Cuentos de la Caldera Este

(Un cuento al mes... o más)

jueves, 21 de julio de 2016

Road movie


Cuando me preguntó para dónde iba no supe qué responderle. A la mitad del viaje ya ella me había contado casi toda su vida, con esa confianza con la que a veces hablamos con los extraños. Y era una historia contada como si fuera una sucesión dolorosa de muertes. Por eso, al principio, me dio más bien pena decirle que iba a recoger una moto que había dejado un primo. Es verdad que él también estaba muerto. Pero no era lo mismo.
Sus muertos comenzaban desde antes de que ella naciera y seguían sin parar hasta este viaje en el que iba a enterrar a su hermana. Había regresado desde una remota ciudad europea, creo que dijo que era Londres, después de haber pasado años sin querer volver. Pero le tocó regresar, porque no podía imaginarse a su hermana muerta y tenía que verla, tocarla, despedirse, enterrarla. Le pregunté cómo había muerto y me arrepentí antes de terminar de hablar. Su cara se descompuso en un gesto de dolor que yo había visto antes en mi tía, en mi mamá, en mi abuela.
Las mujeres parecen tener una forma de sufrir que no es de este mundo. A mí me tocó decirle a mi tía que habían matado a Quico, a mi primo Francisco, que era como mi hermano, porque crecimos juntos en la misma casa jugando en el mismo patio y pateando las mismas calles. Me tocó darle la noticia en plena madrugada. Y cuando se lo dije, de un solo golpe, que es la única manera en que esa noticia se puede dar, vi la misma cara de dolor infinito. Un dolor que parece salir de adentro, no del cuerpo sino de la tierra. Una tristeza honda que cuando se dispara llega lejos y lo alcanza todo.
Desde que subí al autobús le había visto esa tristeza instalada en el gesto ausente de mirar por la ventana. No sé si fue por eso que elegí sentarme a su lado. Porque pensé que dos tristezas se podían acompañar mejor que dos aburrimientos o incluso que dos alegrías falsas. Me molestan las señoras conversadoras y los viejos echadores de cuentos. Cuando viajo, siempre en autobús, siempre para cumplir con algún trabajo, nunca por paseo puro y simple, prefiero el silencio. Necesito concentrarme y estar alerta, porque en mi trabajo los detalles son importantes.
Nos mantuvimos en silencio durante las primeras dos horas. Ella leía en un aparato de esos que hay ahora en los que las páginas aparecen en una pantalla sin ruido, sin olor a tinta, casi sin peso. Por lo que pude ver el libro que estaba leyendo no era en español. Me pareció que leía en inglés. Leía y volteaba a mirar por la ventana levantando apenas la cortina con un dedo. Yo escuchaba música con los audífonos bien apretados dentro de las orejas. Y la miraba de vez en cuando por el rabillo del ojo.
Me di cuenta de que me estaba hablando cuando me tocó el brazo con esa levedad que tienen las manos de los niños. Me saqué el audífono de la oreja derecha para escucharla. Quería salir, me dijo. Tenía un gesto de urgencia que me preocupó. A dónde, le pregunté. Le expliqué que estábamos en plena carretera y que el autobús no se iba a parar hasta dentro de una media hora larga. Mientras le hablaba la veía respirar hondo y mirarme la cara entera, de arriba a abajo, como si buscara una respuesta diferente que yo no podía darle.
No sabía qué hacer. Le pregunté si necesitaba ir al baño, si quería vomitar. Me decía que no con la cabeza y repetía que quería salir. Necesito salir, decía. Me levanté para dejarla pasar y ella se paró en el medio del pasillo. Dio un par de pasos hacia adelante y otro par de pasos hacia atrás. Respiró hondo. Los pasajeros que estaban despiertos la miraban sin entender para dónde iba. Volvió a caminar, esta vez más allá, pasillo abajo y pasillo arriba. Sacudía las piernas cada dos pasos, como si necesitara quitarse de encima un peso o un insecto invisible.
Cuando se vino a sentar otra vez, después de dos o tres vueltas por el pasillo, parecía estar más calmada. Me levanté para dejarla pasar a su asiento y le pregunté cómo se sentía. Mejor, me dijo. Pero no es fácil, agregó después de una pausa, cuando yo pensaba que ya no iba a hablar más. Con los audífonos en la mano me quedé mirándola, esperando a ver si se animaba a decir otra cosa. Se acomodó en su puesto y guardó el aparato de leer en el bolso que tenía en el piso. Todo empezó con mi padrino, me dijo. Y de ahí en adelante, por las siguientes dos horas, me contó de sus muertos.
El padrino había sido un tipo grande, con un inmenso vozarrón. Todos lo querían porque tenía un gran sentido del humor y ningún sentido del ridículo. Le decían el peludo, porque los pelos le salían hasta por las orejas. Le gustaba disfrazarse en carnavales, montar a caballo en los desfiles, colear toros en las ferias, hacer picadillos con carne de res seca, lanzarse a cruzar a nado los ríos poblados de caimanes por el puro placer de ganar una apuesta. Todo eso se lo habían contado cuando le explicaban por qué tenía dos padrinos. El que estaba vivo y el que se había muerto. Mucho tiempo después supo que lo habían matado. Pero ella nunca quiso saber ni quién ni cómo ni cuándo.
Sus padres habían muerto juntos, en un extraño accidente de tránsito que nadie le había explicado nunca. Ya no los recordaba. Después estaba una prima. Su muerte había sido natural, pero no por eso menos dolorosa. Leucemia, le habían dicho. Pero a sus catorce años esa palabra no significaba nada. O, más bien, significaba que un cuerpo que apenas comenzaba a vivir podía disolverse en la nada porque la sangre que le corría por las venas se había convertido en un veneno. Así hablaba ella, como en sueños, como leyendo un libro. Con esa claridad de los que se han contado a sí mismos, muchas veces, las mismas historias tristes.
El tío que murió en un accidente de tránsito, el amigo al que mató de un tiro certero un guardia nacional, la otra prima que murió de septicemia en una clínica privada en la que nadie se había hecho responsable, el tío que se suicidó tomándose todas las pastillas de tres paquetes que habían quedado tirados en el piso. El otro tío que se murió de cáncer, la prima que se colgó con su propio cinturón de una viga del techo, los abuelos, las abuelas. Perdí la cuenta. La verdad es que no me puedo acordar de todos los muertos de los que me habló y ya no me da pena confesar que en algún momento dejé de escucharla.
Nos bajamos en una bomba del camino. Ella se fue al baño y yo pude escaparme un rato. Me alejé del alboroto de los pasajeros que compraban café y arepas con queso o sánduches de pernil. Prendí un cigarro y fumé en silencio aguantando las ganas de orinar y de llorar. La vi acercarse a la barra y di un rodeo para que no me viera. Pero llegó el momento en que el chofer nos llamó a todos porque estábamos por salir. Se abrieron las puertas del autobús y fuimos entrando poco a poco. Ella llegó de última y se sentó en su puesto resignada, como quien acepta por fin su destino.
Fue en ese momento que me preguntó para dónde iba y no supe qué responderle. Mejor dicho, le pude decir el nombre del pueblo al que iba. San Carlos, le dije. Y sonó como el inicio de una oración, de una súplica. Y ella se quedó esperando que dijera algo más. Y fue ahí cuando no supe qué decirle. Francisco se había muerto, lo habían matado. Y la historia era que yo iba a recoger su moto. La moto que había dejado guardada en un estacionamiento la misma noche en que dos hijos de su madre lo molieron a golpes y lo remataron a tiros por quién sabe qué razón. Ninguna razón vale.
Le gustaba cantar serenatas y sacar a bailar a las muchachas en las fiestas. Se enamoraba de todas y con la misma facilidad las olvidaba. Había sido un buen estudiante en la primaria, pero en el liceo le había dejado de interesar todo lo que no tuviera una utilidad práctica, inmediata. Y por eso había buscado un trabajo y se había ido de la casa a buscar fortuna, como esos personajes de las películas que tanto le gustaban. Aprendió mecánica y latonería, después se instaló a vivir en una carpintería para aprender el oficio de hacer muebles. Había sido repartidor y chofer de taxi. Mandaba plata todos los meses y soñaba con montar su propio negocio. En ese sueño andaba cuando pasó lo que pasó.
Terminé contándole como pude esos y otros pedazos sueltos de la vida de mi primo muerto mientras ella escuchaba sin cambiar el gesto de profunda tristeza. Le conté que esa noche había ido a visitar a unos amigos que vivían muy cerca de donde trabajaba. Le conté lo que sabía de sus últimos minutos. Y como para dejar de hablar, para no tener que seguir soportando su mirada en mis ojos, le pregunté cómo había muerto su hermana. La mataron, me dijo. No supe en qué momento le pregunté, quién. Pero escuché su silencio abrupto como si se tratara de una advertencia y pensé que ya no iba a escucharla más.
Dicen que fue un vigilante de una tienda, pero nadie se lo cree. Había pasado tanto rato que yo estaba ya a punto de ponerme otra vez los audífonos para matar el tiempo que faltaba antes de bajarme. Tengo unas amigas que están averiguando, preguntando, haciendo todas esas gestiones que se hacen con la policía o la fiscalía o lo que sea. Hablaba casi en un murmullo, como para sí misma. Son abogadas, periodistas. Hay hasta una patóloga, de esas que hacen autopsias en la morgue, me explicó, aunque yo no necesitara la aclaratoria.
Pero la verdad es que yo prefiero no saber. Se los dije varias veces, de todas las maneras. Yo no quiero saber quién lo hizo, ni cómo, ni por qué. Nada de eso me va a devolver a mi hermana. Ningún motivo justifica que alguien tan lleno de vida no exista más. La verdad no sirve para nada frente a la muerte. No es cierto que la justicia nos cure o nos alivie el dolor. Decía cada frase entre una pausa y otra. Largos silencios en los que se escuchaba el esfuerzo que hacía por no llorar, por no empezar a gritar y seguir gritando y no parar nunca más.
Miró otra vez por la ventana. Un rato después pareció recordar que yo estaba todavía ahí sentado a su lado y que también tenía un muerto que llorar. Me preguntó si yo sabía quiénes habían matado a Francisco. Le dije que sí. Le describí a los dos malandros como lo hubiera hecho cualquier vecino del barrio, porque todos los conocían. Me preguntó si estaban presos. Le dije que no. Que los habían detenido por dos días y después los habían dejado libres porque no había pruebas. No hay justicia que valga, murmuró, y esta vez ya no dijo nada más.
El autobús entró a la avenida principal y se estacionó en el terminal haciendo una lenta maniobra como de mastodonte perdido. Ella seguía viaje por un par de horas más. Nos despedimos sin decir nada. Me hizo un mínimo gesto de la mano, que respondí con una sonrisa donde creo que se me notaba un poco la culpa. No tuve oportunidad de contarle que yo era policía y que llevaba encima un papel arrugado junto a mi arma de reglamento. Un papel en el que me habían anotado la dirección donde encontraría a los asesinos de Quico. Porque yo sí sabía cómo hacer justicia y no necesitaba hacerme tantas preguntas.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.