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Cuentos de la Caldera Este

(Un cuento al mes... o más)

martes, 17 de octubre de 2017

Aquí y ahora

No soy creyente. Nada que haya experimentado en carne propia me ha llevado a aceptar la posibilidad de lo sobrenatural. No he sentido jamás la presencia de ninguno de mis muertos y no tengo esperanzas de encontrármelos en ningún más allá. Pero he tenido amigos que creen y a través de su fé he visto un universo totalmente ajeno al mío. Creer en el más allá le agrega una dimensión al mundo de la que carecemos los que pensamos que sólo existe el aquí y el ahora. Blanca oscilaba entre esas dos opciones. No las sentía contradictorias. Simplemente aceptaba sus urgencias místicas como una debilidad que se le venía encima en los tiempos duros. Cuando estaba de buenas con el mundo y todo parecía funcionar era una descreída fría y racional. Pero si la asaltaban las dudas y se sentía en medio de la oscuridad, entonces le resultaba natural consultar el tarot, el I Ching o los caracoles.
Durante algunos períodos de su vida cargaba un I Ching portátil al que llamaba con reverencia el libro de los cambios. Lanzaba sus tres monedas una y otra vez y se quedaba absorta mirando la figura que se iba formando. Después leía en voz alta el resultado y trataba de descifrar el oscuro designio del libro con una seriedad que daba más miedo que risa. Conocía gente que leía desde el Tarot hasta las runas celtas, pasando por la carta astral y los chacras. No le importaba que se tratara de una industria montada sobre la idea de pescar incautos. Ese universo esotérico era el lugar en el que se refugiaba cuando se sentía vulnerable. Cuando se le pasaba la racha oscura, era capaz de analizar con la cabeza fría todo el procedimiento, como una antropóloga que hubiera viajado a un lugar remoto a presenciar los rituales paganos de una tribu salvaje. Pero mientras estaba en medio de lo que ella llamaba el crudo desasosiego, citando a Pesoa, se dejaba llevar por los diagnósticos y los consejos de cuanto charlatán se le cruzara en el camino.
Una vez la acompañé a leerse el Tarot. La muchacha que le leía el destino en las cartas se llamaba Mariana y vivía en el tercer piso de un edificio que daba a la Plaza Brión de Chacaíto. El día que la fuimos a ver el ascensor no servía y tuvimos que subir por unas escaleras que olían a desinfectante. Mariana nos abrió la puerta y lo primero que me sorprendió fue su aspecto simple. Estaba vestida de jeans y franela, como cualquier estudiante de la universidad. Tenía el pelo muy corto y no usaba maquillaje. Nos hizo quitarnos los zapatos al entrar. Ella andaba en plantilla de medias y sin hacer ningún ruido, como si levitara, nos guió hasta la sala. Por los ventanales entraba la luz oblicua de la tarde. Nada en el lugar indicaba la presencia de lo esotérico. Ni incienso, ni velas, ni trapos de batik, ni bolas de cristal. Sobre el sofá había un gato amarillo que ni se movió cuando entramos y no parecía tener nada que ver con lo que pasaba a su alrededor.
Yo desconocía el procedimiento de las cartas, así que para mí todo era una novedad. Por eso había aceptado acompañarla. Quería ver, de manera objetiva pero a corta distancia, cómo funcionaba aquella máquina fascinante de hacer creer. Mariana me hizo sentar en el sofá, al lado del gato. Nos explicó que si yo estaba muy cerca las cartas se confundirían por la mezcla de vibraciones de las dos. Blanca se sentó frente a una mesa de vidrio. Mariana le pidió que no cruzara las piernas ni los brazos y comenzó a barajar un mazo de cartas enormes y bastante usadas. No hizo ningún gesto para concentrarse o ponerse en sintonía con lo que sea que estuviera más allá. Al contrario, sus manos se movían con la destreza de un crupier en un casino de Las Vegas. Cuando terminó de barajar puso el mazo frente a Blanca y le pidió que cortara la baraja en cuatro.
Recuerdo menos lo que siguió después. Veía las barajas sobre la mesa y escuchaba las explicaciones de Mariana, pero todo el discurso me había comenzado a sonar impenetrable. Los nombres de las cartas estaban en inglés y Mariana los pronunciaba de una manera extraña. Creo que eso fue lo que me distrajo. Las cartas eran volteadas sobre la mesa y seguía una explicación en la que predominaban los mensajes en clave. Puertas que se abrían, caminos que se enderezaban, permisos que se concedían. Todo sonaba abstracto, alejado de los problemas reales que yo imaginaba que estaban en la mente y en el ánimo de Blanca. Desde el sofá no podía ver su cara, apenas alcanzaba a ver su perfil iluminado por la luz cada vez más tenue que venía de afuera. Tal vez por eso me sorprendió escuchar que lloraba. Mi primer instinto fue acercarme, pero Mariana me detuvo con un gesto firme de la mano izquierda que hizo que regresara al sofá como una niña obediente. Entonces entendí que la sugestión no se basaba en la debilidad del que consulta sino en la convicción absoluta del que pronuncia las sentencias del oráculo.
Hay una fuerza, un poder en esa creencia. Es la convicción del actor que mientras encarna al personaje de ficción lo convierte en un ser real. Cualquier performance es un desplazamiento hacia un mundo otro y aquella lectura de cartas que diagnosticaban el presente y auguraban el porvenir no se diferenciaba en nada de una puesta en escena. Nos entregamos a la ficción porque necesitamos salirnos de lo mismo, del cuerpo usado que somos y que nos resulta tan conocido. Eso es creer. Vivir en ficción en estado permanente sin regresar nunca al tiempo real, sin volver a la calle cuando cae el telón. Esa era la conclusión a la que estaba llegando antes de escuchar a Blanca llorar. Pero su llanto era demasiado real para entrar en la cómoda definición de lo ficticio.

Esperé. Traté de respetar su proceso, como decía ella. Dejé que el gato me oliera los dedos y después le acaricié despacio las orejas. Se fue volteando poco a poco hasta quedar patas arriba. Le acaricié la barriga y dejé que me clavara un par de uñas en la palma de la mano. Necesitaba distraerme. Dejar pasar ese momento que parecía invadirlo todo y amenazaba con arrastrarme. En algún momento las dos se levantaron. La sesión había terminado y ya podíamos irnos. Bajamos las escaleras en silencio. Afuera nos esperaba la última luz de la tarde. No me atreví a preguntar qué había pasado. Hasta hoy tengo la sensación de haber presenciado ese día una revelación que fui incapaz de comprender. Ninguna teoría iba a explicarme la angustia que había sentido al ver su reacción frente al destino que las cartas le imponían. Tiempo después supe que Blanca estaba decidiendo, justo en ese momento, abandonarlo todo para siempre. 

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.