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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 29 de septiembre de 2011

El violinista enamorado

Nunca entendí la historia de Pedro Miguel. Tal vez porque los viejos la contaban en la plaza con frases confusas que terminaban en murmullos y miradas que parecían decir mucho más que las palabras. A los niños que jugábamos alrededor de los mayores, escuchando a medias las historias que contaban cada tarde, aquel misterio no nos decía nada. Parecía cosa de gente grande y no había ni en el principio ni en el final una aventura o un riesgo o siquiera un drama verdadero, digno de la curiosidad de los que escuchaban con impaciencia a que se terminara esa historia recurrente para pasar a otro cuento más entretenido.

Cuando el cuerpo no ha atravesado todavía la catástrofe del deseo ni la brutal caída en el amor, las historias románticas dicen poco. Pero las lavanderas y las cocineras podían convertir cualquier cuento aburrido en una enigmática historia de encuentros y desencuentros en la que la aventura estaba encerrada en el corazón de los protagonistas y la intriga no se resolvía al final sino que se quedaba colgando a mitad de camino. Aunque no me gustaban esas historias, por alguna razón las escuchaba atento cuando acompañaba a alguna de las mujeres de la familia al río. Después de mucho rogar, me dejaban desvestirme y meterme en el agua fresca, con miles de recomendaciones para que no terminara arrastrado por la corriente si me caía de espaldas por meter mal un pie entre las resbalosas piedras grises. Sumergido en el agua hasta la cintura escuchaba los cuentos de las mujeres que lavaban como distraídas y cuando el nombre de Pedro Miguel asomaba en medio del ruido que hacían al sacudir la ropa algo en mí se enderezaba para escuchar con atención.

Si trato hoy de sacar en limpio lo que creo haber entendido de las muchas versiones que escuché en la infancia, me quedan tres hechos demasiado escuetos: Pedro Miguel tocaba el violín; se había venido al pueblo arrastrado por el amor de una mujer que nunca lo quiso; después del rechazo había perdido todo interés en la vida y se había dedicado a beber y a tocar el violín en reuniones y fiestas. De eso vivía, aunque la mayoría de las veces le pagaran solamente con licor. Algunos piensan que por eso terminó difunto, a la orilla de un barranco, un par de años antes de que yo naciera. Pero no es justo que una historia que se quedó rondando por más de medio siglo entre los viejos de la plaza, las lavanderas y las cocineras, sea despachada sin la debida atención.

Si hago un esfuerzo sé que puedo recordar otros detalles y tratar de explicarme por qué la historia ambigua y difusa de Pedro Miguel vuelve una y otra vez a mi memoria sin que yo pueda evitarlo. Tal vez lo que más vuelve es el recuerdo de las canciones. Las cocineras tarareaban una especie de tonada dulce que aseguraban que había compuesto el mismo Pedro Miguel, en los tiempos en que su genio no se había apagado y no sólo era capaz de tocar como el mejor, sino también componer melodías romáticas o tal vez nostálgicas, dedicadas a ese amor que para entonces no había sido todavía mal correspondido. Cuando me sorprendo recordando aquella música me doy cuenta de que tal vez esa es la razón por la que los viejos de la plaza tampoco pudieron olvidar la historia del violinista que murió de amor.

–No era que no lo quería, sino que sus padres le prohibieron que se casara con un vagabundo, un hombre que según ellos vivía en los caminos y dormía debajo de los puentes –decía el viejo Casimiro.

Pero no todos estaban de acuerdo con esa versión. Más bien la mayoría aseguraba que Pedro Miguel se enamoró hasta los huesos de una jovencita caprichosa y engreída, que lo único que quería era verlo humillado a sus pies para luego despacharlo a su suerte. Nadie nunca quiso contar en la plaza la historia de la joven desdeñosa. Pero a la orilla del río escuché más de una vez su nombre junto al de Pedro Miguel y ahora entiendo que era ella la que escondía para mí el verdadero misterio.

Se llamaba Virginia. ¿Y qué otro nombre podía tener la heroína de un cuento así? Las lavanderas no se ponían de acuerdo sobre la dimensión de su belleza. Algunas aseguraban que era tan hermosa que su madre le había asignado una sirvienta exclusivamente para que le impidiera quitarse el velo de la cara cuando iba a la misa los domingos o cuando se sentaba en las tardes a tomar el fresco en la ventana de la sala. Pero las cocineras descartaban semejante leyenda diciendo que el velo que la cubría en público en realidad servía para disimular unos rasgos disparejos y una nariz demasiado larga.

Nadie sabe cómo ni cuándo la vio Pedro Miguel por primera vez. Cuando lo vieron tocando su violín en la ventana de la joven de la cara velada ya el encuentro fatal había sucedido. Nunca se supo si la ventana permaneció abierta durante aquella primera serenata ni si hubo palabras de agradecimiento después. De lo que sí se enteraron todos en el pueblo en los meses que siguieron a aquel apasionado concierto a la luz de la luna fue que a Pedro Miguel no le sería permitido ir más allá del lamento angustioso de su violín en la ventana.

Pero durante unas semanas el músico pareció convencido de que sus amores eran correspondidos y es sólo en ese único momento que la historia parece animarse. En esos días Pedro Miguel tocó su violín en todas las fiestas que hubo en el pueblo con un ánimo resplandeciente y casi bailando al compás de la música. Tocó gratis para los pobres y le cobró a los ricos el doble de lo acostumbrado. Cuando no había fiestas ponía su sombrero en la acera para pedirle unas monedas a los que pasaban por la plaza y su alegría contagiosa llenó el aire de melodías saltarinas que la gente le pedía que tocara otra vez y otra vez.

Después la historia se vuelve definitivamente triste. Hay un tiempo que nadie sabe contar como es debido, entre aquellos días alegres de animadas serenatas y las borracheras escandalosas que vinieron después. Pero lo cierto es que tanto los viejos de la plaza como las lavanderas coinciden en que la primera vez que el violinista insultó a voz en cuello a los padres de Virginia y a todas sus generaciones anteriores, llamándolos uno a uno por sus nombre de pila, el pueblo se enteró de que el romance era mucho más viejo de lo que pensaban. Y ese día supieron también que el idilio había terminado.

Decían que los padres se llevaron a Virginia a la casa de un familiar que vivía en la capital y les debía algún favor. También contaban que el primer impulso de Pedro Miguel fue perseguirla hasta el fin del mundo. Los viejos recordaban que en el bar de la esquina de la plaza el violinista gritaba, con el aliento pastoso de los borrachos, que iría tras ella hasta el mismo infierno si fuera necesario. Pero la amenaza nunca se convirtió en acción y Pedro Miguel siguió tocando en las fiestas, en los bautizos y los cumpleaños, en las misas de gallo y en las procesiones en las que sacaban a pasear a la virgen con su manto dorado. Pero su ánimo había cambiado de manera drástica y el violín lo decía mejor que cualquier cuento de camino.

Las lavanderas recordaban que su cabeza se puso blanca en menos de un año y las cocineras se lamentaban de que su cara de hombre apuesto se había deshecho en un gesto de amargura en apenas unos meses. Pero lo que más recordaban los viejos de la plaza era que sus manos ya no acariciaban el violín con la gracia y la soltura de sus mejores tiempos. Con demasiada frecuencia sus notas sonaban desafinadas y fuera de lugar. El violín que lo había acompañado la vida entera lo iba abandonando poco a poco o tal vez era él el que ya no podía seguirlo más. Y es justo en este punto de la total desgracia, donde la historia debía darse casi por terminada, en el que se produce el gran misterio de la vida de Pedro Miguel. El misterio que cuando yo era niño estaba lejos de comprender y que aún hoy, cuando han pasado tantos años, sigo entendiendo a medias.

No sé exactamente en qué momento una duda extendida se vuelve un misterio. Pero en el caso de Pedro Miguel todo empezó con una desaparición repentina. Los viejos pensaron que se había ido a la capital, a cumplir con la promesa de seguir a su amada hasta el último confín de la tierra. Por años la pregunta obligada que le hacíamos a todos los viajeros que llegaban de la capital era si conocían a un tal Pedro Miguel que tocaba el violín. De más está decir que los citadinos nos miraban con cara de asombro y, en un tono más condescendiente que insultante, nos explicaban que es imposible conocer a todos los que viven en la gran ciudad, por más violinistas que sean.

Pero mientras colgaban al sol las sábanas ya limpias, las lavanderas contaban que a Pedro Miguel lo había mandado a matar la familia de Virginia y no había vuelto a aparecer porque su cuerpo había sido descuartizado y echado a los zamuros al pie de un barranco que estaba más allá del río. Decían que la osamenta blanqueaba todavía entre las piedras chatas y que más de una vez había aparecido por la orilla del río algún perro realengo con el trozo de un hueso demasiado humano entre los dientes.

El caso es que la historia de Pedro Miguel sigue abierta y los flecos desmadejados de lo que fue su vida no se pueden juntar en un final que complazca a todos. Es uno de esos relatos que pierden interés por falta de precisión y de objetivo. Un cuento sin moraleja que deja al hombre sólo en mitad de un impulso sin objeto. Porque morir de tristeza no es heroico y no hay aventura alguna en desaparecer sin dejar rastro y sin que se pueda recuperar una sola pista que permita redondear un final.

De todos modos, yo conservo todavía la historia que me contó una tarde, a la orilla del río, la hija de una de las lavanderas. Es una versión que se parece más a la que yo hubiera imaginado y hasta me he atrevido a veces a contarla en la plaza. La hija de la lavandera me contó que una noche sin luna, después de varios intentos desesperados intentando recordar los acordes de una vieja melodía, que él mismo había escrito antes de que su inesperada pasión por Virginia lo arrastrara al abismo, Pedro Miguel se puso de rodillas y le rogó al único dios que conocían sus dedos, a ese objeto hueco de madera y cuerdas, que lo dejara tocar una vez más. Entonces el violín le concedió a sus dedos el don de la memoria por última vez. Y Pedro Miguel tocó como nunca había tocado en su extraviada vida de músico enamorado, sabiendo que tenía que pagar con su vida por aquel último don.

No es un final feliz. Pero al menos en esta versión el pobre hombre no termina descuartizado y comido por los zamuros al borde de un barranco. Por eso los niños que hoy escuchan los cuentos en la plaza se me quedan mirando con curiosidad cuando me atrevo a contar la historia rodeado por el silencio arisco de los demás viejos. Puede que no le vean sentido a un cuento sin aventuras ni misterios, pero sin duda les llama la atención ese pacto fatal que ata al final los cabos sueltos y permite que nos vayamos todos a dormir con un remedo de paz acurrucado en el pecho.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.