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Cuentos de la Caldera Este

(Un cuento al mes... o más)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los presuntos


Debe ser terrible pasar la vida entera viviendo en una mentira, dijo la mujer en la mesa de al lado. La escuchamos con toda claridad y nos miramos fijamente por un segundo. Era una frase se me había ocurrido muchas veces, en todas las versiones imaginables, pero nunca me había atrevido a decirla en voz alta y menos delante de Eli. No tuve que hacerlo. Esa tarde, en un viejo café de Lisboa, alguien la había dicho por mí. Hay palabras que revelan un universo entero y en ese momento Eli me miró como si hubiera entendido que ya no había vuelta atrás.

Nos habíamos citado otra vez en Lisboa porque queríamos visitar la ciudad en primavera. La última vez que nos encontrmos en esa ciudad que nos gustaba tanto había sido en un verano tan caliente y húmedo que no pudimos caminar por la calle por más de media hora durante el día. Lisboa nos debe una primavera, le había dicho yo a Eli cuando nos despedimos. Eli había dicho que sí con la cabeza pero, como siempre, se había negado a prometerme nada. De todos modos, yo sabía bien que nuestros encuentros no siempre respondían a planes premeditados. A veces nos juntaba el trabajo, a veces el simple azar. Preferíamos pensar que no estaba en nuestras manos.

Llegamos a Lisboa en vuelos separados y nos encontramos en el hotel a la hora del desayuno. La conferencia a la que habíamos ido a trabajar como intérpretes comenzaba al día siguiente y teníamos unas cuantas horas para pasear por las calles empinadas y perdernos en los recovecos de aceras angostas y casas abandonadas. Tratábamos de evadir los lugares turísticos, pero yo necesitaba cumplir mi ritual de ir a la Rua Garret del Chiado a comprar un libro en la librería más vieja del mundo y a sentarme después al lado de Pessoa en el café A Basileira. Eli me acompañó también esta vez con una resignación de viejo. Cumplido el ritual, que incluía una taza de café y un clavel rojo, nos fuimos a buscar un restaurant que nos había recomendado un colega.

Por nada del mundo nos podíamos perder el bacalao asado de aquel lugar, nos había dicho un colega portugués que trabajaba para una agencia rival. Más que la recomendación, nos había convencido el nombre. El sitio se llamaba Solar dos Presuntos. Eli llevaba la dirección anotada en un papel y yo iba haciendo alarde de las inmensas ventajas de tener un teléfono inteligente. Nos adentramos en el Barrio Alto siguiendo las instrucciones del aparato que nos indicaba cuándo debíamos cruzar a la izquierda o a la derecha, mientras tratábamos de ponernos al día. No habíamos podido hablar mucho durante el desayuno, porque todos en el comedor estaban comentando el suicidio de un periodista que había sucedido esa misma madrugada. Era el corresponsal de una cadena de noticias y lo habían encontrado en su habitación sin signos de vida. Se hablaba de sobredosis accidental. Pero el suicidio les sonaba a todos más dramático.

¿Te acuerdas cuando la conociste? Estábamos parados en una esquina de la Avenida da Liberdade esperando que el aparato se reconfigurara para indicarnos la ruta que debíamos seguir. Al parecer las calles de Lisboa no están hechas para ese tipo de aplicaciones. Le pedí a Eli que repitiera la pregunta aunque había escuchado claramente lo que me había preguntado. Me acuerdo, respondí al fin, con una especie de resignación. Llevábamos tres días estudiando para un examen oral del que dependía nuestro futuro, o así lo creíamos en esos años en los que todo era un asunto de vida o muerte. Era tarde y nos estábamos despidiendo hasta el lunes siguiente cuando Eli nos invitó a todos a seguir estudiando el sábado en su casa.

Llegamos a eso de las nueve. La mujer de Eli nos había preparado desayuno. Después que comimos nos saludó a todos con esa amabilidad estudiada de los que sienten una profunda indiferencia hacia los desconocidos y nos dejó solos. No la vimos más. En la tarde, cuando ya no podíamos sostener una idea por de tres segundos seguidos todos se fueron despidiendo y yo me fui quedando sin saber por qué. Me imagino ahora que quería volver a ver a esa mujer que ya en ese momento sabía que iba a incrustarse en mi vida para siempre. Como a las siete asomó la cabeza desde el pasillo. Isabel, me dijo con una sonrisa encantadora, ¿te quedas a cenar? Recuerdo que me impresionó que se acordara de mi nombre. Mientras caminábamos hacia la cocina Eli me explicó que su mujer había desarrollado una memoria infalible para los nombres después de toda una vida dando clases. Comimos conversando de todo un poco y después me despedí con algo de apuro, inventando una supuesta visita familiar que tenía que hacer al día siguiente. De eso hace ya veinte años.

¿Sigue siendo bonita? La pregunta no quería ser sarcástica, pero no pude evitar que sonara como una acusación. Eli no respondió. Me quitó el teléfono de la mano y echó a andar por el callejón que aparecía en el mapa del app que nos estaba guiando. Dos cuadras más abajo el aparato anunció que nuestro destino estaba a la izquierda, pero lo que veíamos de ese lado de la calle era un enorme caserón cerrado a cal y canto. Apenas había gente en la calle. Olía a tortas de nata y a geranios. Decidimos usar un método más confiable y con el papel en la mano entramos a preguntar en una panadería de la Rua da Fé. La joven que nos atendió salió a la calle con el papel en la mano y nos explicó con toda claridad y abundancia de gestos lo que quebíamos hacer para llegar al Solar dos Presuntos.

Todos los días le digo que es hermosa, me aclaró Eli mientras caminábamos. Sí, pero la pregunta es si se lo dices porque es verdad. Habíamos llegado. Nos dio mala espina el cartel de luces de neón en la puerta, pero ya estábamos ahí. Eli me dejó pasar primero sin decir nada y entramos a un lugar que resultó más formal de lo que esperábamos. Sillas altas de madera, paredes forradas de fotografías antiguas, altos ventanales, demasiados espejos. El bacalao resultó mucho mejor de los que imaginamos y yo me atreví a pedir un vino verde, que era el único licor que me permitía tomar muy de vez en cuando. Ya no sé qué es verdad, dijo Eli saboreando el último bocado y justo antes de que aquella mujer de peinado alto y pestañas postizas pronunciara la frase sobre una vida llena de mentiras. Eso era lo que yo hubiera querido decir y ya estaba dicho.

Más de una vez, al verme bajar las escaleras o entrar en una sala, había visto que Eli estaba a punto de pronunciar una frase de elogio. Y cada vez lo vi quedarse atascado al principio de una palabra que no terminaba de salir de su boca. Su cuerpo entero se tensaba por un segundo como si le costara un enorme esfuerzo obligarse a callar. Yo veía con tristeza aquella lucha muda y me conformaba con el resultado. Un suspiro apenas, una luz en los ojos, media sonrisa. No necesitaba nada más. Había aprendido mucho tiempo atrás que todos los elogios eran para ella y que a mí me tocaban los silencios. Todo es mentira, dije por decir algo. Y levanté mi copa de vino verde para brindar por las medias verdades.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.