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Cuentos de la Caldera Este

(Un cuento al mes... o más)

martes, 5 de septiembre de 2017

Corazones rotos


El contraste entre el sol de afuera y la fresca oscuridad de adentro me hizo sentir bien de inmediato. Respiré hondo para recobrar los olores que no había olvidado. Maderas pulidas, papeles, telas, pinturas. Di dos pasos hacia el centro y escuché, con los ojos cerrados, el tic tac del reloj. Entonces caminé hacia la derecha y miré la pared llena de colillas de cigarros. Me acerqué a leer los minúsculos letreros escritos a mano. Eli se había quedado atrás, en el centro de la espiral pintada en el piso. Le di tiempo para que se acostumbrara a la penumbra del lugar y al modo peculiar en el que había que recorrer aquel espacio. Yo me había sentido igual la primera vez que había entrado en el Museo de la Inocencia. Por eso había insistido en que volviéramos.
Cuando Eli se me acercó comencé a explicarle lo que significaba aquella pared. Yo había leído la novela y todas las entrevistas que había encontrado en las que Orhan Pamuk explicaba el proyecto de construir una casa, al mismo tiempo que escribía la historia de la relación de dos personajes que se amaron y lograron mantenerse juntos, incluso cuando el destino se empeñó en separarlos. Pero Eli no quería que yo le contara mi versión del asunto. Había aceptado el aparato electrónico que le ofrecieron cuando pagamos las entradas y ya tenía los audífonos puestos. Mientras escuchaba la voz que iba a guiarlo a través de la exhibición mantuvo un gesto ausente que no cambió hasta el final de la visita.
Me había costado un poco convencerlo de que valía la pena pasar toda una tarde en el museo. Esa mañana, mientras caminábamos por la penumbra de las cisternas, traté de explicarle de qué se trataba. Le hablé de la novela y de la idea de convertir la ficción en un espacio concreto lleno de los objetos que se nombran en la historia de dos personajes desdichados. Le conté que había estado allí antes y que me había enamorado del lugar desde que supe que Pamuk lo estaba construyendo. Le mostré en el mapa el vecindario, la calle Cukurma, la esquina en la que se cruza con la calle Dalgic y el camino para llegar desde la Torre Galata que quedaba a dos cuadras del hotel donde estábamos. La larga explicación no ayudó mucho. Teníamos apenas dos días para volver a los lugares que amábamos de esa ciudad en la que nos habíamos encontrado tantas veces y Eli me había anunciado ya que este sería nuestro último encuentro.
Estambul parecía erizada de presagios. El Bósforo ya no era tan azul. En los callejones oscuros había nuevas sombras. Los refugiados de Siria y otros países en guerra se acumulaban en las esquinas y los portales. Los niños pedían con una mano extendida o con la mirada hueca, repitiendo un rezongo que tenía la cadencia de una canción de cuna. La gente que caminaba por las aceras rotas los miraba de reojo sin disminuir el paso. No parecía un buen tiempo para encerrarse en un museo lleno de cosas viejas, cuando afuera se estaba desarrollando el drama de toda una generación. Aún así, después de almorzar, Eli aceptó que nos acercáramos al vecindario en el que tiempo atrás había vivido la colonia griega y que desde entonces recibía sin resistencia cada nueva ola de inmigrantes.
Caminamos por los angostos callejones y las calles cubiertas de adoquines, un poco perdidos pero confiados en que íbamos a encontrar la esquina que estábamos buscando si bajábamos un poco más por el borde de la calle, pegados de los muros cada vez que pasaba un carro. Mirábamos con un gesto de reconocimiento las casas de ventanas enrejadas y los pequeños negocios donde vendían herramientas o lámparas. Algunas zonas del centro de Caracas nos venían a la memoria, una calle comercial en el centro de Juan Griego, una transversal llena de luz en el cruce con la Avenida 20 de Barquisimeto. Sólo los letreros y las frases enrevesadas y rápidas que escuchábamos en alguna esquina nos hacían recordar que no estábamos en una de nuestras ciudades. Todo lo demás nos resultaba familiar, incluso los olores a pan recién hecho, a fritanga, a naranjas podridas, a orines de borrachitos mezclados con los de perros y gatos.
Dejé a Eli solo en el primer piso y comencé a subir las escaleras. Me di cuenta de que el espacio era mucho más pequeño de lo que recordaba. Un par de años atrás había visitado el museo en uno de esos viajes relámpago que tuve que hacer por trabajo. Recordaba con una claridad dolorosa la sensación que tuve en ese momento de estar entrando en mi propia vida. Pensé que si yo pudiera meter todos mis sentimientos en unas cuantas cajas llenas de objetos y después meter todas esas cajas en una sola casa, mi vida entera no sería demasiado diferente a esto. Y, al mismo tiempo, las diferencias eran tantas. Para empezar, pensé, la noticia de mi muerte sería un alivio inmenso para Eli, que después de mi desaparición de la faz de la tierra iba a poder vivir, por fin, en paz.
Miré las vitrinas sin respetar el orden en el que debía recorrerlas: cada vitrina un capítulo. Me dejé llevar más bien por esa misteriosa afinidad con los objetos que uno va acumulando en la vida. Miré primero los relojes y los ganchos de pelo. Recordé el primer reloj que me habían regalado cuando era una niña. Era un reloj de plástico, negro con un fondo blanco, en el que aprendí a responder cada vez más rápido cuando mi papá me preguntaba qué hora era. Traté de recordar otros relojes haciendo una lista mental vinculada con los distintos lugares en los que había vivido. Mi memoria estaba siempre anclada a las casas, los apartamentos, las habitaciones, los locales, por los que pasé de largo sin quedarme nunca. Pero eran tántos que hacía tiempo había perdido la cuenta.
Si yo intentara convertir el tiempo que había vivido en espacio y representar en ese espacio todos los objetos que evocaban mi existencia, recuerdo que pensé la primera vez y volví a pensar en ese momento, no sería capaz de encontrar un lugar suficientemente grande. Pero reconocí que el ejercicio consistía en abstraer, en condensar en unos pocos objetos, un sentimiento a veces difuso. Por más que hubiera vivido en lugares tan distantes y tan diversos, tal vez algunas cosas se habían mantenido constantes. Pensé en las cartas que Eli y yo habíamos intercambiado por más de veinte años y me imaginé un gabinete lleno de esos papeles que ya no existían. Los habíamos quemado en un ritual conjunto la tercera o cuarta vez que decidimos que no nos veríamos más. Tal vez eso era todo lo que podíamos mostrar en un gabinete que representara el tiempo que pasamos juntos: un montón de cenizas.
Pero las cartas habían seguido llegando. Una semana antes de viajar, Eli me había comunicado la razón de este último encuentro en un texto escrito de su puño y letra, en esa tinta azul que le gustaba tanto y yo conocía tan bien. Cuando llegaban cartas escritas a mano la piel se me erizaba. Ella sabe que seguimos viéndonos, decía la carta, y yo ya no puedo continuar con esta vida. Nos habíamos despedido para siempre muchas veces por esa misma razón. Pero el tiempo pasaba y volvíamos a juntarnos. En ese momento pensaba que esta vez no sería diferente.
Me paré frente al gabinete con el número 9. Su título era simplemente F. Detrás de lo que parecía el jergón metálico de una cama muy vieja se amontonaban objetos que formaban una masa compacta. Relojes, fotos, libros, papeles, cajas, un pote de madera, un cinturón, una radio, un zapato blanco, un cepillo, una lámpara, un pañuelo bordado. Una acumulación que parecía caótica y que, sin embargo, contaba sin palabras la historia de una vida. El modo como el tiempo se vuelve sobre sí mismo estaba todo ahí, narrado a través de ese amontonamiento de cosas dispares. Mirando aquella radio antigua me acordé de mi abuela, de la casa en la que vivió por más de medio siglo y que hasta el último día de su vida llenó de cosas que apenas llegó a usar.
Por contraste, sentí el vacío de mi propia vida. Desde que tengo memoria he intentado vivir sin acumular. He luchado con furia contra esa herencia que reconozco en mi tendencia a coleccionar piedras y caracoles, cajas y postales. Cada vez que alcanzo a vivir un par de años en un lugar las ventanas se llenan de piedritas y conchas marinas, las cajas de distintos tamaños se acumulan en las mesas. Cada vez que me mudo regalo las cajas y boto sin compasión a la basura las piedras y las conchas. Empiezo de cero cada vez, despojándome de la ropa y los libros que me recuerdan lo que ya no soy. Por eso, pensé mirando el gabinete número nueve, aunque quisiera no podría mostrar las marcas que han dejado en mi vida los objetos que he preferido no acumular.
Cuando estaba a punto de subir al tercer piso Eli se acercó despacio escuchando lo que decía la voz sobre la espiral que se veía desde la escalera. Siempre habíamos tenido dos ritmos diferentes para todo y eso incluía el ritmo con el que mirábamos los objetos en un museo. Yo me detenía en unos pocos que me llamaban la atención después de hacer un paneo rápido. Eli iba parándose frente a cada letrero, cada mínimo detalle, sin apurarse nunca. Por eso nos habían sacado tantas veces de museos y galerías a punto de cerrar. Le hice un gesto con la mano para indicarle que iba a subir, pero no me hizo caso. Estaba absorto y me pareció ver un punto de tristeza en su mirada perdida.
Miré los gabinetes del segundo piso sin detenerme mucho y después me senté a leer la versión en español de la novela. La había leído originalmente en inglés y me daba curiosidad ver cómo habían resuelto algunos detalles en la traducción. Estaba corrigiendo mentalmente el acento castizo para hacerlo más latino cuando se acercó una mujer cubierta con un velo. El pañuelo que llevaba en la cabeza era de ese color vinotinto que está entre mis colores favoritos. Respondí a su sonrisa con un gesto amable, cambiando un poco mi postura para indicarle que no me molestaba que se sentara en el mismo banco en el que yo estaba.
Vi que eligió entre las muchas versiones la traducción al francés. Abrió el libro en un capítulo que parecía conocer bien y leyó por un rato. Casi me olvido de ella. Pero un sonido inconfundible comenzó a sacudirla y por instinto le toqué un hombro y le pregunté en inglés si estaba bien. It´s so sad, me dijo. Sí, le respondí, es una historia muy triste. Me refería a la historia que contaba la novela y que el museo replicaba. Pero de inmediato me di cuenta de que ella también veía ahí algo de su propia vida. Dos inmensas lágrimas corrían por su cara cuando me preguntó de dónde era. Pronuncié el nombre de mi país como lo haría un extranjero. Vi un gesto de reconocimiento en su mirada. De inmediato se limpió las lágrimas y tragó grueso. I am so sorry, me dijo.
No supe si aquella disculpa tenía que ver con mi país o con el despliegue de tristeza que acababa de presenciar o con la tragedia misma de vivir. No pude seguir sentada frente a ella. Me despedí un rato más tarde tratando de no parecer descortés y la dejé sola con su dolor y sus recuerdos. Tenía suficiente con mi propio corazón roto. No quise subir a ver la cama en la que Kemal le contó a Pamuk su obsesión por la mujer que amó hasta el punto de quedarse a vivir para siempre entre sus cosas. Apenas miré de reojo a Eli cuando bajé. Esperé en la tienda, viendo las réplicas de aquellos objetos que habían dejado de ser imaginarios. Si quería, podía comprar un par de zarcillos como los de Fusum y usarlos como si fuera la heroína de una historia eterna, como una Julieta perdida en el tiempo.
Miré el catálogo en el que se contaba todo el proceso de remodelación de la casa. Me acordé que una vez, visitando un conventillo en Buenos Aires, habíamos imaginado un museo en La Pastora. Traté de recordar esas calles en las que viví durante unos meses apenas. Las casas de aspecto colonial, las altas ventanas, los portones y los aleros. Pero sentí que se trataba de otra vida y en ese momento Estambul me parecía mucho más real que la ciudad en la que había nacido. Los objetos dispersos que volvía a mirar en las fotos del catálogo me produjeron una repentina tristeza. Al final todo se reduce a esto, pensé. Todo amor es imposible porque podemos romperlo en pedazos.
Cuando Eli bajó por fin y salimos a la calle estuvimos callados por un rato largo. Intercambiamos nada más un par de frases para decidir dónde comer. Frente a dos inmensos platos de albóndigas con arroz discutimos sobre el museo y la memoria, sobre los objetos y el tiempo. Eli decía que no era verosímil, que era demasiado artificial, e insistía en exponer los límites de una idea que a mí me parecía no sólo hermosa sino casi sublime. Le dije que para mí era la realización física de un sueño. Estábamos hablando del museo, pero en realidad hablábamos de otra cosa y los dos lo sabíamos. Para aliviar la tensión de la aquella discusión que no tenía fin, le conté sobre la mujer que lloraba en el segundo piso. Nos quedamos callados un largo rato esperando el café. Ya falta menos, dijo Eli. No tuve ánimo de responderle que entendía como nunca de qué estaba hablando.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.