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(Un cuento al mes... o más)

martes, 10 de enero de 2017

Como un cuento de niños



¿Has visto cómo cuentan historias los niños? Trataba de responder a su pregunta con otra pregunta. Había aprendido que era el modo más seguro de no responder. Me miré los pies enterrados en la arena negra mientras el ruido del agua se acercaba y se alejaba con el viento. Podía sentir el rugido del Teide a mis espaldas. Me lo imaginaba, claro. Recordaba un sonido hondo como el de un huracán quieto que saliera del centro de la tierra y me contaba a mí misma que ese era el ruido del volcán.

Unen una frase con otra, sumando una cadencia que tiene el ritmo de la narración, dije desenterrando los dedos de la arena. Eli me miró con un gesto de duda. Esperaba una respuesta pero ya había intuido que iba a dar primero un largo rodeo. Me conocía bien y prefirió esperar. En los largos días que habíamos pasado en la isla habíamos evitado a toda costa hacernos demasiadas preguntas. Paseamos por las calles y las plazas hombro con hombro, mi brazo enganchado en su brazo, juntas las caderas y los pies siguiendo el mismo ritmo. Nos perdimos en recovecos y callejones. Admiramos los olivos en el centro de una plaza, los patios llenos de palmeras y abiertos al cielo, los dragos milenarios recostados a los muros, sin hacernos preguntas.

Pero no necesariamente avanzan del principio al final, agregué sacudiendo un poco los pies. Era un acto reflejo, la arena no iba a quitarse hasta que me metiera en la ducha. Pero los hábitos no mueren así de simple. Se siguen repitiendo sin lógica alguna aunque no ayuden en nada a superar una incomodidad o a sobrevivir el resto de la tarde. Pueden retroceder o dar vueltas o quedarse detenidos en un punto, le dije escuchando otra vez el rugido del Teide. La arena negra me recordaba que estábamos encima de una tierra viva que podía explotar en cualquier momento. La guía de turismo que llevábamos de un lado para otro decía que los expertos monitoreaban de cerca el volcán. Ninguno de los dos pensaba que era suficiente saber eso para dejar de tener miedo.

Lo que importa es la suma de frases que tienen el sonido y la cadencia de una historia que se desarrolla, expliqué con el tono del que le habla a un extraterrestre o a una máquina que aprende a escuchar. Eli había dejado de mirarme y seguía el ir y venir de las olas en la orilla. No sabía si me estaba escuchando y no importaba mucho. Nuestras conversaciones a veces se inundaban de lentos monólogos que eran como esas piscinas naturales que se llenan de agua con las mareas altas. Y así como cuando la marea baja, y los pozos profundos que deja el mar al retirarse se aquietan sobre sí mismos, nuestros diálogos se abisman a veces en largos silencios de un solo lado.

Esa es la manera como los seres humanos nos hemos arrullado los unos a los otros en los momentos de trabajo o de ocio o antes de dormir, seguí diciendo. Es una forma de la música, agregó Eli como si se hubiera olvidado de que me estaba escuchando hablar. Pareció sorprendido con el sonido mismo de su voz y se quedó otra vez callado. Nos levantamos casi al mismo tiempo, recogimos los pareos, los bolsos y los sombreros y con las sandalias en las manos caminamos hacia la acera enterrando por última vez los pies en la arena negra.

Contar y escuchar cuentos tiene menos que ver con historias que comienzan y terminan, dije convencida, que con el oído que busca una melodía a la cual acogerse como quien busca la sombra frente a la resolana o lo seco ante el aguacero. Eli arrugó la cara mientras me abría la puerta del Smart que habíamos alquilado para rodar por las carreteras de la isla. No le gustaba cuando mis frases sonaban pretenciosas y ese era el gesto con el que me hacía saber que estaba al borde de perder la paciencia. Era mi turno de manejar y le pedí las llaves. Di la vuelta para entrar por el lado del conductor sin dejar de hablar.

Contar historias es una forma de la compañía, de la solidaridad y la camaradería, dije mientras maniobraba para sacar el carro del puesto mínimo en el que habíamos logrado estacionarlo. Es hacer hogar, tener familia, dije antes de mirar cómo la cara de Eli se iba suavizando en un gesto de resignación. La carretera reverberaba creando espejismos de agua que se desvanecían al acercarnos. Un burro viejo pastaba en la orilla al lado de una casa en ruinas de la que solo quedaban en pie dos paredes sin puertas ni ventanas.

Nuestra aldea extendida es la aldea de los que cuentan las historias que queremos escuchar, dije parándome en seco antes de entrar a una redoma en la que no circulaba un solo carro. Dos días atrás, una enorme camioneta había aparecido de la nada en un cruce casi exacto a este. El escándalo de la corneta que tocó para que me quitara del medio seguía sonando en mis oídos. Arranqué con toda precaución. Nos sintonizamos con los que cuentan esas historias a través de una cadencia, como cuando elegimos la música que nos gusta por el ritmo que nos produce en el cuerpo, dije buscando el letrero que indicaba el camino a Santa Cruz y puse la luz de cruce para salirme del círculo de asfalto, aunque nadie más pudiera verla.

Las historias nos unen o nos separan y el gusto que sentimos por ellas no pasa por la voluntad o la conciencia, dije. Eli se había quedado quieto mirando por la ventana. De un lado a otro de la carretera seguía pasando el paisaje seco interrumpido a veces por los olivares retorcidos. Al fondo, el mar azul índigo entraba y salía de nuestro ánimo, como si quisiera recordarnos que nada se acaba de verdad. Es una entrega primitiva y básica que nos conecta con la hoguera ancestral y la cueva arqueológica, expliqué.

Poco importa que las palabras estén hoy representadas en papel o en imágenes sobre una pantalla, dije respondiendo a una pregunta que Eli en realidad nunca me hizo. A veces discutía con él aunque no dijera nada para contrariarme. Y esa vez, en ese viaje en el que tenía que contarle tantas cosas que no iban a gustarle, yo me empeñaba en construir un argumento como si conversáramos, como si no fuera yo la única que hablara. Del mismo modo que había imaginado y vuelto a imaginar tantas veces la manera como iba a tener que decirle que la última vez que nos vimos todo había coincidido de la forma menos esperada y como resultado de todas esas imprevistas coincidencias yo tenía casi cuatro meses de embarazo.

La reacción es la misma, dije. Una vez que la historia ha comenzado y hemos aceptado su ritmo y su cadencia ya no podemos salirnos. ¡Isa! gritó Eli para avisarme que un enorme camión se nos venía encima justo cuando entrábamos en la autopista que llevaba a la ciudad. Como si un río caudaloso y ancho nos hubiera atrapado y nuestra única salida fuera seguir dentro de él hasta el final, sacando a veces la cabeza para recobrar el sentido de estar vivos, seguí diciendo sin inmutarme por el asalto del camión.

Aquella letanía empezaba a tener cada vez menos sentido y el viaje mismo a la capital me incomodaba cada vez más. No quería ir a la ciudad. Ya la conocía. Era tranquila y lenta, como los pueblos grandes que no tienen ganas de ser nada más que eso. Pero Eli se había empeñado, porque solo había estado en Santa Cruz de paso y quería cenar en un lugar urbano, lleno de ruido y de olores intensos. Hasta el último momento me había negado. Pero esa tarde en la playa de arena negra, después de haberme animado por fin a contarle lo del embarazo, dejé que me convenciera de que no había una mejor manera de terminar ese viaje que con una cena en la ciudad.

Hasta que el caudal nos suelta en una playa y ahí nos quedamos resoplando y huérfanos, a la espera de que otra historia nos atrape, dije cuando entramos al estacionamiento en la Avenida Tres de Mayo. Mi perorata sobre las historias se había terminado y parecía que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Me faltaba contarle lo del aborto, pero para llegar hasta ahí necesitaba un nuevo impulso.

Caminamos por la ancha avenida rumbo al mar. Queríamos ver el auditorio que había diseñado Calatrava. Tomamos fotos de la estructura blanca contra el cielo azul. Imaginamos una paloma y un nido, un ángel y un dragón. Nos maravillamos de las formas aladas y puntiagudas y nos contamos historias, como los niños, sobre espantos, criaturas mitológicas y extraterrestres hasta que estuvimos a punto de aburrirnos y nos fuimos a cenar más bien temprano.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.