca, pero tropecé y mi rodilla izquierda cayó sobre el filo de un escalón y por un momento el dolor fue tan intenso que no pude moverme. Me acurruqué sobre el borde de la escalera y me puse las manos en la cabeza como si me protegiera de un bombardeo o de las pisadas corpulentas de una manada de animales en fuga.

Ellos se detuvieron delante de mí. Sentí que me tocaban y hablaban en voces altas y alarmadas, como si dieran órdenes. Empecé a ver todo borroso y creí que estaba a punto de desmayarme. En un hilo de voz, al borde de un llanto desesperado que se me echaba encima como si viniera de otro miedo más viejo, les dije, déjenme, déjenme. Ellos no me escucharon y trataron de levantarme, enderezarme, ponerme en una postura más conveniente.

No sé de dónde saqué fuerzas para gritar, esta vez en inglés y con una fiera determinación: Let me go!.

Los tres hombres se quedaron en silencio al mismo tiempo. Miré sus caras de frente y de cerca por primera vez. Uno de ellos tenía la boca abierta y parecía de verdad asombrado. Los otros dos dieron un paso atrás y levantaron las manos como para mostrar que estaban desarmados. Todavía colgaba de sus caras un resto de sonrisa.

Are you ok?, me preguntó con auténtica preocupación el que se había quedado más cerca de mí, con la boca abierta. No le respondí. Seguía sin registrar del todo su asombro y su genuina angustia. Do you need any help?, dijo uno de los dos hombres que estaban un paso más allá, todavía con las manos al aire. Let me alone!, dije. Esta vez mi voz sonaba más calmada, pero por sus miradas asombradas imaginé que todavía mi cara y mis manos mostraban señales de un pánico intenso.

Los hombres comenzaron a alejarse. Lentamente. Al principio sin darme la espalda y tratando de no hacer ningún gesto amenazante. Luego subieron los escalones de dos en dos y al final agarraron impulso y se perdieron a la carrera.

Freak!, les escuché decir entre risas cuando doblaron a la izquierda al final de la cuesta para cruzar el pequeño bosque que da a la salida del parque.
.
.
.

martes, 23 de junio de 2009

El testigo

“Una guerra la puede contar un estratega, sobre el mapa, y entonces se parece a una explicación; o la puede contar un soldado, desde el campo de batalla, y en ese caso el estruendo y los llantos obstruyen la comunicación. (…) [Pero] existe un tercer modo, que es el de los mapas borgeanos del tamaño del territorio, es decir, del tamaño del lenguaje.”
César Aira



La casa goteaba escaleras abajo. Un viento tibio entraba por las ventanas rotas y movía lo que quedaba del batiente de una puerta: pam, pam, pam. El ruido acompañaba aquel naufragio como una letanía triste o una oración murmurada en el medio de la noche. Pam, pam, pam, drip, drip, drip… el agua que bajaba por las escaleras y el golpeteo acompasado de la puerta dejándose batir por el viento nos acompañaron durante toda la noche. Una lenta y agobiante noche en la que no pude dormir sino a saltos, soñando con eternos aguaceros y con gente que pedía a gritos favores que no pude entender.

Al aparecer la primera luz del día por las ventanas rotas, la brisa había desaparecido y en su lugar iba tomando forma un calor que amenazaba con aplastarlo todo. Cuando Mina se levantó ya el gato estaba regresando de su cacería nocturna y se lamía las patas indiferente. Un hilo de sangre le colgaba todavía del bigote. Desde antes del amanecer Segundo se había dedicado a recoger lo que creía que podía valer algo. Iba metiendo lo que podía en la mochila que llevaba días cargando, desde que logró desprenderla del cuerpo de un soldado huesudo y pálido, cuando pasamos por Santa Clara. La mochila se había agregado a nuestras escasas pertenencias de una manera tan natural que parecía que la habíamos cargado por años. Tal vez porque era del mismo color de nuestros trapos. Ese color indefinido que se forma de la mezcla del barro con la sangre. Ahí iba metiendo Segundo todo lo que podía intercambiar más adelante por comida, municiones o agua. No era mucho lo que quedaba de valor en la casa. Todo se lo habían llevado ya. Pero Segundo guardaba incluso lo que parecía no servir para nada.

⎯Nunca se sabe quién puede necesitar algo que a uno le parece inútil −decía convencido.

Cuando llegamos a la casa el día anterior, subí a revisar el piso de arriba para ver si quedaba alguien vivo. Ni vivos ni muertos, anuncié al bajar. O se los llevaron a todos o no había nadie cuando pasaron por aquí. Por los destrozos era imposible saber si se trataba de tropas regulares o de grupos de alzados o si habían pasado unos detrás de otros hasta dejar la casa en un estado de destrucción tal que ya sólo servía de refugio para un par de noches. No habíamos decidido cuánto tiempo nos quedaríamos y ya Segundo estaba inquieto, como siempre que se abría la posibilidad de detenerse en el camino. No había nada de comer y Segundo me mandó a revisar el patio, porque había escuchado un gallo en la alta noche y, como siempre decía, donde hay gallos hay gallinas. Y donde hay gallinas hay comida, completaba Mina. Sólo encontré tres huevos que nos comimos crudos. Y agua en un pozo que por milagro no habían cubierto de tierra o envenenado.

Esas cosas pasaban a veces en en esta guerra a medias. Era posible encontrar pequeñas islas de tregua que los distintos bandos dejaban intactas como si se hubieran puesto de acuerdo. A veces era un pozo del que se servían unos y otros o una casa que nadie había querido destruir del todo. A veces era un árbol de mangos recortado contra el cielo claro, lleno de frutas intactas, que ningún batallón o milicia se había atrevido a pasar bajo los machetes. Una vez vimos un corral lleno de chivos a los que una anciana alimentaba con una tenacidad de hierro. Nos extrañó tanto ver aquel corral en medio de la nada que nos acercamos a preguntar de quién era. La vieja nos respondió que era de todos y de nadie y que por eso seguía en pie. Nos dio un chivo a cambio de que no destruyéramos el corral ni su mísero ranchito que parecía hacer equilibrio al borde de un barranco. Nos ofreció leche y queso y nos dio noticias de las últimas tropas que habían pasado, tres días atrás. Luego nos mandó a ir con Dios y se dedicó a lo suyo, segura de que se había salvado una vez más de la amenaza de esta violencia inútil.

Así parecía ser el pozo que estaba en el patio de la casa. Uno de esos espacios de tregua inmerecidos e inevitables. Que el pozo siguiera ofreciendo agua limpia era para Segundo signo de un peligro que estaba por venir. No podíamos quedarnos ahí más de un par de días sin encontrarnos con alguien. Eso decía, una y otra vez, mientras inspeccionaba los alrededores. Mina se había desentendido de las reiteradas advertencias y andaba por el piso de arriba, haciendo crujir las tablas y revisando los restos de colchones destripados que habían sido amontonados en un cuarto. Alguien intentó prenderles fuego, pero la llama debió apagarse cuando abandonaron la casa y los restos se quedaron ahí, a medio quemar, empapados de agua. Un agua que no era posible saber de dónde salía pero que goteaba incansable escaleras abajo… drip, drip, drip.

En la tarde de aquel primer día que pasamos en la casa escuchamos el inconfundible ruido de pisadas humanas entre las hojas secas.

⎯¿Quién vive? −preguntó con voz fuerte Segundo, sin que se le notara el susto.

⎯¡Gente de paz! −gritó el hombre con desgano.

Lo miramos acercarse por entre los matorrales. Usaba alpargatas y sombrero. Un pantalón que le quedaba demasiado grande y algo que alguna vez, mucho tiempo atrás, había sido una camisa blanca. Arrastraba los pies como para hacer ruido a propósito. Que nadie imaginara que quería llegar sin ser oído. En tiempos como esos una entrada silenciosa podía costar más que la vida.

⎯¿Cuál es su gracia? −preguntó Segundo, haciendo uso de una vieja fórmula que había escuchado a los campesinos y que para él, hombre de ciudad, sonaba como un encantamiento.

⎯Me llamo Florencio. Florencio Lagos, para servirle, patrón −respondió el hombre quitándose el sombrero.

Los gestos humildes y el calmado tono de la voz surtieron el efecto deseado. Segundo bajó la guardia y preguntó con un tono menos agresivo de dónde venía y qué estaba haciendo por esos lados. El hombre respondío que venía con sed. Después de tomar agua despacio como un sediento experto, comenzó a contar sus andanzas con el mismo tono de voz calmado y distante. Parecía haberlo visto todo y al mismo tiempo sus ojos mostraban la curiosidad del que nunca se cansa de ver. Ante mis quince escasos años aquella cara arrugada como un papel antiguo parecía el extremo de la vejez y del cansancio. Pero Florencio distaba mucho de ser un viejo. Sólo había vivido demasiado.

Nos contó escaramuzas y escapadas, encuentros y batidas, persecuciones y retiradas. En la alta noche ya no sabíamos diferenciar entre lo que había vivido realmente y lo que recordaba que le habían contado. Creo que él tampoco sabía ya dónde estaba el límite. Esa era su gracia y su destino, deambular por los caminos en medio de aquella guerra inútil, contándoles a unos y a otros las historias que querían escuchar. Cuando Segundo se rindió, después de mucho escuchar enrevesados cuentos de batallas y fugas, sentí que me había quedado solo con el viejo. No tenía sueño y a él no parecía importarle que siguiera haciéndole preguntas.

⎯Y dígame Florencio, entre toda la gente que usted ha conocido ¿no se habrá topado por casualidad con el caudillo, el general de hombres libres?

⎯¡Cómo no! No sólo lo conocí, le estreché la mano unas cuantas veces, y cada vez me asombraba que recordara sin titubeos mi nombre y apellido al instante de mirarme −hizo una breve pausa y agregó− …también estuve presente cuando aquel tiro de la desgracia se lo llevó para siempre.

⎯¿El caudillo está muerto? −dije tratando de no gritar.

El viejo entendió de inmediato el impacto de la noticia que me estaba dando. Parecía preparado para el asombro que causaba, porque seguramente había estado repitiendo la misma historia durante los últimos dos meses. Mi primer impulso fue despertar a Segundo y contarle. Pero Florencio me hizo un gesto para hacerme entender que las malas noticias pueden esperar siempre hasta el día siguiente. Entonces comenzó a recitar su historia siguiendo el mismo hilo que había tejido quién sabe cuántas veces antes.

⎯Yo estaba en la plaza. En la mismísima plaza frente a la iglesia del pueblo. El caudillo había entrado victorioso y caminaba con su estado mayor por el centro de la calle principal. Sus tropas habían entrado antes y peinaban la zona casa por casa en busca de rezagados, mujeres y comida. Todo lo que se encontraba, vivo o muerto, era llevado a la plaza a pulso, a empujones o arrastrado. Se escuchaban murmullos y gritos, llantos y maldiciones. Olía a humo y a orines, a mierda y a sangre. Olía como huele el miedo y la desesperación, como huelen los campos de batalla y las cárceles. No era un espectáculo agradable −dijo el viejo, como si recitara una historia aprendida de memoria.

Se pasó una mano por la frente. Tomó dos sorbos más de agua y pareció buscar en su repertorio algún otro detalle que sirviera para componer el cuadro previo al momento decisivo. Pero un momento después, notando mi impaciencia, decidió acelerar el relato.

⎯El estado mayor se había adelantado a dar órdenes y hacer preparativos. Se le daría comida a la tropa al aire libre, al lado del cuartel del pueblo. Para el general y sus oficiales se estaba arreglando una casa. Era la casa de uno de los principales del lugar. Según decían, la había ofrecido a cambio de que le respetaran a las mujeres y los niños. Preparaban una habitación para que el caudillo descansara y en la cocina tres viejas se afanaban alrededor de un caldero.

El caudillo quiso inspeccionar personalmente la casa en la que descansaría esa noche y tal vez durante los días siguientes. Entró por el portón abierto y en el zaguán se sacudió el barro de las botas y se quitó las espuelas. El viejo aclaró que era un gesto de cortesía que usaba pocas veces. Las mujeres de la casa lo recibieron con amplios gestos y muchas consideraciones. Lo sentaron en una mecedora y le ofrecieron guarapo fresco de papelón, con limón y canela. Una rareza en estos tiempos de agua en totuma, acotó el viejo. El caudillo recibió las atenciones y las ofrendas con la sequedad propia de los guerreros curtidos, pero no se estuvo quieto mucho rato y quiso ver la casa, admirar las matas del patio y del traspatio, conocer el corral del fondo. Una tropa de mujeres y niños lo acompañó en el recorrido. Los oficiales se entrechocaban para tratar de cumplir con su deber de protegerlo y resguardarlo de cualquier peligro, hasta que el caudillo les hizo ver con una sonrisa bonachona que estaban entre amigos y que no había nada que temer.

Cuando salieron al pasillo que comunicaba el traspatio con el corral, el general quiso mirar el pedazo de cielo donde se recortaba nítida la torre de la iglesia. Una torre bien plantada desde donde asomaba un arma y un sombrero. El golpe de la cabeza contra el suelo se escuchó más alto que el sonido del tiro certero que acabó con la vida del caudillo. La bala le entró por un ojo y le salió por la nuca, destrozándole el cerebro en el camino. Dicen que uno de sus oficiales le levantó del piso la cabeza sangrante y le puso debajo su propia chaqueta adornada con charreteras y medallas falsas. La tela azul se fue inundando de sangre hasta que no quedó un milímetro seco. Yo vi después la sangre en aquella tela, dijo el viejo, antes de ver el cuerpo del general lavado y vestido ya, sobre la mesa del comedor de la misma casa que lo vio caminar sus últimos pasos. La chaqueta ensangrentada recorrió cada rincón del pueblo y cuando volvió a las manos de los que la hicieron circular ya no era más que un trapo deshilachado.

Nadie pudo controlar lo que pasó después. Un grupo subió a la torre de la iglesia y sólo encontró el rifle y el sombrero. Otro grupo rebuscó entre los parroquianos reunidos en la plaza, con la esperanza de dar con una cara culpable. Los oficiales se reunieron en consejo para tomar decisiones, pero ninguna orden fue dada. Las tropas comenzaron a saquear, quemar y matar, porque sabían que ya nada ni nadie iba a poder detenerlas. La iglesia fue lo único que quedó en pie cuando salimos del pueblo, dijo el viejo. Pero aquella rabia que avanzaba junto con la noticia de la muerte de un hombre que había significado tantas cosas para tanta gente se desvaneció pronto. En menos de dos semanas los campesinos comenzaron a desmovilizarse y a volver a sus tierras, porque sabían que muerto el caudillo los patiquincitos de la capital firmarían la tregua y nadie se volvería a acordar de los pobres.

El viejo hizo una lenta pausa como si su historia hubiera llegado al final, pero le hiciera falta una coda. Parecía buscar en su memoria, en su repertorio de posibles finales, el cierre que lograra conmover más a la audiencia.

⎯Tampoco el caudillo se acordó de los pobres mientras estaba vivo −dijo Mina, que había estado escuchando en silencio desde un rincón.

⎯¿Cómo no, mija? −respondió el viejo, luego de una pausa en la que consideró tal vez el tono en que debía responderle a alguien tan difícil de clasificar como aquel ser de rostro perfecto escondido entre harapos inmundos.

⎯ Yo anduve con la tropa antes de la batalla de Santa Clara −dijo Mina por toda explicación.

El viejo se quedó callado como si supiera exactamente a qué se refería esa voz trémula que desafiaba la veracidad de su relato. Sus ojos se apagaron por un tiempo que pareció eterno, como si mirara sangre o cuerpos colgados. Como si escuchara los desgarrados gritos de mujeres violadas y el desesperado chapoteo de niños ahogados en un pantano. A mí se me pararon los pelos de punta, porque en aquel silencio parecía estarse cocinando una venganza.

⎯Fui yo −dijo al fin el viejo.

Entonces su tono se hizo más íntimo y nos contó cómo se había colado entre los edecanes y cómo se había apropiado del rifle cargado. Cómo había subido a la torre de la iglesia justo después de llegar con los primeros hombres que tomaron el pueblo. Cómo había esperado hasta que la figura del hombre que debía ajusticiar se le puso a tiro.

Su relato no parecía ni más ni menos real que todo lo que había estado contándonos antes. Pero esta vez lo hizo entre largas pausas, buscando las palabras, como quien arma una historia por primera vez y todavía no ha logrado fijarla en una forma precisa. No creo, en todo caso, que la haya contado muchas veces más. Pero, si lo hizo, es probable que usara las mismas palabras que estaba ensayando frente a nosotros en ese momento, con algunos retoques para producir un mejor efecto.

⎯Acabar con una vida es lo más fácil que hay −dijo para cerrar. Y esta vez sí sonó como una fórmula que había usado antes−. Basta un arma de largo alcance y buena puntería. No hay que ensuciarse las manos ni causar ningún dolor inútil. Pero, sobre todo, no hay que dejarse agarrar después.

Mina pareció sentirse aliviada con aquella especie de confesión. Creo que fue la única vez, en todos los meses que deambulamos juntos, que vi en su cara una sonrisa. Se levantó del rincón y se movió con cierta gracia debajo de los harapos embarrados. Cuando estuvo al lado del viejo le besó la frente.

⎯Gracias −le dijo con un suspiro de alivio.

He dejado de preguntarme cuántas de las historias que escuchamos esa noche eran reales. Porque, a fin de cuentas, qué lo es. Pero aún hoy, después de que ha pasado tanto tiempo y los libros de historia se han encargado de narrar de manera oficial lo que sucedió, no logro descifrar todavía el enigma del profundo agradecimiento de Mina.
.
.
.

viernes, 29 de mayo de 2009

Tres gatos

Mi vecino tiene tres gatos. Uno amarillo, uno blanco, uno negro y blanco. Como todos los gatos, los de mi vecino son al mismo tiempo indiferentes y curiosos. Desde la ventana de mi cocina los veo lamerse despaciosamente las patas y el lomo, estirarse al sol o resguardarse del frío y de la lluvia en el quicio de la ventana del vecino, que es idéntica a la mía. Sus lomos flexibles se estiran y encogen, dependiendo de la temperatura y el ánimo. A veces, muy de vez en cuando, me escuchan hacer ruido con algún plato o cubierto y voltean a mirarme. Su mirada fija y persistente se detiene lo suficiente como para hacerme saber que han registrado mi existencia y luego voltean a seguir con lo suyo y se dedican a ignorarme sin remordimientos hasta la próxima vez.

Cada uno de los gatos tiene una personalidad diferente. El gato amarillo es el menos sociable. Se pasea solo por los patios de tender ropa, sin esperar a los otros dos, silencioso y alerta. Hace el mismo recorrido todas las mañanas de sol. Cruza el patio del vecino, levanta la nariz para oler si hay alguna razón de alarma en el aire, se sube a la reja que separa su patio del resto del mundo, observa acucioso hasta que considera que es seguro saltar afuera. Ahí dejo de verlo hasta que reaparece en mi otra ventana, sobre el techo de los estacionamientos. Entonces dibuja una figura casi idéntica a la última vez, caminando sobre las cercas de los tendederos. Una figura que es como un gran rectángulo cruzado de líneas en ángulos disparejos. Cuando llueve, el gato amarillo no sale.

El gato blanco tiene un comportamiento mucho más simple. Parece constatar cada día que todo esfuerzo es innecesario, por lo que se contenta con salir a hacer sus necesidades en la grama húmeda y subirse luego al gran banco rojo del jardín a tomar el sol hasta que el frío lo espanta. Si algún pájaro pasa sobre su cabeza, abre los ojos sin ninguna codicia y lo mira pasar. Si se detiene cerca, el gato blanco parece recordar un deseo perdido y se incorpora a medias. Pero muy pronto pierde interés y vuelve a echarse a dormir hasta que el frío lo obliga a regresar al calor de la casa. Es el gato que más se parece a mí y por eso me asusta.

En cambio, el gato pintado de blanco y negro es el extravagante, el que está siempre afuera, soportanto el frío, la lluvia, el viento y cualquier otra inclemencia del tiempo que, en estos lados del mundo, muy pocas veces incluye sol, lo que se llama tibio, puro, simple sol. El gato pintado es mi favorito. Cuando lo veo aparecer en la ventana de mi cocina sonrío y me alegro por él y por mí, porque existimos en este mismo momento los dos y porque puedo ser testigo de su infinita capacidad de resistencia que está muy lejos de parecerse a la mía. Es el gato híbrido, el que lleva en la piel pintados los dos extremos, el que se sabe en el medio y no se siente incómodo.

Muy rara vez el vecino sale a compartir el jardín con los gatos. Parece que los suelta en la mañana y los deja entrar en la noche. Cuando quieren volver antes de la hora prevista, los gatos se amontonan en la ventana de la cocina y hacen ruido en el vidrio. Un ruido tan tenue que supongo que nadie escucha. Pero eventualmente todos entran a la casa y yo me quedo afuera, imaginando el hueco tibio en el que se mete cada uno, enrollado sobre sí mismo, a dormir por horas.

Hace unas semanas, mientras contemplaba a mis anchas al gato blanco y negro vi salir al vecino con trozos de madera y herramientas. No le hice mucho caso y subí a mi estudio a tratar de escribir al menos un par de líneas. Escuchaba el ruido de un martillo allá abajo, como un dolor lejano, interrumpiendo el silencio de la tarde. Resistí por bastante rato la tentación de asomarme a mirar, hasta que me dio hambre y ya en la cocina no pude evitar mirar el trabajo en progreso. Era una casa de madera para pájaros. Tenía un pie largo que terminaba en cuatro pequeñas patas y un techito arriba que simulaba una cabaña de vago aspecto alemán. Parecía muy útil para los helados meses en los que los pobres pajaritos sufren por falta de comida.

Todos los periódicos en algún momento del otoño recomiendan alimentar a los pájaros silvestres que no emigran y aguantan el invierno escocés sin inmutarse, o mueren intentándolo. Los programas ambientalistas de la tele enseñan a la gente a elegir la comida más adecuada y a ser consecuentes con la tarea. Mientras lavo los platos de la cena imagino que mi vecino ha leído los anuncios o visto los programas y ha sentido, igual que yo algunas veces, la necesidad de ayudar. Y se ha puesto, hacendoso y solidario, a construir su casita de pájaros para matar un par de horas sintiendo que hace bien.

No es fácil que los pájaros se dejen convencer. Más bien deben su supervivencia a una sabia desconfianza frente a todos y a todo. Por más apetitoso que parezca el envase con semillas y granos que despliega la casita de aspecto alemán, ninguno se acerca por días. Pero llega el momento en que el hambre puede más y finalmente un pionero se detiene a probar y como no pasa nada se queda. Saltando por precaución de vez en cuando para mostrar que sigue alerta. Entonces se va sumando uno más y otro, como si hubieran decidido darle a la nueva casa un visto bueno unánime.

⎯El vecino construyó una casa para pájaros, ¿cómo le parece? −me dijo unos días después la vecina de al lado, cuando se le habían terminado los comentarios sobre el clima.

No supe muy bien qué se esperaba que respondiera, así que dije que sí con la cabeza y seguí colgando mis sábanas con la mayor discreción. Pero la vecina no me había hecho la pregunta para que yo intercambiara con ella mis impresiones, sino para largarse a hablar por su cuenta sin necesidad de ninguna otra excusa. No ayudó mucho que en ese momento saliera a tender sus pantalones de todos colores la vecina del 105. Entre las dos destrozaron al pobre hombre y sus pretensiones de tener un patio más arreglado y mejor que los demás.

Al principio me costó entender de qué se trataba realmente todo aquello. No lograba descifrar la razón por la que hacían comentarios tan airados acerca de una casita de madera que no le podía hacer ningún daño a nadie y que además estaba en el patio del vecino, sin molestar ni siquiera a los pájaros. Pero antes de que terminara de tender todas las sábanas creí adivinar que la molestia venía por otro lado y que tenía una larga historia por detrás que yo no conocía. Me despedí de las vecinas y entré a mi casa con ese leve susto que asalta al que se va y sabe que deja atrás dos lenguas rápidas e implacables.

No me siento cómoda entre estos vecinos al mismo tiempo amables y gruñones, diplomáticos y agresivos. Cuando llegué a vivir a esta casa que heredé de una vieja tía solterona pasé meses sin atreverme siquiera a colgar ropa en el patio común. Me parecía que si asomaba la nariz por la puerta de atrás todos los vecinos me criticarían y tendrían de que hablar durante la semana entera. Me imaginaba que criticarían mi pelo demasiado largo o mi color demasiado oscuro o mis sábanas estrictamente blancas en medio de las floreadas telas de los demás. Ya era bastante difícil decidirme a salir por la puerta de enfrente a hacer las compras de cada día.

Pero llegó el momento inevitable en que reconocí que colgar las sábanas y las toallas dentro de la casa no era saludable ni práctico y comencé a espiar a las vecinas para calcular la hora menos probable en que me las encontraría. En los días de sol todas colgamos afuera nuestra ropa y hay un orden que parece ensayado y tal vez lo sea. Primero cuelga la ropa la vecina del 93, que parece lavar en la madrugada, porque cuando me levanto a desayunar ya sus cuerdas están llenas. Después sale la vecina de enfrente que no sé qué número de casa tiene. Luego hay una larga pausa, y es ese el momento que aprovecho para colgar mis sábanas, antes de que salga la vecina de al lado seguida por la del 105.

Nunca salgo al patio de atrás si no es para colgar la ropa o botar la basura. Y cada vez que lo hago siento la curiosidad de los vecinos como un baño de agua fría que me cae en la espalda. Todos tienen veinte o treinta años viviendo en estas mismas casas, y van a morirse aquí como mi tía solterona, que terminó sus días íngrima y rodeada de extraños. Yo soy la nueva, la extranjera, la que no habla bien inglés y no entiende el acento local. Por eso me limito a saludar cuando me saludan y a responder cuando me hablan, pero no visito a nadie y nadie me visita. Hablo con los vecinos sólo lo indispensable y evito involucrarme en los asuntos del pueblo.

Tengo una rutina que sigo al pie de la letra y gracias a que hago todos los días lo mismo los vecinos se han ido acostumbrando a no considerarme una sorpresa aunque siga siendo una curiosidad. Me levanto, me baño y desayuno. Miro por la ventana a los gatos salir, hacer sus rondas, volver a entrar. Lavo los platos y recojo la cocina. Cuando no tengo que ir al abasto a hacer la compra, subo directo a trabajar a mi estudio. Bajo cuando me da hambre y cocino algo rápido. Miro los gatos acurrucarse en la ventana del vecino pidiendo entrar. Subo a trabajar otro rato mientras espero la hora del té. A partir de las seis miro la tele mientras dejo que mi taza de Assam con leche se entibie y ahí me quedo hasta tarde escuchando noticias que me conmueven poco. Subo a acostarme cuando me rinde el sueño… y así, siempre igual.

Hace un par de días escuché un súbito revoloteo que me sorprendió cuando todavía no salía del baño. Escuché gritos y movimiento de gente. Miré por la ventana a un grupo de vecinos que estaba afuera, todos reunidos alrededor de un acontecimiento que no lograba explicarme. Hacían gestos, miraban a los lados, se agachaban y se levantaban con claros signos de alarma. Intenté por un rato adivinar de qué se trataba todo. Pero sólo logré descifrar las caras de preocupación y esa especie de tristeza indefinida que aparece cuando ya no podemos hacer nada.
Me asomé al fin, esperando escuchar algo sin que nadie reparara en mi presencia. Pero la vecina de al lado se dirigió a mí con una larga explicación en lo que me vio asomar a la puerta. Luego los vecinos hablaron todos a la vez tratando de explicar lo que estaba pasando.

No entendí nada, pero me bastó mirar al suelo para saberlo. No hacían falta palabras, en ningún idioma con o sin acento. Lo que quedaba del cuerpo de un pájaro marrón se podía ver todavía destrozado y sangriento en medio de los ladrillos del patio de tender la ropa.
Los gatos eran los culpables. O al menos uno de los gatos, el negro y blanco que mantenía amordazado y preso una de las vecinas más rollizas. El dueño de los gatos no estaba y pretendían retener quién sabe dónde al pobre bicho asustado hasta que pudiera aclararse el delito cometido. Le rogué a la vecina que me dejara guardar al pobre animal en mi casa. No podía soportar verlo tan asustado. Después de muchas negociaciones logré rescatarlo y entré con él a la cocina, pensando que por este acto de insubordinación y desobediencia me condenarían para el resto de la vida.

Le puse un plato con agua en una esquina y le hablé por un rato, sin levantar la voz, casi en un susurro, hasta que pareció entender que estaba a salvo. Terminé de limpiar la cocina y de lavar los platos mientras el gato se echaba a dormir en el rincón que le pareció más seguro. Cuando subí a mi estudio pareció preferir quedarse en el rincón que había elegido. Pero un rato después lo vi asomarse a la puerta y entrar despacio, para acurrucarse luego de varias vueltas detrás de la butaca de la esquina. Ahí se quedó dormido, con ese sueño a la vez profundo y liviano con que duermen los gatos. A mí me pareció un voto de confianza que moviera apenas las orejas al escuchar que tecleaba en mi laptop. Al rato dejó de importarme que los vecinos me condenaran al ostracismo eterno.

A las seis bajé a comer algo y cuando entraba en la cocina escuché a alguien tocar la puerta. Tres golpes secos y fuertes. Me devolví por el pasillo a abrir y vi a través del vidrio una figura alta que se movía de un lado a otro sin pausa. Cuando abrí, la cara roja y congestionada del vecino apareció delante de mí. Por un momento ninguno de los dos dijo nada. Yo sabía que venía por su gato, pero me esperaba al menos una palabra de agradecimiento. El vecino luchaba por encontrar algo que decirme, pero me le adelanté y le informé que yo tenía a uno de sus gatos, el negro y blanco.

El hombre murmuró algo que no entendí. Estaba claro que trataba de contener una furia que yo no sabía de dónde podía venir. A fin de cuentas le estaba haciendo un favor. Traté de explicarle que los vecinos pensaban que se había comido un pájaro, pero en medio de la frase que comenzaba a armar me interrumpió para decirme, de manera muy brusca, que por favor le devolviera a su gato. No supe cómo seguir explicándole que sólo le había ofrecido un refugio al pobre animal que estaba asustado y que los vecinos querían encerrar quién sabe adónde.

⎯Agradezca que no he llamado a la policía ni he levantado ningún cargo –me dijo de pronto, ahora sí con mucha furia en la voz.

Le pregunté extrañada que por qué iba a llamar a la policía y casi sin escucharme siguió diciendo que los animales de compañía eran propiedad privada y que retener a un animal ajeno era equivalente a robarlo, a llevarse un carro o cualquier otra cosa que le perteneciera a los demás, que yo no tenía ningún derecho y que en el futuro tuviera la bondad de abstenerme de meter las narices en donde nadie me había llamado. No sé si fue eso exactamente lo que dijo, pero es lo más cercano a lo que pudo haber dicho en aquel estado de furia o a lo que yo pude haber entendido en medio de la angustia, la vergüenza y el susto.

Cuando estoy en un estado de nervios todo se me ocurre en español y no puedo traducir de inmediato lo que pienso a un idioma en el que nunca sé cómo mostrarme convincente, fuerte o decidida. Así que me limité a hacerle una seña con la mano para que subiera a buscar a su gato. Le dije arriba, a la izquierda y esperé con la puerta abierta, tratando de armar en mi cabeza al menos una frase que explicara de manera definitiva lo ocurrido. El vecino subió las escaleras casi corriendo y medio minuto después bajó pisando muy fuerte. Los escalones crujían como si fueran a partirse en pedacitos.

⎯¡Buenas noches! –me dijo el vecino antes de salir, con el gato medio dormido colgado al hombro.

⎯Que tenga un buen día –le dije casi en un murmullo. No pude agregar nada más.

Ayer el vecino destruyó con un hacha la casa de pájaros y guardó las astillas en una bolsa negra que tiró al pote de la basura. No he vuelto a ver afuera al gato negro y blanco. De todos modos, sigue siendo mi favorito.
.
.
.

jueves, 30 de abril de 2009

El fantasma asustado

La frontera entre la ficción y la realidad es una línea cruzada por el miedo. Así, exactamente así, escuché la frase dos segundos antes de dormirme hace ya un par de meses. Tengo siempre al lado de la cama una libreta azul donde anoto lo que se me ocurre en la noche, mientras leo o espero que me venga el sueño, porque he aprendido que, si no lo hago, al día siguiente no queda nada de esa frase o esa idea que me parecieron en el momento perfectamente nítidas e imposibles de olvidar.

Con pánico de perder el sueño agarré la pluma y sin encender la luz escribí la frase y me quedé rendida. Al día siguiente descubrí entre los garabatos de tinta las palabras que todavía se podían leer debajo. Me acordé de la voz que me dictó esa frase y se me levantaron los pelos de la nuca, como se dice en inglés. Aunque me pareció más que solemne pensé que podía servir para algo alguna vez pero no volví a hacerle ningún caso. Hasta que apareció el fantasma en la biblioteca y esas palabras, junto con la voz que me las dictó aquella madrugada, se volvieron el centro de una especie de obsesión de la que todavía no logro salir.

La voz tenía un timbre ambiguo. No podía afirmar que fuese hombre o mujer. Era sólo una voz vieja, cansada, de esas que escuchas en los hospitales, en las paradas de autobús a media noche, en los bares que no cierran, en las farmacias de turno de veinticuatro horas cuando el sol todavía no ha terminado de salir. Una voz que viene de regreso y no espera nada de nada. Pero esto no lo noté en el momento en que, a punto de dormirme, la escuché por primera vez. Sólo me di cuenta después de escucharla algunas veces más, al final de la tarde, cuando apagaba la laptop y me quedaba en silencio haciendo un balance de lo que había logrado o dejado de hacer en un largo día de intentos frustrados o pobres hayazgos.

Cuando la escuché por segunda vez, en la media luz de un atardecer largo que se negaba a convertirse en noche, salté de la silla y prendí la luz casi en el mismo movimiento. Pero ya no estaba y, claro, pensé que la había imaginado. Esa vez la voz soltó una frase que sólo pude recordar cerca de la media noche, después de un baño tibio y unas treinta páginas de lectura. En mitad de un capítulo sobre la terrible peste bubónica que se extendió por Inglaterra en el año 1666, recordé de pronto la frase como si la voz hubiera vuelto a dictármela: La mejor forma de superar el miedo es no alimentarlo con ficciones.

Esta vez escribí la frase sin ningún reguero de tinta en mi libreta y seguí leyendo. Pero no pude quedarme tranquila porque he escuchado y leído lo suficiente sobre enfermedades mentales que comienzan justamente así: la gente oye voces y luego ya no distingue entre las voces reales y las que no lo son. Así que comencé a preguntarme si la voz estaba en mi cabeza o fuera de ella. En apenas un rato decidí que esa voz no me pertenecía, porque se parecía demasiado a las sentencias ejemplarizantes de Paulo Coelho y yo no padezco de ninguna inclinación por el didactismo.

Por suerte tengo un gato que, como todos los gatos, está capacitado por instinto para ver fantasmas donde quiera que estén. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que mi peludo compañero de insomnios se quedaba a veces mirando un rincón por demasiado tiempo. Si le preguntaba qué veía –siempre converso con mi gato y él me responde sin ninguna extrañeza- me soltaba un maullido breve y cansado, como si dijera, es sólo un viejo fantasma.

La tercera vez que lo sentí, la luz estaba prendida y hacía rato que se había hecho de noche. La laptop seguía abierta porque había una frase, una simple oración que debía cerrar el texto que estaba escribiendo y no podía dar con ella. Tenía la ilusión de que saldría de mis dedos directo al tablero si sólo me sentaba frente a la pantalla por el tiempo suficiente. Entonces escuché las palabras que en el momento me parecieron perfectas para cerrar el cuento que estaba escribiendo. Antes de paralizarme por temor al fantasma tuve el tino de escribirlas tal como las escuché: Cuando el miedo se alimenta de realidad, no queda nada en pie.

Al terminar de escribir me pregunté si debía dejar de lado mi incredulidad y agradecerle sinceramente a la voz que se había apiadado de mí y le había otorgado el final perfecto a mi historia. Miré como por costumbre a la esquina en la que mantengo colgada una hamaca de moriche que me traje de Margarita para recordar el sol del Caribe cuando estuviera en medio del frío implacable del invierno escocés. Y ahí estaba, a plena luz, sin ningún tipo de pudor. Me miraba de un modo tranquilo. Casi sonreía. Y me transmitió una calma que impidió que saltara de la silla otra vez.

Era una señora arrugada como todas las viejitas, pequeña como una niña de once años. Se cubría el cuerpo con una especie de cobija mullida y parecía cansada de esperar. No pude agradecerle ni reconocer con el debido énfasis su presencia, porque parecía lo más irreal del mundo que una viejita cansada hubiera aparecido sin más en la esquina donde cuelgo mi hamaca de moriche, y estuviera ahí mirándome desde el más allá. Así que guardé los últimos cambios que le había hecho al documento que tenía en la pantalla, cerré la laptop y bajé a sentarme en la sala. Un rato después prendí el televisor y traté de convencerme de que mi imaginación me estaba haciendo trampas.

Durante semanas dejé de trabajar en mi estudio. Me distraje haciendo largas diligencias que implicaban viajar a la ciudad a comprar cosas imposibles de encontrar en mi pequeño pueblito, como un lápiz de dibujo, un cuaderno con líneas para escribir música o una bufanda liviana y fresca para el verano que había visto una vez en oferta, más de seis meses atrás, en Grassmarket. También hice largas excursiones por el parque, más allá de mis predios habituales.
Me acostaba tarde y me levantaba más tarde aún, porque en ese momento todavía estaba a salvo en mi cuarto. Hasta que el fantasma decidió que si yo no iba a trabajar nunca más en sus predios, entonces se instalaría en los míos. La primera vez que lo sentí su peso en mi cama pensé que era el gato. Di media vuelta y seguí durmiendo. Pero cuando volví a despertarme en la madrugada con el peso en el borde de la cama y vi al gato durmiendo tranquilazo en su rincón preferido, entendí que el fantasma se había cambiado de cuarto.

En unos días, la casa toda en la que había construido mi santuario de lectura y escritura me oprimía como si se tratara de una cárcel o un sanatorio. A veces sostenía la llave de la puerta en las manos y, sentada en la escalera, me preguntaba a dónde podía ir a hacer algo que me alejara por horas de aquel lugar donde el acto simple de vivir se me había vuelto una pesadilla. Ya no resultaban suficientes mis largas caminatas a la orilla del río ni mis falsas necesidades de bufandas o lápices. Por más que me tardara, no podía evitar volver.

Comencé a ir a la biblioteca a leer. Cuatro o cinco horas más afuera servían para calmarme y me permitían tomar cierta perspectiva de mis temores. Pero siempre llegaba la noche, el silencio y la oscuridad. Y con ellos venía el fantasma que se sentaba todas la madrugadas al borde de mi cama, mudo y necesitado. Por semanas dejó de dictarme sus frases al mismo tiempo misteriosas y ridículas. Hasta que pareció no poder aguantarse más y una noche en que yo estaba en medio de una pesadilla, nadando contra la corriente de un río de barro y sangre, me dictó una frase que no tuve que anotar en mi libreta azul, porque se me quedó colgando en la memoria por días: Hay más miedo en la realidad de lo que puede caber en la ficción.

Entonces entendí que la viejecita elocuente no quería asustarme sino, tal vez, hablarme de sus propios temores y compartirlos conmigo. Pensé que si juntaba todas las frases que me había dictado y de algún modo construía con ellas una historia me dejaría en paz, porque su miedo estaría a salvo y ella también. Cuando ponemos nuestros terrores en palabras parecen perder su densidad. Esto no me lo dictó la viejecita arropada. Se me ocurrió mientras inventaba apurada una historia para sacarme de encima al fantasma insistente. Y por supuesto reconocí su influencia de inmediato.

Era una historia en la que trataba de imaginar cómo habría sido vivir en esta casa en los años cuarenta o cincuenta. En esos tiempos en que el siglo pasado era todavía joven las familias incipientes comenzaban a vivir en estas casas que se miran unas a otras por todas las ventanas. Pensé que no sería difícil imaginar a los vecinos recibiendo a la nueva familia de la que formaba parte mi fantasma. Los imaginé mirando –como hoy- las peleas y las reconciliaciones, escuchando reir a los niños en las tardes frías y observando con curiosidad a las mujeres limpiar y recoger, llorar y fumar en las ventanas o en el descanso de las escaleras.

Imaginé un marido hosco y unos niños ingratos. Inventé mezquinas alegrías y recurrentes sinsabores. Largas horas de soledad y motivos para la tristeza y la nostalgia. Pero sobre todo construí razones para el miedo, por las que pudiera ir intercalando las frases que mi viejecita me había dictado. Armé una historia más bien amarga y sin ningún asomo de piedad. Y, claro, terminé matando a la pobre viejita en una noche solitaria en que dejó de respirar después de sobrevivir innumerables desencantos, una fractura en la pelvis, y un abandono de años sin atención ni cariño.

Cuando terminé de armar la precaria historia volví a mi biblioteca, me senté frente a la laptop y se la leí en voz alta. No era tarde, pero había oscurecido lo suficiente como para que el fantasma considerara válido aparecer en la media luz del rincón. Me di vuelta para constatar que escuchaba, aunque ya había sentido su presencia. Me miró largo y después de mascullar un rato y dudar un poco, me dictó su última frase: El miedo sólo está en el lugar en el que no quieres que entre.

Pensé que había matado –como se dice- dos pájaros de un tiro: me había librado del fantasma miedoso y había podido subir a mi blog el cuento del mes sin que me agarrara la fecha límite. Llevaba varios días de lo más contenta con mi eficiencia y mi claro sentido de la oportunidad cuando el fantasma se me volvió a sentar en la cama para dictarme otra de sus frases: Acepta, sin luchar, el miedo. Entonces te dejará ir.

Me pregunté si debía escribir un último párrafo de la historia para incorporar la nueva sentencia admonitoria, a ver si de verdad se trataba del final. Pero mientras escribía mi gato se levantó de pronto de su tranquila siesta y se quedó mirando otra vez fijamente el rincón donde yo sólo veía la hamaca de moriche.

Han pasado dos meses desde el frustrado intento de deshacerme del fantasma sentencioso. Ya no me asusta su voz cansada y me he acostumbrado a su obstinado peso en el borde de la cama. Ahora somos dos escribiendo y soñando frases redondas y ridículas con las que componemos cuentos inútiles y poemas bobos.

Nos divertimos bastante.
.
.
.

martes, 31 de marzo de 2009

El encuentro

Olía a pelo quemado. Desde lejos habíamos sentido el olor incluso antes de ver el humo. Cuando llegamos todo crujía, como si estuviéramos en un viejo barco a punto de naufragar. De la puerta sólo quedaba el hueco abierto. Alguien la había arrancado de cuajo. Las vigas del techo hacían un tenso ruido de queja y caían por partes, muy lentamente, como sostenidas por una plegaria. Los bancos achicharrados parecían retorcerse todavía en un lento craqueteo triste. Las llamas se habían apagado y quedaban solo tizones relampagueantes que mantenían vivo el calor. La lluvia menuda que comenzaba a mojarlo todo alborotaba el humo.

Una imagen de la virgen se había caído de un nicho y estaba aplastada contra el suelo. Todo se había roto menos su cara, perfecta y lisa. Sus ojos abiertos parecían los de una muñeca insomne a punto de gritar. Lo que quedaba del manojo de pelo natural que había estado sobre aquella imagen se desparramaba medio chamuscado sobre las losas del piso húmedo. Un jarrón que tal vez había contenido flores se había roto en miles de pedacitos y formaba un charco de vidrios y cenizas en el medio del pasillo.

El techo se había derrumbado casi por completo y la llovizna menuda que dejaba pasar producía la extraña sensación de estar al mismo tiempo afuera y adentro. Las nubes pasaban lentas sobre el marco que hacían los altos muros. Por el único vitral que se mantenía en pie cruzaba una luz rojiza que iluminaba el lugar en el que había estado el altar. Todo crujía y sin embargo nada se movía. Sólo nosotros tres. Desconcertados. Como si nos escontráramos en medio de una tragedia a la que estábamos llegando demasiado tarde. Culpables. Como si hubiéramos encendido el fuego con nuestras propias manos. El sonido de las maderas quemadas comenzando a mojarse parecía una música fuera de lugar. Los tres escuchábamos en silencio.

Mina se sentó en el suelo y recogió unos pedazos del jarrón roto. Podía ver las lágrimas que caían por su cara, arrastrando la tierra que se había acumulado en ella durante meses. Cuando se limpió con la palma de la mano, un lamparón le cruzó de la nariz a la oreja. Me acerqué a ver qué estaba recogiendo del piso. Ya había hecho un montoncito con las monedas de distintos tamaños que había encontrado entre los restos del jarrón.

⎯Eso da para comprar algo de comida −dije.

Mina me miró con un gesto de reproche. Pero no se resistió cuando levanté las monedas del piso y las guardé en el maruto. A fin de cuentas, yo era el encargado de las finanzas y de los alimentos. Gracias a eso habíamos tenido algo en el estómago al menos una vez al día durante los últimos tres meses. Mina se guardó un trozo de cerámica, brillante y azul cielo, entre los trapos que le servían de ropa, albergue y escaparate. Esa acumulación de blusas, faldas, retazos de todos tamaños, cinturones, bolsillos y bolsos era todo lo que tenía en la vida. Si podía cargar algo se lo apropiaba, si no, lo dejaba en el camino sin ningún remordimiento.

Nos acercamos a Segundo que se afanaba retirando de un rincón un montón de escombros. Metí el hombro para ayudarlo aunque no me lo había pedido, y entre los dos hicimos un claro. En medio de las maderas chamuscadas se podía ver el cuerpo de alguien que había sido aplastado al caer un pedazo de techo. El cuerpo estaba quemado a medias, su cara no se había chamuscado del todo y las piernas estaban intactas. Tenía una expresión de asombro y no se parecía a la de los muertos que habíamos visto en los campos de batalla. Este muerto no había luchado contra otros hombres, no lo habían matado mientras peleaba por su vida.

⎯Algo importante debe haber aquí para que este infeliz se arriesgara a morir así –dijo Segundo.

⎯¿Que puede ser?

⎯¿Qué más va a ser? –dijo Segundo−. Plata.

Seguimos levantando escombros por un largo rato. Pero no encontramos nada que no fuera más escombros. Segundo se cansó y se sentó al borde de un banco que no se había terminado de quemar en el incendio y se quedó mirando palmo a palmo cada resto que quedaba en pie. Algo se movió en un rincón y Mina fue a ver qué era. Oímos el maullido y casi al mismo tiempo Segundo gritó que no, carajo, que no.

⎯Sólo quiero saber si está bien –dijo Mina.

Segundo la conocía lo suficiente. Si ella lograba guardar el animal entre sus trapos, tendríamos que cargar con él por el resto del camino. Y si era más de un bicho, ¡que dios nos ampare!

⎯Bien o mal, vivo o muerto vas a tener que dejarlo ahí, tal como está –insistió Segundo, con muy mala cara.

Mina no le hacía ningún caso pero Segundo seguía dándole órdenes. Nunca vi dos seres que se ignoraran con tanta resolución y al mismo tiempo no pudieran vivir el uno sin el otro. ¿Y quién te nombró a ti mi comandante en jefe? le decía Mina cuando perdía la paciencia. Pero Segundo parecía no recordar cuándo ni cómo había ido aceptando todas las impertinencias de Mina. Sus órdenes iban por un lado y la vida, que Mina decidía a cada paso sin tomarlo en cuenta, iba por otro.

⎯No podemos dejarlo aquí para que se muera de hambre.

Mina había decidido ya lo que iba a hacer y Segundo lo sabía. Pero no lo iba a dejar pasar sin dar las órdenes contrarias. Se levantó del banco medio chamuscado y se acercó a ver el bojotico de pelo negro y blanco que Mina acurrucaba ya entre sus faldas y trapos. Intentó alargar la mano para agarrarlo, pero Mina se levantó de un salto y se refugió en el rincón, de espaldas a la pared con el animal en los brazos. Lo miraba con una especie de fiera determinación.

⎯Si no hubiéramos entrado aquí se hubiera muerto de hambre de todos modos –dijo Segundo, dando media vuelta y buscando ya la salida.

⎯Pero entramos –dijo Mina, casi en un susurro.

Segundo me hizo una seña para que lo siguiera. Caminamos sobre los escombros hacia el hueco de la puerta. Ya no había nada más que hacer ahí. Unas pobres monedas no compensaban el desvío que habíamos hecho y que nos había llevado un par de horas. Caminé detrás de Segundo sin esperar a Mina. Ella siempre venía más atrás, sin preocuparse por lo lejos o cerca que estábamos nosotros.

Tres horas después nos sentamos frente a un caño a comer algo. Mina llegó un rato más tarde. Venía como conversando en un susurro y cuando se sentó cerca empezó a cantar una vieja canción, que hablaba de un viaje muy lejos de casa. Entre sus trapos llenos de barro y sangre, acurrucado como si hubiera estado siempre ahí, el gato ronroneaba contento.
.
.
.

Archivo del blog

Datos personales

Mi foto
Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.