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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Un detalle sin importancia

Le gustaba recitar sin ton ni son y cuando menos venía al caso la primera línea de uno de los cuentos de Rulfo, ¿te acuerdas? “...de los altos cerros del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso...” era una de sus líneas favoritas. Si estaba de ánimo podía incluso recitar el cuento entero. Yo nunca lo oí completo, pero él juraba que se lo sabía de memoria, íntegro, con puntos y comas. Creo que así es como nos acordamos de él, es decir, del modo como él era cuando estábamos en la universidad. Pero ahora está de lo más cambiado. Si lo ves no lo reconoces. Tiene como treinta kilos más, la cabeza casi totalmente blanca y medio calva. Ya no usa lentes, por no sé qué equilibrio entre la miopía y la presbicia, así que sus ojos enormes te dan una impresión de angustia y desamparo. Y, lo que más impresiona de todo, ya casi no habla. Si lo ves no lo reconoces.

El otro día se apareció aquí. Se me paró enfrente y yo le dije, como a todo el mundo que viene al restaurant, ‘en qué podemos servirle’. Se sonrió a medias y me dijo ‘qué hay para los buenos y viejos amigos’. Lo que reconocí primero fue su voz, te puedes imaginar. ¡Ígor!, casi le grité. Y no pude evitar insistir una y otra vez en lo cambiado que estaba. ¿Hace cuánto tiempo que no lo veíamos? ¿Veinte años? ¿tal vez más? No quiero ni sacar la cuenta, querida, porque es la cuenta de los años que nos han caído encima y esa es una cifra demasiado implacable para esta hora del día.

Total que era él, vivito y coleando. Me dijo que había venido a ver cómo era esto de que yo había montado un restaurant, porque lo había escuchado por la radio en un programa en el que invitaron al Enano a conversar sobre recetas de pan de jamón. No sabes la cantidad de gente que ha resucitado por aquí porque leyeron un reportaje o escucharon en la radio que el Enano y yo habíamos abierto un restaurant. Un gentío querida. Pero el más raro de todos los espectros ha sido Ígor. Ese día no conversamos mucho porque en realidad él parecía no tener ganas de hablar y la verdad es que yo estaba hasta los topes con el gentío y la mujer de la cocina que faltó, siempre es así, cuando más los necesitas te fallan, es una lucha, te digo.

Creo que fue justo una semana después que apareció, era martes, igual que la semana anterior. Pensé que tal vez los martes tenía un tiempo libre y le daba por distraerse un poco y no tenía otro lugar a donde ir, no sé. Pero desde el primer día que apareció aquí, cada dos o tres martes volvía y se sentaba en esa mesa de la esquina sin tratar de llamar demasiado la atención. Cuando me desocupaba, me acercaba a saludarlo. Si tenía tiempo me sentaba a conversar un rato, pero creo que no era eso lo que él esperaba de mí. Creo que solamente quería que lo dejara en paz. No es fácil, hace tanto tiempo que no sabemos nada de él que lo menos que puedo hacer es tratar de enterarme, ¿no? Si no quería que lo molestaran hubiera elegido otro lugar para instalarse los martes.

No. La verdad es que no toma mucho. Un par de cervezas cada vez. Creo que un día se tomó un vasito de ron, pero ése fue el día que vino tarde y no pidió nada de comer. También fue el primer día en que se quedó más tiempo a conversar. Me imagino que te acuerdas que dejamos de ver a Ígor más o menos en la época en que mataron a Guillermo. Al menos es así como yo lo recuerdo. Siempre he relacionado la muerte de Guillermo con la desaparición de Ígor y de toda aquella gente que vivía en lo que llamábamos El Barrio Chino ¿te acuerdas? Por supuesto, cómo no te vas a acordar. Blanca era la más cercana a nosotros, pero también La Nena, que siempre se llevó muy bien contigo. Pero con quien Ígor estaba más relacionado era con Olga, ¿no? Pues, claro, le pregunté por ella cuando me dejó conversar un rato ese día.

Hubo un largo silencio, de esos incómodos que no sabes si llenar con algún comentario que permita cambiar de tema. Pero justo cuando yo iba a hablar de otra cosa me dijo: ‘Cuando estás en el límite de la desesperación, los detalles insignificantes cobran una importancia súbita’. Pensé que se trataba de una de sus famosas citas y estuve a punto de intentar adivinar: ¿Federico Vegas? iba a decirle, para aligerar un poco su cara de tragedia y ver si agarraba el chiste. Pero no me atreví y esperé a que terminara la frase. ‘Y lo peor que puede pasarte en ese momento’ dijo ‘es que alguien te recuerde que se trata de un detalle sin importancia’. Me quedé muda, ¿qué le podía decir? Antes de que pudiera pensar en algo me llamaron desde la cocina y fue una bendición tener una excusa para salir corriendo.

Volví al rato. Ya había armado una pregunta que cambiara el tema de una vez por todas. Le iba a preguntar por Luna y La Nena. Pero antes de que abriera mi bocota me dijo: ‘¿Sabes que Blanca vive de comprar y vender casas?’. No sabía. Así que conversamos largo sobre Blanca y me contó cómo se habían encontrado en una especie de convención de agentes de bienes raíces que él estaba cubriendo cuando trabajaba en la sección de economía de El Nacional y ella le había insistido en que no se perdieran de vista otra vez. La historia de Blanca no me interesaba en lo más mínimo. Siempre pensé que era una desalmada, una traidora. Dejar al pobre Guillermo solo, con tres niños que para colmo no eran de él, es demasiado. Quise insistir en lo de Olga, pero Ígor no estaba con ánimo de confesiones. Antes de irse sólo me dijo, lo de Olga se acabó mucho antes que lo de Guillermo.

Estuvo un par de semanas sin venir. Con el ajetreo del restaurant casi se me olvidaba que habían pasado dos o tres martes. Un día, supongo que era martes, lo vi llegar y saludar con un gesto de la cabeza, sin mucho interés. Se sentó en la mesa de la esquina, que era la que más le gustaba, y pidió la cerveza de siempre. Cuando salimos del ajetreo de la cena me acerqué a ver en qué ánimo estaba y me sorprendió que me recibiera con una sonrisa. Me saludó con algo parecido al cariño y me pidió que lo acompañara un rato. ‘Tómate una cerveza conmigo’, me dijo, ‘por los viejos tiempos’. Así que me senté con él y le comenté que teníamos días sin verlo. Entonces se animó a contarme todo lo que no sabía de su vida, como si se hubiera guardado por demasiado tiempo un secreto o una culpa. Lo primero que dijo fue, ‘yo no lo supe sino hasta que fue demasiado tarde’. Me quedé callada esperando el resto del cuento, porque ya me había acostumbrado a su nuevo modo de hablar, con largas pausas que parecían no terminar nunca.

Ella me había dicho desde el principio que no quería nada conmigo, dijo Ígor, porque había decidido hacía años que ya no aceptaría vivir con nadie fijo y porque lo único que yo quería era una mujercita que supiera lavar y planchar, que me pariera un par de hijos, para cumplir con mi cuota de reproducción de la especie, y pusiera la mesa en su santo lugar. Yo le dije que eso no era verdad, que yo la quería a ella y que ella podía seguir siendo tal como era. Pero ella parecía ver a través de mí, en la distancia, lo que yo iba a ser diez, veinte años después. Salimos y hasta dormimos juntos algunas veces, pero nunca me dejó quedarme hasta el día siguiente y nunca aceptó una cita específica, con hora y lugar fijos. Solamente me dejaba estar cuando no tenía a nadie más en el panorama y con una especie de lástima por mí. Al principio me pareció que si era sólo eso lo que podía conseguir de ella me conformaría. Era mejor esa migaja que nada. Pero con el tiempo empezó a ser cada vez más difícil.

Le propuse que nos mudáramos a otra parte. Le ofrecí comprarle una casa en otro lugar, tal vez en otro país, donde pudiéramos comenzar de nuevo. Pero ella insistía en que esa no era vida para ella, andar detrás de mí como una mascota, siguiendo mis humores y mis impulsos, mis horarios y mis planes. Lo suyo era andar de su cuenta, decidir por sí misma lo que quería hacer cada minuto del día. No tener que responder a preguntas como ¿qué hiciste hoy? ¿dónde estabas? ¿cómo te fue? Eran las preguntas que yo le hacía cuando quería imaginarme que de verdad había una especie de rutina de pareja entre los dos. Nunca me respondía. Me miraba con un odio contenido que yo no podía descifrar y que había decidido entender como timidez o simple distracción.

Antes de que mataran a Guillermo ella me había anunciado que se iría lejos y sola. No hubo manera de convencerla de que me dejara acompañarla. Tampoco pude lograr que me dijera a dónde se iba. Su empecinamiento era tal que llegué a pensar que se vengaba de mí. Yo le había regalado un libro que me gustaba mucho, los poemas de un argentino que pocos conocían y que hablaban de una larga y sostenida decepción amorosa. El día que llegué a buscarla y no la encontré, el libro estaba sobre la cama, desamparado en una esquina del colchón sin sábanas. Estaba seguro de que no había dejado ningún mensaje. Aún así, revisé el libro página por página buscando una señal. No había nada. En la contratapa, como al descuido, había dibujado un sol pequeñito, como los que Olga siempre dejaba estampados en las servilletas y en las paredes.

Me imagino que te acuerdas, me dijo Ígor. Entonces se abrió la camisa y me mostró el hombro izquierdo donde se había tatuado el sol. Le llevé el libro al chamo que me hizo el tatuaje para que lo dibujara exactamente igual, dijo. Se tomó de un largo trago lo que quedaba de la cerveza y cerró su historia con una sonrisa distraída. Cuando conocí a la que hoy es mi mujer y me preguntó qué era eso, qué significaba ese sol que me había hecho dibujar a sangre y tinta, le dije que era muy antiguo, que ya no recordaba por qué me lo había hecho y que, en todo caso, era un detalle sin importancia.

Pensé que el cuento había terminado y estaba buscando una manera de despedirme que no sonara demasiado brusca cuando me dijo que la había vuelto a ver hacía tres meses. Al contrario de todos nosotros ella está más flaca, me dijo. Estaba vestida con pantalones, ella nunca usaba pantalones, siempre vestidos sueltos o faldas con camisas arrugadas. Venía caminando por la acera en sentido contrario, casi tropezamos, pero ella no me miró. Siguió andando sin voltear. Dijo que estuvo a punto de gritarle, pero que se le quedó el grito atragantado en el pecho, que sintió que era inútil. Después agregó, como si no tuviera importancia, ¿tú sabías que ella y Guillermo habían tenido algo? Le dije que no. Era imposible. Eran como hermanos. Precisamente, me dijo Ígor.

Le pregunté cómo se había enterado, quién le había dicho. Pero ya se le habían acabado las ganas de hablar. Sin decir palabra pagó, se levantó y se fue. No ha regresado.



*Este texto es un hilo suelto –spin off, se diría en inglés- de un texto más largo que publiqué completo en forma de blog y que se llama El Barrio Chino. Ahí se puede encontrar un poco más de la historia de Luna y La Nena, Ígor y Olga, Guillermo, Blanca y los niños.
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sábado, 1 de noviembre de 2008

Ejercicio diario

Nada en el aire de aquella tarde fría de verano anunciaba que sería un día extraordinario. Salí a caminar como siempre a las cinco, después de pasar largas horas sentada frente a mi laptop, lidiando con la traducción de un cuento que no terminaba de sonar bien. Durante una semana había intentado encontrar el tono que expresara en español esa especie de melancolía que irradiaba el texto original. Ese día me parecía que estaba logrando algo, hasta que a las cinco de la tarde me paralizó la tristeza del verano sin sol y no pude seguir. Me puse el impermeable negro, porque todo el día había estado a punto de llover, y salí a mi caminata diaria.

La mitad del cielo estaba cargado de nubes negras, gordas y bajas. La otra mitad mostraba parches azules detrás de un difuminado manto blanco. ‘Bajo el cielo de Escocia’, pensé, siguiendo uno de mis pasatiempos favoritos a la hora de caminar, buscar títulos de cuentos, de crónicas o de largos relatos, que nunca me animo a escribir. Crucé la calle principal en el paso de peatones y me encaminé, ajustando el volumen de mi ipod, a la casa que preside la entrada del parque, marcada con el número 20. Cuando llegué al portal estaba escuchando un podcast sobre el festival del libro de Edimburgo. Una escritora de origen iraní hablaba de un texto autobiográfico en el que contaba sus años de cárcel, la muerte de su madre, su vida en el exilio. Me dejé invadir por la tristeza de aquella voz tenue y resignada.

El bosque lucía el espléndido follaje del verano. El contraste entre los árboles de hojas más grandes y los que tienen hojitas diminutas me hizo recordar, una vez más, mi ignorancia en asuntos botánicos. No sólo no tengo idea de cómo se llaman en inglés esos inmensos árboles, tampoco sé cómo llamarlos en mi propio idioma. Puedo decir que son altos, frondosos, gruesos y antiguos. O al menos a mí me parecen venerablemente viejos. En apenas un par de meses empezarán a quedarse de nuevo sin hojas y su despojo les va a permitir conservar energía para aguantar el frío del invierno. Al menos es así como me lo imagino, sin saber absolutamente nada de cómo funcionan los árboles. Si hubiera una lección que aprender de ellos, me acuerdo que pensé, tal vez sea que hay que despojarse de todo lo que es superfluo cuando pasamos por los tiempos más duros. Acababa de llegar al universo inhóspito del exilio y pensé que debía aceptar con humildad la lección de los árboles. Despojarme de todo para sobrevivir.

La verdad es que no creo mucho en las lecciones de la naturaleza. Cuando tu territorio es el espacio urbano tratar de vivir como un árbol puede ser un fatal despropósito. Pero aquí estaba yo, con un pie en la ciudad y otro en el campo, viviendo en un remedo de pueblo. Si quería ver la ciudad debía subirme a un autobús y rodar por más de media hora. Si quería ver el campo sólo tenía que caminar una cuadra y media, cruzar la calle y estaba en plena naturaleza, en el parque que bordea el río Almond. Como siempre que intento traducir literalmente los nombres, se me ocurrió que en mi país la idea de un río que se llamara ‘almendra’ sería recibida como un chiste.

El parque, en efecto, se extiende a lo largo de un río color ámbar, que en verano baja saltarín e inofensivo entre grandes piedras y en invierno ruge y se acelera como si hubiera cambiado de carácter. El camino que conduce al primer puente siempre se me aparece como una invitación al misterio, a lo desconocido. Porque, más allá de la primera recta que está justo al cruzar la puerta de entrada, el sendero baja en una lenta curva y no es posible ver su final hasta el último momento, cuando se enfila hacia el ruido que anuncia que el agua está cerca. De manera que no es posible ver quién viene de allá para acá sino cuando ya se está a menos de cincuenta metros. Así que cada entrada es una invitación a la sorpresa y a la adivinanza. ¿Quién será hoy? ¿El señor de la chaqueta verde con el dálmata obeso? ¿La chica vestida siempre de rosado y blanco con el cocker inquieto? ¿El joven que trota a largas zancadas y huele a sudor y a piscina? ¿quién será hoy?

No hubo necesidad de responder ese día a la pregunta eterna. Nadie subió por el camino y cuando me acercaba a la recta final que desemboca en el puente sentí la soledad del camino no como una amenaza sino como una bendición. Tengo todo el parque para mí sola, recuerdo que pensé. Pero cuando terminé de cruzar el puente lo vi por primera vez. Estaba solo. Miraba atentamente las aguas oscuras del río crecido. Me pareció que se acercaba demasiado a la orilla y tuve el impulso de advertirle que podía ser peligroso. Pero imaginé que alguien lo acompañaba, algún hermano o amigo, y que no tenía por qué correr peligro. Uno se acostumbra a ver aquí a los niños andando por su cuenta en las calles, en las plazas, en los parques. Al principio cuesta entenderlo, porque para nosotros un niño solito es casi un sacrilegio. Nadie deja salir a un niño sin compañía en las ciudades nuestras, donde todo parece peligroso. Nuestras madres sobreprotectoras han aprendido de sus madres que ningún cuidado es extremo. Pero aquí los niños parecen inmunes al peligro o la amenaza.

El ruido del río me impidió escuchar si el niño hablaba. Una semana de lluvia incesante había hecho que el torrente creciera mucho más de lo habitual en estos meses. Cuando crucé siguiendo el camino de asfalto, justo después del final del puente, ya no lo vi más. Le subí el volumen a mi ipod y por un largo rato escuché, ensimismada, un podcast sobre los iluminadores de libros del siglo diecisiete en Turquía. Siempre me sucedía que las historias que escuchaba en estas largas caminatas me hacían olvidar el lugar en el que estaba, para desplazarme por un espacio construido con palabras. El paisaje se me borraba por el tiempo en que estaba concentrada escuchando y sólo volvía a conectarme con el entorno cuando el programa se terminaba y debía elegir otro de la larga lista que tenía pendiente. Justo cuando bajaba la cuesta hacia el segundo puente el ipod se quedó en silencio. Seguía caminando por las calles de Estambul descritas en el podcast, cuando me paré un momento a elegir otro y me tardé un rato en decidir si escuchaba las noticias de la BBC o un documental sobre el muro que están construyendo en Estados Unidos para contener a los inmigrantes ilegales que entran desde México y Centroamérica.

Cuando crucé el puente colgante para iniciar el camino de regreso por el otro lado del río lo vi por segunda vez. La corriente estaba tan fuerte que apenas pude entender, al principio, que se trataba del mismo niño. Siempre que cruzo el puente me detengo en el centro a mirar el río, sea invierno o sea verano. Porque adoro el sonido ronco de la corriente, la sensación de vértigo que produce el movimiento rápido del agua, el color que siempre parece diferente y siempre es igual, la espuma que se acumula en las orillas, el olor a musgo sobre las piedras empapadas. Desde el centro del puente pude ver su cabeza subir y bajar. Miré después sus brazos chapotear en el agua. Casi parecía estarse divirtiendo. Creo que me miró por una fracción de segundo cuando estaba justo enfrente, antes de perderse bajo del puente. Yo lo seguí con la vista mientras pasaba por debajo de mí, crucé al otro lado para ver cómo la corriente se lo llevaba y en medio de la desesperación le grité ¡aguanta! ¡aguanta! En ese mismo instante me di cuenta de que le había hablado en español y que si me había escuchado no había entendido nada. Me sentí impotente y estúpida.

Justo después del puente, a unos cien metros o así, el río tiene una isla de matorrales y piedras en el centro que parte las aguas en dos. Pensando que el niño iba a tratar de moverse hacia la isla, en lugar de quedarse donde la corriente es más fuerte, me devolví hacia la orilla izquierda del río y bajé corriendo hasta que se acabó el camino. Me asomé al borde del agua y grité. No me acuerdo qué grité, pero traté de que fuera algo en inglés que sonara inteligible a pesar de mi acento. Nadie me respondió y yo no podía ver nada más que el agua corriendo sobre las enormes piedras y los matorrales que hacían una isla al centro. Se fue por el otro lado, pensé. Hey! where are you? Are you there? Grité tres o cuatro veces. Eso sí lo recuerdo claramente porque lo hice con una extraña calma. Hablar otro idioma siempre me ha hecho sentir como si estuviera en una película, recitando un libreto y pronunciando unas palabras que no me pertenecen. Incluso en ese momento de extrema angustia no podía evitar pensar que estaba imitando a alguien que realmente hablaba otro idioma.

No sabía qué hacer. Hacia dónde ir. Si meterme hasta las rodillas en el río y bajar por el borde para tratar de sacar al niño del agua o si correr río arriba a buscar a alguien que se encargara de rescatarlo. Volví al puente y me paré de nuevo en el centro pero no había ya nada que ver. Me devolví por donde había venido, pensando que la mejor solución sería pedir ayuda y que tal vez al salir al camino encontraría a las personas que estaban acompañándolo y que ya vendrían apurados a tratar de salvarlo. A medida que trotaba en sentido contrario a la corriente me sentía más confundida. ¿Qué le diría a la gente que viniera bajando en busca del niño? ¿Les diría que lo vi y que no hice nada por salvarlo? ¿Cómo hubiera podido ayudarlo? ¿Lanzándome al agua y corriendo el riesgo de ahogarme yo también? ¿Qué esperarían de mí quienes supieran que lo vi y no hice nada? ¿Me acusarían de no haber hecho todo lo posible por salvarlo? ¿Pensarían que soy una extranjera insensible?

En lugar de correr más rápido mi paso se fue haciendo cada vez más lento. Al principio lo justifiqué pensando que estaba cansada. Ya había caminado casi una hora antes de ver al niño en el río y ahora intentar correr estaba más allá de mis fuerzas. Pero no podía engañarme. Me negaba a correr porque no sabía qué iba a hacer para justificar mi actitud, mi incapacidad de arriesgarme para salvar a otro. No sabía cómo explicar lo que había pasado y estaba tratando de armar un discurso que sonara convincente en un idioma que no era el mío. Miraba angustiada el camino que bajaba desde el primer puente y casi creía ver gente asustada y apurada, bajando a las carreras y pidiéndome explicaciones. Pero no vi a nadie.

Llegué al puente donde había visto al niño por primera vez y me detuve a mirar la orilla. Ni un alma. El río seguía sonando como un trueno cansado y ronco, indiferente a mi angustia y a lo que pudiera pasarle al niño que acababa de arrastrar. Alcancé a llegar al puente ya casi sin fuerzas y respirando con dificultad. En la cuesta que subía hacia la salida del parque, con su larga curva bordeada de árboles, no se veía a nadie trotando ni paseando perros. Más adelante debe haber alguien. Siempre hay gente aquí a esta hora ¿por qué no hay nadie hoy? En mi angustia por encontrar alguien a quien pedirle ayuda volví a recobrar el paso rápido a pesar de lo difícil de la subida. Me había olvidado de que debía justificar mi conducta y estaba concentrada sólo en encontrar a quien decirle que había visto a un niño arrastrado por el río. Sería una frase corta y efectiva que podría repetir claramente si no era entendida la primera vez, como solía pasar, porque mi acento le resultaba extraño a todo el mundo.

Hacía ya rato que los audífonos de mi ipod colgaban del bolsillo de la chaqueta haciendo un ruido hueco, pero sólo lo noté en ese momento. Caminando lo más rápido que podía, todavía sin salir de la larga curva que me impedía ver la recta de la entrada, saqué el ipod para enrollar los audífonos y poder guardarlos mejor en mi bolsillo. Entonces la pantalla se encendió y vi la familiar lista de mis podcasts: “Pop Culture”, “Fresh air”, “Tell me more”, “Story of the day”, “Only in New York”... éste era uno de mis programas favoritos y tenía días sin oírlo. Hice click en el título y vi que tenía dos episodios nuevos sin escuchar. Le di a play y me puse los audífonos, porque a fin de cuentas tenía que caminar al menos diez minutos más y no le hacía daño a nadie que me distrajera un poco mientras tanto. Seguía sin haber nadie en el camino y yo no podía caminar más rápido. El episodio era sobre un ingeniero norteamericano que había espiado para los rusos junto con los Rosemberg y que a los 91 años seguía vivo y acababa de aceptar su culpabilidad, que nunca fue probada, lo que lo salvó de ser ejecutado en la silla eléctrica junto con la famosa pareja. Cuando el episodio terminó yo ya había llegado a la casa que marca la entrada del parque. Miré a través de las ventanas a ver si había alguna señal de gente. Pensé en tocar el timbre, pero me quedé petrificada frente a la puerta.

El segundo episodio de “Only in New York” era sobre una ley de 1978 que establecía, por primera vez, que los ciudadanos de la gran manzana debían limpiar las heces que sus animales domésticos dejaran en la vía pública. En aquel momento, la ley no pudo hacerse efectiva porque todo el mundo protestó en contra. Pero hoy en día es considerada uno de los instrumentos legales más avanzados entre los reglamentos que controlan el comportamiento público de los ciudadanos de las grandes metrópolis. Cuando el podcast terminó yo había llegado ya a la puerta de mi casa. No me había cruzado con ningún vecino en el trayecto, o así me pareció. En mi escritorio me esperaba la traducción de un cuento que no terminaba de sonar bien.
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viernes, 3 de octubre de 2008

La vida de los otros (cuento epistolar)

Londres, 15 de septiembre

Amiga,

Ya estoy aquí, parece increíble! Después de tanto sufrir con el papeleo, la burocracia, las miles de diligencias que tuve que hacer en Caracas, me parece mentira que finalmente estoy aquí! Hace un par de días que quería escribirte, pero esta semana ha sido complicadísima. Primero, tuve que llegar directo del aeropuerto con mis dos maletas a la universidad. No conozco a nadie en esta ciudad y mi único contacto era la jefa del Departamento que me había resuelto todos los problemas por email. Así que le escribí antes de venir y me dijo que la contactara al llegar. Después de un par de vueltas inútiles tratando de seguir las instrucciones, finalmente llegué al inmenso edificio que está en una calle muy céntrica paralela al río. Subí al sexto piso y ahí me senté a esperar que alguien resolviera mi problema de alojamiento, no podía pensar más! Pasé tres días en una residencia de estudiantes y en ese tiempo conseguí este apartamentico desde el que ahora te escribo. Igualito que encontrar casa en Caracas, ¿no?

Vivo en una callecita tranquila, pero en lo que cruzas la esquina estás en el mero centro de una de las zonas más transitadas de la ciudad. Te alegrará saber que estoy a sólo unas cuadras de Bloomsbury, el barrio donde vivió Virginia Woolf. Pero no todo es tan glamoroso como en los libros, querida. Para empezar, todo es oscuro, aún cuando estamos apenas saliendo del verano, el cielo es más bien gris y cada día se hace de noche más temprano. Estoy en el tercer y último piso de un edificio mínimo. Hay un flat por piso –así es como le dicen aquí a los apartamentos- así que tengo sólo dos vecinos debajo de mí. Sería impensable un lugar como éste en Caracas. Me dicen que originalmente cada uno de estos edificios que ahora están divididos en flats era una casa, con su negocio con puerta a la calle, su área social en el primer piso, sus habitaciones principales en el segundo y la zona de la servidumbre en el último. Así que, amiga, vivo literalmente ¡en el cuarto de la sirvienta!

En el segundo piso vive una pareja de muchachos jóvenes, tal vez estudiantes. Los he visto entrar y salir con sus bicicletas, sus morrales y sus impermeables. No importa qué tan cerca del verano estemos, aquí siempre puede llover, así que todo el mundo es precavido. En el primer piso parece vivir una mujer sola. Debe ser africana, porque se viste con esos trapos coloridos que nosotras sólo hemos visto en las películas y usa también trapos de colores en la cabeza estilo turbante. ¡A ti te encantaría! La he visto sólo un par de veces y la verdad es que no sé ni siquiera qué idioma habla, por eso no me he atrevido a saludarla. A los muchachos de abajo sí los he saludado. Su inglés es rápido y entrecortado y me cuesta mucho entender lo que dicen, así que me limito a sonreir y a responder a sus saludos lo mejor que puedo.

Bueno, amiga, te debía este recuento de la semana que llevo aquí, aunque te he hablado de todo menos de cómo me siento. La verdad es que es un tema que estoy evadiendo a conciencia. El lunes será mi primera reunión formal en la universidad con mi tutor. Ya te contaré cómo resultó todo.

Recibe un enorme abrazo (no sabes la falta que me hacen todos!),

Olga

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Londres, 25 de septiembre

Amiga,

Finalmente comencé a trabajar en mi investigación. Tengo carnet de la universidad, de la biblioteca y de la British Library! Ya tengo mi rutina: Todos los días me levanto a eso de las nueve (sí, estoy de lo más floja, pero ¡considera que sigo con jet lag!), desayuno y me voy caminando a la universidad. Es una media hora a pie, si no me distraigo en alguna vitrina. En la universidad me instalo en la biblioteca de humanidades, que es la más bonita porque tiene vista al río. Si llego temprano siempre consigo una mesa frente a la ventana más grande. Cuando quiero cambiar de ambiente subo hasta la British Library. Amiga, ¡ese lugar es impresionante! A los londinenses no les gusta, dicen que parece un supermercado gigante. Claro, la biblioteca estaba antes dentro del museo británico y la sala de lectura quedaba en el centro del museo.

Comparado con eso, todo luce menos glamoroso. Pero a mí me gusta.
La biblioteca está al lado de la estación Saint Pancras, que es preciosa. Ahí me siento a tomarme un café de vez en cuando y veo entrar y salir los trenes. Veo a la gente esperar frente a las pantallas hasta que anuncian el número de plataforma que les corresponde y luego miro a todos salir corriendo a sus respectivos andenes. Parece una coreografía y se repite cada quince o veinte minutos. Puedes estar horas mirando a la gente aquí, son todos tan distintos. Aquí es que uno se da cuenta de lo parecidos que somos todos en Venezuela. Media hora observando gente entrar y salir de esta enorme estación y puedes estar segura de que has visto por lo menos una pareja de especímenes de cada rincón del mundo: asiáticos, africanos, latinos por supuesto, todos los tonos de piel y unos cuantos idiomas diferentes. Todo se reúne aquí como si éste fuera el ombligo del mundo, como decimos nosotros. Un Arca de Noé de seres humanos.

Estoy leyendo como una loca. Todo lo que se me antoja lo encuentro en las bibliotecas. Podría estar leyendo por siglos y el material no se me acabaría nunca. En algún momento tendré que ordenar mis lecturas y sentarme a escribir los primeros informes de mi investigación. Pero, por ahora, estoy bien así. Aunque debo confesarte que esta vida no es fácil. A la gente le parece de lo más interesante que uno tenga la oportunidad de vivir en el primer mundo, cuando uno no lo conoce piensa que todo debe ser diferente, que la gente es mejor, que las calles están limpias, que no hay tráfico... el paraíso pues. Te diré que desde aquí no me lo parece tanto. Las calles están más sucias de lo que uno esperaría, todo huele más bien mal y si no fuera por la lluvia que todo lo lava, no creo que uno podría caminar sin un pañuelo en la nariz. La gente es agresiva, casi violenta. La reacción natural de todo el que se sabe diferente es bajar la cabeza y hacerse notar lo menos posible.

Bueno, querida, no hay muchas novedades en realidad, pero cumplo con mi promesa de mantenerte al tanto.

Te mando un abrazo (me haces mucha falta),

Olga

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Londres, 6 de octubre

Amiga,

Te escribo todavía bajo el impacto de una noche casi en vela. Esta madrugada ocurrió algo extraño. Yo estaba en el quinto sueño. Creo que estaba soñando con la casa de mi familia en la que nací, ¿te acuerdas? Corríamos por el patio mis hermanas y yo, mientras alguien nos perseguía. Sabes que siempre sueño con persecuciones, desde que era una niña. Bueno, estaba en eso cuando empecé a oír gritos, unos largos y complicados gritos que al principio pensé que estaban en mis sueños. Los escuchaba cada vez más claramente y recuerdo que cuando entendí que los gritos eran en inglés me emocioné, porque dicen que no dominas en realidad otro idioma hasta que no empiezas a oírlo o hablarlo en tus sueños. La verdad es que ahora me da vergüenza haber pensado eso, pero en ese momento no sabía lo que estaba pasando.

Cuando finalmente me desperté y tuve fuerzas para salirme de mi cama calientica y asomarme a la ventana, vi que quien gritaba era un tipo enfundado en un sobretodo, con un sombrero de esos que son o parecen de cuero y con guantes negros. El hombre caminaba dos pasos para allá y dos pasos para acá, gritando algo que apenas entendía. Las groserías las distinguía, claro, pero lo demás era confuso. Parecía que le estaba pidiendo cuentas a alguien. Ven aquí afuera, creo que decía, y gesticulaba agresivamente. Lo demás eran insultos. No sé cuánto tiempo estuvo el hombre gritando. Me quedé mirando un rato por la ventana. No podía creer que alguien pudiera armar semejante escándalo y que no pasara nada. Finalmente, cuando ya estaba a punto de volver a mi cama para no congelarme, se abrió la puerta de nuestro edificio y salió la mujer que vive en el primero. Estaba cubierta con una bata gruesa de un color claro que brillaba bajo la luz del poste de la esquina.

El hombre se calmó cuando la vió salir. Ella le hablaba en un tono que era imposible escuchar. Él se le fue acercando lentamente. De pronto, sin mediar ninguna palabra o gesto, le dio un golpe directo en el vientre. Yo solté un grito de espanto. El hombre la vio agacharse y sin esperar a que ella reaccionara le dio con la rodilla en la cara, durísimo, tan duro que la mujer cayó en el suelo. Toda su bata se abrió y ella hacía esfuerzos por volverse a parar en medio de las telas y el dolor. Yo empecé a abrir la ventana para tratar de hacer algo, gritar algo, no sé. Pero antes de que pudiera abrirla se comenzó a oír una sirena cada vez más cerca.

La policía se llevó al hombre y una ambulancia se llevó a la mujer. Te juro que no me he recuperado del susto todavía. No puedo evitar pensar que yo podría estar pasando por lo mismo, sola en un país que no es el mío, ¿te imaginas?

Un abrazo,

O

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Londres, 27 de octubre

Amiga,

Disculpa que me haya tardado tanto en responder tu carta. Tienes razón en reclamarme, porque te prometí que te escribiría todas las semanas, pero ya ves que la rutina de esta ciudad me atrapó y ahora tengo cada vez menos tiempo. Tienes razón, sería más fácil que te respondiera por email, pero ya sabes que para mí no hay nada como agarrar la pluma y sentir que anoto sobre el papel mis impresiones. Es un ejercicio que me gusta y no quiero abandonarlo. Tú eres la única que acepta mis excentricidades y me tiene la paciencia suficiente, así que te toca esperar.

Te cuento que en estas semanas he avanzado bastante en mi investigación. Ya tengo algo parecido a un proyecto y tengo un plan de trabajo bien definido. No ha sido fácil ponerme de acuerdo con mi tutor, es un tipo raro, no sé cómo describírtelo. Es un tipo agresivo, creo, pero también como asustado de algo o por algo. No sé, como esa gente que está siempre en guardia y uno no entiende por qué. Tenemos reuniones cada quince días y en esas reuniones revisamos los informes de lectura que he escrito. Trabajo en inglés, así que el proceso es lento. Mi tutor se detiene en cada palabra que no le suena y al final salgo de esas sesiones aplastada de cansancio y sin entender realmente si lo que estoy escribiendo está bien o si es un desastre, porque sólo hemos trabajado con los detalles y no con las ideas generales. En fin, no te aburro más con mis dramas académicos.

En efecto, como dices en tu carta, te dejé en suspenso con el cuento de mi vecina. La verdad es que a pesar del susto de ese día, que me duró más de una semana, no he sabido gran cosa. Al día siguiente de que puse en el buzón la carta contándote todo, la mujer que atiende la venta de ensaladas de la planta baja estaba afuera conversando con los vecinos del segundo piso y me saludó al entrar. Me imaginé que hablaban de lo que había pasado, así que me detuve más de la cuenta tratando de enterarme de lo que sabían. El acento de la mujer de la tienda es cockney cerrado, lo que significa que le entiendo a medias. Pero creo que dijo que al hombre lo habían metido en la cárcel y que la mujer iba a regresar o ya había regresado.

Dos días después me la encontré en la escalera. Yo iba saliendo para la biblioteca, ella venía de la calle con la compra. Las dos nos miramos y sonreímos. Yo quería saber cómo estaba pero me daba mucha pena preguntarle. Al final fue ella la que habló. Con un fuerte acento francés me dijo que hacía mucho viento afuera y que estaba a punto de llover. Yo no supe qué responderle y sólo me salió preguntarle “are you ok?”. “I am better now” me dijo. Sonrió francamente y pude ver sus dientes blanquísimos. No supe qué más decirle así que me despedí y salí.

No la he visto desde entonces, por lo que no puedo darte más detalles, lo siento amiga, te prometo que te cuento cualquier novedad en lo que sepa algo.

Cariños,

O

***

Londres, 4 de diciembre


Amiga,

No tengo excusa, no tengo excusa. Ya sé que te tengo abandonada y no sé cómo disculparme. Al trabajo en la tesis se ha sumado una investigación extra que estoy haciendo para una colega que me pidió ayuda, y además estoy terminando de traducir un artículo, así que el tiempo no me sobra. Sabes que siempre he creído en la terapia ocupacional y en estos días de invierno y oscuridad lo único que me mantiene a flote es tener miles de cosas pendientes y llegar a la casa agotada. Así que por eso he estado apenas respondiendo a tus emails con una línea o dos y tratando de hacer tiempo para escribirte largo. Finalmente decidí escribirte desde la biblioteca. Aquí estoy, escribiéndote antes de ir a almorzar, en una de las salas más amplias de la British Library, rodeada de gente concentrada en sus libros, con un cerro de lecturas delante de mí.

Desde esta paz y este silencio lo que pasó con la vecina del primer piso parece ya lejano. La verdad es que lo que sé no es mucho. Creo que estar en una cultura diferente, hablando un idioma distinto al que uno hablaría en su estado natural, te condena a entender todo siempre a medias. Lo único que sé con certeza es que la mujer del primero ya no está. Lo demás son conjeturas. Hace un par de semanas entré a la tienda de la planta baja a comprarme una ensalada para cenar. La mujer que atiende, y que nunca he sabido si es la dueña o una empleada, me respondió el saludo como si me reconociera.

Tengo casi cuatro meses viviendo aquí y ese día, por primera vez, me miró con la confianza de una vecina. Cuando me estaba dando el vuelto me dijo, “triste historia la de la vecina del primero, ¿no?” (aunque más bien dijo algo así como, “sad story that one, eh”). “¿Qué pasó?” (“which one?”) pregunté. Dijo un par de frases convencionales refiriéndose a lo obvio que era que ella no se metía en la vida de los vecinos, pero me explicó que tratándose de una desgracia como esa no había más remedio que enterarse, por solidaridad humana, me dijo. Después de toda la perorata sobre la vida ajena se dignó a contarme que la mujer del primer piso resultó ser una refugiada política. De Uganda o Zimbabwe, no sabía muy bien en realidad de dónde, pero insistió en que era uno de esos países que viven metidos en una guerra y donde masacran a la gente cada dos por tres. Dijo esto con el típico gesto de superioridad con el que los británicos se refieren a los seres que han tenido la infortunada idea de nacer en un lugar distinto del planeta.

Parece que, como refugiada, la mujer tenía un estatus especial y su permanencia en el país dependía de que no tuviera contacto con gente considerada peligrosa, al menos eso entendí. El hombre que vino a golpearla la otra vez parece que era, en efecto, uno de esos tipos peligrosos. Al principio la policía investigó el incidente considerando que la mujer era la víctima. Pero pronto se dieron cuenta de quién era la mujer y parece que la investigación se volvió en su contra. No entendí los detalles, pero el resultado de todo el asunto es que a la mujer la deportaron de nuevo para Rhodesia o Zimbabwue y quién sabe qué vida terrible le va a tocar por allá.

Disculpa que estas noticias sean tan escuetas. De verdad quisiera tener algo más sustancioso y detallado que contarte. Pero no hay manera, la gente con la que uno se cruza por aquí es casi siempre gente que va de paso, o así se siente. Exiliados que saben que estarán en la gran ciudad sólo unos meses, unos años. Gente que no se arraiga. No lo digo por ella, sino por mí. La falta de arraigo hace que las personas nos interesen menos. Por más que he querido preocuparme por esa mujer que fue tan brutalmente golpeada delante de mis narices, ya ves, no he podido. La única razón por la que me he mantenido colgada a esta historia es porque en tus cartas y en tus emails me insistes en que te cuente qué pasó. Y no sé qué pasó. No sé si sea sensato creer la versión de la señora que vende ensaladas, porque no me supo decir de dónde había obtenido la historia, ni quién le había contado qué. Y, como sabes, sin una fuente confiable toda historia puede ser falsa.

Podemos hacer un ejercicio de imaginación y construir una versión que nos convenza. Imaginar que la mujer golpeada es una disidente de algún movimiento o de algún grupo perseguido por cualquiera de las sangrientas dictaduras africanas. En ese caso, podemos imaginar que de verdad pidió refugio en este país, o en algún otro de Europa y terminó trabajando aquí en una perdida oficina. Tal vez en alguna ONG, de esas que se ocupan de los refugiados. Podría ser una de esas mujeres que se encargan de tramitar las visas de los inmigrantes. Precisamente en su trabajo no habría tenido más remedio que conocer gente de su país, amigos y enemigos. Alguno de esos enemigos se habrá hecho pasar por conocido de algún conocido y ella le habrá entregado su confianza para finalmente descubrir que se trataba de un espía ...y todo desembocó en la terrible noche de la golpiza.

También podemos imaginar una versión menos política y suponer que la mujer venía huyendo, quién sabe desde cuándo y desde dónde, de un hombre terrible que la golpeaba, que golpeaba también a sus hijos, a los que tuvo que dejar con algún pariente. A pesar del tiempo transcurrido el hombre nunca olvidó la afrenta del abandono y la buscó hasta encontrarla. Cuando finalmente la localizó, esperó la hora y el día adecuados ...y todo desembocó en la terrible noche de la golpiza.

Todavía podemos entretenernos en una tercera versión, tal vez más truculenta pero sin duda probable. Imaginar por ejemplo que la mujer era en realidad una funcionaria del gobierno, la mano derecha de algún personaje muy importante de la dictadura. Que el gobierno estaba en peligro de caer y ella se vino a esta enorme ciudad a desaparecer entre la multitud y a ocultar sus pecados de lesa humanidad entre las sombrías calles londinenses. El hombre que la golpeó era el padre de algún niño desaparecido, el esposo de alguna mujer violada, el hermano de algún hombre torturado... la miseria humana no tiene fin y el cuento podría ser larguísimo y tristísimo.

La verdad, amiga, es que por lo general la vida de los otros no es tan interesante. Lo que la hace atractiva es el deseo que tenemos de descubrir secretos inconfesables y confirmar, por contraste, que nosotros somos mejores que los demás. ¿No te parece?

Saludos,

O

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viernes, 12 de septiembre de 2008

La chica tonta

Podría contar esta historia desde la perspectiva de una prostituta y simular una voz despectiva, tal vez irónica y risueña. No. Risueña no, cínica. Pero ése sería un cuento demasiado predecible, que seguramente terminaría en algún hecho de sangre. Las historias predecibles no ganan concursos literarios y ya casi nadie quiere publicarlas. Así que voy a permitirme elegir, tal vez por ese deseo de contradicción que todo cuento marginal implica, un personaje menos conspicuo: la chica tonta −o como diríamos en criollo, la chama boba. No estamos hablando del tonto cómico, necesario a todas las historias en las que lo que importa al final es exaltar al héroe o a la heroína, por contraste con el tonto-útil. No. Aquí, el cuento va a ser el de la tonta sin ningún héroe redentor que salga al final bien parado. Y la tonta aquí se llama Alicia. No pretendo ningún guiño al lector avisado, simplemente la tonta, por casualidad, se llama Alicia.

Alicia vive en una pequeña casa en las afueras de la ciudad con su madre viuda y un gato. Trabaja en las mañanas despachando pan, jugos y periódicos en la panadería de un portugués que queda a media hora a pie de su casa. Se levanta todos los días a las cinco, prepara desayuno para su madre, llena el plato de comida del gato y le pone agua fresca. Sale a las cinco y media y a las seis en punto está en la puerta de la panadería. Alicia se come un pan dulce recién hecho, mojado en un café humeante, y comienza a trabajar sin parar, sin sentarse ni por un minuto, hasta las tres de la tarde. Almuerza un sanduche de jamón y queso y un jugo de naranja de a medio litro y se va después a casa con una bolsa de pan de sobra, que es el único privilegio que le ofrece su trabajo como despachadora de panadería. Esto es lo que Alicia hace todos los días, de lunes a sábado. Los domingos se levanta tarde, desayuna pan dulce con café humeante y se dedica a mirar por la ventana. El vecindario donde vive tiene sus particularidades, o más bien, lo que es particular es el modo como Alicia imagina su vecindario... y es aquí donde en realidad comienza esta historia.

En el vecindario de Alicia viven personas muy distintas entre sí y aunque conoce en realidad a muy pocos de ellos, ha pasado los últimos años de su vida mirando por la ventana en las tardes y a lo largo de todos los domingos sus ires y venires, para poder construir con los datos que recolecta historias que entrentengan sus días sin libros y sin televisión. En la casa hay un radio, pero está en el cuarto de la madre viuda y Alicia siente que es casi un sacrilegio pedírselo prestado, porque la única conexión de la madre con el mundo de afuera son las voces que escucha a través de ese aparato que pasa las veinticuatro horas del día encendido. Así que Alicia se distrae a sí misma con lo que le queda más a mano, la vida de sus vecinos, que a veces resulta de lo más entretenida.

Nada alteraba esta rutina. Su vida transcurría sin sobresaltos, malentendidos, desengaños o sorpresas, hasta que Alicia vio por primera vez a aquella extraña mujer que llegó taconeando por la acera un domingo en la tarde. La mujer usaba un vestido negro, medias también negras y unos zapatos demasiado altos para ese vecindario y esa hora del día. Alicia siguió su taconeo a lo largo de la acera y la vio detenerse frente a una puerta y encender un cigarrillo. La mujer llevaba un bolso plateado, muy pequeño, como si más que un bolso cargara un sobrecito de plata bajo el brazo. Alicia había visto mujeres bien vestidas en la panadería donde trabajaba, mujeres que entraban a comprar cigarros o a tomarse un café, marrón grande o negro. Esas mujeres, vestidas como si fueran o vinieran de un trabajo importante, no compraban nunca pan o leche, sólo cigarros y café. Pero esta mujer de vestido negro era otro tipo de gente y hasta Alicia podía darse cuenta de eso. Fumaba su cigarro con una especie de tensión difícil de definir. Alicia podía ver esa tensión, casi literalmente, en el largo tiempo que el cigarrillo pasaba en la boca pintada de aquella mujer y en la larguísima bocanada de humo que luego salía del óvalo rojo de sus labios apenas entreabiertos. Al terminar de fumarse el cigarrillo la mujer lanzó el filtro al piso y con la punta de sus elevados zapatos de tacón aplastó el cabo hasta que no quedó ni rastro de la angustia con que se lo había fumado. Alicia podía ver, incluso desde la distancia y desde detrás de la ventana, que la cara de aquella mujer había cambiado y en ella parecía dibujarse una forma de resolución. La mujer se volvió hacia la puerta frente a la cual había estado fumando y tocó con fuerza. Los golpes se oyeron incluso en la casa de Alicia, incluso detrás de la ventana desde donde Alicia escuchaba y miraba a la mujer tocar la puerta. Nadie apareció. La mujer insistió y esperó, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra como para aliviar el sufrimiento que los altos tacones le producían.

Alicia podía ver cómo la mujer iba perdiendo el ánimo y el impulso que había tomado justo al terminar de fumarse el cigarrillo. La mujer dio unos pasos hacia atrás, todavía de frente a la puerta, como para tener una perspectiva distinta de la casa frente a la cual estaba. Y de pronto, de la nada, pero en realidad de esos labios tan cuidadosamente pintados, surgió un inmenso grito. Alicia no podía saber si el grito era un nombre o un insulto o una orden o una amenaza o una maldición. Sólo pudo entender la furia con que había sido lanzado al aire aquel grito. Alicia se escondió en el borde de la ventana como por instinto y estuvo así escondida por un rato a la espera de que se aproximara algún tipo de catástrofe. Pero no se escuchó nada más y cuando Alicia se atrevió a volver a mirar por la ventana, la mujer ya se alejaba por donde había venido, con paso rápido y sin que sus altísimos tacones la hicieran ver más fuerte o decidida.

Pasada la sorpresa y el susto, Alicia intentó recordar quién vivía en aquella casa frente a la cual la mujer había lanzado un insulto o una amenaza. Recordó a una familia, como todas las familias: papá, mamá, niñitos incontables, tal vez cuatro de ellos. No podía distinguir a unos de otros, más allá de la evidente diferencia entre los niños y los adultos, porque estos eran sin duda los vecinos menos atractivos del vecindario en el que Alicia vivía. Mucho más interesantes eran las mujeres de la casa de la izquierda, dos viejitas con cuatro perros. Para ellas Alicia había inventado una historia de arriesgadas aventuras y ruidosos desengaños, que culminaba en esta vida en común, lejos ya de los dolores y las amenazas del pasado. Esta historia, emocionante y al mismo tiempo desgarradora, había distraído a Alicia durante meses. También estaba el joven de pelo ensortijado y la muchacha pálida que vivían media cuadra más allá, a quienes Alicia había convertido en una pareja de fugados, huyendo de unos padres decididos a hacerlos casar con parejas diferentes. Algunas veces, Alicia pensaba que era la muchacha pálida la que tenía un padre castrador y energúmeno, que había amenazado con desheredarla si no se casaba con el hijo del socio de la firma en la que el padre era un alto ejecutivo. Otras veces Alicia pensaba que el muchacho de pelo ensortijado era el heredero de un vasto imperio financiero y que sus padres le habían prohibido relacionarse con aquella muchacha hija de nadie y por tanto no apta para ser incorporada en la encopetada familia. Sin ir muy lejos, hasta el vecino de al lado de la casa de Alicia era más interesante, con sus solitarios paseos a las cinco de la tarde y sus misteriosos apuros cuando sonaba el teléfono y se escuchaba claramente en la casa de Alicia, un ring, una carrera precipitada, un ¡ALÓ! siempre más alto de lo necesario y luego un murmullo y después un silencio, siempre igual. Y así...

Pero los vecinos de la casa donde aquella mujer se había detenido a tocar después de fumarse un largo cigarrillo no habían resultado muy interesantes para Alicia hasta ahora. Como mucho, hace unos meses, al verlos salir todos juntos, con ese aparatoso modo de moverse que tienen las familias numerosas, había pensado que tal vez se podía armar allí una historia de enfermedades hereditarias que se manifiestan en la adolescencia y que la proliferación de niñitos podía deberse a la necesidad de transplantes de médula ósea que salvaran al mayorcito de los niños, que ya estaba comenzando a manifestar signos de la terrible enfermedad. Había leído una historia así en un periódico viejo en la panadería, mientras almorzaba. Pero el cuento le pareció triste y a mitad de camino lo abandonó. Tampoco quiso imaginar una historia de infidelidades. No se le ocurrió pensar que aquel hombre podía tener una vida secreta, más allá de esa existencia dedicada y sumisa. Alicia prefería historias que mostraran el lado generoso del corazón humano, su costado valiente y aventurero. A fin de cuentas, construía sus historias para entretenerse, para divertirse y para imaginar que otros tenían las aventuras que ella no podía tener. Para aquel otro lado, vil y egoísta, Alicia no tenía inclinación ni interés. Así que ahí estuvo el resto de la tarde del domingo, mirando aquella casa que se había convertido de pronto en un misterio y que ahora parecía burlarse de ella desde aquel silencio placentero detrás del cual se escondía una historia que le resultaba tan difícil de imaginar.

Ese silencio la acompañó por varios días en los que llegaba del trabajo y lo único que hacía, aparte de sus labores cotidianas, era pararse en aquella ventana a mirar para allá, a mirar aquella casa, aquella puerta que casi nunca se abría en las horas en que ella estaba mirando. Su cabeza se llenó de palabras que hasta entonces no habían tenido ningún sentido. Traición, era la palabra que más se repetía. Amante, doble vida, deseo, también daban vueltas en su mente. Pero Alicia no lograba armar con aquellas palabras sueltas una historia en la que se pudiera incorporar la escena de la mujer del cigarrillo que ahora parecía un sueño, una pesadilla más bien. Un día, Alicia descubrió que estaba en un error. Sabía que cuando algo no funcionaba, cuando su largo susurro de imágenes y palabras se detenía, era porque una llave se había cerrado y era necesario abrir otra. En este caso, todo su empeño había estado puesto en imaginar la doble vida de aquel hombre que, teniendo una mujer y varios hijos, había agregado el ingrediente de una segunda mujer. Una mujer que había venido a la puerta de su casa a maldecirlo o a insultarlo. Por eso era que nada se le ocurría. En el instante en el que Alicia decidió que la historia no estaba en aquel hombre infiel, sino en su primera mujer, la madre de sus hijos, todo comenzó a fluir de nuevo y su mente se llenó de imágenes y palabras que la acompañaban hasta cuando estaba dormida.

Alicia imaginó entonces, con lujo de detalles, los pensamientos de aquella mujer traicionada, sus profundas dudas, su enorme tristeza, las imágenes que le vendrían a la cabeza una y otra vez, sin poder evitar el suplicio de ver al hombre que amaba con otra. Alicia imaginó cómo dolería la repetición incesante de las mismas imágenes en la cabeza de aquella mujer adolorida. Imaginó las náuseas, las ganas de vomitar hasta que no quedara nada dentro que pudiera sentir. Imaginó los largos silencios en los que aquella mujer engañada concentraba todas las preguntas que no se atrevía a hacerle a aquel hombre con el que todavía vivía: ¿cuándo? ¿dónde? ¿cómo? ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?... Imaginó la furia que iría acumulándose día a día. Pero, por encima de todo, imaginó el dolor. Hasta el punto de que a veces, en el medio de la noche, Alicia se despertaba llorando. Unas lágrimas largas y gruesas salían sin cesar de sus ojos y en ellas parecía estar contenido todo el dolor de aquella mujer devastada. Tanto sufrimiento no podía durar. Así que Alicia, poco a poco, comenzó a imaginar que aquella mujer acongojada volvía a registrar la realidad de sus labores de todos los días. Desayunos, almuerzos y cenas. Limpiar y lavar. Secar y guardar. Poco a poco, Alicia la fue imaginando volver a la vida, recuperar un espacio bajo el sol para su pobre alma atormentada.

Un día, Alicia no pudo contarse a sí misma nada más sobre la mujer traicionada y se sorprendió imaginando exactamente el otro lado de la historia, el lado en el que estaba la mujer del cigarrillo y el vestido negro y los inmensos tacones. Y aquella historia no era mejor que la anterior. Era una historia llena de soledad, de un deseo desafiante y desesperado de tener compañía sin importar el precio. Una historia en la que por un breve tiempo todo podía haber sido maravilloso, luminoso y magnífico. Un tiempo en el que aquella mujer había planeado una vida entera, con una casa, un marido y niñitos igualitos a los de la esposa legítima. Alicia imaginó las ilusiones rotas de aquella otra mujer, sus planes desbaratados, su idea de futuro estrellada contra la negativa de aquel hombre que la había apartado de su vida de la misma manera brusca en que la dejó entrar.

Pero esa historia también se quedó en el aire, porque Alicia no podía imaginar cuál era el sentido de aquella alegría prestada y conseguida a costa del sufrimiento de otros, de gente inocente a fin de cuentas. Finalmente, llegó el día en que Alicia dejó de preocuparse por una historia que no parecía tener mucho qué ofrecerle y que le había causado tanta angustia. Cuando pasaba frente a la casa de aquella familia, Alicia sentía los restos de la confusión y la tristeza que la habían acompañado durante aquellas semanas, tal vez meses, en que intentó comprender. Pero ya su mente, por naturaleza alegre, estaba buscando nuevas historias que le permitieran volver a sentir que valía la pena vivir. Y justo cuando estaba amueblando una de sus más interesantes aventuras, en la que la primera escena que se le había aparecido en la mente tenía que ver con su vecino del teléfono y las largas caminatas a las cinco de la tarde, las vio. La mujer estaba vestida de manera diferente, tenía tacones pero no tan altos como los de aquel día. Vestía de negro, pero esta vez usaba una chaqueta y un pantalón, uno de esos trajes casi masculinos pero con un toque de coquetería en la camisa azul de escote bajo. La esposa, en cambio, vestía de manera mucho más simple. Llevaba unos pantalones grises y una camisa blanca, zapatos bajos, bolso negro. Su pelo estaba recogido y no llevaba ningún maquillaje. Las dos entraron a la panadería y pidieron café y cigarros. Un marrón pequeño, un conleche grande, una caja de Marlboro light. Alicia las vio sentarse en una de las mesas del frente, mirando hacia la calle. Mientras aquellas dos mujeres conversaban, Alicia imaginó una historia que se le vino sola a la mente, sin que su voluntad pareciera cumplir ningún papel.

Las mujeres planeaban, en sus más mínimos detalles, una venganza que las librara de aquel hombre que las había hecho sufrir a las dos por igual. Descartaban las soluciones más simples: venenos, asfixias, heridas de bala, armas blancas. El castigo debía ser lento, dolorosamente espaciado en el tiempo, de lo contrario la venganza no podría disfrutarse como debe ser, como un plato que se come frío. Así que Alicia imaginó un detenido plan en el que las dos mujeres atormentaban a aquel hombre, cada una por su lado, hasta hacerlo cometer un crimen. El crimen sería descubierto y la policía finalmente vendría a llevarse al hombre a la cárcel, donde permanecería por años y años, sin que ninguna de aquellas dos mujeres que ahora conversaban delande de Alicia se apareciera en la cárcel a hacerle compañía. Pero ese era sólo el esquema general de una historia que Alicia tendría que alimentar con detalles a lo largo de las próximas semanas, tal vez meses. Alicia se sintió contenta, una especie de pausada alegría la acompañó a la casa aquella tarde. Tenía el esqueleto de una historia que podía entretenerla por un largo rato, una historia sacada de la vida misma y que parecía llevarla a contemplar lugares de la mente humana muy diferentes a los que antes había imaginado. La conversación entre aquellas dos mujeres superaba toda escena que a ella se le hubiera podido ocurrir y le permitía dar un salto en aquella historia que hasta ahora sólo había girado en círculos. Pero era un salto a lo desconocido. Alicia no podía negar que había allí algo de aventura, sin duda no poco de emoción y suspenso: estaba entrando en un policial y ella nunca había imaginado una historia tan sofisticada como ésta.

Alicia descartó desde el principio que el crimen que el hombre debía cometer fuese un hecho demasiado violento, le parecía vulgar y no tenía en realidad ánimo para imaginar a nadie tirado en el suelo, bañado en un charco de sangre. Pero Alicia se sorprendía pensando, una y otra vez, en aquella mujer de negro apuñalada, o herida, tirada en medio de un oscuro líquido que se extendía cada vez más por el suelo. Tanto le inquietó esta imagen que se aparecía sola en el medio de su historia, que terminó por aceptar que, si debía haber sangre, entonces que fuera falsa. Fue así como terminó imaginando una historia en la que las dos mujeres planificaban el asesinato de la mujer de negro, un asesinato provocado pero falso. La escena estaría ubicada en la casa de la víctima, donde ella misma colocaría al alcance de la mano del asesino el arma homicida. La mujer provocaría una pelea violenta, el hombre se dejaría llevar por su naturaleza impetuosa y por una desesperación que se habría acumulado por meses. El arma estaba ahí, el ser que impedía la felicidad en su existencia también estaba ahí. Todo se desarrollaría de acuerdo a lo planeado.

Bueno, no todo, pensó Alicia, a quien nunca le convenció demasiado aquella escena de las dos mujeres conversando de la manera más civilizada. El arma homicida la había conseguido la esposa y debía ser una de esas pistolas falsas que parecían verdaderas y sonaban como las pistolas de verdad. Cuando la tuvo en sus manos, la mujer de negro se sorprendió por lo increíblemente real que parecía aquella pistola de mentira. Pero su sorpresa fue mucho mayor cuando, frente a aquel hombre empujado por la furia y la desesperación y dispuesta ya a hacer la pantomima de su muerte, sintió en el pecho y en el vientre el impacto de las auténticas balas que el hombre le disparaba con la pistola verdadera que la mujer traicionada le había hecho poner en su mano.

Alicia, que era sólo a medias una chica tonta, como habrás notado ya, también se sorprendió con este final que su imaginación construyó dejando en el camino, bañada en un charco de sangre, precisamente a la mujer que había desatado todo el cuento y que era, tal vez, uno de sus más interesantes personajes. Pero su sorpresa fue definitivamente mayor cuando tres días después, mientras miraba por la ventana con su gato al lado, Alicia vio dos patrullas de la policía estacionadas frente a su casa. De las patrullas se bajaron cuatro policías que tocaron la puerta del vecino y un par de minutos después salieron con él, esposado y cabizbajo. La mujer traicionada, que había salido a ver cómo se llevaban al hombre, se quedó parada en el marco de la puerta por un largo rato. Ni un gesto de contrariedad ni una queja. Justo antes de entrar, la mujer le dirigió a Alicia una larga mirada y pareció esbozar una tenue sonrisa.
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jueves, 21 de agosto de 2008

La tristeza de los geranios azules

Era su trabajo: había puesto en la web una página en la que se ofrecía a escribir los cuentos de los demás. "¿Tiene una buena historia que contar y quisiera verla escrita?" preguntaba la página desde el centro de un marco vinotinto, sin mucho decorado. Más abajo, en letras que aparecían y desaparecían lentamente, seguía: "Nosotros nos encargamos de escribirla para usted". El nombre de la página era www.contamossuscuentos.com y había servido para mantenerla a ella y a su hija por los últimos dos años, lo que podía ser considerado un éxito. Hacía los cobros vía pay pal y las tarifas variaban dependiendo de la extensión y la dificultad de la historia. Algunos clientes ofrecían dos líneas y pretendían que con eso escribiera veinticinco páginas. Ésas eran las historias que costaban más, superadas únicamente por los cuentos que no eran más que un título. Pero estos cuentos sólo los escribía si estaba de ánimo y se sentía con derecho a rechazar el encargo cuando aquella única línea no le decía nada. Las condiciones estipulaban que debía haber al menos una semilla de historia: un principio, un medio y un fin. Había tenido que escribir a lo largo de los últimos meses una serie de condiciones mínimas para aceptar lo que ella llamaba "el contrato".

La primera condición era ésta sobre la semilla de historia. Al principio no parecía importante, porque cuando se ofreció a contar las historias de otros imaginó que vendrían completas, con todos sus detalles y, por supuesto, con un desenlace. Pero no habían pasado dos meses cuando descubrió que gran parte de la gente que le escribía para contratar sus servicios tenía apenas una vaga idea de la historia que quería que le contaran. Porque ese era el otro asunto, en un primer momento se imaginó escribiendo los cuentos que otros ya habían vivido o imaginado, y al final ha terminado elaborando las historias que la gente quisiera oír, pero no saben muy bien ni cómo ni por qué. Una vez le escribió una señora que le pidió, literalmente, "quisiera que me contara una historia de amor que no termine en un final feliz, pero en la que tampoco se muera ninguno de los protagonistas y si tienen hijos que sea una niña y que no se quede con el padre". Era una petición, como las que escuchaba cuando estaba chiquita y nada más se oían dos emisoras de radio allá en el pueblo: "póngame una canción bonita".

Los hombres pedían sólo dos tipos de cuentos: la mayoría de las veces se trataba de historias en las que un héroe triunfaba luego de grandes trabajos que siempre implicaban viajes por espacios hostiles; otras veces, las menos, pedían historias de mujeres conquistadas. Bien visto, se trataba en realidad de una sola historia, lo que cambiaba era el tipo de territorio a conquistar. Las solicitudes pornográficas estaban expresamente prohibidas. Tal vez por eso sus clientes más asiduos no eran hombres. Las mujeres, en cambio, eran mucho más complicadas. Sus peticiones más simples resultaban difíciles de complacer. Siempre había un transfondo amoroso o romántico, pero los cuentos se diversificaban de maneras impredecibles y cada vez que creía haber completado el catálogo de todas las historias posibles, llegaba una mujer con un cuento que no entraba en ninguna de las categorías establecidas.

En algún momento tuvo una especie de cliente fija. Decía llamarse Beatriz y le escribía con la familiaridad de una vieja amiga que retoma cada vez una larga conversación nunca concluida. Primero le pidió que le escribiera un cuento muy simple, casi infantil. Se trataba de la historia de una niña que buscaba en una vieja casa un juguete que se le había perdido. Sorpréndeme con el final, escribió Beatriz en su primer email. Parece que el final le gustó, porque un par de semanas después pidió algo más complicado. Quería una historia en la que apareciera un joven a punto de declararle su amor a una muchacha de su misma edad. Esta vez, el final estaba claramente descrito: la chica no debía saber sobre los sentimientos del joven y el cuento debía terminar justo el momento antes de que el joven le hablara para confesarle su pasión. Esas fueron las palabras que usó Beatriz en el email, "confesarle su pasión". También había exigido un título, "La tristeza de los geranios azules". Era difícil juntar todos los elementos del cuento con aquel título tan específico y que parecía no corresponder a la historia, pero al final los geranios terminaron en la ventana de la chica que ignoraba ser amada y el cuento quedó de lo más bien. Tanto, que Beatriz escribió de nuevo con peticiones cada vez más detalladas.

Parecía claro que los personajes eran los mismos, pero ella los desplazaba en el tiempo y los cambiaba de lugar para crear el efecto de que se trataba de distintas historias. Primero eran casi adolescentes y vivían en una pequeña ciudad del interior, luego tenían entre cincuenta y sesenta años y estaban en la capital, de pronto eran jóvenes otra vez y pasaban vacaciones en el campo... y así. Después de unos meses, los cuentos que Beatriz había pedido podían ya recomponerse en una larga y misma historia, que se desarrollaba de manera predecible, enamoramiento, noviazgo, matrimonio, hijos, mudanzas, cambios de trabajo o de colegios. Pero todo esto parecía suceder como en el fondo de los pequeños relatos que Beatriz pedía. Lo que quedaba al frente eran escenas muy acotadas, claramente enmarcadas, en las que lo que sucedía era más bien poco: la sorpresiva visita de un familiar, la preparación de una cena de aniversario, la compra de un pequeño regalo y, de nuevo, cada tanto, la angustiosa búsqueda de algo que se ha perdido. A veces era un pañuelo, otras un zarcillo, un libro, una receta de cocina traspapelada, el recibo del condominio. En aquellas historias de objetos perdidos lo que parecía más importante era la reconstrucción de una especie de atmósfera que era muy difícil de lograr, pero resultaba un reto interesante y a Beatriz no le importaba que el precio subiera un poco.

En una de esas historias de objetos perdidos, Beatriz pidió que la protagonista encontrara algo que no le pertenecía ni a ella, ni al esposo ni a los niños. Pero dejó en el aire el final de la historia, algo que sólo había sucedido aquella primera vez y que parecía haberse diseñado como una prueba. Al no saber qué objeto debía usar y cómo debía terminar el cuento, la solución pareció presentarse sola, al principio como una especie de travesura: ella debía encontrar una prenda femenina, aún olorosa a perfume, y descubrir así que su esposo tenía una amante. Parecía una posibilidad entretenida y, ya que estábamos dándonos libertades, el cuento fue escrito con todos los elementos necesarios para abrir y cerrar una intriga amorosa que termina en decepción. Era el mejor cuento que había escrito desde que se dedicaba a este trabajo e incluso pensó en publicarlo.

Beatriz desapareció por semanas. Mientras tanto seguían llegando otras peticiones con la misma regularidad, incluso a veces más de lo acostumbrado y había que apurarse porque el tiempo no alcanzaba para complacer a todo el mundo. Era entretenido intentar responder exactamente a cada una de las exigencias de los clientes y hasta mejorar los argumentos con relatos paralelos y detalles adicionales que le daban a las historias ese toque personal que era imprescindible para que cada cliente quedara satisfecho. De eso dependía que su clientela se conservara e incluso que se ampliara, porque un cliente satisfecho siempre vuelve y recomienda el producto a sus amigos y conocidos. Pero con el tiempo había notado que algunos de sus clientes eran de los que ella llamaba monodiegéticos, burlándose de los viejos tiempos en que estudiaba lingüística en la universidad. Era gente a la que le bastaba una sola historia bien contada para llenar su entera existencia. Por suerte no era la gran mayoría, porque su trabajo se hubiera terminado en un par de meses. Tampoco era el caso de Beatriz. No habían pasado cuatro semanas cuando volvió a aparecer pidiendo una historia de viejitos. Dos viejitos sentados frente al televisor encendido, decía el mensaje. Uno de ellos está muriendo, el otro pide perdón. El cuento debe llamarse "Ten piedad de nosotros" y debe terminar justo antes del perdón o de la muerte, lo que ocurra primero.

Era la petición más complicada de las que había recibido, pero parecía significar que Beatriz se había cansado de jugar y quería cerrar para siempre la larga historia de sus dos personajes. Era fácil imaginar todos los cuentos que había escrito para Beatriz ordenados de manera cronológica y este texto cerrando la pequeña novela que los cuentos construían. Su primer impulso fue escribir un texto retrospectivo en el que salieran a la luz las historias escondidas de todos los cuentos anteriores, los pequeños rencores silenciados, los reclamos no hechos, las furias controladas y disueltas en los breves gestos cotidianos. Pero luego creyó entender que éste debía ser un relato de perdón y, en cierto modo, de redención, por eso el título era una oración y un ruego. Estuvo cargando con aquella historia por días. Todos los encargos quedaron detenidos y sólo había tiempo y ganas de pensar en la historia de los dos viejitos. Llevaba cuatro páginas torpes que parecían no funcionar cuando llegó otro mensaje de Beatriz con una sola línea. Que por favor lo perdone antes de que se muera, decía. Había en ese mensaje una angustia tan genuina que era inevitable pensar que se trataba de la historia real de una mujer desesperada por la imposibilidad de dejar de amar a alguien que la había traicionado. Así que descartó las cuatro páginas inútiles que había escrito y comenzó de nuevo con una idea clara: el perdón debía llegar antes que la muerte, pero la muerte no sería natural. Esta mujer debía terminar vengándose.

Creía firmemente que hay guerras que se ganan en la ficción, aunque no puedan ser libradas en la realidad, o precisamente por eso. Así que se sentía autorizada para otorgar, en sus pequeñas ficciones por encargo, cierto alivio y algo de cierre a las heridas que en las batallas cotidianas siguen abiertas. Así que en una larga noche de insomnio escribió las veinte páginas del cuento final de la historia de Beatriz y le pareció que el título le quedaba perfecto. A la mañana siguiente envió el cuento en un documento adjunto y escribió en el email que lo acompañaba: "espero que éste sea el final que realmente deseas para tu historia". No sabía por qué había escrito aquella línea tan personal y al mismo tiempo tan desafiante. No recibió respuesta. El pago llegó puntualmente y Beatriz desapareció.

Pasaron meses. El negocio se amplió y se diversificó. Abrió una página sólo para cuentos de niños en la que su hija la ayudaba con los argumentos y le corregía su tendencia a las frases largas y complicadas. Había logrado armar incluso un volumen de sus mejores cuentos que una editorial estaba considerando publicar, con prólogo de un viejo amigo de la universidad que se había convertido en escritor famoso y premiado. Pasó más de un año tal vez. Y un día llegó un email con una petición que parecía vagamente familiar. El nuevo cliente decía llamarse Aníbal. Escribía con una mezcla de formalidad y confianza que daba un efecto a veces cómico. Dudando entre tratarla de tú o de usted, le pidió que le escribiera un cuento muy simple, casi infantil. Se trataba de la historia de un niño que buscaba en una granja de un pueblo perdido un juguete para entretenerse. Sorpréndame con el final, escribió Aníbal en su primer email. Tal vez era sólo una coincidencia, pensó, los seres humanos se parecen tanto.

Tenía tal cantidad de trabajo que decidió retomar el viejo cuento que le había escrito a Beatriz y cambiar los pequeños detalles que servirían para complacer a este nuevo cliente. Había hecho esto antes con otras historias que se parecían demasiado, sobre todo con las historias que pedían los hombres. Así que terminó de arreglar el viejo cuento y se olvidó del asunto el mismo día en que lo envió. Pero Aníbal no iba a ser un cliente de esos que se conformaba con un solo cuento y escribió una semana después para pedir una historia más complicada, en la que un joven deseaba declararle su amor a una chica que no tenía idea de sus intenciones. El cuento debía contener geranios azules. El título no importaba, pero al final ella debía sonreir y aceptarlo. Esto ya no podía ser una coincidencia y no se atrevió esta vez a rehacer el cuento que había compuesto para Beatriz sino que escribió un cuento totalmente nuevo para Aníbal.

Cuando llegó el tercer pedido y las coincidencias se hicieron absolutamente claras, decidió tener a la disposición la carpeta con los cuentos de Beatriz e incluso anticiparse a las peticiones de Aníbal. Descubrió de inmediato que Aníbal prefería las historias en orden cronológico, así que ordenó los cuentos de Beatriz en la secuencia que le pareció más lógica, tomando en cuenta las edades de los personajes, y fue previendo las tramas que vendrían. Fantaseó con la posibilidad de publicar una novela con esta historia escrita desde dos perspectivas opuestas. No era muy original, aunque tenía el encanto de estar brotando de la vida misma. Pero todas las previsiones tomadas resultaron inútiles. Los cuentos de Aníbal no se parecían en nada a los de Beatriz. Si en los cuentos de Beatriz las historias estaban claramente enfocadas en un mínimo acontecimiento, vivido con intensidad, en los cuentos de Aníbal la anécdota se alargaba y crecía, llena de hechos y acontecimientos que parecían opacar cualquier brote sentimental. Cada historia parecía elaborada con el propósito explícito de probar una tesis. Aníbal necesitaba inventariar todas y cada una de las veces en que había sido abandonado, echado a un lado, disminuido, desautorizado, silenciado o ignorado. Sus cuentos eran alegatos, pruebas a ser presentadas en un juicio.

Hubo largas semanas de silencio por la época en la que tocaba contar la historia de la infidelidad y la traición. Aníbal se tomó un tiempo antes de continuar. Finalmente, llegó un email suyo pidiendo un cuento en el que compraba para ella un hermoso anillo de aniversario, de esos que llaman "amor eterno" y que tienen tres diamantes idénticos alineados que simbolizan el pasado, el presente y el futuro. Este era un cambio sustancial con respecto a los relatos de Beatriz. Entonces recordó que ella había inventado la historia de la prenda íntima olorosa a perfume de mujer y que tal vez, sin saberlo, aquella especie de travesura había desatado un malentendido de proporciones incalculables. Si esta era en realidad la historia de esos dos seres que decían llamarse Beatriz y Aníbal, qué derecho había tenido ella de intervenir en sus vidas inventando una amante que no había existido nunca. Aquí estaba este pobre hombre enamorado de su mujer, adolorido por todos los descuidos y abandonos a los que había sido sometido, comprándole un magnífico regalo de aniversario, cuando tal vez lo que debería estar haciendo era buscarse una amante. Escribió un cuento cursi y melodramático que tituló Amor eterno y se lo envió a Aníbal con una nota seca que terminaba el contrato entre los dos. Lamento no poder continuar con el trabajo que he venido realizando para usted, etcétera.

Pero Aníbal le escribió con una petición que juró que sería la última. Le rogó que aceptara escribirle un cuento final. Dos viejos sentados frente al televisor apagado. Uno escucha, el otro lee. Luego se alternan y el que estaba en silencio comienza a leer. Se leen, intercalados, pequeños cuentos donde aparece la historia de sus vidas. En ellos se revelan los secretos de los que ninguno de los dos se ha atrevido a hablar abiertamente durante largos años de convivencia, desencuentros y malentendidos. El cuento debe llamarse "La tristeza de los geranios azules" y uno de los dos debe morir sin haber sido perdonado. Sorpréndame con el final, decía el email.
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viernes, 15 de agosto de 2008

Botín de guerra

–Párate ahí o te mato! –le había gritado con una furia que parecía genuina.

La figura de espaldas pareció reaccionar. Dejó de correr y se puso lentamente de rodillas.

–¡Déjame ver las manos! –gritó el hombre de nuevo.

Los harapos que cubrían el diminuto cuerpo parecían haber estado allí por años. En esos trapos deshilachados que apenas podían llamarse ropas había polvo, grasa, retazos de cadillos que se le habían pegado en el camino y sangre. Todos estábamos en aquella época manchados de sangre.

–¡Te estoy diciendo que levantes las manos! ¿es que no entiendes?

Unas manos que seguían siendo blancas debajo de toda la inmundicia comenzaron a aparecer a los lados del pequeño cuerpo. La espalda temblaba y la cabeza, que era un amasijo amuñuñado de pelos retorcidos, parecía decir que no, que no, en movimientos muy cortos pero continuos.

–¡¿Qué llevas ahí!? –dijo ya en un tono menos imperioso, más abierto a la piedad o al común desamparo.

El cuerpo tembloroso extendió aún más los brazos y abrió los dedos de una de las manos, estirando mucho cada músculo, como si suplicara a medias a un dios remoto que no necesitara de largas plegarias.

–En la otra mano, ¿qué llevas en la otra mano? –dijo el hombre, apuntando con la pistola.

La mano cerrada, que temblaba tanto como la mano abierta, hizo un movimiento apenas visible, como si intentara reacomodar entre los dedos acalambrados un objeto incómodo.

–¡Es algo que te robaste, ¿no?! –dijo con toda seguridad.

El hombre con la pistola se fue acercando al cuerpo tembloroso. Al escuchar los pasos amenazantes, el amasijo de harapos comenzó a lloriquear y su espalda se arqueó hasta que la frente tocó la tierra roja y seca.

–¡Dame acá eso! ¡Dame acá! –dijo el hombre mientras seguía apuntando con la pistola, ya a una cuarta de la nuca de aquel cuerpo tembloroso y postrado.

El puño cerrado temblaba, pero se negaba a abrirse. El hombre agarró entonces aquel amasijo apretado e inmundo y trató de abrirlo. El puño sólo se abrió cuando el hombre clavó sus uñas negras en la piel que parecía haber sido alguna vez blanca. El objeto que había estado en el puño cayó y brilló por un segundo. El llanto de la criatura en harapos se hizo más intenso pero el hombre ya no escuchaba.

–¡Eso es todo lo que estás escondiendo, pedazo de mierda! –dijo el hombre, ya más decepcionado que furioso.

El objeto que había levantado del suelo terroso era una pequeña medalla dorada. Por un lado tenía una especie de virgen, ya muy desgastada y apenas visible; por el otro, una inscripción que el hombre no era capaz de leer. Como todos los hombres que no han aprendido a descifrar la escritura, éste odiaba y temía lo escrito. Hubo un momento en el que sólo se escuchaba el gemido del cuerpo desparramado en el suelo y el lejano sonido de los cascos de los caballos de la tropa que se alejaba.

–Para esto me has hecho correr detrás de ti –dijo el hombre bajando la pistola por fin y ya sin gritar.

El gemido del cuerpo en el suelo comenzaba a disminuir, tal vez por cansancio. Ahora parecía, más que un llanto, una fuerte respiración con uno que otro largo suspiro. Los pelos enmarañados del cuerpo en harapos no dejaban ver su cara. El hombre recordó en un instante la imagen que lo había hecho romper la formación y precipitarse fuera del camino detrás de una sombra. Más allá de las ruinas de un viejo caserón que todavía humeaba había visto moverse un cuerpo pequeño. Todo lo que no era desperdicio era ganancia en una guerra como ésta, así que se lanzó a probar suerte.

–¿Dónde vives? –preguntó el hombre señalando con la pistola sin apuntar.

Como respuesta el cuerpo postrado intentó ponerse de pie. Se enredó en los trapos, ahora más entierrados que antes, y no pudo sino quedarse de rodillas. Se detuvo un momento y luego estiró la mano en la que varias capas de tierra, grasa y sangre hacían un extraño dibujo. El hombre contempló aquella mano con curiosidad primero y luego con asombro.

–¿Qué quieres? –dijo, con esa especie de furia contenida con que hablan quienes han perdido toda esperanza.

La mano se quedó allí en el aire, temblando como una hoja, con la palma ahuecada hacia arriba. Un galope largo parecía acercarse a la distancia. El hombre miró hacia el camino por donde se había ido la tropa. Casi al borde del horizonte se podía ver aún la polvareda que levantaban los jinetes y las bestias. En medio de la nube de polvo, un punto entre gris y marrón se hacía cada vez más visible. La mano volvió a agitarse en el aire.

–No estás pidiéndome que te devuelva esta pringosa medalla, ¿no? –dijo el hombre, volviendo a mirar el pequeño objeto en la palma de su mano.

Entonces de en medio de los trapos sucios y del enmarañado pelo surgió una cara. Las manos habían despejado aquel rostro que era una visión casi imposible en medio de aquella llanura seca y polvorienta. En todos los años que el hombre llevaba asaltando fincas, saqueando pueblos y enfrentando partidas de los colorados nunca había visto un ser tan extraordinario. Sus ojos eran de un verde oscuro, casi azul, que reververaba en medio de la sabana pelada. Su boca era como la de esos ángeles que el hombre había visto en las iglesias que él y su tropa se habían afanado en destruir en medio de la vorágine de la guerra. Tenía una nariz perfecta, como ninguna que él hubiera visto antes en alguna persona viva o muerta. Sólo un ser extremadamente hermoso podía lucir tan radiante debajo de toda esa mugre y esos pelos enmarañados. El hombre quedó como desarmado por un largo rato. El relincho de un caballo se escuchó en el monte. Entonces el ser que lo había estado mirando fijamente le extendió de nuevo la mano suplicante.

–No, no te la doy hasta que no me digas por qué corriste tanto sólo para salvar esta inmunda medalla. ¿Dime de dónde la sacaste? ¿Qué significan estas letras? –mientras el hombre preguntaba la cabeza de aquel ser extraordinario comenzó otra vez a decir que no, que no.

El hombre se acercó con la medalla en la palma de la mano. La lanzó un par de veces hacia arriba y volvió a recogerla. La mano que se había extendido en una súplica se cerró en un puño de rabia e impotencia. Los ojos verdes miraban la tierra roja y seca del camino. El trote de un caballo se escuchaba cada vez más cerca. El hombre miró la nube de polvo que se agrandaba, en el centro una mancha ya claramente marrón. En unos diez minutos el jinete estaría delante de él. Traería noticias de la tropa. Ya habrían decidido si acampar al atardecer o seguir huyendo en medio de la noche. La guerra estaba hecha de largas retiradas y mezquinas victorias. Perseguir o ser perseguido. El hombre sacudió la cabeza para espantar el desaliento.

–¡Estoy esperando que me respondas! –volvió a hablar en voz alta pero ya sin mucho énfasis.

El cuerpo en harapos se dejó caer de nuevo. Se escuchó un lento y largo sollozo que parecía salir del fondo mismo de la tierra. El hombre dio unos pasos hacia atrás. Miró su caballo que comía más allá, sin hacer caso del drama que sucedía a su alrededor. Intentó volver a hablar, dar una orden, pero las palabras se quedaron como presas dentro de su boca seca.

–Es lo único que me queda –dijo el ser postrado en la tierra roja.

El hombre hizo un esfuerzo por descifrar lo que había escuchado, porque era casi un murmullo en medio del llanto. Miró de nuevo la medalla en su mano. La volteó una y otra vez.

–¿Qué dice? ¿qué es lo que dicen esas letras? –preguntó.

–María de los Ángeles –dijo después de un largo silencio.

El hombre miró la medalla de nuevo como si pudiera comprobar que en efecto aquellas letras dibujaban el nombre pronunciado por el ser postrado en la tierra. El abismo que se abría ante aquel enigma era mucho mayor de lo que esperaba encontrar en medio de una retirada. La carrera del jinete que venía en camino disminuyó y el hombre, como impulsado por un vago instinto de protección, se retiró del ser harapiento.

–Que dice mi general que si usté está huido –dijo el jinete a los gritos, aún antes de llegar.

–Qué huido ni que mierda, Lagartija –respondió el hombre, caminando ya hacia su cabalgadura.

–¿Qué?... ¿nos llevamos al granujita?

–Déjalo, es bastante castigo que se quede solo en medio de la nada.

–Los colorados vienen atrás.

–Pues aún mejor, que se las arregle con los Godos –dijo el hombre montando en el caballo.

Antes de espolear a la bestia, soltó lo que tenía en la mano. El objeto brilló por un segundo al caer en la tierra roja y seca del camino. El bulto harapiento corrió hacia el brillo y levantó la medalla empolvada. Escuchó atentamente el ruido de los caballos que se alejaban al galope. Sólo cuando sintió que ya estaban lo bastante lejos, una espléndida sonrisa surgió en el rostro del ser en harapos. Le lanzó a la medalla un escupitajo pastoso, la limpió con el borde de una manga y hurgó entre sus trapos inmundos hasta encontrar una bolsa, cuidadosamente amarrada a su delgada cintura con un cordón de seda de color indefinido. Aún de rodillas sobre la tierra pelada, abrió la bolsa y examinó el botín de guerra, su tesoro. Varias medallas, un delicado anillo con una piedra roja, algunos dientes, una finísima cadena y una reluciente morocota de oro brillaban en el fondo de la bolsa.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.