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(Un cuento al mes... o más)

martes, 31 de marzo de 2009

El encuentro

Olía a pelo quemado. Desde lejos habíamos sentido el olor incluso antes de ver el humo. Cuando llegamos todo crujía, como si estuviéramos en un viejo barco a punto de naufragar. De la puerta sólo quedaba el hueco abierto. Alguien la había arrancado de cuajo. Las vigas del techo hacían un tenso ruido de queja y caían por partes, muy lentamente, como sostenidas por una plegaria. Los bancos achicharrados parecían retorcerse todavía en un lento craqueteo triste. Las llamas se habían apagado y quedaban solo tizones relampagueantes que mantenían vivo el calor. La lluvia menuda que comenzaba a mojarlo todo alborotaba el humo.

Una imagen de la virgen se había caído de un nicho y estaba aplastada contra el suelo. Todo se había roto menos su cara, perfecta y lisa. Sus ojos abiertos parecían los de una muñeca insomne a punto de gritar. Lo que quedaba del manojo de pelo natural que había estado sobre aquella imagen se desparramaba medio chamuscado sobre las losas del piso húmedo. Un jarrón que tal vez había contenido flores se había roto en miles de pedacitos y formaba un charco de vidrios y cenizas en el medio del pasillo.

El techo se había derrumbado casi por completo y la llovizna menuda que dejaba pasar producía la extraña sensación de estar al mismo tiempo afuera y adentro. Las nubes pasaban lentas sobre el marco que hacían los altos muros. Por el único vitral que se mantenía en pie cruzaba una luz rojiza que iluminaba el lugar en el que había estado el altar. Todo crujía y sin embargo nada se movía. Sólo nosotros tres. Desconcertados. Como si nos escontráramos en medio de una tragedia a la que estábamos llegando demasiado tarde. Culpables. Como si hubiéramos encendido el fuego con nuestras propias manos. El sonido de las maderas quemadas comenzando a mojarse parecía una música fuera de lugar. Los tres escuchábamos en silencio.

Mina se sentó en el suelo y recogió unos pedazos del jarrón roto. Podía ver las lágrimas que caían por su cara, arrastrando la tierra que se había acumulado en ella durante meses. Cuando se limpió con la palma de la mano, un lamparón le cruzó de la nariz a la oreja. Me acerqué a ver qué estaba recogiendo del piso. Ya había hecho un montoncito con las monedas de distintos tamaños que había encontrado entre los restos del jarrón.

⎯Eso da para comprar algo de comida −dije.

Mina me miró con un gesto de reproche. Pero no se resistió cuando levanté las monedas del piso y las guardé en el maruto. A fin de cuentas, yo era el encargado de las finanzas y de los alimentos. Gracias a eso habíamos tenido algo en el estómago al menos una vez al día durante los últimos tres meses. Mina se guardó un trozo de cerámica, brillante y azul cielo, entre los trapos que le servían de ropa, albergue y escaparate. Esa acumulación de blusas, faldas, retazos de todos tamaños, cinturones, bolsillos y bolsos era todo lo que tenía en la vida. Si podía cargar algo se lo apropiaba, si no, lo dejaba en el camino sin ningún remordimiento.

Nos acercamos a Segundo que se afanaba retirando de un rincón un montón de escombros. Metí el hombro para ayudarlo aunque no me lo había pedido, y entre los dos hicimos un claro. En medio de las maderas chamuscadas se podía ver el cuerpo de alguien que había sido aplastado al caer un pedazo de techo. El cuerpo estaba quemado a medias, su cara no se había chamuscado del todo y las piernas estaban intactas. Tenía una expresión de asombro y no se parecía a la de los muertos que habíamos visto en los campos de batalla. Este muerto no había luchado contra otros hombres, no lo habían matado mientras peleaba por su vida.

⎯Algo importante debe haber aquí para que este infeliz se arriesgara a morir así –dijo Segundo.

⎯¿Que puede ser?

⎯¿Qué más va a ser? –dijo Segundo−. Plata.

Seguimos levantando escombros por un largo rato. Pero no encontramos nada que no fuera más escombros. Segundo se cansó y se sentó al borde de un banco que no se había terminado de quemar en el incendio y se quedó mirando palmo a palmo cada resto que quedaba en pie. Algo se movió en un rincón y Mina fue a ver qué era. Oímos el maullido y casi al mismo tiempo Segundo gritó que no, carajo, que no.

⎯Sólo quiero saber si está bien –dijo Mina.

Segundo la conocía lo suficiente. Si ella lograba guardar el animal entre sus trapos, tendríamos que cargar con él por el resto del camino. Y si era más de un bicho, ¡que dios nos ampare!

⎯Bien o mal, vivo o muerto vas a tener que dejarlo ahí, tal como está –insistió Segundo, con muy mala cara.

Mina no le hacía ningún caso pero Segundo seguía dándole órdenes. Nunca vi dos seres que se ignoraran con tanta resolución y al mismo tiempo no pudieran vivir el uno sin el otro. ¿Y quién te nombró a ti mi comandante en jefe? le decía Mina cuando perdía la paciencia. Pero Segundo parecía no recordar cuándo ni cómo había ido aceptando todas las impertinencias de Mina. Sus órdenes iban por un lado y la vida, que Mina decidía a cada paso sin tomarlo en cuenta, iba por otro.

⎯No podemos dejarlo aquí para que se muera de hambre.

Mina había decidido ya lo que iba a hacer y Segundo lo sabía. Pero no lo iba a dejar pasar sin dar las órdenes contrarias. Se levantó del banco medio chamuscado y se acercó a ver el bojotico de pelo negro y blanco que Mina acurrucaba ya entre sus faldas y trapos. Intentó alargar la mano para agarrarlo, pero Mina se levantó de un salto y se refugió en el rincón, de espaldas a la pared con el animal en los brazos. Lo miraba con una especie de fiera determinación.

⎯Si no hubiéramos entrado aquí se hubiera muerto de hambre de todos modos –dijo Segundo, dando media vuelta y buscando ya la salida.

⎯Pero entramos –dijo Mina, casi en un susurro.

Segundo me hizo una seña para que lo siguiera. Caminamos sobre los escombros hacia el hueco de la puerta. Ya no había nada más que hacer ahí. Unas pobres monedas no compensaban el desvío que habíamos hecho y que nos había llevado un par de horas. Caminé detrás de Segundo sin esperar a Mina. Ella siempre venía más atrás, sin preocuparse por lo lejos o cerca que estábamos nosotros.

Tres horas después nos sentamos frente a un caño a comer algo. Mina llegó un rato más tarde. Venía como conversando en un susurro y cuando se sentó cerca empezó a cantar una vieja canción, que hablaba de un viaje muy lejos de casa. Entre sus trapos llenos de barro y sangre, acurrucado como si hubiera estado siempre ahí, el gato ronroneaba contento.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.