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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Black Bull

Entramos en el Black Bull con los zapatos llenos de barro. Veníamos de caminar por dos horas entre charcos y pantanos que se habían acumulado después de una semana de intensas lluvias. El hombre que estaba detrás de la barra no nos miró mal al principio. Tal vez no éramos los clientes más sucios que habían entrado a su pub esa tarde. Pero cuando le pedimos sólo té con leche sí le notamos que puso mala cara. En la barra había dos hombres sentados: uno joven y uno viejo. O tal vez uno más viejo que el otro. Ambos despeinados o con exceso de pelos en la cabeza, en las manos, en la cara.

Nos sentamos en la mesa que estaba en el único rincón donde todavía caía un helado rayito de sol. Puse mi abrigo sobre la calefacción para que se secara un poco. El hombre más viejo se bajó trabajosamente del taburete en el que estaba sentado en la esquina de la barra y se acercó despacio a donde estaba mi abrigo. Pensé que lo quitaría del medio sin más explicaciones, porque tal vez le había parecido una afrenta que yo, de manera egoísta, hubiera acaparado el calor de la calefacción por un par se minutos para secar mi ropa. Uno se acostumbra a ese tipo de desencuentros. Pero no. Lo que hizo fue retirar su bastón, que estaba en el otro extremo del radiador, y regresar con lentitud y parsimonia a su puesto.

Cuando estuvo colgado de nuevo en su percha, acodado en la barra, el hombre volteó a mirarnos y esbozó una sonrisa que nos pareció siniestra. Le respondimos con un gesto más bien cortés y tratamos de distraernos mirando el menú mientras llegaba el té, que se tardó mucho más de lo debido. El pub estaba casi vacío, descontando los hombres sentados en la barra, y servir agua caliente en dos tazas no es exactamente una operación complicada. Pero nos habíamos acostumbrado también a esas respuestas dilatadas que son una de las formas con las que los parroquianos de pueblos pequeños le niegan al extraño el más elemental gesto de bienvenida.

El extranjero está siempre sujeto a las formas sutiles de maltrato que le impone quien se siente dueño y señor de su pedacito de tierra. También se expone a formas menos sutiles, ya no de maltrato, sino de violencia directa. Apenas unos días atrás, en una calle concurrida de Manchester y a plena luz del día, un joven de veinte años le había atravesado la cabeza con una bala certera a otro joven, apenas mayor, que no había cometido otro despropósito que ser de un país diferente y tener tal vez la piel un poco más oscura. Habíamos comentado largo ese caso mientras caminábamos. Ponderamos las razones y los motivos. Elucubramos sobre el contenido que debía tener la mente de alguien que le dispara a sangre fría a otro ser humano. Llegamos a conclusiones aterradoras y nos sentimos de pronto víctimas eternas de un futuro atentado.

Pero cambiamos de tema, como siempre, y al final de la larga caminata ya estábamos haciendo planes, imaginando otros viajes, sacando cuentas. Por eso, cuando entramos al Black Bull veníamos más bien con un ánimo festivo, y se nos había olvidado ya la bala en la frente del pobre estudiante que estaba de vacaciones en Manchester. Y por eso registramos sólo a medias los signos evidentes de agresión o retraimiento y seguimos comentando y haciendo planes en nuestro idioma, tal vez en un tono de voz más alto de lo necesario.

Cuando llegó el té lo dejamos reposar un rato y después le pusimos azúcar y leche. No sabía bien. Dudamos. Olimos las bolsitas de té arrumadas en un plato. Probamos lo que quedaba de la leche apenas fría. Era la leche. Devolvimos todo a la barra y le explicamos al bartender que la leche estaba pasada. El hombre retiró las tazas y la jarrita de leche con una imperturbable expresión de furia. Nos sentamos a esperar que nos trajeran dos nuevas tazas de té. Y entonces sí comentamos en voz baja la sensación que nos había producido aquella cara de pocos amigos, el silencio que se había hecho a nuestro alrededor desde que entramos, la lentitud con la que nos sirvieron, la coincidencia sospechosa de la leche en mal estado.

Justo en ese momento, cuando estábamos callados frente a la mesa vacía, de la que ya había desaparecido el mínimo rayo de sol que nos había hecho sentarnos en el rincón, el hombre del bastón volteó a mirarnos de frente.

–No les gusta la leche –dijo en voz más bien alta y en el acento cerrado de la región.

Le explicamos que estaba pasada. Casi nos disculpamos. No queríamos sonar arrogantes. Bastaron un par de frases para que el hombre comprobara lo que ya sabía desde que nos vio entrar. Éramos extranjeros y eso le bastaba.

–¡A los señores no les gusta la leche que se produce por estos lados! –gritó a voz en cuello el hombre, volviendo a darnos la espalda.

No se sabía para quien gritaba, porque además de su acompañante y un par de adolescentes que jugaban en el otro extremo del salón con una máquina tragamonedas, no había nadie más que nosotros. Pero se notaba que era uno de esos personajes inclinados a imaginar amplias audiencias, aunque la realidad rara vez lo acompañara en sus delirios.

–¡Tal vez hay que darle a los señores una leche extranjera! –siguió gritando el hombre. Y esta vez parecía que se dirigía al hombre que con la más absoluta lentitud hacía como que recogía, lavaba y secaba nuestras tazas.

Nos miramos sin decir nada, calculando el peligro. Había comenzado a llover hacía un momento y las gotas caían en la ventana con un golpeteo cada vez más fuerte. Mirábamos como distraídos la lluvia que se estrellaba contra la ventana cuando el hombre se acercó para preguntarnos por encima de la barra si queríamos algo más. Había puesto en la barra el dinero que le pagamos al entrar sobre un platico de metal, justo al lado del hombre que vociferaba. Por un momento no supimos qué responder. Creíamos que al devolver el té habíamos pedido que nos dieran otro par de tazas. Tal vez nos habíamos explicado mal.

Aclarado el malentendido nos sentamos en silencio mirando caer la lluvia a través de la ventana empañada. Un autobús pasó por la calle angosta haciendo un ruido de animal antiguo. En la acera de enfrente una señora mayor luchaba contra el viento y trataba de mantener la cabeza canosa dentro de la capucha del abrigo impermeable. Una pareja entró, sacudiéndose el agua y cerrando los paraguas. No se habían acostumbrado todavía a la penumbra del lugar cuando el hombre del bastón ya los estaba recibiendo con su grito de guerra.

–¡A los extranjeros no les gusta nuestra leche! –gritó mirando a los recién llegados y levantando el vaso de cerveza que tenía enfrente.

Después de sonreir a modo de saludo, la pareja eligió una mesa alejada de todos como tratando de mantenerse al margen. El hombre que debía estar ocupado preparándonos el té salió de inmediato de detrás de la barra y se acercó a los recién llegados con una libreta y un bolígrafo a mano. Anotó lentamente lo que le pidieron, se detuvo a hacer o a responder preguntas. Nosotros lo miramos sin ninguna sorpresa. Ya sabíamos que esa era otra de las maneras de hacernos sentir que estábamos de más en el mundo: su pedido sería servido antes que el nuestro. Los que acababan de llegar, sin saberlo, estaban participando en una batalla milenaria contra nosotros, contra los raros, los que teníamos la piel de un tono distinto y hablábamos una lengua incomprensible.

Las monedas seguían en el plato de metal. El hombre se afanaba detrás de la barra poniendo en una bandeja las bebidas que había pedido la pareja de recién llegados. En el instante en que la lluvia amainó nos miramos de nuevo calculando el peligro. Nos levantamos al mismo tiempo. Nos pusimos los abrigos sin ningún apuro y dejamos caer en un bolsillo las monedas que tintinearon por un segundo.

–Gracias. Que tengan un buen día –dijimos al salir, con nuestro inconfundible acento de extranjeros.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.