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Cuentos de la Caldera Este

(Un cuento al mes... o más)

viernes, 6 de abril de 2018

Errancias


A veces me da por pensar que mi misión en este mundo es salvar animales. Perros callejeros, gatos perdidos, rinocerontes blancos, ballenas estancadas en playas recónditas. Me vienen así, con todas sus letras, esas imágenes de animales que necesitan ayuda. Me concentro en los perros callejeros porque creo que es lo más realista y lo que tengo más a mano. Pero estoy a punto de convencerme de que en realidad no tengo ninguna misión. Nadie la tiene. Andamos a la deriva como las ballenas desorientadas y los que logran construirse de la nada una razón para vivir no son otra cosa que soñadores que nunca despiertan.

Mucho menos si nos toca deambular, entrenarnos sin ganas en el difícil arte de la errancia. Me negué hasta el último momento. Asistí a todas las despedidas hasta que dejé de llorar por los que se iban, hasta que miré a todos lados y quedaban cada vez menos amigos. De pronto no conocía a nadie. Las calles se llenaron de gente que deambulaba dentro de los límites de ese territorio que creíamos nuestro, por no tener otra opción y no poder dar el salto hacia afuera. Todos nos volvimos desterrados. Entonces me dije que si daba lo mismo deambular por aquí o por allá, tal vez mi lugar estaba en realidad en otra parte. Miraba con ternura a los perros callejeros. Las ballenas todavía no me habían aparecido en el horizonte.

Un día me encontré sin asombro del otro lado de la frontera. Era nada más un paso entre otros muchos. Nada del otro mundo. Seguir andando era lo que quedaba. No necesité siquiera armarme de valor. Lo único necesario era dejarse llevar por una inercia que no se apagaba. Como dicen que anda el universo, expandiéndose siempre después de un primer impulso. Mi primer impulso me dura hasta ahora, aunque es posible que me toque pararme en un punto y decir hasta aquí. Pero no lo veo cerca. Lo que veo es el día a día de andar a la deriva. Llegar cada vez a un nuevo lugar y acostumbrarme por el tiempo que dure la pausa entre un andar y otro.

Tengo una rutina para llevar encima la casa, la hipotética casa que me ayuda a no sentirme siempre a la intemperie. Empiezo siempre por el baño. Pongo la pasta de dientes y el cepillo a la derecha. Los jabones y cremas a la izquierda. Cuelgo la toalla de cara en el primer lugar que encuentre cerca del lavamanos. Sigo después con la cama. Llevo siempre una funda para la almohada. Aunque la cama sea ajena, si cubro la almohada con mi propia funda de algodón blanco siento que reclamo un lugar para mis propios sueños. Lo siguiente es la mesa de noche. Junto los tres libros que estoy leyendo al lado de la cama. Si no hay mesita los balanceo sobre mi maleta junto a las pastillas para dormir. Eso me garantiza que en el momento de acostarme, que es cuando me siento más vulnerable, cuando la soledad se me venga encima como un tsunami, la ficción me salve del ahogo y el miedo.

Después vienen las rutinas de todos los días. Desayunar es imprescindible. Ubico al llegar un lugar donde pueda comprar pan y queso, leche y te. Dejé de tomar café hace ya siglos. Si encuentro huevos y hay donde cocinarlos, el desayuno se vuelve una fiesta. Lavo todo meticulosamente aunque parezca limpio. Trato de suprimir la sensación de asco ante la mugre acumulada y los olores que se despiertan si cierro las ventanas. En esos lugares de paso la limpieza no esta nunca garantizada. Tomo precauciones con el agua. Si puedo compro botellones. Si no, paso la primera hora de la mañana hirviendo litros de agua que me deben durar por varios días.

Más allá está la ciudad o el pueblo en el que me toca buscar un oficio para juntar lo suficiente y poder seguir andando. También para eso tengo una rutina. A veces vengo con un dato apuntado en un papel, porque en el último pueblo o la última ciudad alguien me dijo que tal vez ahí conseguiría algo. Si tengo suerte ese primer día, después de desayunar, ya estoy en camino. Hay que aprenderse las rutas de los autobuses. Preguntar, equivocarse, perderse, llegar siempre tarde, hasta que poco a poco se vuelve una rutina. En esos días miro también a los perros callejeros. Si se dejan, les hago cariños detrás de las orejas en las paradas o en las esquinas. A veces los ayudo a cruzar la calle.

Cuando todo sale bien tengo trabajo en menos de dos días. Cuando no, comienzo a contar la plata y a hacer planes de huida. Trato de ir a mirar el centro. Siempre hay una plaza, a veces una fuente, un paseo peatonal, un monumento. Visito los museos y las librerías. No he logrado quitarme ese gusto. Miro la forma en que se viste la gente, el modo como hablan. Trato de reconocer a los que más se me parecen, para no sentir que el aislamiento me mata. Escucho el ruido de la calle, el flujo de la vida que pasa sin tocarme. Miro el ir y venir de los que llegaron antes y pertenecen ya a ese mecanismo que se agita y produce vida en cada rincón sin aspavientos ni descanso.

Si hay mar, me siento en la orilla en las tardes a contemplar el modo como el mundo se apaga. A veces un perro callejero se me acerca, me olisquea. Le hablo como si fuera mío, le digo que vamos a estar aquí por un rato, que está bien si nos acompañamos. Si tengo algo de comer lo comparto. Si no, pido disculpas sinceramente. Dejo que la brisa me pase de largo, escucho el mar, miro el cielo. Cuando se hace de tardecita me levanto y regreso al lugar donde me espera una ducha tibia, la cama prestada con la almohada en la funda propia. Si hay huevos, pan y queso, es una fiesta. El agua hervida ya no me sabe tan mal. Tal vez voy a soñar con ballenas o rinocerontes. Quién sabe, un día de estos puede que encuentre trabajo en un albergue, de esos donde se cuidan animales perdidos.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.