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(Un cuento al mes... o más)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Antorchas


Le había dicho a Eli que iba a dejar mi antorcha apagada hasta que nos encontráramos. Me pareció que era un buen modo de representar la espera, una luz negada, una oscuridad minúscula. Pero cuando la ola de fuego se fue acercando sentí que me iba llenando de esa euforia primitiva que produce la cercanía de una llama, tan parecida al placer de entrar en el agua. Desde el frente de la procesión se habían encendido las antorchas y todo el que lograba prender la suya volteaba hacia atrás buscando alguna antorcha apagada. Dije tres veces que no, que iba a esperar un poco más. Pero cuando la procesión comenzó a andar y un señor de gorra escocesa me ofreció fuego por cuarta vez, dije que sí. Mientras la pequeña luz se encendía, saltando en el aire, no pude quitarme de la cara una sonrisa infantil.

Pocas veces nos encontrábamos en mi terreno, como llamaba Eli a la ciudad que yo había elegido para vivir. Pero el fin de año parecía un buen momento para decirnos adiós otra vez y es difícil encontrar otro lugar como Edimburgo para despedir al año viejo. Aquí el pasado se quema con fuego vivo y abierto. Cada treinta de diciembre caminamos por el centro de la ciudad con antorchas encendidas y al final hacemos una enorme fogata que sube al cielo y convierte nuestros temores en chispas y cenizas. Hace años, cuando llegué por primera vez a esta ciudad pensando que me quedaría sólo unos meses, miré la procesión de las antorchas desde la acera por un largo rato y al final me metí en la multitud que caminaba hacia Calton Hill y me dejé llevar por esa alegría inexplicable de los finales dramáticos.

Era una fiesta llegar al final y lanzar la antorcha hacia la inmensa hoguera que iba tomando fuerza con cada nueva llama. Alcancé a repetir ese ritual al año siguiente cuando me quedé a ver cómo se quemaba un inmenso barco vikingo. Quemar las naves ha sido siempre para los recién llegados una forma de establecer el arraigo, pero también el dominio. Es la anulación de la posibilidad del regreso y una declaración de pertenencia. Aquí nos quedamos, pase lo que pase, dicen las naves quemadas. Por eso había invitado a Eli a pasar el fin de año en Edimburgo. Lo había invitado cada año, sin falta, y siempre se había negado. Cuando dijo que sí hace un par de semanas me pareció tan extraño que al principio decidí no creerle. No sería la primera ni la última vez que inventaría una excusa de último momento para no aparecer.

La procesión avanzó apenas un poco y todos intentamos mantener la calma, contener las ganas de correr. Antes de llegar a la esquina de High Street en la que North Bridge se convierte en South Bridge, cuatro hombres con chalecos fosforescentes se pararon frente a la multitud y nos detuvieron. Nunca había visto tanta gente en la procesión. Pero este año, por primera vez, me parecía estar viendo más turistas que locales. Detrás de mí gritaba un grupo de italianos. Unos pasos adelante conversaban y tomaban fotos unos franceses vestidos como para una fiesta. Parejas de chinos pasaban de largo apurados, buscando algo más allá, filmando todo con sus teléfonos pegados a bastones telescópicos. Por los parlantes se escuchaba la voz de un animador preguntándole a todo el que pasaba cuál era su lugar de origen. Nadie parecía vivir aquí. Ya no se veían las familias con abuelos y niñitos hablando a los gritos en el fuerte acento local. Hasta los jóvenes encargados de contener el avance de las masas parecían traídos de otra parte.

Mientras esperábamos veíamos entrar, desde North Bridge, al grupo que llegaría primero que nosotros al final del camino. Este año la procesión había cambiado de rumbo y en lugar de bajar desde la ciudad vieja hacia Princess Street para terminar en Calton Hill, íbamos a ir entrando hacia la Royal Mile desde distintos puntos para bajar hacia Holyrood Park. Por eso parecía necesario aquel despliegue de personal, todos esos jóvenes con chalecos fosforescentes indicándonos qué hacer. Mientras esperábamos detenidos a media cuadra de High Street las ráfagas de viento amenazaban con apagar todas las antorchas de un solo soplo. A cada ráfaga se escuchaba una especie de lamento de la multitud, como el sonido que se escucha en un estadio cuando el equipo contrario está a punto de anotar. En uno de esos amagos de apagones pensé que Eli estaría buscando el modo de encontrarme y que tal vez intentaba, como yo, mantener su fuego encendido.

Miraba mi teléfono cada cinco minutos para ver si tenía un mensaje. Nada. Me imaginé que las líneas estarían congestionadas o que Eli se había olvidado de cargar su teléfono o que lo había dejado en el hotel junto con las maletas antes de salir corriendo a buscar su antorcha en el lugar que le tocaba. Me había dicho que su vuelo llegaba a las cinco de la tarde y me prohibió ir a buscarlo. Puedo llegar en el tram casi hasta la puerta del hotel, me dijo. No tienes que molestarte. No quise discutir. Habíamos hablado tan poco en los últimos meses que me parecía un milagro que hubiera aceptado pasar el fin de año conmigo. No es el fin de año, me corrigió cuando se lo dije. Era sólo el treinta de diciembre. Al día siguiente regresaría a casa a recibir el año nuevo con su mujer. Me quedé con una especie de insulto atravesado en la garganta. Tal vez había llegado el momento de decir que no, que de verdad ya no era necesario volver a vernos, pero pensé que era mejor decírselo en persona.

La multitud que iba entrando frente a nosotros se detuvo y por fin los hombres de chalecos amarillos se apartaron para darnos paso. Al avanzar gritamos como fieras. Parecíamos los mismos bárbaros que habían inventado aquella fiesta del fuego. Por un instante corrimos hacia un enemigo invisible enarbolando armas contundentes. Éramos feroces. Invencibles. Hasta que nos sumamos al paso manso de los que habían llegado antes y bajaban despacio por la milla real saludando a los que gritaban desde las ventanas. Algunos vecinos habían colgado banderas, otros se sentaban con las piernas colgando hacia afuera y tomaban fotos con una insistencia pasmosa. Yo había tomado fotos muchas veces a esos mechones cambiantes y había aprendido que es mejor disfrutar la magia del fuego sin intentar atraparla en una imagen, porque ninguna foto puede captar esa líquida transparencia.

Sentí que el teléfono vibraba en mi bolsillo y casi suelto la antorcha tratando de leer el mensaje de Eli. Ahora es que estoy entrando, cuento largo, decía. ¿Dónde nos vemos? Ya será al final, le respondí. Le tomé una foto al pub de la esquina por la que estaba pasando, y se la mandé con un mensaje diciéndole que estaba en el fin del mundo. Me respondió una carita alegre. Pensé por un momento en regresar y miré hacia atrás buscando el modo. La multitud que venía bajando era tan compacta que no me animé a nadar a contracorriente en aquel río de fuego. Calculé los minutos que faltaban para llegar a ese paso, quince, veinte tal vez. No sabía qué habían decidido hacer los organizadores este año, pero nada indicaba que se mantendría el ritual de la hoguera al final del camino. Antes, cuando la multitud subía a Calton Hill se producía una sensación de logro, de llegar a una meta difícil de alcanzar. Ahora cerrar en el punto más bajo de la ciudad vieja cambiaba todo el sentido de la procesión.

A medida que bajamos se escuchan cada vez menos voces. Nadie grita ya, nadie se ríe. En las últimas cuadras parecemos más bien una procesión fúnebre. Al llegar a Holyrood y pasar frente al parlamento la multitud ha perdido todo rastro de euforia. Las antorchas están casi a punto de extinguirse y nos envuelve un silencio que se parece mucho a una contenida frustración. Sobre Salisbury Crags aparecen letras precedidas de un hashtag, #ScotWord #BRAW #BONNIE Un helicóptero revolotea sobre el río de fuego que se desparrama al pie de la Silla de Arturo. Al final la multitud se detiene y comienza a circular sobre sí misma. Ahora son tantos los que van como los que vienen. Caminamos sin propósito hacia la nada, porque a alguien que nunca se ha parado frente a una inmensa hoguera con una antorcha en la mano se le ocurrió que era mejor eliminar el último rito.

Llegué al final, le escribo a Eli. No hay nada aquí. Esto es peor que el fin del mundo. Me responde con la figura de un hombre que corre. Miro hacia atrás y me imagino que lo veo llegar. Trato de distinguir entre la gente una antorcha que se mueva más rápido, pero sólo veo lentos fuegos a punto de extinguirse. Mi chaqueta se ha llenado de gotas de cera y ya no sé si vale la pena dejar la antorcha encendida hasta que Eli llegue. Siento el calor cada vez más cerca de la mano. A mi alrededor cada quien busca un modo de deshacerse de lo que queda del fuego. No importa que las jóvenes con distintivos oficiales griten a voz en cuello que por favor caminen hasta el final y utilicen los contenedores llenos de agua que han marcado con letreros minúsculos. Una joven pisa con su bota la punta chamuscada. Un señor de abultada panza entierra su anorcha en el borde de la grama produciendo un hilo triste de humo. Una señora de guantes de cuero coloca con delicadeza su fuego dentro de otro fuego. A falta de una hoguera final, los organizadores han puesto potes de metal encendidos al borde del camino y la gente los usa para dejar ahí su hambre de fogatas.

A medida que las antorchas se apagan el frío crece. La gente que miraba desde el borde se confunde ahora con los que salen de la procesión y comienzan a regresar a casa. En la montaña siguen apareciendo palabras que tienen cada vez menos sentido. #seeyounextyear. Ya nadie las mira. Una ráfaga helada me da en la cara y un rastro de ceniza o de cera me entra en un ojo. Siento que me quedo ciega por un momento y decido que es hora de acabar con este ritual inútil. Camino unos pasos más y dejo caer mi antorcha en el agua, conteniendo las ganas de gritar que no es justo, que alguien ha hecho trampa, que no vinimos aquí para esto. Vinimos a despedir el año viejo, a quemar las naves. Entonces siento que alguien se me acerca desde atrás y me grita en la oreja feliz año. Me volteo para encontrarme al fin con Eli que tiene una sonrisa eufórica en la cara y enarbola su antorcha como un niño que acaba de descubrir los fósforos.
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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los presuntos


Debe ser terrible pasar la vida entera viviendo en una mentira, dijo la mujer en la mesa de al lado. La escuchamos con toda claridad y nos miramos fijamente por un segundo. Era una frase se me había ocurrido muchas veces, en todas las versiones imaginables, pero nunca me había atrevido a decirla en voz alta y menos delante de Eli. No tuve que hacerlo. Esa tarde, en un viejo café de Lisboa, alguien la había dicho por mí. Hay palabras que revelan un universo entero y en ese momento Eli me miró como si hubiera entendido que ya no había vuelta atrás.

Nos habíamos citado otra vez en Lisboa porque queríamos visitar la ciudad en primavera. La última vez que nos encontrmos en esa ciudad que nos gustaba tanto había sido en un verano tan caliente y húmedo que no pudimos caminar por la calle por más de media hora durante el día. Lisboa nos debe una primavera, le había dicho yo a Eli cuando nos despedimos. Eli había dicho que sí con la cabeza pero, como siempre, se había negado a prometerme nada. De todos modos, yo sabía bien que nuestros encuentros no siempre respondían a planes premeditados. A veces nos juntaba el trabajo, a veces el simple azar. Preferíamos pensar que no estaba en nuestras manos.

Llegamos a Lisboa en vuelos separados y nos encontramos en el hotel a la hora del desayuno. La conferencia a la que habíamos ido a trabajar como intérpretes comenzaba al día siguiente y teníamos unas cuantas horas para pasear por las calles empinadas y perdernos en los recovecos de aceras angostas y casas abandonadas. Tratábamos de evadir los lugares turísticos, pero yo necesitaba cumplir mi ritual de ir a la Rua Garret del Chiado a comprar un libro en la librería más vieja del mundo y a sentarme después al lado de Pessoa en el café A Basileira. Eli me acompañó también esta vez con una resignación de viejo. Cumplido el ritual, que incluía una taza de café y un clavel rojo, nos fuimos a buscar un restaurant que nos había recomendado un colega.

Por nada del mundo nos podíamos perder el bacalao asado de aquel lugar, nos había dicho un colega portugués que trabajaba para una agencia rival. Más que la recomendación, nos había convencido el nombre. El sitio se llamaba Solar dos Presuntos. Eli llevaba la dirección anotada en un papel y yo iba haciendo alarde de las inmensas ventajas de tener un teléfono inteligente. Nos adentramos en el Barrio Alto siguiendo las instrucciones del aparato que nos indicaba cuándo debíamos cruzar a la izquierda o a la derecha, mientras tratábamos de ponernos al día. No habíamos podido hablar mucho durante el desayuno, porque todos en el comedor estaban comentando el suicidio de un periodista que había sucedido esa misma madrugada. Era el corresponsal de una cadena de noticias y lo habían encontrado en su habitación sin signos de vida. Se hablaba de sobredosis accidental. Pero el suicidio les sonaba a todos más dramático.

¿Te acuerdas cuando la conociste? Estábamos parados en una esquina de la Avenida da Liberdade esperando que el aparato se reconfigurara para indicarnos la ruta que debíamos seguir. Al parecer las calles de Lisboa no están hechas para ese tipo de aplicaciones. Le pedí a Eli que repitiera la pregunta aunque había escuchado claramente lo que me había preguntado. Me acuerdo, respondí al fin, con una especie de resignación. Llevábamos tres días estudiando para un examen oral del que dependía nuestro futuro, o así lo creíamos en esos años en los que todo era un asunto de vida o muerte. Era tarde y nos estábamos despidiendo hasta el lunes siguiente cuando Eli nos invitó a todos a seguir estudiando el sábado en su casa.

Llegamos a eso de las nueve. La mujer de Eli nos había preparado desayuno. Después que comimos nos saludó a todos con esa amabilidad estudiada de los que sienten una profunda indiferencia hacia los desconocidos y nos dejó solos. No la vimos más. En la tarde, cuando ya no podíamos sostener una idea por de tres segundos seguidos todos se fueron despidiendo y yo me fui quedando sin saber por qué. Me imagino ahora que quería volver a ver a esa mujer que ya en ese momento sabía que iba a incrustarse en mi vida para siempre. Como a las siete asomó la cabeza desde el pasillo. Isabel, me dijo con una sonrisa encantadora, ¿te quedas a cenar? Recuerdo que me impresionó que se acordara de mi nombre. Mientras caminábamos hacia la cocina Eli me explicó que su mujer había desarrollado una memoria infalible para los nombres después de toda una vida dando clases. Comimos conversando de todo un poco y después me despedí con algo de apuro, inventando una supuesta visita familiar que tenía que hacer al día siguiente. De eso hace ya veinte años.

¿Sigue siendo bonita? La pregunta no quería ser sarcástica, pero no pude evitar que sonara como una acusación. Eli no respondió. Me quitó el teléfono de la mano y echó a andar por el callejón que aparecía en el mapa del app que nos estaba guiando. Dos cuadras más abajo el aparato anunció que nuestro destino estaba a la izquierda, pero lo que veíamos de ese lado de la calle era un enorme caserón cerrado a cal y canto. Apenas había gente en la calle. Olía a tortas de nata y a geranios. Decidimos usar un método más confiable y con el papel en la mano entramos a preguntar en una panadería de la Rua da Fé. La joven que nos atendió salió a la calle con el papel en la mano y nos explicó con toda claridad y abundancia de gestos lo que quebíamos hacer para llegar al Solar dos Presuntos.

Todos los días le digo que es hermosa, me aclaró Eli mientras caminábamos. Sí, pero la pregunta es si se lo dices porque es verdad. Habíamos llegado. Nos dio mala espina el cartel de luces de neón en la puerta, pero ya estábamos ahí. Eli me dejó pasar primero sin decir nada y entramos a un lugar que resultó más formal de lo que esperábamos. Sillas altas de madera, paredes forradas de fotografías antiguas, altos ventanales, demasiados espejos. El bacalao resultó mucho mejor de los que imaginamos y yo me atreví a pedir un vino verde, que era el único licor que me permitía tomar muy de vez en cuando. Ya no sé qué es verdad, dijo Eli saboreando el último bocado y justo antes de que aquella mujer de peinado alto y pestañas postizas pronunciara la frase sobre una vida llena de mentiras. Eso era lo que yo hubiera querido decir y ya estaba dicho.

Más de una vez, al verme bajar las escaleras o entrar en una sala, había visto que Eli estaba a punto de pronunciar una frase de elogio. Y cada vez lo vi quedarse atascado al principio de una palabra que no terminaba de salir de su boca. Su cuerpo entero se tensaba por un segundo como si le costara un enorme esfuerzo obligarse a callar. Yo veía con tristeza aquella lucha muda y me conformaba con el resultado. Un suspiro apenas, una luz en los ojos, media sonrisa. No necesitaba nada más. Había aprendido mucho tiempo atrás que todos los elogios eran para ella y que a mí me tocaban los silencios. Todo es mentira, dije por decir algo. Y levanté mi copa de vino verde para brindar por las medias verdades.
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martes, 17 de octubre de 2017

Aquí y ahora

No soy creyente. Nada que haya experimentado en carne propia me ha llevado a aceptar la posibilidad de lo sobrenatural. No he sentido jamás la presencia de ninguno de mis muertos y no tengo esperanzas de encontrármelos en ningún más allá. Pero he tenido amigos que creen y a través de su fé he visto un universo totalmente ajeno al mío. Creer en el más allá le agrega una dimensión al mundo de la que carecemos los que pensamos que sólo existe el aquí y el ahora. Blanca oscilaba entre esas dos opciones. No las sentía contradictorias. Simplemente aceptaba sus urgencias místicas como una debilidad que se le venía encima en los tiempos duros. Cuando estaba de buenas con el mundo y todo parecía funcionar era una descreída fría y racional. Pero si la asaltaban las dudas y se sentía en medio de la oscuridad, entonces le resultaba natural consultar el tarot, el I Ching o los caracoles.
Durante algunos períodos de su vida cargaba un I Ching portátil al que llamaba con reverencia el libro de los cambios. Lanzaba sus tres monedas una y otra vez y se quedaba absorta mirando la figura que se iba formando. Después leía en voz alta el resultado y trataba de descifrar el oscuro designio del libro con una seriedad que daba más miedo que risa. Conocía gente que leía desde el Tarot hasta las runas celtas, pasando por la carta astral y los chacras. No le importaba que se tratara de una industria montada sobre la idea de pescar incautos. Ese universo esotérico era el lugar en el que se refugiaba cuando se sentía vulnerable. Cuando se le pasaba la racha oscura, era capaz de analizar con la cabeza fría todo el procedimiento, como una antropóloga que hubiera viajado a un lugar remoto a presenciar los rituales paganos de una tribu salvaje. Pero mientras estaba en medio de lo que ella llamaba el crudo desasosiego, citando a Pesoa, se dejaba llevar por los diagnósticos y los consejos de cuanto charlatán se le cruzara en el camino.
Una vez la acompañé a leerse el Tarot. La muchacha que le leía el destino en las cartas se llamaba Mariana y vivía en el tercer piso de un edificio que daba a la Plaza Brión de Chacaíto. El día que la fuimos a ver el ascensor no servía y tuvimos que subir por unas escaleras que olían a desinfectante. Mariana nos abrió la puerta y lo primero que me sorprendió fue su aspecto simple. Estaba vestida de jeans y franela, como cualquier estudiante de la universidad. Tenía el pelo muy corto y no usaba maquillaje. Nos hizo quitarnos los zapatos al entrar. Ella andaba en plantilla de medias y sin hacer ningún ruido, como si levitara, nos guió hasta la sala. Por los ventanales entraba la luz oblicua de la tarde. Nada en el lugar indicaba la presencia de lo esotérico. Ni incienso, ni velas, ni trapos de batik, ni bolas de cristal. Sobre el sofá había un gato amarillo que ni se movió cuando entramos y no parecía tener nada que ver con lo que pasaba a su alrededor.
Yo desconocía el procedimiento de las cartas, así que para mí todo era una novedad. Por eso había aceptado acompañarla. Quería ver, de manera objetiva pero a corta distancia, cómo funcionaba aquella máquina fascinante de hacer creer. Mariana me hizo sentar en el sofá, al lado del gato. Nos explicó que si yo estaba muy cerca las cartas se confundirían por la mezcla de vibraciones de las dos. Blanca se sentó frente a una mesa de vidrio. Mariana le pidió que no cruzara las piernas ni los brazos y comenzó a barajar un mazo de cartas enormes y bastante usadas. No hizo ningún gesto para concentrarse o ponerse en sintonía con lo que sea que estuviera más allá. Al contrario, sus manos se movían con la destreza de un crupier en un casino de Las Vegas. Cuando terminó de barajar puso el mazo frente a Blanca y le pidió que cortara la baraja en cuatro.
Recuerdo menos lo que siguió después. Veía las barajas sobre la mesa y escuchaba las explicaciones de Mariana, pero todo el discurso me había comenzado a sonar impenetrable. Los nombres de las cartas estaban en inglés y Mariana los pronunciaba de una manera extraña. Creo que eso fue lo que me distrajo. Las cartas eran volteadas sobre la mesa y seguía una explicación en la que predominaban los mensajes en clave. Puertas que se abrían, caminos que se enderezaban, permisos que se concedían. Todo sonaba abstracto, alejado de los problemas reales que yo imaginaba que estaban en la mente y en el ánimo de Blanca. Desde el sofá no podía ver su cara, apenas alcanzaba a ver su perfil iluminado por la luz cada vez más tenue que venía de afuera. Tal vez por eso me sorprendió escuchar que lloraba. Mi primer instinto fue acercarme, pero Mariana me detuvo con un gesto firme de la mano izquierda que hizo que regresara al sofá como una niña obediente. Entonces entendí que la sugestión no se basaba en la debilidad del que consulta sino en la convicción absoluta del que pronuncia las sentencias del oráculo.
Hay una fuerza, un poder en esa creencia. Es la convicción del actor que mientras encarna al personaje de ficción lo convierte en un ser real. Cualquier performance es un desplazamiento hacia un mundo otro y aquella lectura de cartas que diagnosticaban el presente y auguraban el porvenir no se diferenciaba en nada de una puesta en escena. Nos entregamos a la ficción porque necesitamos salirnos de lo mismo, del cuerpo usado que somos y que nos resulta tan conocido. Eso es creer. Vivir en ficción en estado permanente sin regresar nunca al tiempo real, sin volver a la calle cuando cae el telón. Esa era la conclusión a la que estaba llegando antes de escuchar a Blanca llorar. Pero su llanto era demasiado real para entrar en la cómoda definición de lo ficticio.

Esperé. Traté de respetar su proceso, como decía ella. Dejé que el gato me oliera los dedos y después le acaricié despacio las orejas. Se fue volteando poco a poco hasta quedar patas arriba. Le acaricié la barriga y dejé que me clavara un par de uñas en la palma de la mano. Necesitaba distraerme. Dejar pasar ese momento que parecía invadirlo todo y amenazaba con arrastrarme. En algún momento las dos se levantaron. La sesión había terminado y ya podíamos irnos. Bajamos las escaleras en silencio. Afuera nos esperaba la última luz de la tarde. No me atreví a preguntar qué había pasado. Hasta hoy tengo la sensación de haber presenciado ese día una revelación que fui incapaz de comprender. Ninguna teoría iba a explicarme la angustia que había sentido al ver su reacción frente al destino que las cartas le imponían. Tiempo después supe que Blanca estaba decidiendo, justo en ese momento, abandonarlo todo para siempre. 

martes, 5 de septiembre de 2017

Corazones rotos


El contraste entre el sol de afuera y la fresca oscuridad de adentro me hizo sentir bien de inmediato. Respiré hondo para recobrar los olores que no había olvidado. Maderas pulidas, papeles, telas, pinturas. Di dos pasos hacia el centro y escuché, con los ojos cerrados, el tic tac del reloj. Entonces caminé hacia la derecha y miré la pared llena de colillas de cigarros. Me acerqué a leer los minúsculos letreros escritos a mano. Eli se había quedado atrás, en el centro de la espiral pintada en el piso. Le di tiempo para que se acostumbrara a la penumbra del lugar y al modo peculiar en el que había que recorrer aquel espacio. Yo me había sentido igual la primera vez que había entrado en el Museo de la Inocencia. Por eso había insistido en que volviéramos.
Cuando Eli se me acercó comencé a explicarle lo que significaba aquella pared. Yo había leído la novela y todas las entrevistas que había encontrado en las que Orhan Pamuk explicaba el proyecto de construir una casa, al mismo tiempo que escribía la historia de la relación de dos personajes que se amaron y lograron mantenerse juntos, incluso cuando el destino se empeñó en separarlos. Pero Eli no quería que yo le contara mi versión del asunto. Había aceptado el aparato electrónico que le ofrecieron cuando pagamos las entradas y ya tenía los audífonos puestos. Mientras escuchaba la voz que iba a guiarlo a través de la exhibición mantuvo un gesto ausente que no cambió hasta el final de la visita.
Me había costado un poco convencerlo de que valía la pena pasar toda una tarde en el museo. Esa mañana, mientras caminábamos por la penumbra de las cisternas, traté de explicarle de qué se trataba. Le hablé de la novela y de la idea de convertir la ficción en un espacio concreto lleno de los objetos que se nombran en la historia de dos personajes desdichados. Le conté que había estado allí antes y que me había enamorado del lugar desde que supe que Pamuk lo estaba construyendo. Le mostré en el mapa el vecindario, la calle Cukurma, la esquina en la que se cruza con la calle Dalgic y el camino para llegar desde la Torre Galata que quedaba a dos cuadras del hotel donde estábamos. La larga explicación no ayudó mucho. Teníamos apenas dos días para volver a los lugares que amábamos de esa ciudad en la que nos habíamos encontrado tantas veces y Eli me había anunciado ya que este sería nuestro último encuentro.
Estambul parecía erizada de presagios. El Bósforo ya no era tan azul. En los callejones oscuros había nuevas sombras. Los refugiados de Siria y otros países en guerra se acumulaban en las esquinas y los portales. Los niños pedían con una mano extendida o con la mirada hueca, repitiendo un rezongo que tenía la cadencia de una canción de cuna. La gente que caminaba por las aceras rotas los miraba de reojo sin disminuir el paso. No parecía un buen tiempo para encerrarse en un museo lleno de cosas viejas, cuando afuera se estaba desarrollando el drama de toda una generación. Aún así, después de almorzar, Eli aceptó que nos acercáramos al vecindario en el que tiempo atrás había vivido la colonia griega y que desde entonces recibía sin resistencia cada nueva ola de inmigrantes.
Caminamos por los angostos callejones y las calles cubiertas de adoquines, un poco perdidos pero confiados en que íbamos a encontrar la esquina que estábamos buscando si bajábamos un poco más por el borde de la calle, pegados de los muros cada vez que pasaba un carro. Mirábamos con un gesto de reconocimiento las casas de ventanas enrejadas y los pequeños negocios donde vendían herramientas o lámparas. Algunas zonas del centro de Caracas nos venían a la memoria, una calle comercial en el centro de Juan Griego, una transversal llena de luz en el cruce con la Avenida 20 de Barquisimeto. Sólo los letreros y las frases enrevesadas y rápidas que escuchábamos en alguna esquina nos hacían recordar que no estábamos en una de nuestras ciudades. Todo lo demás nos resultaba familiar, incluso los olores a pan recién hecho, a fritanga, a naranjas podridas, a orines de borrachitos mezclados con los de perros y gatos.
Dejé a Eli solo en el primer piso y comencé a subir las escaleras. Me di cuenta de que el espacio era mucho más pequeño de lo que recordaba. Un par de años atrás había visitado el museo en uno de esos viajes relámpago que tuve que hacer por trabajo. Recordaba con una claridad dolorosa la sensación que tuve en ese momento de estar entrando en mi propia vida. Pensé que si yo pudiera meter todos mis sentimientos en unas cuantas cajas llenas de objetos y después meter todas esas cajas en una sola casa, mi vida entera no sería demasiado diferente a esto. Y, al mismo tiempo, las diferencias eran tantas. Para empezar, pensé, la noticia de mi muerte sería un alivio inmenso para Eli, que después de mi desaparición de la faz de la tierra iba a poder vivir, por fin, en paz.
Miré las vitrinas sin respetar el orden en el que debía recorrerlas: cada vitrina un capítulo. Me dejé llevar más bien por esa misteriosa afinidad con los objetos que uno va acumulando en la vida. Miré primero los relojes y los ganchos de pelo. Recordé el primer reloj que me habían regalado cuando era una niña. Era un reloj de plástico, negro con un fondo blanco, en el que aprendí a responder cada vez más rápido cuando mi papá me preguntaba qué hora era. Traté de recordar otros relojes haciendo una lista mental vinculada con los distintos lugares en los que había vivido. Mi memoria estaba siempre anclada a las casas, los apartamentos, las habitaciones, los locales, por los que pasé de largo sin quedarme nunca. Pero eran tántos que hacía tiempo había perdido la cuenta.
Si yo intentara convertir el tiempo que había vivido en espacio y representar en ese espacio todos los objetos que evocaban mi existencia, recuerdo que pensé la primera vez y volví a pensar en ese momento, no sería capaz de encontrar un lugar suficientemente grande. Pero reconocí que el ejercicio consistía en abstraer, en condensar en unos pocos objetos, un sentimiento a veces difuso. Por más que hubiera vivido en lugares tan distantes y tan diversos, tal vez algunas cosas se habían mantenido constantes. Pensé en las cartas que Eli y yo habíamos intercambiado por más de veinte años y me imaginé un gabinete lleno de esos papeles que ya no existían. Los habíamos quemado en un ritual conjunto la tercera o cuarta vez que decidimos que no nos veríamos más. Tal vez eso era todo lo que podíamos mostrar en un gabinete que representara el tiempo que pasamos juntos: un montón de cenizas.
Pero las cartas habían seguido llegando. Una semana antes de viajar, Eli me había comunicado la razón de este último encuentro en un texto escrito de su puño y letra, en esa tinta azul que le gustaba tanto y yo conocía tan bien. Cuando llegaban cartas escritas a mano la piel se me erizaba. Ella sabe que seguimos viéndonos, decía la carta, y yo ya no puedo continuar con esta vida. Nos habíamos despedido para siempre muchas veces por esa misma razón. Pero el tiempo pasaba y volvíamos a juntarnos. En ese momento pensaba que esta vez no sería diferente.
Me paré frente al gabinete con el número 9. Su título era simplemente F. Detrás de lo que parecía el jergón metálico de una cama muy vieja se amontonaban objetos que formaban una masa compacta. Relojes, fotos, libros, papeles, cajas, un pote de madera, un cinturón, una radio, un zapato blanco, un cepillo, una lámpara, un pañuelo bordado. Una acumulación que parecía caótica y que, sin embargo, contaba sin palabras la historia de una vida. El modo como el tiempo se vuelve sobre sí mismo estaba todo ahí, narrado a través de ese amontonamiento de cosas dispares. Mirando aquella radio antigua me acordé de mi abuela, de la casa en la que vivió por más de medio siglo y que hasta el último día de su vida llenó de cosas que apenas llegó a usar.
Por contraste, sentí el vacío de mi propia vida. Desde que tengo memoria he intentado vivir sin acumular. He luchado con furia contra esa herencia que reconozco en mi tendencia a coleccionar piedras y caracoles, cajas y postales. Cada vez que alcanzo a vivir un par de años en un lugar las ventanas se llenan de piedritas y conchas marinas, las cajas de distintos tamaños se acumulan en las mesas. Cada vez que me mudo regalo las cajas y boto sin compasión a la basura las piedras y las conchas. Empiezo de cero cada vez, despojándome de la ropa y los libros que me recuerdan lo que ya no soy. Por eso, pensé mirando el gabinete número nueve, aunque quisiera no podría mostrar las marcas que han dejado en mi vida los objetos que he preferido no acumular.
Cuando estaba a punto de subir al tercer piso Eli se acercó despacio escuchando lo que decía la voz sobre la espiral que se veía desde la escalera. Siempre habíamos tenido dos ritmos diferentes para todo y eso incluía el ritmo con el que mirábamos los objetos en un museo. Yo me detenía en unos pocos que me llamaban la atención después de hacer un paneo rápido. Eli iba parándose frente a cada letrero, cada mínimo detalle, sin apurarse nunca. Por eso nos habían sacado tantas veces de museos y galerías a punto de cerrar. Le hice un gesto con la mano para indicarle que iba a subir, pero no me hizo caso. Estaba absorto y me pareció ver un punto de tristeza en su mirada perdida.
Miré los gabinetes del segundo piso sin detenerme mucho y después me senté a leer la versión en español de la novela. La había leído originalmente en inglés y me daba curiosidad ver cómo habían resuelto algunos detalles en la traducción. Estaba corrigiendo mentalmente el acento castizo para hacerlo más latino cuando se acercó una mujer cubierta con un velo. El pañuelo que llevaba en la cabeza era de ese color vinotinto que está entre mis colores favoritos. Respondí a su sonrisa con un gesto amable, cambiando un poco mi postura para indicarle que no me molestaba que se sentara en el mismo banco en el que yo estaba.
Vi que eligió entre las muchas versiones la traducción al francés. Abrió el libro en un capítulo que parecía conocer bien y leyó por un rato. Casi me olvido de ella. Pero un sonido inconfundible comenzó a sacudirla y por instinto le toqué un hombro y le pregunté en inglés si estaba bien. It´s so sad, me dijo. Sí, le respondí, es una historia muy triste. Me refería a la historia que contaba la novela y que el museo replicaba. Pero de inmediato me di cuenta de que ella también veía ahí algo de su propia vida. Dos inmensas lágrimas corrían por su cara cuando me preguntó de dónde era. Pronuncié el nombre de mi país como lo haría un extranjero. Vi un gesto de reconocimiento en su mirada. De inmediato se limpió las lágrimas y tragó grueso. I am so sorry, me dijo.
No supe si aquella disculpa tenía que ver con mi país o con el despliegue de tristeza que acababa de presenciar o con la tragedia misma de vivir. No pude seguir sentada frente a ella. Me despedí un rato más tarde tratando de no parecer descortés y la dejé sola con su dolor y sus recuerdos. Tenía suficiente con mi propio corazón roto. No quise subir a ver la cama en la que Kemal le contó a Pamuk su obsesión por la mujer que amó hasta el punto de quedarse a vivir para siempre entre sus cosas. Apenas miré de reojo a Eli cuando bajé. Esperé en la tienda, viendo las réplicas de aquellos objetos que habían dejado de ser imaginarios. Si quería, podía comprar un par de zarcillos como los de Fusum y usarlos como si fuera la heroína de una historia eterna, como una Julieta perdida en el tiempo.
Miré el catálogo en el que se contaba todo el proceso de remodelación de la casa. Me acordé que una vez, visitando un conventillo en Buenos Aires, habíamos imaginado un museo en La Pastora. Traté de recordar esas calles en las que viví durante unos meses apenas. Las casas de aspecto colonial, las altas ventanas, los portones y los aleros. Pero sentí que se trataba de otra vida y en ese momento Estambul me parecía mucho más real que la ciudad en la que había nacido. Los objetos dispersos que volvía a mirar en las fotos del catálogo me produjeron una repentina tristeza. Al final todo se reduce a esto, pensé. Todo amor es imposible porque podemos romperlo en pedazos.
Cuando Eli bajó por fin y salimos a la calle estuvimos callados por un rato largo. Intercambiamos nada más un par de frases para decidir dónde comer. Frente a dos inmensos platos de albóndigas con arroz discutimos sobre el museo y la memoria, sobre los objetos y el tiempo. Eli decía que no era verosímil, que era demasiado artificial, e insistía en exponer los límites de una idea que a mí me parecía no sólo hermosa sino casi sublime. Le dije que para mí era la realización física de un sueño. Estábamos hablando del museo, pero en realidad hablábamos de otra cosa y los dos lo sabíamos. Para aliviar la tensión de la aquella discusión que no tenía fin, le conté sobre la mujer que lloraba en el segundo piso. Nos quedamos callados un largo rato esperando el café. Ya falta menos, dijo Eli. No tuve ánimo de responderle que entendía como nunca de qué estaba hablando.
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jueves, 17 de agosto de 2017

Dos sueños

Soñé una historia esta madrugada. Sé que vi la historia completa en ese sueño, pero en la mañana, cuando me desperté con el cuarto inundado por un sol veraniego que parecía casi mediterráneo, la historia había quedado hecha pedazos en mi memoria. Me levanté sin hablar, rechacé los saludos con una mano en alto y antes de desayunar me senté a escribir en mi iPad lo que recordaba. Después del desayuno quise agregar los detalles que ya no estaban en las notas rápidas que escribí al levantarme. Pero solamente pude recordar unos pocos.
La primera escena es esta: hay una mujer morena limpiando el piso de una casa enorme. Hay muebles lujosos, matas cerca de las ventanas, largas cortinas que se arrastran un poco por el piso. Hay una luz tenue y la dueña de la casa está sentada leyendo. Las paredes están tapizadas de libros. Donde no hay libros hay cuadros que imagino valiosos. Parecería la escena de una anticuada película inglesa, si no fuera porque la convivencia de la sirvienta y la dueña de la casa es impensable en esas películas en las que los de arriba y los de abajo apenas coinciden. Y es impensable también por lo que sigue.
La sirvienta deja de limpiar y se acerca a la dueña de la casa con una pregunta. Una petición más bien. Le pide que la ayude a escribir una carta o que le enseñe a escribir una carta. Ya no recuerdo las palabras exactas con las que se hace ese pedido. Pero sé que la joven habla con mucha dignidad, aunque utilice el palo del haragán como escudo y lo agarre muy fuerte entre las dos manos morenas. Creo que hablan en español (pero podrían también estar hablando en inglés, a veces no distingo) y que la dueña de la casa no se asombra ni se alarma por lo que la sirvienta le pide. En la mañana pienso que eso es lo que salva a esta historia de ser totalmente anacrónica. Esa mirada de la dueña de la casa que no es alarmada ni condescendiente.
Lo siguiente sucede un tiempo después. Es posible que me haya olvidado de lo que pasó entre una escena y otra. Puedo imaginar los días en que las dos mujeres se sentaron en la mesa de caoba de la biblioteca, o tal vez en el comedor informal en el que se desayuna los días de semana, o en el pantry más bien incómodo pero acogedor que está dentro de la cocina (la casa es enorme, ya lo dije) a repasar borradores de cartas. Es una escena didáctica, en efecto. Una mujer enseña y la otra aprende. Pero hay algo en ese intercambio que no es del todo civilizatorio. Hay una corriente igualitaria, un impulso de empoderamiento, como se dice hoy.
Como sea, esas escenas no las recuerdo. Sólo estoy inventando porque la próxima escena se me queda en el aire si no. Y es otra vez el salón en el que las matas ocupan espacios estratégicos cerca de las ventanas. La misma luz, las cortinas, los estantes llenos de libros. Ahí está la joven que pasa un coleto eterno por el mismo piso ya excesivamente limpio. Pero algo ha cambiado. Se oyen ruidos afuera. Una multitud parece estar gritando un nombre y el tumulto se acerca a la paz de la casa con estruendo de guerra. La paz ya está rota. La dueña de la casa ha bajado el libro que intentaba leer y mira a la joven que también ha dejado de limpiar y se asoma a la ventana.
Ya es hora de que te cambies al cuarto de huéspedes, dice la dueña de la casa. Hay un tuteo allí, estoy segura. ¿Por qué no hay hombres en esa enorme casa? No tengo respuesta a esa pregunta. Sólo puedo ofrecer un presentimiento. Los hombres se han ido de viaje y tal vez están por llegar. Esa ausencia me inquieta. Pero el ruido que viene de afuera es lo que construye la tensión de esta escena. Y no hay una imagen clara que me lo explique pero sé lo que está pasando. Afuera, en esa entrada que imagino ancha y majestuosa, hay mujeres que vienen a pedirle a la sirvienta que escriba para ellas más cartas, que escriba tantas cartas como sea posible para acabar con todas las injusticias, los errores, los malos tratos.
De una carta íngrima y seguramente mal escrita hemos pasado a la multitud. Un reclamo solo se ha ido multiplicando hasta convertirse en ese clamor que ha llegado a la puerta de la casa y la sirvienta es ahora la cabeza de un movimiento. Ella no lo eligió. Su desafío original había sido casi en sordina, un gesto doméstico. ¿Para quién habrá escrito esa primera carta? ¿pidiendo qué? Como sea, la dueña de la casa la acompañó en su empeño y eso me hace pensar que no calculó las implicaciones o, si lo hizo, no pensó que llegaría a esto. Pero ahora reconoce con un solo gesto que ha perdido una sirvienta y ha ganado una huésped. Desde ahora la joven va a tener que ser su invitada de honor.
Imagino que manejará su agenda, que no permitirá que la agobien demasiado. Tengo la impresión de que vienen a visitarla los líderes políticos y creo que le ofrecen lanzarse a un cargo. Me gustaría pensar que hace una inmensa campaña para presidente. Pero mi sueño llega sólo hasta ese ruido que se acerca desde afuera y a esa frase que cambia en un instante el estatus de la sirvienta. Es la cenicienta otra vez, pienso mientras transcribo el sueño en la mañana, preguntándome qué historia estoy volviendo a repetir. Pero no, me discuto, aquí no hay príncipes azules. No hay madrastras mezquinas. Esta joven morena está sonriendo. Sabe que desde el cuarto de huéspedes su vida va a dar un vuelco impredecible.
También soñé con una calle sola bajo el sol del mediodía que en la noche se vuelve un lugar de encuentro, con mesitas y sillas verdes en las aceras. Es una calle de adoquines. Hay botellas de vino, velitas sobre las mesas y huele a algo muy rico. Luces de colores cuelgan de un balcón a otro y en medio del murmullo de las parejas que conversan se escucha de pronto una risa de mujer. Pero ese es otro sueño y no he encontrado el modo de hacer que la sirvienta y la dueña de la casa vengan a sentarse en una de estas mesitas y compartan un vaso de vino y unas gambas con ajo.
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martes, 1 de agosto de 2017

Inventario para después de la guerra

Para Gina Saraceni

Luchar contra la muerte al descampado, en medio de las ruinas de una guerra que acaba de terminar o continúa en otra parte.
Los ruidos de la guerra lejana que avanza o retrocede.
Los animales que nos rodean. Aves de rapiña, perros salvajes, ratas, insectos alados. Caimanes en los ríos. Culebras venenosas debajo de las piedras y los palos.
Harapos. Se usan unos trapos encima de otros. Los trapos más viejos se desintegran y se van cayendo solos, a pedazos. Las tiras sueltas se levantan a veces con la brisa.
El olor a quemado. Siempre y todo huele a quemado. Hasta que llueve. Entonces huele a cenizas remojadas y a sangre disuelta. Después sale el sol y el olor a quemado resucita.
Los caminos de tierra. Polvorientos o embarrados. Caminar por ellos es siempre una tortura. No parecen llevar a ninguna parte. Y sin embargo, a veces, una ruina se atraviesa en el camino.
Los pies descalzos. Nadie tiene ya zapatos. Quedan algunos trapos gruesos que se amarran con tiras de otros trapos. Y después, siempre y sin remedio, los pies descalzos.
La ausencia del deseo junto al golpe sorpresivo y repentino del deseo.
El hambre. Las tripas llenas de aire. El aire que circula por las tripas vacías produciendo un dolor desarraigado. Un dolor que empieza en las encías y termina en el ano. Un dolor que se prolonga hacia afuera al orinar tres gotas y al expulsar una cagarruta dura como una piedra.
Los pelos, las uñas, los dientes. No tener con qué cortarlos ni cómo lavarlos.
Los tesoros. Se guardan los objetos encontrados en los campos de batalla y en las ruinas. La vida es caminar entre un campo de batalla y otro, siguiendo a los zamuros, para rastrear el terreno y encontrar los tesoros.
Los trueques. Un día intercambiaremos los tesoros. Una bala por una lata de atún. Una medalla dorada por un kilo de caraotas negras. Un día todos los tesoros van a convertirse en comida.
Las hogueras. Los fuegos que hacemos y los que otros han hecho. Túmulos funerarios en los que quemamos el miedo y asamos animales que comemos casi crudos. Alimentamos en la noche las hogueras para que no deje nunca de oler a quemado.
El agua. De lluvia o de río. Sabe siempre a sangre. Los pozos. Las quebradas. Los torrenciales aguaceros. Nunca, nunca, el mar.
El miedo. Por los caminos el miedo se disuelve mientras se mira lejos y no se ve a nadie. Por las noches el miedo crece, aunque se logre dormir en una cuneta fuera del alcance de las bestias y los hombres. Pero el miedo no se va nunca. A menos que se agrande y se convierta en terror. El terror es un miedo que inunda.
Las pausas. Los refugios que le arrebatamos a las ruinas. Las sombras de los árboles. Los días sin sol. Ese momento en el que el sol se esconde pero hay luz todavía.
Los sueños. Se sueña con el mar. Con olas enormes que crecen sin reventar nunca. Pero, sobre todo, se sueña con banquetes interminables. Dulces y salados. Bebidas y licores. Jugos de frutas y agua de coco.
Las ruinas. Entre los caminos y los devastados campos de batalla hay ruinas. Ranchos, casas, iglesias. Un gran caserón a veces. Huelen a quemado y guardan los tesoros. Trapos, papeles sueltos, muy rara vez un libro entero, pedazos rotos de lámparas que parecen joyas, latas vacías, encendedores, fósforos intactos, velas. Nunca nada que se pueda comer. Algún día los tesoros van a ser cambiados por comida. Hay que llevarse nada más lo que se puede cargar. Lo demás hay que enterrarlo. Los caminos son circulares y es posible pasar otra vez por las mismas ruinas. Entonces, tal vez, será posible desenterrar los tesoros.
Los fantasmas. Las almas en pena de los que murieron en la guerra. Pero también de los que están muriendo ahora porque el hambre es mucha. Aparecen en medio del camino y nos acompañan por un trecho. Después se van. En silencio como vinieron. Llevándose la poca esperanza que nos queda.
Las marcas. Hay que dejar marcas. Marcas que los otros buscadores no puedan descifrar. Nunca dejar una marca directamente encima de donde se ha enterrado un tesoro. Las marcas apuntan a otro lado. Dicen: aquí estuve; aquí guardé algo para la próxima vez; ¿te acuerdas dónde está? O dicen: acuérdate; esta no es la primera vez que pisas estas ruinas. O dicen: volviste; estás caminando en círculos. Ya no hay nada aquí, cambia de rumbo. Las marcas también sirven para no volver.
Las armas. Un garrote duro como una piedra. El cuchillo encontrado en un pecho sangrante. Un machete amolado que se afila al borde del río con una piedra lisa. Piedras con las que se practica la puntería. Las uñas. Los dientes.
Las repeticiones. Pasado un tiempo, todo vuelve a suceder otra vez y es necesario encontrar el modo de romper el ciclo. No seguir el mismo camino polvoriento o embarrado. No pisar otra vez el umbral de esa casa quemada, porque se ve de lejos una marca dejada hace ya tiempo.
Las atrocidades. Hay quienes juegan con el borde de la muerte. Se alimentan de gritos. Prefieren no matar. Pero invocan a la muerte en cada tajo.
La marcha. A la vez una huida y una búsqueda. Sólo parece que se anda sin rumbo. En realidad se camina para sobrevivir, para luchar contra la muerte. Quedarse es morir. Dejarse alcanzar por los que vienen detrás es una forma de suicidio. Alcanzar a los que van adelante es un riesgo que es mejor no calcular. Todos los que quieren sobrevivir marchan al mismo ritmo. Perseguidores que se saben perseguidos. Hasta que llegue el día del intercambio de los tesoros.
Las voces. Cuando se escuchan, están siempre alteradas por la rabia. No son nunca susurros. Son gritos de terror o alaridos de angustia.
El horizonte. En algún lado, más allá de los campos de batalla y de las ruinas de la guerra, habrá una plaza al descampado donde vamos a ir llegando todos. Algunos llegarán tan cargados que apenas van a poder moverse y se sentarán en los bordes. Los más livianos irán caminando entre los montones de cosas que han traído los que llegaron antes. Los que no tengan nada más que su cuerpo desnudo ocuparán el centro. Hasta ahí llegarán a buscarlos los más fuertes: su cuerpo será el único tesoro que tendrán para ofrecer al mejor postor.
Los niños. Están en el centro de la plaza, rodeados por los que no tienen otra cosa que ofrecer que su cuerpo desnudo. Nadie los toca. Por ahora.
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viernes, 7 de julio de 2017

Espantapájaros


Esperó que cambiara la luz y cruzó la calle con un susto en el estómago. Se alegró de ver que la panadería en la que había desayunado tantas veces estaba todavía ahí. Miró las mesas desplegadas enfrente, donde revoloteaban servilletas usadas y palomas. Se acercó al mostrador y escuchó una voz que le hacía preguntas desde atrás de una vitrina de plástico atiborrada de cajas de dulces, probablemente vacías. Le costó reaccionar y en el tiempo que le robó la duda otro cliente pidió en voz alta un café y un jugo. El cajero le dijo el monto que debía pagar y el hombre deslizó por la rendija unos billetes arrugados, recibiendo a cambio un ticket. Entonces recordó cómo era que había que hacer las cosas.
Pidió un café con leche, pagó una cifra que le pareció astronómica, recibió su ticket. En el mostrador del lado derecho un hombre bajito y malencarado manipulaba la máquina desde la que salía un vapor que se disipaba en el calor de la mañana. Tal vez la memoria ya no le alcanzaba, pero le pareció que el olor del café ya no era el mismo. Trató de explicar exactamente cómo quería el café, un marrón claro, no muy fuerte, pero tampoco muy aguado. El hombre le arrancó el ticket y lo partió en dos con un gesto de furia. Después mezcló el café con la leche en tres gestos rápidos, casi violentos. No se sorprendió al comprobar que el vasito de plástico que el hombre le puso enfrente tenía exactamente el color que debía tener. Esa era una de las cosas que recordaba bien.
Las mesas estaban vacías. Eligió una lejos de la calle. Quería mirar pasar los carros y la gente sin que el ruido y el tumulto le echaran a perder el café. Todavía no sabía si era posible tener hambre. Ya decidiría más tarde si pedía otro café para comerse uno de esos cachitos que vio en las bandejas metálicas. No parecían muy frescos, pero seguro que eran del día. Una paloma que había estado picoteando en el piso levantó vuelo y se paró en el respaldar de una silla. Dos niños se sentaron en la mesa más cercana. Miraban de reojo su ropa y sus zapatos. Hizo como si no se diera cuenta. Dos minutos después se acercó el más bajito y le extendió una mano pequeñita que no había visto ni agua ni jabón en mucho tiempo.


Tenía por norma no dar limosna. Ni aquí ni en ningún lado. Era una ley que se había impuesto desde la adolescencia. Una de esas respuestas automáticas que ayudan a eliminar las incertidumbres menores. Pero había estado lejos por demasiado tiempo y otra vez se le vino encima la duda. Justo cuando estaba a punto de revisarse los bolsillos buscando una moneda, el hombre que le había cobrado en la caja salió desde detrás de su trinchera a ahuyentar a los niños con palabras duras. Hacía aspavientos con los brazos como quien espanta pájaros. Los niños y las palomas salieron huyendo con el mismo revoloteo asustado. Las palomas volvieron un minuto más tarde. Los niños no tardarían en regresar.
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Basura


La calle estaba sola. Era difícil acostumbrarse a las aceras vacías. No eran todavía las seis de la tarde y en esa calle ya parecía de noche. Apuró el paso sin darse cuenta, como si escapara de un enemigo invisible. Una ansiedad creciente se escuchaba en sus pasos. Miró hacia atrás. Nadie. La calle se inclinaba en una bajada aguda que llegaba hasta el río. A lo lejos se escuchaba el rumor del tráfico en la avenida. Autobuses, carros, motos. Eran dos cuadras largas y sin embargo parecía que estaba en otra ciudad. Los pocos negocios que seguían abiertos despachaban a través de rejas sólidas que no habían sido pintadas en años. Los demás ya habían bajado las santamarías y algunos parecían cerrados para siempre. Un gato saltó desde una cerca hacia adentro del jardín de un edificio donde no parecía vivir nadie. Dos perros ladraron en un balcón.

Siguió caminando cada vez más rápido. Las gotas de sudor ya le corrían por la espalda y el pecho. Un camión de basura cruzó en la esquina y comenzó a subir la cuesta en primera, parándose y arrancando otra vez, como si estuviera a punto de quedarse muerto en medio del camino. Su ruido llenó la calle desierta y ocupó todo el espacio vacío, aliviando en algo la sensación de total soledad. En la acera de enfrente se acumulaban las bolsas negras que el camión del aseo venía a recoger. Escuchó un ruido entre las bolsas y se paró a mirar.

Dos niños escarbaban agachados. Habían abierto ya un par de agujeros en el plástico negro y con las manos embadurnadas palpaban, seleccionaban y sacaban lo que podían comerse. No estaban recolectando para llevar. Su hambre era urgente, inmediata. Observaban un segundo lo que habían elegido y se lo metían en las mínimas bocas masticándolo después sin pausa. El olor a basura le llegó de pronto y sintió que una arcada le hacía doblar el cuerpo. Resistió las ganas de vomitar y dio un par de pasos más hacia abajo, hacia la avenida y el río. El camión estaba ya a la altura de las bolsas. Se oyeron gritos.

Los hombres del aseo levantaron un par de bolsas y las echaron en el camión. Los niños seguían comiendo, sacando lo que podían antes de que se llevaran el resto de la basura. Hubo una pausa. Todos se detuvieron al mismo tiempo. No podía escuchar lo que decían, pero podía ver por sus gestos que estaban negociando una especie de tregua. Uno de los hombres movía los brazos con la cadencia de quien ordena el mundo y da instrucciones. Los niños se habían parado frente a las bolsas y escuchaban, respondiendo de vez en cuando con negativas breves. En sus cuerpos flacos había una determinación furiosa.

Otro par de bolsas fue lanzado al camión. Sobre la acera quedó una bolsa sola. Los niños recogieron fragmentos de basura que se habían dispersado, le hicieron un nudo a aquel tesoro oscuro y entre los dos cargaron con su botín calle abajo. Los siguió con la vista y arrancó otra vez a caminar. Sus pasos apurados volvieron a resonar sobre la acera vacía. La avenida estaba ya a la vista. Un semáforo cambiaba a verde, el tráfico se movía apenas. Sin esperar que nadie les diera paso, los dos niños cruzaron en medio de los carros sin mirar a los lados y sin dudar un segundo. Se oyeron cornetazos y gritos.  

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viernes, 19 de mayo de 2017

Lo que no se sabe

La redacción estaba vacía a esa hora. Glinda tocó dos veces el marco de la puerta abierta. Patricia levantó la vista y le sonrió por un segundo. Tenía el gesto consternado de siempre. Esa mezcla de preocupación con asombro que Glinda recordaba tan bien. Le dio un fuerte abrazo y le pidió que se sentara. Patricia era la que menos había convivido con Blanca y sin embargo era la persona que Glinda tenía más ganas de ver. Hablaron del viaje de regreso, de la cita que Glinda ya tenía para reunirse con Olga en Londres, de La Nena y de Luna. Dieron vueltas alrededor del tema que las había juntado sin tocarlo, hasta que Patricia dijo que tenía hambre y que podían ir a comer a un sitio que quedaba cerca donde vendían el pollo en brasa más rico de toda Caracas.
Glinda no se sorprendió cuando bajaron al estacionamiento y se subieron al carro de Patty. Pero igual preguntó si no podían ir caminando. Patricia la miró extrañada y le dijo que si pensaba que era posible caminar en Caracas ya se había vuelto extranjera. Rodaron apenas diez minutos y dejaron las llaves del carro en la puerta con un muchacho larguirucho y nervioso que se encargaría de estacionarlo quién sabe dónde. Glinda no pudo evitar notar la contradicción enorme entre el miedo a caminar por la ciudad y la confianza ciega con la que los caraqueños le entregaban a un ser desconocido una de sus más preciadas posesiones.
Pidieron un pollo entero, hallaquitas y tostones, guarapos de papelón con limón. El olor a pollo asado hizo que la saliva brotara a chorros en la boca de Glinda. Para distraer el hambre hizo la pregunta que vino a hacer y esperó la respuesta sin angustia.
Es verdad, dijo Patty. Fue un sicariato, la mandaron a matar. Sabemos quién lo hizo. El hombre, como sabes, ya está preso y el juicio está en camino. Patricia hizo una pausa para esperar que el mesonero pusiera en la mesa los guarapos, las salsas, los cubiertos y las servilletas. Tenemos una idea más o menos clara de quién dio la orden, porque sabemos quién le pagó al sicario. Pero en un crimen interviene a veces mucha gente y no siempre es fácil atribuir la responsabilidad solamente a un par de personas. A Glinda le pareció que Patricia usaba un tono seco y burocrático que le servía para esconderse de sus propios sentimientos.
Hubo otro silencio mientras el pollo, las hallaquitas y los tostones iban inundando la mesa. En el caso de Blanca hay tanta gente involucrada que intentar que se haga justicia es más bien una ilusión, dijo Patricia. Glinda escuchaba sin interrumpir, reconociendo los sabores que la hacían regresar a la infancia, a los viejos buenos tiempos. Recordaba risas y carreras por un patio cubierto de grama con jardineras llenas de flores. Alguien contando hasta cuarenta con los ojos cerrados y la frente recostada a un inmenso árbol de mango. Las matas de bambú moviéndose frente a los niños que temblaban de emoción a la espera de ser descubiertos.
Podemos intentar poner las cosas en blanco y negro, estaba diciendo Patricia, aunque sea para quedarnos con las cuentas claras, sin esperar nada más. La justicia no se logra solamente a través del castigo. Saber la verdad, o una versión aproximada de lo que probablemente sucedió, es también una forma de justicia. Una justicia por otros medios, dijo como si hablara para sí misma.
Me imagino que no ha sido fácil para ti, se animó a decir Glinda. Patricia la miró con una inmensa tristeza. Se limpió los dedos en la servilleta y estiró la mano para tocarla. Nosotros perdimos la noción misma de lo que es pedir justicia, dijo. Tenemos una piel tan gruesa que todo nos rebota. Nada nos duele ya. Eres tú la que debes estar sintiéndote en medio de un infierno sin saber cómo salir.
No. Más bien me siento como si estuviera viendo una película que en realidad no quiero ver, dijo Glinda. Patricia tomó un trago y apartó el plato como si de pronto se le hubiera hecho un nudo en la garganta y no pudiera comer un bocado más. Respiró hondo y dejó que Glinda hablara sin cambiar de expresión. Sé que va a durar un tiempo nada más y que después voy a salir afuera y todo va a regresar a la normalidad, dijo Glinda. Pero al mismo tiempo sé que no puedo salirme todavía y que no me queda otra que atravesar por el medio de esta pesadilla.
Hubo un silencio lleno de ruidos y olores y recuerdos. Este es el hombre que le disparó a Blanca, dijo Patricia usando un pote de salsa para representar al asesino. Este es el hombre que pagó por el encargo, dijo poniendo otro frasco detrás. Entonces puso el servilletero en la fila, un poco más lejos, y lo señaló con el dedo. Y aquí está lo que saca más provecho de la muerte de Blanca. Pero esto que ves aquí no es un individuo, ni siquiera un grupo, sino más bien una idea, una legión, una danza macabra.
Fue el turno de Glinda de retirar el plato, limpiarse los dedos y tomarse hasta el fondo el guarapo en el que ya quedaban apenas dos trocitos mínimos de hielo. La palabra que lo explique todo puede ser poder, dijo Patricia. Pero esa es una palabra pretenciosa, académica. Si pudiéramos hablar todavía en el código religioso que nombra los pecados capitales, podríamos llamarlo codicia o avaricia. Pero ya no tenemos esas palabras para nombrar lo cotidiano, porque lo que nos rodea no puede tener nombres tan inflados ni tan solemnes.
Hemos perdido las palabras para nombrar los pecados que cometemos unos contra otros. Tal vez porque perdimos los dioses que nos protegían contra esos demonios y no tenemos ya a quien rogarle que nos libre de todo mal. Disculpa que divague, dijo Patricia. A veces la piel dura se me resquebraja y descubro que tengo memoria de haber sentido alguna vez un dolor que ahora apenas recuerdo. Esto que ves aquí, dijo señalando otra vez el servilletero grasiento, es una voluntad de estar en el centro de todo lo que ocurre, de obtener todas las ganancias sin tener que compartirlas con nadie. Un deseo ciego de exclusión, un impulso de exterminio.
Pidieron café y sintieron un alivio enorme cuando la mesa quedó limpia de sobras y el mesonero se llevó junto con todo lo demás al sicario, al que pagó por el crimen y a la fuerza devastadora que el servilletero se había visto obligado a representar. Te puedo dar una lista de nombres, dijo Patricia. Algunos de ellos aparecen cada día en la prensa, así que vas a reconocerlos. Otros son más bien oscuros, pero están siempre ahí, un paso atrás de la línea en la que empieza la luz de los reflectores. Todos están conspirando, eso es lo que los une aunque estén en distintas trincheras.
Pero creo que en favor de la brevedad tenemos que quedarnos con unos pocos. Al menos un representante de cada tendencia. Y por eso te hice una lista de tres. Este es un militar retirado, dijo señalando el primer nombre que aparecía en el papel que había extendido sobre la mesa. Este es un viejo político que tiene un historial tan largo como un prontuario criminal. Y este es un líder en ascenso que está a punto de lanzarse como candidato de un nuevo partido. Varios testigos nombraron a los dos primeros en distintas oportunidades. Sobre el último sólo te puedo decir que tengo sospechas y que sigo buscando una prueba que nunca va a ser irrefutable. El tipo se sabe cuidar.
Hay un flujo de dinero que recorre al grupo que estos tres representan. Es ese movimiento el que ha quedado registrado y se puede rastrear, hasta cierto punto. Y eso sí te lo puedo probar, dijo sacando más papeles de su bolso. Aquí están las cifras y los montos. Aquí está quién compró a quién y por cuánto. Si sigues ese rastro te lleva finalmente al sicario, que por cierto recibió la tajada más flaca. A pesar de todo, a lo único que podemos aspirar es a inculpar a los dos que tienen más enemigos: el militar y el viejo político. Va a tardar, pero es posible. Porque hay mucha gente esperando verlos caer.

Afuera, mientras esperaban bajo una lluvia tenue que el joven larguirucho volviera con el carro, Glinda le dio las gracias a Patricia por seguir insistiendo, por no rendirse a pesar de todo. Patricia la miró con una especie de ternura y le dijo que lo había hecho por ellos, por los hijos de Blanca. Y por Guillermo. Cuando llegaron a la estación de metro donde Glinda le había pedido a Patricia que la dejara, se quedaron en silencio buscando un modo de despedirse. Lo hemos perdido todo, dijo Patricia al fin. Pero nos queda la decencia, respondió Glinda recordando una frase que le había escuchado a Luna en el Barrio Chino.
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martes, 25 de abril de 2017

Rumores


Hay muchos que te pueden jurar que saben lo que realmente pasó, porque como en todos los pueblos, aquí también hay gente que recuerda más de la cuenta. Tenemos una memoria larga y ancha y rellenamos los huecos con historias inventadas. Pero la verdad es que nadie sabe nada. Todo son rumores, chismes, suposiciones. Y yo no te puedo decir que sé algo más de lo que todos saben o imaginan que saben.
Cuando tu mamá se casó con tu papá ya los rumores habían empezado. Tu papá no era de aquí y la gente se puso a inventarle un pasado. A la casa nos llegaban algunos de los cuentos y mamá se ponía furiosa. Tú no te acuerdas de tu abuela materna, pero ella era de armas tomar, como se decía antes. Y tu abuelo tenía que convencerla a veces de que no valía la pena amargarse por lo que dijeran por ahí. Él estaba seguro de que su hija se iba a casar con un hombre bueno y ningún chisme iba a hacer que pensara lo contrario. Porque la verdad era que a tu papá no le costaba nada contar su vida entera a quien quisiera escucharlo y estaba claro que no había ningún misterio.
Era verdad que se había quedado huérfano de padre a los cinco años. Su papá se había muerto de un infarto fulmimante. Su mamá se había quedado sola con cuatro niños pequeños y, aunque era maestra, le había tocado hacer de todo para sobrevivir y criar a los niños. Yo nunca la conocí, pero tu papá contaba que se levantaba todos los días antes de que saliera el sol, sin importar si era día de semana, sábado o domingo. Además de enseñar en la escuela del pueblo perdido donde habían nacido, llano adentro, cocinaba por encargo, lavaba, planchaba y remendaba ropa ajena. Durante un tiempo hasta cuidó los niños en la casa de una familia acomodada.
Cuando los hijos crecieron ella ya no tuvo que sacrificarse tanto porque los mayores comenzaron a traer algo de dinero a la casa. Trabajaban en lo que podían y tu papá, sobre todo, se encargaba de rebuscarse para quitarle de encima las cargas a la vieja. Trabajó como mandadero, como vendedor de periódicos, como limpiabotas, hacía todo lo que podía hacer para ganarse unos cobres. Cuando no había trabajo en el pueblo se iba para la finca de un tío que tenía unas tierras casi en la frontera con Colombia y allá trabajaba de sol a sol con los peones, comiendo una sola vez al día y viviendo a la intemperie, hasta que se terminaba la temporada de arriar el ganado.
Tu abuela murió antes de que tu mamá y tu papá se casaran. Yo no la conocí, pero me acuerdo de los cuentos que tu papá contaba porque a él le gustaba recordarla. Con pelos y señales le contaba a todo el mundo cómo había sido aquella vida en medio de tantas necesidades. A mí me sonaba muy sacrificada, pero él contaba todo con una sonrisa, con mucha nostalgia. Decía y repetía que no cambiaba su infancia por nada, que había sido una aventura, que nunca se aburría, que aprendió todo lo que había que aprender para sobrevivir. Si me dejan solo en medio de la sabana yo me defiendo, decía. Era una de las cosas de las que estaba más orgulloso.
Y a pesar de lo hablador y conversador que era, aún así la gente insistía en que había algo escondido o misterioso en su vida. Decían que desde muy joven se había juntado con la gente que se organizó en la clandestinidad para enfrentarse a Pérez Jiménez. Dicen que andaba para arriba y para abajo con un tío, que había sido uno de los fundadores de Acción Democrática, alebrestando a la gente por esos montes. Por eso, cuando se alzó la guerrilla todo el mundo decía que tu papá estaba en contacto con un grupo que se movía por estos lados y que les había dado paso franco por sus tierras.
Ya tu mamá estaba embarazada cuando eso, imagínate. Cuando tú naciste esos rumores corrían de un lado para otro. Pero nadie tenía una sola prueba. Te apuesto a que no hay un solo ser vivo en este pueblo que te pueda decir que vio o que oyó o que supo de primera mano que tu papá tuvo algo que ver con la guerrilla. Además ya nadie se acuerda de nada de eso. El único que sigue dándole vueltas al tema es ese falso padrino tuyo, que nunca te bautizó, y que vive inventando historias porque se cree el dueño de la memoria de todos. Pero no le creas. Son puros chismes.
Lo que a nosotros nos dijeron era que había sido un accidente. Que se les había espichado un caucho y se habían bajado a cambiarlo a la orilla de la carretera. Era de noche, estaban en una curva y una gandola se los llevó por delante sin verlos. Eso fue lo que nos dijeron. Por mucho tiempo se dijo que el hombre que manejaba la gandola que los había atropellado estuvo en el entierro. Decían que le había pedido perdón a la familia. Yo no me acuerdo de eso. Pero me acuerdo muy bien de aquel entierro. Nosotros estábamos ahí para enterrar a tu mamá, más que todo. Pero el pueblo entero había venido a despedirse de él.
Tu papá era un hombre querido, tal vez por eso a la gente le gustaba tanto hablar de él. Bueno o malo, todo lo que se decía de tu papá era por pura admiración. Y después que murió, en vez de parar, los rumores más bien crecieron. Yo escuché esa historia de la venganza un tiempo después, pero me imagino que estuvo danzando de boca en boca por mucho tiempo. Un día que estaba sentada en la sombra de la plaza descansando de la resolana escuché a dos hombres discutir sobre esa historia. Uno le decía al otro que no se metiera en vainas porque iba a terminar como el finado Espinal, con una bala entre las cejas.
No me pude olvidar de esa historia por más que intenté. Cuando por fin reuní valor para preguntarle a tu abuela ella terminó contándome todo lo que sabía. Había pasado ya mucho tiempo, papá también se había muerto y mamá se imaginaba que ya no le quedaba mucho más por delante. No sé. Tal vez estaba cansada de rumiar tanto secreto. Lo que ella sabía, porque papá se lo contó, era que los dos tenían tiros de gracia en la nuca. Durante mucho tiempo eso había sido un secreto a voces. Yo misma no lo hubiera creído si mamá no me lo hubiera dicho con lágrimas en los ojos.
No sé como se enteró Carla de todo eso. La gente dice cosas sin pensar y andan todo el día conectados por esas redes, leyendo chismes y repitiéndolos sin ton ni son. No me puedo imaginar todo lo que pueden estar diciendo. Si antes esto era un nido de víboras y cada uno tenía la lengua más larga que el otro, imagínate cómo será ahora. El caso es que de algún modo se enteró y vino a preguntarme, como tú me estás preguntando ahora, si era verdad que los habían ajusticiado. Me extrañó tanto esa palabra. Pero así fue como lo dijo y yo no supe qué responderle.
Al final le conté lo que sabía. Después que mamá me contó lo de los tiros de gracia yo misma empecé a preguntar por aquí y por allá. Mamá ya había muerto cuando supe que los viejos del pueblo decían que quien los había mandado a matar estaba en un alto cargo en el Ministerio del Interior. Era el segundo gobierno de Caldera, si mal no recuerdo. Yo no le seguí la pista al hombre, nunca había visto ni una foto ni nada, pero de vez en cuando repetía su nombre y su apellido para que no se me olvidara.
Decían que había sido un guerrillero cuando joven y que había traicionado a los suyos saltando la talanquera en los tiempos de la pacificación, en el primer gobierno de Caldera. Decían que el finado Espinal lo conocía bien, que eran casi de la misma edad y que habían militado juntos. Algo pasó entre ellos, quién sabe, en esos tiempos la gente tenía que elegir, como siempre, supongo. El caso es que parece que en algún momento se distanciaron, se enfrentaron, se volvieron enemigos. Pero sabían demasiado el uno del otro y llegó el momento en el que solamente podía sobrevivir uno de los dos. A tu papá le tocó la peor suerte. Y mi hermana terminó cayendo con él sin tener ninguna culpa.
Carla vino con fotos y recortes de prensa y me preguntó si lo conocía. Le dije que el nombre era el mismo y que los datos coincidían. Pero no quise alimentarle esa historia. Le dije que eran rumores, que no había manera de saber, que en este pueblo la gente siempre habla de más y no saben ni lo que dicen. Pero ella estaba tan convencida. Me pareció ver a tu papá y a tu mamá juntos en esa fuerza que la empujaba hacia adelante. Tú sabes que Carla era como mi hija. Cuando Carmen murió ella era apenas una bebé y yo la crié. Tú y yo la criamos juntas. Pero yo la sentía como mi hija mientras que tú eras más bien una hermana pequeña. Yo nunca sentí que tenía que educarte o guiarte de ninguna manera. Tú ya eras grande, casi una adulta.

Ahora las dos estamos aquí como si hubiéramos perdido una hija. No hay un dolor más grande que perder a un hijo. O tal vez sí. El dolor más grande es este, perder a alguien que sientes como una hija tuya sin que lo sea. Es un consuelo que todos hayan venido a darme el pésame como si reconocieran que yo soy la que más ha perdido. Tú tienes tanto tiempo afuera, Olga, que ya no te conocen. Pero yo sé que las dos perdimos a la persona más importante que nos quedaba. Ya te puedes ir en paz porque ahora sí es verdad que no tenemos nada. Ni te molestes en volver cuando sea mi turno. No vale la pena.
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martes, 7 de marzo de 2017

No saber

Olga vino a verme porque Sere insistió. Me saludó con cierta distancia, como si no recordara que nos habíamos visto antes. En vez de sentarse caminó directo hacia el ventanal desde el que podía verse la mitad de la ciudad, con el río en el centro y el Ávila a la izquierda. Yo estaba acostumbrada. La torre de Parque Central en la que sigo trabajando, a pesar de los incendios y la ruina, tiene esa única ventaja, la vista casi aérea de Caracas. Quien entra por primera vez no puede evitar pararse frente a ese espectáculo.
Se quedó ahí mientras yo le contaba los trámites que ya habíamos iniciado para esclarecer la muerte de Carla y llevar al responsable a juicio. Describí los procedimientos habituales, nombré plazos y posibles retrasos, y fui dejando papeles sobre el escritorio que pensaba que ella iba a querer mirar. Pero seguía parada frente al ventanal como si no me estuviera escuchando. Mirar la ciudad desde esta distancia tiene a veces un efecto hiptótico. Sobre todo si acabas de llegar después de un largo destierro y sabes que no vas a quedarte. Le hice un par de preguntas. No respondió. Entonces me senté a esperar que reaccionara.
Traté de no mirar el reloj para que no se notara que estaba corta de tiempo, como siempre. Pero ella debió sentirse de algún modo atravesada en el medio del flujo del día y le dio la espalda a la ciudad para venir a sentarse delante de mí como si hiciera un esfuerzo que estaba más allá de su capacidad y de su voluntad. Miró los papeles que habían quedado sobre la mesa. Levantó una carpeta y la abrió. Parecía estar buscando el modo de decir algo que no sabía bien cómo expresar. Era como si intentara traducir un pensamiento desde un idioma antiguo, una de esas lenguas muertas en las que con una sola palabra se podían decir miles de cosas.
Te agradezco tanto, Natalia, de verdad. Fue lo primero que dijo y yo sabía que después iba a venir un pero, un sin embargo amable y contundente. Era una exigencia que nadie me había hecho antes. Todos los familiares con los que he trabajado en los casi treinta años que llevo lidiando con víctimas de la violencia me han pedido que aclare, que investigue, que insista frente a los organismos correspondientes para que se haga justicia. Todos me han exigido saber, enterarse, que los mantenga informados. Olga no. Su única petición fue simple: no quería saber.
Si tienes que hacer todo esto, me dijo, hazlo. Por Carla, por mi tía, por los primos que quedan, por los amigos. Pero no me lo cuentes. Yo no quiero saber quién mató a Carla, ni cómo, ni por qué. No quiero saber si metieron preso al culpable o si lo dejaron irse por un tecnicismo o una negligencia penal. Nada de eso me la va a devolver. No hay ninguna información, ningún dato, ninguna cifra que me haga sentir mejor. Saber más no te cura de la tristeza, me dijo. Su voz sonaba tan honda, su cara expresaba un dolor tan intenso que no pude responder.
Cuando reaccioné ya ella se había parado, se había puesto el bolso en el hombro y estaba contándome lo que Lena le había dicho sobre el traslado del cuerpo. Tal vez solo con la intención de no irse en silencio y de no sonar demasiado brusca al despedirse. Porque me estaba dejando ahí, en medio de la confusión, después de decirme que hiciera dos cosas contradictorias: seguir con el caso hasta poner preso al culpable y no decirle nada. Logré preguntarle por qué antes de que llegara a la puerta. Entonces se devolvió y se paró otra vez frente a mi escritorio. No me miraba a mi sino al cielo que estaba detrás. Los pájaros, las nubes altas.
He visto morir a mucha gente, Natalia. Me fui de este país cargando con la memoria de mis muertos. Esto no es nuevo para mi, me dijo. Lo que sí es nuevo es lo cerca que he sentido la muerte esta vez. Tal vez porque estaba tan lejos cuando lo supe, porque Carla era tan joven y le faltaba tanto por hacer. Tal vez porque nunca estás preparada para que alguien menor que tú se muera primero. Hizo una pausa y volvió a sentarse. Creo que las piernas se negaban a sostenerla. Dejó caer al piso el bolso que tenía en el hombro.
Carla no le hizo nunca daño a nadie, dijo. No estaba en realidad hablando conmigo. Me pareció que más bien hablaba con el destino, con el universo, con la desgracia misma. Era el ser más transparente, menos retorcido que es posible imaginar, dijo. Coleccionaba cajas y dentro de las cajas ponía botones y piedras, agujas y hebras de pelo. Tomaba las fotos más conmovedoras, le gustaba el café negro sin azúcar. Quería viajar más, pero también quedarse para siempre en cualquier lugar en el que estuviera. Era acelerada y lenta al mismo tiempo. Su imaginación no tenía fin...
Por un largo rato que ya no sé cómo medir, Olga siguió recordando a Carla. Cada detalle de su personalidad y de su vida fue apareciendo en una enumeración que podía sonar caótica pero que estaba destinada a armar una imagen nítida. Sus ojos estaban secos mientras hablaba. La voz no cambiaba de tono y más bien sonaba como una letanía, como un rezo. No hubiera podido interrumpirla ni que el mundo entero se viniera abajo. Apenas ahora que trato de recordar todo lo que me dijo, me arrepiento de no haber grabado aquella larga lista de detalles que formaron al final un todo sólido.
Cuando dejó de hablar yo tenía delante de mi a Carla, no como yo la conocía sino como la veían los ojos de Olga. Una gruesa lágrima se me había instalado en el ojo derecho y me rodó sobre la cara al intentar decirle algo que no pude. Volvió a levantarse, volvió a ponerse en el hombro el bolso que había dejado olvidado en el piso. Volvió a caminar hacia la puerta y antes de salir volteó a mirarme por última vez y me recordó, para que no se me olvidara, que ninguna justicia humana ni divina le iba a devolver lo que Carla había sido. Por eso prefiero no saber, me dijo. Y se fue sin cerrar la puerta.




 

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.