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(Un cuento al mes... o más)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las dos abuelas

—Tuve dos abuelas —dijo la mujer—. Las dos están muertas.

El hombre que la escuchaba no quiso interrumpirla con la frase que primero se le vino a la cabeza: todo el mundo ha tenido dos abuelas. Casi todas las abuelas están o van a estar pronto muertas. Le pareció de una crueldad innecesaria, de las que tantas veces lo había acusado su mujer. Así que se limitó a darle una chupada larga al cigarro y apurar de un trago el resto del café ya frío.

—Yo las llamaba la abuela buena y la abuela mala —dijo la mujer.

El hombre se recostó en la silla dispuesto a escuchar, sin encender otro cigarro ni pedir más café. Sabía que la mujer no dejaría de hablar hasta que el cuento estuviera completo. Por la ventana se veían los pájaros huyendo de una lluvia menuda y la amenaza de un cielo gris, bajo como un mal presagio.

—La abuela buena había venido de otro país, con sus tres hijos mayores, siguiendo a un marido que huía de un dictador sanguinario. La abuela mala había venido del interior, muchos años después de haberse quedado viuda con cinco niños y de haberlos criado sola, con el miserable sueldo que ganaba en aquel tiempo una maestra de escuela.

El hombre intentó trazar un mapa imaginario de los dos viajes. Consideró el lento trayecto por mar y los largos días en polvorientas carreteras. Se preguntó por fechas y distancias. La lluvia arreciaba y pronto sería necesario prender al menos una lámpara.

—La abuela que llegó a instalarse en el exilio aprendió a trabajar sobre su nostalgia con una diligencia incansable. Hacía vestidos y tortas, remendaba pantalones y cortaba sacos, visitaba a domicilio a las señoras que no podían salir de su casa pero necesitaban un vestido, aceptaba encargos para cenas de gala y de paso tuvo dos hijos más. No se entretuvo ni un segundo en la idea del regreso. Una vez cada tanto, en alguna tarde más calurosa de lo habitual, se atrevía a recordar su casa alta frente a la plaza del pueblo, sus trajes comprados en la capital, las clases de francés que le daba una institutriz belga, los abanicos de seda, los espaciosos salones donde todavía se bailaba como en el siglo XIX. Pero sus recuedos tenían apenas la consistencia de los sueños. La tristeza era un lujo que no podía permitirse.

El hombre aprovechó una pausa para servirse más café. Se levantó pesadamente y trató de no hacer ruido. Recordó viejas fotos, evocó un perfume que le parecía familiar. Miró apenas un momento la lluvia que caía afuera y se sentó otra vez frente a la mujer que retomaba el hilo sin cambiar de tono.

—La abuela que vino del interior, cargando con sus dos hijas menores porque ya había enviado a los otros a la capital, años atrás, a vivir con familiares, tenía la mirada acusadora de quienes se creen merecedores de una mejor suerte. El suyo era un afán de corrección nunca satisfecho. Por eso no podía disfrutar ni de sus recuerdos más felices. Las pocas veces que hablaba de la vieja casa en la que habían vivido en el pueblo remoto, su voz se agriaba y terminaba envolviendo los recuerdos en un murmullo ronco. Aún así, era posible suponer que la abuela no evocaba con orgullo aquella casa mezquina y escueta, instalada en las afueras, a la orilla de un río plagado de caimanes. Tal vez por eso sacudía los recuerdos con un manotazo brusco antes de dedicarse a criticar a quien tenía delante con una saña digna de mejores causas.

El hombre asintió con la cabeza, porque le pareció que era eso lo que se esperaba de él a esa altura del relato. Después, para evitar la intensidad de la mirada de la mujer que hablaba, observó el fondo de la taza con atención, cabeceando rítmicamente.

—La abuela que vino del exilio parecía sentirse como en casa apenas unos años después. Su acento caribeño se moderó y apenas se sentía en algunas de sus eres el dejo de otras costas. Su disposición a enmendar el mundo que la rodeaba la mantenía ocupada en horas de trabajo y la ocupaba también cuando todo el mundo estaba ya descansando. Se inventaba proyectos infinitos, penelopianos, como tejer una enorme colcha para la cama de dos metros por dos metros que acababa de comprar su hija mayor. Y en menos de seis meses aquella colcha gigantesca y pesada, azul y roja, estaba ya cubriendo la inmensa cama. Esa actividad intensa no impedía que ella fuera, sin embargo, la personificación de la calma. Irradiaba una forma de serenidad que se contagiaba y que hacía que todo lo que existía a su alrededor buscara en ella un punto de referencia. Las cosas y las gentes se inclinaban hacia ella como los girasoles que miran al sol.

El hombre pareció reconocer un sentimiento que le era familiar. Sonrió levemente y miró por la ventana con un gesto nostálgico. Se dió cuenta de que ya estaban totalmente a oscuras y alargó una mano para encender la lámpara que estaba sobre la mesa. Un cono de luz iluminó las tazas y el cenicero. El perfil de la mujer se recortó neto contra la luz azulada.

—La abuela que vino del interior jamás estaba en calma. Ni hacía sentir a nadie un segundo de serenidad. Todo en ella era tensión. Parecía vivir sobre el filo agudo de una navaja y cortaba a todos con ese filo tenso. El único momento en el que se relajaba, apenas, era cuando se sentaba a elegir los caballos a los que apostaría el domingo. Cuando terminaba de seleccionar su apuesta, la cara volvía a ponérsele tensa y los ojos regresaban al escrutinio eterno al que se había entregado desde que eligió convertirse en juez universal. Las leyes por las que se guiaba habían dejado de estar vigentes un siglo atrás, pero ella no se había dado cuenta.

El hombre encendió un cigarro y lanzó hacia arriba una larga bocanada de humo. Cuando se inclinó para acercar el cenicero, su cara cruzada de arrugas brilló un momento bajo la luz azulada de la lámpara. Pero casi de inmediato se retiró del haz de luz y volvió a hundirse en una penumbra que dejaba ver sólo los contornos de su cabeza y la mano con el cigarrilo que bajaba y subía.

—Cuando ya sentaba nietos en sus piernas, la abuela que había dejado de ser extranjera se dedicó a atender al abuelo cada vez más achacoso. Al morir el abuelo ella se dedicó a pulir las memorias que le quedaban de su vida pasada y poco a poco dejó de vivir en el presente. Sin remordimientos, sin rencores, sin el más mínimo sentimiento de frustración, su relación con el mundo entró en retroceso. Pero no dejó de ocuparse de la casa, de tejerle a cada nieto nuevo un trapito y a cada bisnieto una cobija, de cocinar para la inmensa familia cuando venían de visita de ciudades cercanas o países lejanos. Podía olvidarse de los cumpleaños y hasta de los nombres, pero recordaba cuántos eran y sabía atenderlos a todos cuando entraban y salían de la casa sin avisar.

El farol de la plaza de enfrente se encendió de pronto, cuando ya no quedaba ni un fulgor de luz en el cielo. El hombre sabía que ya era hora de irse, pero la mujer seguía con su perorata casi sin pausa. Mientras hablaba, como para ayudarse a seguir el hilo de sus pensamientos, la mujer había puesto a un lado una servilleta blanca, doblada en dos, limpia y lisa, y al otro lado la taza marrón manchada de café. Tocaba alternativamente cada objeto dependiendo de la abuela de la que estuviera hablando.

—La abuela que se acostumbró a la ciudad después de haber vivido más de media vida en un pueblo perdido del interior no sentaba nietos en sus piernas mustias. Los nietos le tenían miedo. Porque nunca les hablaba para preguntarles si estaban bien, si necesitaban algo. Sólo les hablaba para darles órdenes. Exigía a sus nietas que se pusieran una falda más larga o un pantalón menos apretado o un escote más discreto. A los nietos varones les hacía menos reclamos, pero aún así tenían que soportar sus eternas demandas. No era posible hablar con ella. Sólo quedaba escuchar o quitársele del medio, antes de que se fijara en algún otro defecto que sin falta se dedicaría a criticar.

El hombre, que parecía haberse quedado dormido por un minuto, dio un respingo cuando la colilla del cigarro se le cayó de los dedos. La recogió con movimientos pausados, simulando una calma que tal vez no sentía, y se sentó de nuevo con la espalda encorvada y las piernas cruzadas bajo la mesa.

—La abuela que ya no era extranjera murió en su cama, de pronto, mientras dormía. No sufrió ninguna larga enfermedad. No tuvo que someterse al agobio de largos tratamientos ni al manejo desconsiderado de los médicos. Un día amaneció quieta y serena sobre su cama impecable. Dejó una casa llena de memorias, de objetos que sólo tenían valor para ella, porque sólo ella recordaba de dónde habían salido, quién se los había dado o dónde los había encontrado. Su apego infatigable a las cosas parecía una extensión del amor que sentía por todo lo demás.

Había dejado de llover y el hombre ya no encontraba acomodo en la penumbra. Hizo un ademán como de levantarse, pero sabía que no podría irse sin conocer el final de la historia. Por la ventana ya no se veía sino una noche oscura, interrumpida apenas por el escaso farol de la plaza.

—La otra abuela murió de cáncer después de diez años de lento sufrimiento. Su cuerpo mismo le declaró la guerra y no le dió tregua por años. Entraba y salía de los hospitales con una frecuencia que al final todos dejamos de notar. Varias veces le aseguraron que le quedaban apenas meses de vida. Todas y cada una de las predicciones fallaron y ella siguió tercamente viva hasta que cumplió los noventa y cinco. Un día, cuando decidió que ya era tiempo de dejar que la enfermedad se saliera con la suya, se negó a levantarse de la cama. Unas horas después murió. Dicen que hasta el último minuto estuvo despierta, vigilando.

Esta vez el hombre sí se puso de pie. Recogió las tazas y el cenicero. Se metió en el bolsillo la caja de cigarros y el viejo encendedor. Recostó el respaldo de la silla en el borde de la mesa y se aseguró, con una mirada rápida, de que todo quedara en orden. Cuando iba a levantar la mano para hacer su habitual gesto de despedida, la mujer dejó caer las últimas frases del día.

—Se conocieron poco. Sólo se vieron en bodas, bautizos y funerales. Nunca se quisieron y no tenían por qué.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.