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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 29 de julio de 2010

La encrucijada

A Mirtha Rivero, que piensa que ésta es mi voz más auténtica

El río había crecido tanto que las piedras no se veían. El agua inmensa llenaba el cauce, saltando furiosa en remolinos de espuma que no se detenían en ningún remanso. Me quité los audífonos cuando llegué al puente verde por donde pasa el canal. En la mitad del puente me agarré del borde frío y miré hacia abajo. El agua corría a saltos y remolinos y su estruendo marrón daba vértigo. No pude mantenerme por mucho rato en el medio del puente porque creí escuchar un llamado. Un chillido que no supe en el momento si era de pájaro o de gente.

Resultó ser un perro. Pequeño, marrón y blanco, asustado, remojado y tembloroso, me esperaba al otro lado del puente. No era posible adivinar si acababa de salir del río, salvándose milagrosamente del torrente crecido, o si había entrado un rato antes a mojarse en el agua en algún remanso helado del canal que corría lento a un lado, sin tanto rumor y tanto apuro. Parecía perdido o desorientado y al verme de cerca saltó y ladró como hacen los perros cuando le dan la bienvenida a alguien que conocen.

Yo lo saludé, en español, como hago con todos los perros que encuentro en el parque, hasta que llegan los dueños, malencarados o risueños, y entonces saludo en inglés y sigo mi camino. Esperé un rato mientras el perro daba vueltas a mi alrededor, saltando y aullando, como si me repitiera una y otra vez un mensaje que yo no era capaz de entender. Miré hacia el camino que va al pueblo de al lado. Nadie. Caminé hasta el puente cubierto, imaginando que el dueño estaría pescando o tal vez contemplando algún pájaro. Nadie. Volví bordeando el canal hacia el punto en el que se cruzan los caminos. Nadie.

Entonces dudé. No sabía si debía esperar un poco más o seguir mi camino. El perro no se separaba de mí y ahora estaba más calmado, como si hubiera cumplido ya con su misión inmediata y se permitiera descansar hasta la próxima. Había perdido una vez un perro y no quería que nadie sufriera como yo sufrí por no saber dónde estaría ni cómo ni con quién. Me quedé un rato en medio de la encrucijada que reúne en un punto el camino que viene de la casa del guardaparques, el sendero empinado que va a mi casa y la vereda plana y soleada que va hacia el otro pueblo, bordeando el canal y pasando por debajo del puente cubierto y del inmenso acueducto de piedra que ha estado ahí desde hace siglos.

Las encrucijadas tienen un aire de escenario. Han servido tantas veces para representar los momentos de duda, las decisiones inevitables, lo que se elige o se descarta, en fin, el destino. Es el punto en el que podemos salvarnos o condenarnos. Y es siempre el lugar al que no podemos regresar. Porque la elección que hacemos en cada encrucijada no sólo nos cambia sino que también anula para siempre el regreso al mismo sitio. Los antiguos lo sabían y por eso nos enseñaron aquello de que no podemos volver nunca al mismo río, porque el río es siempre otro aunque esté en el mismo cauce.

El perro se sentó conmigo a esperar. El cruce de caminos no significaba nada para él. No lo había visto nunca en una película ni había leído sobre las dudas y sus metáforas. Para él en aquel lugar tal vez sólo había rastros que conducían a casa y a su dueño o pistas que le indicaban para dónde no debía ir. Tal vez en su memoria había también un pájaro muerto, o la marca de territorio dejada por otro perro al orinar en el tronco de un árbol, o el chapuzón helado en un invierno no muy lejano. Su cabeza se alzaba cada tanto para olfatear el aire en alguno de los tres caminos. Se mantenía alerta y esperaba que yo tomara por él una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Cuando volteaba a mirarlo él me miraba también. Levantaba las cejas como un sabio maestro que preguntara a su novato aprendiz ¿y ahora qué? ¿qué decisión vas a tomar en este punto exacto del camino? ¿qué tanto te vas a equivocar? Había tenido esta misma sensación antes, este mismo sentimiento de duda suspendida. Mientras miraba el punto en el que se unían los caminos indiferentes recordé esa angustia. Elegir era tal vez la cosa más difícil que había tenido que hacer. Sabía que, en cada caso, la decisión había implicado dejar atrás una vida entera, un futuro probable y por lo tanto un final que quedaba para siempre descartado.

Cuando las decisiones implicaban elegir entre irse o quedarse, siempre elegí irme. Por un tiempo pensé que huía de algo que no era capaz de definir. Tal vez se trataba de mi infancia, demasiado cómoda y protegida. Tal vez me escapaba de una familia que me había querido más de la cuenta y no me dejaba ser. Pero no tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta de que también huía de todo compromiso. Ninguna pareja duró lo suficiente para que me instalara en una vida compartida. No hubo hijos ni amantes ni trabajos ni sueños que me ataran al hilo invisible de la responsabilidad. Ningún lugar me mantuvo adentro por el tiempo necesario para que me resultara imposible volver a la aventura de buscar otro sitio.

Con el tiempo ya no bastó un país ni un idioma. La huida se extendió hacia afuera y entonces comencé a vivir a saltos de un país a otro. Aprendí algunos idiomas y me sentí siempre fuera de lugar, como se sienten todos los que no pertenecen a ninguna parte. Pero me di cuenta de que ese era exactamente el sentimiento que desde joven había querido conservar. Estar siempre con un pie adentro y uno afuera. Ser y no ser. No tener que elegir una identidad fija. Evitar la duda instalándome en la encrucijada eterna del exilio que no cesa.

He vivido años vigilando el momento exacto en el que comienzo a sentirme a gusto o en casa. Justo en ese momento, cuando el cielo se vuelve familiar y las estaciones se asientan con su ritmo recurrente en mis huesos, sé que ha llegado el momento de partir. Entonces comienzo a buscar trabajo en otra parte, a llenar planillas, ir a entrevistas, tramitar visas, preparar la mudanza y salir después con el cuerpo ligero y la mente otra vez en blanco. Dejar todo es una forma de liberación y a la vez un castigo.

No he sabido nunca qué delito estoy pagando. Hasta que llegué aquí no quise pensarlo. La soledad me curaba todos los males y me alejaba de todos los dolores. Pero tenía que llegar este día en el que me cruzara en el camino con un animal sin dueño. Lo había soñado tantas veces que no podía recordar la primera vez. No siempre era un perro, a veces era un gato, a veces un extraño pájaro sin alas. Pero en cada caso el animal en busca de amo me encontraba y ya no me dejaba ir.

En aquella encrucijada, esperando a alguien que no llegaría a salvarme de mi destino, recordé todas las variantes del sueño que me había negado a creer que sería premonitorio. Porque nunca he aceptado que los sueños digan nada que tenga que ver con la vida. Su sustancia es de otro mundo, están más del lado de los muertos que del territorio de los vivos. Pero aquí estaba yo, al lado de un perro sin dueño, esperando el momento en el que tendría que tomar una decisión y dejar atrás, otra vez, todo lo que hasta entonces había sido mi vida.

Me había puesto los audífonos y le había subido el volumen al iPod, porque así el tiempo pasaría al mismo tiempo más rápido y más lento. Escuché una lista de reproducción en la que había juntado, surfeando en la red, siete versiones de una misma canción que me gustaba mucho porque hablaba de lugares remotos y de viajes. Después escuché un podcast en el que el director del museo británico contaba la historia del mundo en cien objetos. El objeto de ese día era una pipa que habían usado los indios de la isla que los europeos llamaron La Española. En aquella pipa centenaria los indios habían fumado tabaco con los conquistadores, apenas unos años antes de desaparecer de la faz de la tierra, diezmados por las enfermedades de los hombres civilizados, para las que no tenían defensas.

La historia de los indios aniquilados por el descubrimiento me obligó a mirar otra vez hacia cada uno de los tres caminos que tenía delante. Casi sin darme cuenta decidí que debía caminar hacia el pueblo de al lado. La vereda comenzaba ancha y plana, se encogía para pasar bajo el puente cubierto y el inmenso acueducto, y luego se empedraba y alargaba hasta llegar a un puente que volvía a cruzar el río un poco más arriba. El perro me acompañaba confiado. Al principio me seguía, pero al llegar al puente ya iba casi trotando delante de mí.

Cuando estuvimos al otro lado del río y comenzamos a subir la cuesta que atraviesa el bosque de pinos, el perro se me adelantó unos metros. Iba contento y yo no pude saber si era porque ese era su camino a casa o si era porque estaba seguro de que había encontrado un lugar nuevo donde vivir. Volteaba a mirarme cada tanto para asegurarse de que lo seguía. Al llegar a la bajada donde termina la vereda y comienza el camino que sale del parque para entrar al pueblo, el perro se paró a esperarme como si aguardara instrucciones.

Conocía la casa porque la había visto todas la veces que decidía terminar mi paseo por el camino que va al pueblo vecino. Tenía un jardín que cuidaba algún señor retirado de hábitos meticulosos y una pared alta que resguardaba la propiedad de intrusos y de animales ajenos. Había una reja con un pasador de esos que se levantan y luego se dejan caer. Abrí la reja con la naturalidad del que llega a casa. El perro corrió delante de mí, contento y confiado. Cuando llegó a la puerta de madera y miró hacia atrás, yo ya había vuelto a cerrar la reja y me alejaba por la acera de enfrente a paso firme.

Iba con ánimo alegre por la carretera que va de regreso al pueblo en el que vivo. Había vencido a la encrucijada sin comprometerme. Mi vida podía seguir siendo la misma que era cuando dos horas antes me paré en el medio del puente a mirar el río correr debajo de mis pies. Lo único que había cambiado era que no podría usar más la vereda que va al pueblo de al lado. De todos modos, pronto tendría que mudarme. La llegada del otoño ya había comenzado a parecerme natural.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.