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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 30 de mayo de 2011

La lección imposible

—¿Cómo se dice? —la mujer tenía una palabra en la punta de la lengua, pero no podía encontrarla.

Yo había visto esta escena varias veces en las mesas dispersas del café de la Biblioteca Nacional de Escocia. Sobre todo en las que están a los lados de la escalera que sube a la sala de lectura, hay siempre un par de horas en la tarde en las que algún nativo le da clases de inglés a algún extranjero ansioso y tímido. Una vez escuché a una mujer más bien madura corregir a un joven, tal vez polaco, que parecía estar estudiando una lección específica para un examen. Otra vez vi a un alemán bastante mayor, calculé que tendría unos setenta años, construyendo con dificultad una frase larga y densa, mientras una joven que no pasaba de veinticinco lo miraba impaciente.

Hubo un japonés que se pasaba las manos por el pelo, en un gesto de contenida desesperación, mientras repetía con cadencia musical los distintos tiempos de un verbo rebelde. También escuché un intercambio entre una señora que quería aprender ruso y una joven que estaba perfeccionando su inglés. La joven hablaba de una manera bastante fluida y hacía preguntas más bien tímidas sobre el uso correcto de algunas preposiciones. Estaba claro que en realidad no necesitaba muchas lecciones. Cuando le tocó el turno a la señora de practicar las pocas frases que había aprendido en ruso, los papeles se cambiaron bruscamente. La señora se sonrojaba y dudaba mientras la joven corregía y sonreía. Me pareció que en ese intercambio había una especie de justicia poética.

Me gusta escuchar esas clases de idiomas cuando almuerzo en la biblioteca. Es mi pausa, mi hora de descanso entre una y otra lectura de pesados ensayos sobre literatura y exilio. Y es la mejor ilustración del tema en el que intento trabajar. Cuando veo esos inseguros emigrados, trasplantados o exiliados balbucear frases incorrectas en un idioma del que no han podido todavía apropiarse entiendo el drama del extrañamiento mejor que si leyera veinte libros. Por eso ese día, cuando escuché la pregunta de aquella mujer —¿cómo se dice?— no pude evitar voltear a mirar a la dueña de esa voz que me pareció tan familiar.

Tenía la piel oscura y los ojos grandes, los labios gruesos y la barbilla roma. No usaba maquillaje salvo tal vez una pintura de boca mate. Sus ojos brillaban como si estuviera a punto de comunicar o de recibir una revelación. Hubo un silencio que el hombre que la acompañaba no trató de llenar. Sólo se oían los murmullos de la mujer que seguía empeñada en encontrar una palabra que no le venía a la mente ni en su idioma materno ni en el inglés testarudo que estaba tratando de aprender. El silencio pareció extenderse por los pasillos, por cada una de las mesas del café, pareció querer subir las escaleras y entrar a la sala de lectura donde docenas de estudiantes hacían como que trabajaban en un tema crucial, como que resolvían para siempre un drama eterno.

En ese par de minutos en que el silencio se hizo grande y denso yo me quedé suspendida en una idea que me había estado rondando desde que acepté escribir un artículo sobre la literatura del exilio. Había leído que el exilio es cuando no puedes regresar. Y también había leído que en realidad todo viaje que nos aleja de nuestro lugar de origen es un viaje hacia el exilio, porque nunca podemos volver exactamente al lugar del que salimos. Porque aunque volvamos ese lugar es siempre otro. No podemos volver y por eso somos todos exiliados sin remedio. Todas esas ideas que eran en realidad una misma idea fluyendo como un río que nunca es el mismo me hicieron dejar de masticar, de tragar, para poder escuchar aquella palabra que llegaría en algún momento a la memoria de la mujer que preguntaba ¿cómo se dice?

Pero la palabra no llegaba y mientras esperaba me acordé de aquella vez que yo también intenté hacer una especie de intercambio de idiomas con una mujer, tal vez mayor que yo, que terminó huyendo despavorida porque no cumplí con las reglas sagradas de ese tipo de intercambio. Habíamos quedado en vernos en el cafetín que tenía una terraza que daba al río. La terraza estaba casi siempre cerrada, porque el frío londinense no permite estar al aire libre por más de tres o cuatro semanas al año. Así que nos encontramos en una de las mesas de adentro que los estudiantes compartían sin demasiadas ceremonias y estaban llenas de papeles y vasos de plástico usados. Nos reconocimos por no sé qué indicaciones que nos habíamos dado por correo electrónico para fijar el día y la hora de la cita.

Ella me dio la mano y preguntó inmediatamente, con ese sentido práctico típico de los anglosajones, con qué idioma comenzaría nuestro intercambio. Le dije que podíamos empezar hablando español y ella aceptó sin reservas. Mientras pedíamos café y buscábamos una mesa donde sentarnos le pregunté por qué estaba aprendiendo español y cuánto tiempo llevaba intentándolo. Me contó una larguísima historia, llena de complicadas frases en las que el género y el número no concordaban nunca, y yo escuché con atención sin interrumpir para corregir ninguno de sus incontables errores. De vez en cuando le hacía una pregunta breve para que aclarara algún punto y se diera cuenta de que yo seguía su historia con un interés profesional. De pronto, casi en medio de una frase, miró el reloj y me dijo, en inglés, que su tiempo se había terminado y que era mi turno.

Me quedé callada. El cambio me pareció demasiado brusco. En esa época yo estudiaba en un departamento de español en donde todo el mundo quería practicar el idioma que estaba aprendiendo y casi nadie hablaba conmigo en inglés. De todos modos, cuando alguien lo intentaba cambiaba rápidamente al español al verme tartamudear y hacer un esfuerzo inmenso para encontrar una palabra que nunca llegaba y que dejaba mis frases incompletas para siempre. Pasar de un idioma al otro me parecía una proeza de la inteligencia y de la imaginación. Era también una forma de despojo, como quitarse un abrigo para ponerse otro. Y en el medio de esos dos abrigos había un frío que me resultaba casi imposible transitar.

Por eso me había quedado callada y me hubiera gustado preguntar, como la mujer que tenía ahora enfrente en la Biblioteca Nacional, ¿cómo se dice? Porque no sabía qué decir. Y aquella mujer, que acababa de sonar tan amable, tan dulce mientras me contaba la complicada historia de sus idas y venidas con una cultura extraña en la que sólo se sumergía los veranos que pasaba en Mayorca o en las Islas Canarias, se convirtió en una especie de institutriz alemana al tercero de mis intentos por decir algo coherente. Miró el reloj y completó la frase que yo había iniciado con una impaciencia desproporcionada. Entonces yo sentí la urgente necesidad de ejercer una pequeña venganza.

Hoy no tengo ganas de hablar inglés, le dije en español, con un tono definitivo. Ella se quedó paralizada. La indignación le subía por la piel desde el centro del estómago y se iba poniendo cada vez más roja. Respiró hondo un par de veces. Me recordó el acuerdo de palabra al que habíamos llegado cuando intercambiamos mensajes. Nos encontraríamos una hora a la semana. Ella practicaría su español por media hora y yo mi inglés por el mismo tiempo. No había dinero de por medio, sólo ese trueque cultural en el que un saber se paga con otro.

Creo que pasaron días o tal vez semanas antes de que me diera cuenta de que el pacto era más bien sagrado. De ningún modo resultaba aceptable que yo decidiera a mitad de camino que no iba a respetar mi parte del acuerdo. Porque era el equivalente a hacer un favor sin esperar nada a cambio. Y eso era, simple y llanamente, insoportable. Pero en ese momento no me pareció algo del otro mundo. No me había costado nada dedicarle media hora a una completa extraña que quería practicar mi lengua materna. Y pensaba que no le hacía daño a nadie negándome a hablar, de pronto y sin motivación alguna, un idioma con el que no me sentía todavía cómoda.

No me acuerdo cómo nos despedimos ni qué me dijo la mujer antes de dar media vuelta y desaparecer para siempre. Pero la sensación de intenso malentendido me acompañó durante los tres años que faltaban para que terminara mis estudios en Londres. Esa idea de que lo que en una cultura puede ser considerado un don desinteresado en otra puede ser visto como un insulto imperdonable se me vino a la mente otra vez mientras esperaba que la mujer de ojos brillantes dijera por fin lo que tenía que decir.

No puedo, dijo. Es que no sé cómo se dice, repitió. El hombre que tenía enfrente había respondido con profunda paciencia durante todo el tiempo que estuve mirándolos. Pero el silencio que había hecho, el modo quieto y reservado con el que había esperado por largos minutos que aquella mujer encontrara la palabra que se le había perdido, en lugar de dar lugar a un hallazgo feliz se había vuelto un muro infranqueable. El silencio le había quitado el impulso a la conversación y se había tragado toda la espontaneidad que a la mujer le podía quedar. Atascada en ese silencio que tal vez era, para el hombre, una señal de paciencia y tolerancia, la mujer se había hundido en una vergüenza cada vez más espesa y ahora no podía hacer nada más que escapar.

Se levantó de la mesa trastabillando un poco. No puedo, no sé, iba murmurando cuando se alejó por el pasillo hacia la sala en la que se guardan los abrigos y los bolsos. El hombre se quedó callado. No hizo ningún gesto. No la llamó ni la siguió para decirle que se tranquilizara, que no pasaba nada, que ya se acordaría, que cambiaran de tema, que no era grave, que seguramente se trataba de un lapsus temporal, que ya encontrarían el modo, que para eso estaban los diccionarios y las enciclopedias y hasta internet. Nada de eso. El hombre se quedó sentado sin hacer ni el más mínimo gesto.

Entonces me levanté y recogí con deliberada lentitud mi taza, mi plato y mi tetera. Puse todo encima de la bandeja y, llevándola como quien carga su dignidad por delante, di tres pasos y me paré frente al hombre que seguía mudo.

—Shame on you! —le dije sin alzar la voz.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.