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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 21 de agosto de 2008

La tristeza de los geranios azules

Era su trabajo: había puesto en la web una página en la que se ofrecía a escribir los cuentos de los demás. "¿Tiene una buena historia que contar y quisiera verla escrita?" preguntaba la página desde el centro de un marco vinotinto, sin mucho decorado. Más abajo, en letras que aparecían y desaparecían lentamente, seguía: "Nosotros nos encargamos de escribirla para usted". El nombre de la página era www.contamossuscuentos.com y había servido para mantenerla a ella y a su hija por los últimos dos años, lo que podía ser considerado un éxito. Hacía los cobros vía pay pal y las tarifas variaban dependiendo de la extensión y la dificultad de la historia. Algunos clientes ofrecían dos líneas y pretendían que con eso escribiera veinticinco páginas. Ésas eran las historias que costaban más, superadas únicamente por los cuentos que no eran más que un título. Pero estos cuentos sólo los escribía si estaba de ánimo y se sentía con derecho a rechazar el encargo cuando aquella única línea no le decía nada. Las condiciones estipulaban que debía haber al menos una semilla de historia: un principio, un medio y un fin. Había tenido que escribir a lo largo de los últimos meses una serie de condiciones mínimas para aceptar lo que ella llamaba "el contrato".

La primera condición era ésta sobre la semilla de historia. Al principio no parecía importante, porque cuando se ofreció a contar las historias de otros imaginó que vendrían completas, con todos sus detalles y, por supuesto, con un desenlace. Pero no habían pasado dos meses cuando descubrió que gran parte de la gente que le escribía para contratar sus servicios tenía apenas una vaga idea de la historia que quería que le contaran. Porque ese era el otro asunto, en un primer momento se imaginó escribiendo los cuentos que otros ya habían vivido o imaginado, y al final ha terminado elaborando las historias que la gente quisiera oír, pero no saben muy bien ni cómo ni por qué. Una vez le escribió una señora que le pidió, literalmente, "quisiera que me contara una historia de amor que no termine en un final feliz, pero en la que tampoco se muera ninguno de los protagonistas y si tienen hijos que sea una niña y que no se quede con el padre". Era una petición, como las que escuchaba cuando estaba chiquita y nada más se oían dos emisoras de radio allá en el pueblo: "póngame una canción bonita".

Los hombres pedían sólo dos tipos de cuentos: la mayoría de las veces se trataba de historias en las que un héroe triunfaba luego de grandes trabajos que siempre implicaban viajes por espacios hostiles; otras veces, las menos, pedían historias de mujeres conquistadas. Bien visto, se trataba en realidad de una sola historia, lo que cambiaba era el tipo de territorio a conquistar. Las solicitudes pornográficas estaban expresamente prohibidas. Tal vez por eso sus clientes más asiduos no eran hombres. Las mujeres, en cambio, eran mucho más complicadas. Sus peticiones más simples resultaban difíciles de complacer. Siempre había un transfondo amoroso o romántico, pero los cuentos se diversificaban de maneras impredecibles y cada vez que creía haber completado el catálogo de todas las historias posibles, llegaba una mujer con un cuento que no entraba en ninguna de las categorías establecidas.

En algún momento tuvo una especie de cliente fija. Decía llamarse Beatriz y le escribía con la familiaridad de una vieja amiga que retoma cada vez una larga conversación nunca concluida. Primero le pidió que le escribiera un cuento muy simple, casi infantil. Se trataba de la historia de una niña que buscaba en una vieja casa un juguete que se le había perdido. Sorpréndeme con el final, escribió Beatriz en su primer email. Parece que el final le gustó, porque un par de semanas después pidió algo más complicado. Quería una historia en la que apareciera un joven a punto de declararle su amor a una muchacha de su misma edad. Esta vez, el final estaba claramente descrito: la chica no debía saber sobre los sentimientos del joven y el cuento debía terminar justo el momento antes de que el joven le hablara para confesarle su pasión. Esas fueron las palabras que usó Beatriz en el email, "confesarle su pasión". También había exigido un título, "La tristeza de los geranios azules". Era difícil juntar todos los elementos del cuento con aquel título tan específico y que parecía no corresponder a la historia, pero al final los geranios terminaron en la ventana de la chica que ignoraba ser amada y el cuento quedó de lo más bien. Tanto, que Beatriz escribió de nuevo con peticiones cada vez más detalladas.

Parecía claro que los personajes eran los mismos, pero ella los desplazaba en el tiempo y los cambiaba de lugar para crear el efecto de que se trataba de distintas historias. Primero eran casi adolescentes y vivían en una pequeña ciudad del interior, luego tenían entre cincuenta y sesenta años y estaban en la capital, de pronto eran jóvenes otra vez y pasaban vacaciones en el campo... y así. Después de unos meses, los cuentos que Beatriz había pedido podían ya recomponerse en una larga y misma historia, que se desarrollaba de manera predecible, enamoramiento, noviazgo, matrimonio, hijos, mudanzas, cambios de trabajo o de colegios. Pero todo esto parecía suceder como en el fondo de los pequeños relatos que Beatriz pedía. Lo que quedaba al frente eran escenas muy acotadas, claramente enmarcadas, en las que lo que sucedía era más bien poco: la sorpresiva visita de un familiar, la preparación de una cena de aniversario, la compra de un pequeño regalo y, de nuevo, cada tanto, la angustiosa búsqueda de algo que se ha perdido. A veces era un pañuelo, otras un zarcillo, un libro, una receta de cocina traspapelada, el recibo del condominio. En aquellas historias de objetos perdidos lo que parecía más importante era la reconstrucción de una especie de atmósfera que era muy difícil de lograr, pero resultaba un reto interesante y a Beatriz no le importaba que el precio subiera un poco.

En una de esas historias de objetos perdidos, Beatriz pidió que la protagonista encontrara algo que no le pertenecía ni a ella, ni al esposo ni a los niños. Pero dejó en el aire el final de la historia, algo que sólo había sucedido aquella primera vez y que parecía haberse diseñado como una prueba. Al no saber qué objeto debía usar y cómo debía terminar el cuento, la solución pareció presentarse sola, al principio como una especie de travesura: ella debía encontrar una prenda femenina, aún olorosa a perfume, y descubrir así que su esposo tenía una amante. Parecía una posibilidad entretenida y, ya que estábamos dándonos libertades, el cuento fue escrito con todos los elementos necesarios para abrir y cerrar una intriga amorosa que termina en decepción. Era el mejor cuento que había escrito desde que se dedicaba a este trabajo e incluso pensó en publicarlo.

Beatriz desapareció por semanas. Mientras tanto seguían llegando otras peticiones con la misma regularidad, incluso a veces más de lo acostumbrado y había que apurarse porque el tiempo no alcanzaba para complacer a todo el mundo. Era entretenido intentar responder exactamente a cada una de las exigencias de los clientes y hasta mejorar los argumentos con relatos paralelos y detalles adicionales que le daban a las historias ese toque personal que era imprescindible para que cada cliente quedara satisfecho. De eso dependía que su clientela se conservara e incluso que se ampliara, porque un cliente satisfecho siempre vuelve y recomienda el producto a sus amigos y conocidos. Pero con el tiempo había notado que algunos de sus clientes eran de los que ella llamaba monodiegéticos, burlándose de los viejos tiempos en que estudiaba lingüística en la universidad. Era gente a la que le bastaba una sola historia bien contada para llenar su entera existencia. Por suerte no era la gran mayoría, porque su trabajo se hubiera terminado en un par de meses. Tampoco era el caso de Beatriz. No habían pasado cuatro semanas cuando volvió a aparecer pidiendo una historia de viejitos. Dos viejitos sentados frente al televisor encendido, decía el mensaje. Uno de ellos está muriendo, el otro pide perdón. El cuento debe llamarse "Ten piedad de nosotros" y debe terminar justo antes del perdón o de la muerte, lo que ocurra primero.

Era la petición más complicada de las que había recibido, pero parecía significar que Beatriz se había cansado de jugar y quería cerrar para siempre la larga historia de sus dos personajes. Era fácil imaginar todos los cuentos que había escrito para Beatriz ordenados de manera cronológica y este texto cerrando la pequeña novela que los cuentos construían. Su primer impulso fue escribir un texto retrospectivo en el que salieran a la luz las historias escondidas de todos los cuentos anteriores, los pequeños rencores silenciados, los reclamos no hechos, las furias controladas y disueltas en los breves gestos cotidianos. Pero luego creyó entender que éste debía ser un relato de perdón y, en cierto modo, de redención, por eso el título era una oración y un ruego. Estuvo cargando con aquella historia por días. Todos los encargos quedaron detenidos y sólo había tiempo y ganas de pensar en la historia de los dos viejitos. Llevaba cuatro páginas torpes que parecían no funcionar cuando llegó otro mensaje de Beatriz con una sola línea. Que por favor lo perdone antes de que se muera, decía. Había en ese mensaje una angustia tan genuina que era inevitable pensar que se trataba de la historia real de una mujer desesperada por la imposibilidad de dejar de amar a alguien que la había traicionado. Así que descartó las cuatro páginas inútiles que había escrito y comenzó de nuevo con una idea clara: el perdón debía llegar antes que la muerte, pero la muerte no sería natural. Esta mujer debía terminar vengándose.

Creía firmemente que hay guerras que se ganan en la ficción, aunque no puedan ser libradas en la realidad, o precisamente por eso. Así que se sentía autorizada para otorgar, en sus pequeñas ficciones por encargo, cierto alivio y algo de cierre a las heridas que en las batallas cotidianas siguen abiertas. Así que en una larga noche de insomnio escribió las veinte páginas del cuento final de la historia de Beatriz y le pareció que el título le quedaba perfecto. A la mañana siguiente envió el cuento en un documento adjunto y escribió en el email que lo acompañaba: "espero que éste sea el final que realmente deseas para tu historia". No sabía por qué había escrito aquella línea tan personal y al mismo tiempo tan desafiante. No recibió respuesta. El pago llegó puntualmente y Beatriz desapareció.

Pasaron meses. El negocio se amplió y se diversificó. Abrió una página sólo para cuentos de niños en la que su hija la ayudaba con los argumentos y le corregía su tendencia a las frases largas y complicadas. Había logrado armar incluso un volumen de sus mejores cuentos que una editorial estaba considerando publicar, con prólogo de un viejo amigo de la universidad que se había convertido en escritor famoso y premiado. Pasó más de un año tal vez. Y un día llegó un email con una petición que parecía vagamente familiar. El nuevo cliente decía llamarse Aníbal. Escribía con una mezcla de formalidad y confianza que daba un efecto a veces cómico. Dudando entre tratarla de tú o de usted, le pidió que le escribiera un cuento muy simple, casi infantil. Se trataba de la historia de un niño que buscaba en una granja de un pueblo perdido un juguete para entretenerse. Sorpréndame con el final, escribió Aníbal en su primer email. Tal vez era sólo una coincidencia, pensó, los seres humanos se parecen tanto.

Tenía tal cantidad de trabajo que decidió retomar el viejo cuento que le había escrito a Beatriz y cambiar los pequeños detalles que servirían para complacer a este nuevo cliente. Había hecho esto antes con otras historias que se parecían demasiado, sobre todo con las historias que pedían los hombres. Así que terminó de arreglar el viejo cuento y se olvidó del asunto el mismo día en que lo envió. Pero Aníbal no iba a ser un cliente de esos que se conformaba con un solo cuento y escribió una semana después para pedir una historia más complicada, en la que un joven deseaba declararle su amor a una chica que no tenía idea de sus intenciones. El cuento debía contener geranios azules. El título no importaba, pero al final ella debía sonreir y aceptarlo. Esto ya no podía ser una coincidencia y no se atrevió esta vez a rehacer el cuento que había compuesto para Beatriz sino que escribió un cuento totalmente nuevo para Aníbal.

Cuando llegó el tercer pedido y las coincidencias se hicieron absolutamente claras, decidió tener a la disposición la carpeta con los cuentos de Beatriz e incluso anticiparse a las peticiones de Aníbal. Descubrió de inmediato que Aníbal prefería las historias en orden cronológico, así que ordenó los cuentos de Beatriz en la secuencia que le pareció más lógica, tomando en cuenta las edades de los personajes, y fue previendo las tramas que vendrían. Fantaseó con la posibilidad de publicar una novela con esta historia escrita desde dos perspectivas opuestas. No era muy original, aunque tenía el encanto de estar brotando de la vida misma. Pero todas las previsiones tomadas resultaron inútiles. Los cuentos de Aníbal no se parecían en nada a los de Beatriz. Si en los cuentos de Beatriz las historias estaban claramente enfocadas en un mínimo acontecimiento, vivido con intensidad, en los cuentos de Aníbal la anécdota se alargaba y crecía, llena de hechos y acontecimientos que parecían opacar cualquier brote sentimental. Cada historia parecía elaborada con el propósito explícito de probar una tesis. Aníbal necesitaba inventariar todas y cada una de las veces en que había sido abandonado, echado a un lado, disminuido, desautorizado, silenciado o ignorado. Sus cuentos eran alegatos, pruebas a ser presentadas en un juicio.

Hubo largas semanas de silencio por la época en la que tocaba contar la historia de la infidelidad y la traición. Aníbal se tomó un tiempo antes de continuar. Finalmente, llegó un email suyo pidiendo un cuento en el que compraba para ella un hermoso anillo de aniversario, de esos que llaman "amor eterno" y que tienen tres diamantes idénticos alineados que simbolizan el pasado, el presente y el futuro. Este era un cambio sustancial con respecto a los relatos de Beatriz. Entonces recordó que ella había inventado la historia de la prenda íntima olorosa a perfume de mujer y que tal vez, sin saberlo, aquella especie de travesura había desatado un malentendido de proporciones incalculables. Si esta era en realidad la historia de esos dos seres que decían llamarse Beatriz y Aníbal, qué derecho había tenido ella de intervenir en sus vidas inventando una amante que no había existido nunca. Aquí estaba este pobre hombre enamorado de su mujer, adolorido por todos los descuidos y abandonos a los que había sido sometido, comprándole un magnífico regalo de aniversario, cuando tal vez lo que debería estar haciendo era buscarse una amante. Escribió un cuento cursi y melodramático que tituló Amor eterno y se lo envió a Aníbal con una nota seca que terminaba el contrato entre los dos. Lamento no poder continuar con el trabajo que he venido realizando para usted, etcétera.

Pero Aníbal le escribió con una petición que juró que sería la última. Le rogó que aceptara escribirle un cuento final. Dos viejos sentados frente al televisor apagado. Uno escucha, el otro lee. Luego se alternan y el que estaba en silencio comienza a leer. Se leen, intercalados, pequeños cuentos donde aparece la historia de sus vidas. En ellos se revelan los secretos de los que ninguno de los dos se ha atrevido a hablar abiertamente durante largos años de convivencia, desencuentros y malentendidos. El cuento debe llamarse "La tristeza de los geranios azules" y uno de los dos debe morir sin haber sido perdonado. Sorpréndame con el final, decía el email.
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viernes, 15 de agosto de 2008

Botín de guerra

–Párate ahí o te mato! –le había gritado con una furia que parecía genuina.

La figura de espaldas pareció reaccionar. Dejó de correr y se puso lentamente de rodillas.

–¡Déjame ver las manos! –gritó el hombre de nuevo.

Los harapos que cubrían el diminuto cuerpo parecían haber estado allí por años. En esos trapos deshilachados que apenas podían llamarse ropas había polvo, grasa, retazos de cadillos que se le habían pegado en el camino y sangre. Todos estábamos en aquella época manchados de sangre.

–¡Te estoy diciendo que levantes las manos! ¿es que no entiendes?

Unas manos que seguían siendo blancas debajo de toda la inmundicia comenzaron a aparecer a los lados del pequeño cuerpo. La espalda temblaba y la cabeza, que era un amasijo amuñuñado de pelos retorcidos, parecía decir que no, que no, en movimientos muy cortos pero continuos.

–¡¿Qué llevas ahí!? –dijo ya en un tono menos imperioso, más abierto a la piedad o al común desamparo.

El cuerpo tembloroso extendió aún más los brazos y abrió los dedos de una de las manos, estirando mucho cada músculo, como si suplicara a medias a un dios remoto que no necesitara de largas plegarias.

–En la otra mano, ¿qué llevas en la otra mano? –dijo el hombre, apuntando con la pistola.

La mano cerrada, que temblaba tanto como la mano abierta, hizo un movimiento apenas visible, como si intentara reacomodar entre los dedos acalambrados un objeto incómodo.

–¡Es algo que te robaste, ¿no?! –dijo con toda seguridad.

El hombre con la pistola se fue acercando al cuerpo tembloroso. Al escuchar los pasos amenazantes, el amasijo de harapos comenzó a lloriquear y su espalda se arqueó hasta que la frente tocó la tierra roja y seca.

–¡Dame acá eso! ¡Dame acá! –dijo el hombre mientras seguía apuntando con la pistola, ya a una cuarta de la nuca de aquel cuerpo tembloroso y postrado.

El puño cerrado temblaba, pero se negaba a abrirse. El hombre agarró entonces aquel amasijo apretado e inmundo y trató de abrirlo. El puño sólo se abrió cuando el hombre clavó sus uñas negras en la piel que parecía haber sido alguna vez blanca. El objeto que había estado en el puño cayó y brilló por un segundo. El llanto de la criatura en harapos se hizo más intenso pero el hombre ya no escuchaba.

–¡Eso es todo lo que estás escondiendo, pedazo de mierda! –dijo el hombre, ya más decepcionado que furioso.

El objeto que había levantado del suelo terroso era una pequeña medalla dorada. Por un lado tenía una especie de virgen, ya muy desgastada y apenas visible; por el otro, una inscripción que el hombre no era capaz de leer. Como todos los hombres que no han aprendido a descifrar la escritura, éste odiaba y temía lo escrito. Hubo un momento en el que sólo se escuchaba el gemido del cuerpo desparramado en el suelo y el lejano sonido de los cascos de los caballos de la tropa que se alejaba.

–Para esto me has hecho correr detrás de ti –dijo el hombre bajando la pistola por fin y ya sin gritar.

El gemido del cuerpo en el suelo comenzaba a disminuir, tal vez por cansancio. Ahora parecía, más que un llanto, una fuerte respiración con uno que otro largo suspiro. Los pelos enmarañados del cuerpo en harapos no dejaban ver su cara. El hombre recordó en un instante la imagen que lo había hecho romper la formación y precipitarse fuera del camino detrás de una sombra. Más allá de las ruinas de un viejo caserón que todavía humeaba había visto moverse un cuerpo pequeño. Todo lo que no era desperdicio era ganancia en una guerra como ésta, así que se lanzó a probar suerte.

–¿Dónde vives? –preguntó el hombre señalando con la pistola sin apuntar.

Como respuesta el cuerpo postrado intentó ponerse de pie. Se enredó en los trapos, ahora más entierrados que antes, y no pudo sino quedarse de rodillas. Se detuvo un momento y luego estiró la mano en la que varias capas de tierra, grasa y sangre hacían un extraño dibujo. El hombre contempló aquella mano con curiosidad primero y luego con asombro.

–¿Qué quieres? –dijo, con esa especie de furia contenida con que hablan quienes han perdido toda esperanza.

La mano se quedó allí en el aire, temblando como una hoja, con la palma ahuecada hacia arriba. Un galope largo parecía acercarse a la distancia. El hombre miró hacia el camino por donde se había ido la tropa. Casi al borde del horizonte se podía ver aún la polvareda que levantaban los jinetes y las bestias. En medio de la nube de polvo, un punto entre gris y marrón se hacía cada vez más visible. La mano volvió a agitarse en el aire.

–No estás pidiéndome que te devuelva esta pringosa medalla, ¿no? –dijo el hombre, volviendo a mirar el pequeño objeto en la palma de su mano.

Entonces de en medio de los trapos sucios y del enmarañado pelo surgió una cara. Las manos habían despejado aquel rostro que era una visión casi imposible en medio de aquella llanura seca y polvorienta. En todos los años que el hombre llevaba asaltando fincas, saqueando pueblos y enfrentando partidas de los colorados nunca había visto un ser tan extraordinario. Sus ojos eran de un verde oscuro, casi azul, que reververaba en medio de la sabana pelada. Su boca era como la de esos ángeles que el hombre había visto en las iglesias que él y su tropa se habían afanado en destruir en medio de la vorágine de la guerra. Tenía una nariz perfecta, como ninguna que él hubiera visto antes en alguna persona viva o muerta. Sólo un ser extremadamente hermoso podía lucir tan radiante debajo de toda esa mugre y esos pelos enmarañados. El hombre quedó como desarmado por un largo rato. El relincho de un caballo se escuchó en el monte. Entonces el ser que lo había estado mirando fijamente le extendió de nuevo la mano suplicante.

–No, no te la doy hasta que no me digas por qué corriste tanto sólo para salvar esta inmunda medalla. ¿Dime de dónde la sacaste? ¿Qué significan estas letras? –mientras el hombre preguntaba la cabeza de aquel ser extraordinario comenzó otra vez a decir que no, que no.

El hombre se acercó con la medalla en la palma de la mano. La lanzó un par de veces hacia arriba y volvió a recogerla. La mano que se había extendido en una súplica se cerró en un puño de rabia e impotencia. Los ojos verdes miraban la tierra roja y seca del camino. El trote de un caballo se escuchaba cada vez más cerca. El hombre miró la nube de polvo que se agrandaba, en el centro una mancha ya claramente marrón. En unos diez minutos el jinete estaría delante de él. Traería noticias de la tropa. Ya habrían decidido si acampar al atardecer o seguir huyendo en medio de la noche. La guerra estaba hecha de largas retiradas y mezquinas victorias. Perseguir o ser perseguido. El hombre sacudió la cabeza para espantar el desaliento.

–¡Estoy esperando que me respondas! –volvió a hablar en voz alta pero ya sin mucho énfasis.

El cuerpo en harapos se dejó caer de nuevo. Se escuchó un lento y largo sollozo que parecía salir del fondo mismo de la tierra. El hombre dio unos pasos hacia atrás. Miró su caballo que comía más allá, sin hacer caso del drama que sucedía a su alrededor. Intentó volver a hablar, dar una orden, pero las palabras se quedaron como presas dentro de su boca seca.

–Es lo único que me queda –dijo el ser postrado en la tierra roja.

El hombre hizo un esfuerzo por descifrar lo que había escuchado, porque era casi un murmullo en medio del llanto. Miró de nuevo la medalla en su mano. La volteó una y otra vez.

–¿Qué dice? ¿qué es lo que dicen esas letras? –preguntó.

–María de los Ángeles –dijo después de un largo silencio.

El hombre miró la medalla de nuevo como si pudiera comprobar que en efecto aquellas letras dibujaban el nombre pronunciado por el ser postrado en la tierra. El abismo que se abría ante aquel enigma era mucho mayor de lo que esperaba encontrar en medio de una retirada. La carrera del jinete que venía en camino disminuyó y el hombre, como impulsado por un vago instinto de protección, se retiró del ser harapiento.

–Que dice mi general que si usté está huido –dijo el jinete a los gritos, aún antes de llegar.

–Qué huido ni que mierda, Lagartija –respondió el hombre, caminando ya hacia su cabalgadura.

–¿Qué?... ¿nos llevamos al granujita?

–Déjalo, es bastante castigo que se quede solo en medio de la nada.

–Los colorados vienen atrás.

–Pues aún mejor, que se las arregle con los Godos –dijo el hombre montando en el caballo.

Antes de espolear a la bestia, soltó lo que tenía en la mano. El objeto brilló por un segundo al caer en la tierra roja y seca del camino. El bulto harapiento corrió hacia el brillo y levantó la medalla empolvada. Escuchó atentamente el ruido de los caballos que se alejaban al galope. Sólo cuando sintió que ya estaban lo bastante lejos, una espléndida sonrisa surgió en el rostro del ser en harapos. Le lanzó a la medalla un escupitajo pastoso, la limpió con el borde de una manga y hurgó entre sus trapos inmundos hasta encontrar una bolsa, cuidadosamente amarrada a su delgada cintura con un cordón de seda de color indefinido. Aún de rodillas sobre la tierra pelada, abrió la bolsa y examinó el botín de guerra, su tesoro. Varias medallas, un delicado anillo con una piedra roja, algunos dientes, una finísima cadena y una reluciente morocota de oro brillaban en el fondo de la bolsa.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.