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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 28 de julio de 2011

Paisaje marino con fuga

El sábado fui a la playa. Hacía un día espléndido. Cuando me desperté en la mañana, con el sol en la cara, fue como si hubiera recibido una orden y, casi dormida, metí en un bolso grande comida y agua, un libro y un protector solar, una gorra y una toalla grande y me fui caminando a la estación a esperar el lento tren que me llevaría a la costa. Cuando llegué había todavía poca gente y mientras caminaba hacia la orilla pensé que ese era un lugar en el que podía quedarme a vivir para siempre. El sol se había ido y la brisa estaba más bien fría, pero calculé que si me mantenía abrigada podía quedarme un par de horas mirando el mar antes de congelarme.

Me senté en lo más parecido a un rincón que encontré en un recoveco entre la arena y el monte bajo que crecía más allá de la zona que la marea inunda cada seis horas. Abrí el libro que había llevado para entretenerme, pero en lugar de leer estuve un rato mirando pasar la gente, siguiendo a las gaviotas en sus vuelos de ida y vuelta, preguntándome por el precio de los trajes que usan los surfistas para mantener la temperatura del cuerpo en las heladas aguas del mar del norte. Un niño se acercó corriendo y me soltó una lenguarada rápida. Le sonreí. Me miró extrañado y regresó otra vez a las carreras a donde lo esperaba su padre. Un hombre pálido, casi calvo, alto y huesudo, tal vez divorciado, al que le tocaba cuidar al niño este fin de semana.

El libro que había llevado a la playa hablaba de un hombre que se había enamorado de una mujer desde muy joven, pero que al ver correspondido su amor, muchos años después, le aterraba la idea misma de ser amado para siempre. Leí y releí las primeras páginas mientras las gaviotas acompañaban el sonido del mar con sus silbidos que a veces parecen risas o gritos o súplicas. Cuando estaba en medio de una frase que hubiera querido subrayar una pareja se acercó conversando. Me di cuenta de que unos pasos más atrás venía el mismo niño que había intentado decirme algo antes. Entonces miré al hombre y entendí que también era el mismo y que no estaba divorciado después de todo, porque junto a él caminaba una mujer que parecía su pareja. Entre los dos había ese ritmo que sólo las parejas tienen al caminar. Es una especie de tensa armonía. Una cadencia que parece contada con uno de esos aparatos que usan los músicos para llevar el tiempo: tac-tac, tac-tac. Es el sonido inaudible de dos cuerpos que han abandonado su propio ritmo individual para adquirir un vaivén doble, como esas campanas que suenan bien solamente si se hacen sonar juntas.

Pensé que iban a seguir de largo. Pero, para mi sorpresa, eligieron un lugar muy cerca de donde yo estaba. Me pareció que no me habían visto o que, si me vieron, me consideraron poco amenazante. Tal vez imaginaron que mi cara de extranjera, mi piel oscura, era una garantía de que me mantendría al margen. O tal vez, simplemente, no les importaba estar invadiendo mi espacio o que yo invadiera el de ellos. El niño se había distraído con algo que encontró en la arena enchumbada y se quedó agachado dándonos la espalda. Sus bracitos se movían hacia adelante y hacia atrás, como en un gesto a medio hacer que se repitiera por asco o por miedo.

Volví a mi lectura y doblé la esquina de abajo de la página en la que estaba aquella frase que quería recordar y que hablaba de evasiones y fugas, de la necesidad de planear siempre una ruta de escape por la que un día, tal vez, podamos ejercer el derecho a escabullirnos.

­–Tienes que tomar una decisión –dijo ella.

Ya está, pensé yo. Al escuchar su tono contenido, su urgencia, la rabia a punto de estallar y sin embargo quieta, entendí que me iba a tocar presenciar una larga discusión. Una de esas conversaciones sin principio ni fin que arrastran las parejas que se están disolviendo y que pueden durar toda una vida.

–Mi decisión ya está tomada –dijo él–. Pero necesito un poco más de tiempo.

No pude evitar mirarlos. Necesitaba ponerle expresión a aquellas palabras que me llegaban con una nitidez que me hacía sentir una intrusa. Ella miraba hacia el horizonte, hacia el lugar difuso en el que las olas estaban rompiéndose en una espuma blanca que estallaba en burbujas transparentes. Él miraba la arena empapada y con un dedo cauteloso hacía dibujos que yo no podía ver.

–Tiempo es lo que yo no tengo, ¿no te das cuenta? –dijo ella después de un rato de silencio.

El hombre siguió dibujando en la arena, pero su cara se contrajo en un gesto que parecía forzado. Pensé que iba a llorar y que si lo hacía yo debía pararme, hacer que me vieran, y buscar otro lugar donde instalarme. Me empezaba a sentir incómoda, pero me di cuenta de que me había quedado quieta, casi sin respirar, para que no se notara que estaba ahí escuchando una conversación demasiado íntima para oídos ajenos.

–Lo único que quiero es lo mejor para todos –dijo él.

–Siempre dices eso, pero en realidad lo que pretendes es que el mundo se detenga para que tú puedas hacer lo que quieras –dijo ella casi de inmediato, como si repitiera una línea que había usado con insistencia muchas veces antes.

Hubo una frase que no entendí. El hombre había respondido algo que se quedó entre ellos. Tal vez otra frase también usada muchas veces en discusiones parecidas a ésta. Había levantado la vista después de borrar con un manotón el dibujo en la arena. Se sacudió las manos y miró en dirección al niño. Pensé que me vería en ese momento si movía un músculo. Me quedé paralizada haciendo que leía mi libro, pero con los oídos puestos en el más mínimo murmullo.

–Es demasiado –dijo ella–. No estás dispuesto a renunciar a nada, pero esperas que yo deje todo para estar contigo.

Era un argumento irrefutable y el hombre lo sabía. Pidió más tiempo. Rogó que le diera más tiempo. Mientras sus argumentos se armaban alrededor de la idea prometedora de un futuro mejor en el que todo se resolvería, ella negaba con la cabeza, terca, constante. Decía que no, que ya no quería renunciar a nada más. Él le hacía promesas. Ella le respondía ya no te creo. Me descubrí volviendo a la lectura y perdiendo interés en un diálogo que se convirtió en ruido de fondo, juntándose al que hacían las gaviotas que se llamaban a gritos al borde del agua, anunciando comida o viento fuerte o tragedias por venir.

Una lenguarada me sacó de la lectura, justo cuando el protagonista comenzaba a armar un plan de fuga infalible, que consistía en dejar de llamar, dejar de acudir a las citas, olvidarse de los aniversarios, hacerse el loco. El niño estaba delante de mí con las manos llenas de arena y me mostraba algo que yo no podía distinguir. Le sonreí. Le pregunté qué era. Me dijo en su media lengua que yo apenas podía descifrar, “it’s a shell”. Y yo extendí mi mano para que me la mostrara. El niño puso un montón de arena húmeda sobre mi palma seca. Dos segundos después el objeto comenzó a moverse y yo entré en pánico. Todo bicho que se mueve me aterra. Lo solté sin pensarlo y el animal se hundió en la arena en el instante en que cayó en ella. El niño me miró. No quedaba en su cara ni rastro de la sonrisa que había tenido cuando me vino a mostrar su tesoro.

El llanto inconsolable del niño me persiguió todo el camino de regreso. Le había pedido disculpas a los padres tratando de explicarles que tal vez se trataba de un bicho peligroso. Pero ellos no necesitaban el ruido de mi voz por encima del llando del niño y me despacharon con un “it’s ok”, con un “don´t worry”, mucho antes de que mis excusas comenzaran a sonar inútiles. Recogí como pude mi sánduche a medio comer y mi botella de agua, el libro y el protector solar que nunca llegué a usar y salí casi corriendo. Sentía que estaba huyendo de una escena del crimen.

En el tren que me trajo de regreso a casa terminé la primera parte del libro. El protagonista no había logrado escapar de un amor que lo había perseguido la vida entera. Pero había perfeccionado una técnica que le permitía mantenerse ajeno incluso cuando aceptaba la compañía de aquella mujer que lo abrumaba con su devoción y su fidelidad a toda prueba. Revolviendo la taza de té que me preparé al llegar pensé en las estrategias de fuga, en el ritmo de las parejas al andar, en los bichos que se entierran en la arena. Tosté un pan, le puse mantequilla y me senté frente a la tele a ver las noticias. Otros tres soldados británicos habían muerto en la guerra.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.