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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 5 de diciembre de 2016

Hacer hayacas


Miró la lista de ingredientes otra vez. La había sacado, como todos los años, del fondo de la gaveta en la que iba guardando las recetas que encontraba en los periódicos. Era un papel arrugado y manchado que había escrito casi veinte años atrás, la primera vez que hizo hayacas en el exilio. En esa época, su letra se parecía tanto a la de su hermana mayor que le dio un poco de susto.

Para el sofrito, decía la nota, cebollas y pimentones. La palabra onoto tenía al lado, entre paréntesis, posibles traducciones (annatto/achiote). Lo ideal es agregarle al sofrito mucho ají dulce, decía entre dos asteriscos. Pero no hay ají dulce en estos lados, pensó. El que se trajo deshidratado ya no sabe a nada aunque huela tan rico. Debe ser el tiempo que ha pasado. No hay condimento que aguante la distancia.

Cochino y gallina. Entre paréntesis, pavo. Le parecía estar escuchando la voz de la abuela, insistiendo en que las hayacas no llevan carne roja. Era una de esas viejas guerras cíclicas entre la provincia y la capital. En Caracas las hacen con carne y les ponen ciruelas pasas y hasta huevo. ¡Un horror! decía la abuela. Uno abre aquella cosa y todo se ve negro. No señor. La hayaca tiene que ser clarita, despejada, simple. Ni almendras, ni tomate. Nada demasiado amargo ni demasiado oscuro.

Vino dulce. En el mercadito del pueblo había encontrado, después de mucho buscar en las tiendas más sofisticadas de la ciudad, un vino italiano que sabía exactamente como el vino que le gustaba a su papá para dejar remojar el guiso de un día para otro. Para él, la clave siempre había sido mantener la receta de la abuela. Mientras dirigió la preparación de las hayacas cada diciembre nadie podía salirse del plan original. Más que una receta, era una coreografía. Una serie de instrucciones aprendidas por repetición, que incluía los ingredientes y la preparación, pero también la distribución del trabajo y hasta los movimientos permitidos y los gestos prohibidos.

La carne se pica en cuadritos y se pone a remojar en vino de un día para otro. Ese paso había dejado de cumplirlo hacía ya unos cuantos lustros. ¿Quién tiene tiempo de esperar en estos tiempos? Si una receta empieza por lo que hay que hacer el día anterior, decía su mamá, no vale la pena. Y en esa impaciencia se concentraba todo el legado materno.

Aunque podía pasar una semana reuniendo todos los ingredientes, el día que tenía marcado en el calendario para hacer las hayacas se sentaba a picar la carne en la mañana y la dejaba ahogarse en vino un par de horas en la nevera mientras lavaba con parsimonia las hojas escuchando las noticias en la radio. El resultado nefasto de unas elecciones presidenciales, la falta de billetes en la India, una niña violada por un cura.

Nunca calculaba bien la cantidad de hojas. Más de una vez le había tocado guardar la masa y el guiso en la nevera y agarrar el autobús para ir al centro a comprar más hojas en el mercado chino. Los chinos venden las mejores hojas de plátano. Banana leaves las llaman. Porque de este lado del mundo toda la familia de los plátanos es de una sola fruta. Esa que solo nosotros llamamos cambur. Las venden congeladas en paquetes perfectamente sellados y pulcros. Se lavan por seguir la costumbre, por no cambiar demasiado la coreografía. Alguien tiene que lavar las hojas. Pero en realidad están limpísimas.

El truco de la masa, y eso sí es algo que ella sigue haciendo al pie de la letra, es amasarla con el aceite en el que se han sofrito las cebollas y los pimentones y se ha teñido con onoto. Si hubiera ají dulce sería mejor. Pero los pimentoncitos enanos que se consiguen ahora en todas partes ayudan bastante. Tienen ese gusto concentrado al que no alcanzan los pimentones grandes. El aceite tiene que estar frío cuando se le va a echar a la masa, por eso, este es el primer trabajo del día después de picar la carne y antes de lavar las hojas.

El otro truco es amasar con el agua en el que se ha sancochado el pollo. En la vieja receta de la abuela era una gallina gorda lo que había que usar para el caldo. Todavía guarda en la memoria una gallina viva, a la que alguien le torció el cuello limpiamente. Sus plumas en el piso, la piel llena de agujeros. Aquí no hay manera de saber si el pollo es hembra, pero hay un caldo concentrado que complementa el caldo casero y cumple lo mejor que puede con el propósito de saber a gallina gorda. La gallina del caldo se usaba para hacer una ensalada. Pero aquí y ahora ella le agrega el pollo al guiso sin demasiadas culpas.

Nunca está contenta con la consistencia de la masa. Cuando hacían las hayacas en familia se negó siempre a amasar. Quien amasa no solo debe tener fuerza en los brazos sino también destreza en las manos. Y paciencia. Una paciencia que ella nunca ha tenido. Por eso, ahora que no le queda otra que amasar ella misma esa bola de harina PAN, agregando un poco de caldo y un poco de aceite cada tanto, a falta de paciencia usa números. Cuenta: un, dos tres... y llega hasta una cifra que le parece buena. Digamos treinta o sesenta. Entonces prueba la masa cruda, ajusta la sal, vuelve a probar. Nunca queda contenta.

Cuando la masa queda lo mejor que le puede quedar, la tapa con algunas hojas de plátano y se dedica al guiso. El guiso es el centro de la hayaca. Literal y metafóricamente. Si el guiso no queda perfecto no hay nada qué hacer. Toda la gracia de la hayaca nace de esa mezcla y desde ahí se derrama por el mundo. Puede aceptar no quedar contenta con la masa. Lo que no acepta jamás es que el guiso no quede como debe ser.

Saca la mezcla de cochino con pollo ahogada en vino y la deja caer en la olla más grande que tiene en la cocina. Si hace falta, agrega más vino. Incorpora el sofrito y enciende la hornilla. Cada vez que está a punto de cocinar el guiso siente que tres generaciones de apureños le gritan desde el otro lado del Atlántico, desde más allá de más nunca, que el guiso de la hayaca debe estar crudo. Los apureños no cocinamos el guiso, escucha decir a su viejo. Son las mismas palabras que decía la abuela y repiten las tías y los primos. El guiso crudo es el secreto de una hayaca bien hecha. Pero los desterrados hemos aprendido a vivir en medio de contradicciones.

Prueba. En teoría, tiene que haber un balance exacto entre dulce, salado y ácido. Sin embargo, desde hace tiempo se ha dejado tentar por el punto dulce. Es tal vez la única ventaja de hacer hayacas íngrima y sola. Raya más papelón y va probando. Agrega un pote entero de alcaparras, porque nunca sobran. Entonces le pone al guiso su mezcla secreta de especias: cúrcuma, comino y canela. El secreto es que las proporciones sean exactamente iguales: una cucharada rasa de cada polvo. Mezclar bien. El olor del guiso llena cada rincón de la cocina ahogando los gritos de asombro que escucha desde el otro lado del mundo. ¡Cúrcuma! ¿Qué es eso? Comino ¡Qué barbaridad! Canela ¡A quién se le ocurre!

Prueba otra vez. Agrega sal y pimienta. Revuelve. Apaga el guiso y lo deja reposar destapado. Todo está listo. Se va al parque a caminar por una hora.

Cuando vuelva va a sentarse en su banquito de madera frente a la mesita de la cocina. Sobre la hoja reluciente que tiene delante va a poner un poco de masa y va a estirarla con los dedos mientras escucha en la radio una canción que habla del fin de una guerra. Sobre la masa estirada va a poner un poco de guiso y va a adornar con una aceituna, un puño de pasitas, una rueda de cebolla y una tira de pimentón. Cuando la hayaca se abre tiene que lucir bien, decía la abuela. El verde de la aceituna y el rojo del pimentón, dice su papá, hacen que se vea como un auténtico plato navideño.

Mientras baja por la cuesta del parque hacia el río saca cuentas. Si no le alcanza el pabilo que sobró del año pasado, va a tener que comprar más. Menos mal que el abasto del pueblo abre hoy hasta las once. Si se queda corta de hojas va a hacer más bollitos que hayacas. Los bollos caben en cualquier retazo de hoja. Si le sobra guiso se lo va a comer en la cena con couscous. Nunca le sobra masa. La masa nunca le queda bien. Hace falta una paciencia que ella no tiene ni que cuente hasta ochenta.
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jueves, 21 de julio de 2016

Road movie


Cuando me preguntó para dónde iba no supe qué responderle. A la mitad del viaje ya ella me había contado casi toda su vida, con esa confianza con la que a veces hablamos con los extraños. Y era una historia contada como si fuera una sucesión dolorosa de muertes. Por eso, al principio, me dio más bien pena decirle que iba a recoger una moto que había dejado un primo. Es verdad que él también estaba muerto. Pero no era lo mismo.
Sus muertos comenzaban desde antes de que ella naciera y seguían sin parar hasta este viaje en el que iba a enterrar a su hermana. Había regresado desde una remota ciudad europea, creo que dijo que era Londres, después de haber pasado años sin querer volver. Pero le tocó regresar, porque no podía imaginarse a su hermana muerta y tenía que verla, tocarla, despedirse, enterrarla. Le pregunté cómo había muerto y me arrepentí antes de terminar de hablar. Su cara se descompuso en un gesto de dolor que yo había visto antes en mi tía, en mi mamá, en mi abuela.
Las mujeres parecen tener una forma de sufrir que no es de este mundo. A mí me tocó decirle a mi tía que habían matado a Quico, a mi primo Francisco, que era como mi hermano, porque crecimos juntos en la misma casa jugando en el mismo patio y pateando las mismas calles. Me tocó darle la noticia en plena madrugada. Y cuando se lo dije, de un solo golpe, que es la única manera en que esa noticia se puede dar, vi la misma cara de dolor infinito. Un dolor que parece salir de adentro, no del cuerpo sino de la tierra. Una tristeza honda que cuando se dispara llega lejos y lo alcanza todo.
Desde que subí al autobús le había visto esa tristeza instalada en el gesto ausente de mirar por la ventana. No sé si fue por eso que elegí sentarme a su lado. Porque pensé que dos tristezas se podían acompañar mejor que dos aburrimientos o incluso que dos alegrías falsas. Me molestan las señoras conversadoras y los viejos echadores de cuentos. Cuando viajo, siempre en autobús, siempre para cumplir con algún trabajo, nunca por paseo puro y simple, prefiero el silencio. Necesito concentrarme y estar alerta, porque en mi trabajo los detalles son importantes.
Nos mantuvimos en silencio durante las primeras dos horas. Ella leía en un aparato de esos que hay ahora en los que las páginas aparecen en una pantalla sin ruido, sin olor a tinta, casi sin peso. Por lo que pude ver el libro que estaba leyendo no era en español. Me pareció que leía en inglés. Leía y volteaba a mirar por la ventana levantando apenas la cortina con un dedo. Yo escuchaba música con los audífonos bien apretados dentro de las orejas. Y la miraba de vez en cuando por el rabillo del ojo.
Me di cuenta de que me estaba hablando cuando me tocó el brazo con esa levedad que tienen las manos de los niños. Me saqué el audífono de la oreja derecha para escucharla. Quería salir, me dijo. Tenía un gesto de urgencia que me preocupó. A dónde, le pregunté. Le expliqué que estábamos en plena carretera y que el autobús no se iba a parar hasta dentro de una media hora larga. Mientras le hablaba la veía respirar hondo y mirarme la cara entera, de arriba a abajo, como si buscara una respuesta diferente que yo no podía darle.
No sabía qué hacer. Le pregunté si necesitaba ir al baño, si quería vomitar. Me decía que no con la cabeza y repetía que quería salir. Necesito salir, decía. Me levanté para dejarla pasar y ella se paró en el medio del pasillo. Dio un par de pasos hacia adelante y otro par de pasos hacia atrás. Respiró hondo. Los pasajeros que estaban despiertos la miraban sin entender para dónde iba. Volvió a caminar, esta vez más allá, pasillo abajo y pasillo arriba. Sacudía las piernas cada dos pasos, como si necesitara quitarse de encima un peso o un insecto invisible.
Cuando se vino a sentar otra vez, después de dos o tres vueltas por el pasillo, parecía estar más calmada. Me levanté para dejarla pasar a su asiento y le pregunté cómo se sentía. Mejor, me dijo. Pero no es fácil, agregó después de una pausa, cuando yo pensaba que ya no iba a hablar más. Con los audífonos en la mano me quedé mirándola, esperando a ver si se animaba a decir otra cosa. Se acomodó en su puesto y guardó el aparato de leer en el bolso que tenía en el piso. Todo empezó con mi padrino, me dijo. Y de ahí en adelante, por las siguientes dos horas, me contó de sus muertos.
El padrino había sido un tipo grande, con un inmenso vozarrón. Todos lo querían porque tenía un gran sentido del humor y ningún sentido del ridículo. Le decían el peludo, porque los pelos le salían hasta por las orejas. Le gustaba disfrazarse en carnavales, montar a caballo en los desfiles, colear toros en las ferias, hacer picadillos con carne de res seca, lanzarse a cruzar a nado los ríos poblados de caimanes por el puro placer de ganar una apuesta. Todo eso se lo habían contado cuando le explicaban por qué tenía dos padrinos. El que estaba vivo y el que se había muerto. Mucho tiempo después supo que lo habían matado. Pero ella nunca quiso saber ni quién ni cómo ni cuándo.
Sus padres habían muerto juntos, en un extraño accidente de tránsito que nadie le había explicado nunca. Ya no los recordaba. Después estaba una prima. Su muerte había sido natural, pero no por eso menos dolorosa. Leucemia, le habían dicho. Pero a sus catorce años esa palabra no significaba nada. O, más bien, significaba que un cuerpo que apenas comenzaba a vivir podía disolverse en la nada porque la sangre que le corría por las venas se había convertido en un veneno. Así hablaba ella, como en sueños, como leyendo un libro. Con esa claridad de los que se han contado a sí mismos, muchas veces, las mismas historias tristes.
El tío que murió en un accidente de tránsito, el amigo al que mató de un tiro certero un guardia nacional, la otra prima que murió de septicemia en una clínica privada en la que nadie se había hecho responsable, el tío que se suicidó tomándose todas las pastillas de tres paquetes que habían quedado tirados en el piso. El otro tío que se murió de cáncer, la prima que se colgó con su propio cinturón de una viga del techo, los abuelos, las abuelas. Perdí la cuenta. La verdad es que no me puedo acordar de todos los muertos de los que me habló y ya no me da pena confesar que en algún momento dejé de escucharla.
Nos bajamos en una bomba del camino. Ella se fue al baño y yo pude escaparme un rato. Me alejé del alboroto de los pasajeros que compraban café y arepas con queso o sánduches de pernil. Prendí un cigarro y fumé en silencio aguantando las ganas de orinar y de llorar. La vi acercarse a la barra y di un rodeo para que no me viera. Pero llegó el momento en que el chofer nos llamó a todos porque estábamos por salir. Se abrieron las puertas del autobús y fuimos entrando poco a poco. Ella llegó de última y se sentó en su puesto resignada, como quien acepta por fin su destino.
Fue en ese momento que me preguntó para dónde iba y no supe qué responderle. Mejor dicho, le pude decir el nombre del pueblo al que iba. San Carlos, le dije. Y sonó como el inicio de una oración, de una súplica. Y ella se quedó esperando que dijera algo más. Y fue ahí cuando no supe qué decirle. Francisco se había muerto, lo habían matado. Y la historia era que yo iba a recoger su moto. La moto que había dejado guardada en un estacionamiento la misma noche en que dos hijos de su madre lo molieron a golpes y lo remataron a tiros por quién sabe qué razón. Ninguna razón vale.
Le gustaba cantar serenatas y sacar a bailar a las muchachas en las fiestas. Se enamoraba de todas y con la misma facilidad las olvidaba. Había sido un buen estudiante en la primaria, pero en el liceo le había dejado de interesar todo lo que no tuviera una utilidad práctica, inmediata. Y por eso había buscado un trabajo y se había ido de la casa a buscar fortuna, como esos personajes de las películas que tanto le gustaban. Aprendió mecánica y latonería, después se instaló a vivir en una carpintería para aprender el oficio de hacer muebles. Había sido repartidor y chofer de taxi. Mandaba plata todos los meses y soñaba con montar su propio negocio. En ese sueño andaba cuando pasó lo que pasó.
Terminé contándole como pude esos y otros pedazos sueltos de la vida de mi primo muerto mientras ella escuchaba sin cambiar el gesto de profunda tristeza. Le conté que esa noche había ido a visitar a unos amigos que vivían muy cerca de donde trabajaba. Le conté lo que sabía de sus últimos minutos. Y como para dejar de hablar, para no tener que seguir soportando su mirada en mis ojos, le pregunté cómo había muerto su hermana. La mataron, me dijo. No supe en qué momento le pregunté, quién. Pero escuché su silencio abrupto como si se tratara de una advertencia y pensé que ya no iba a escucharla más.
Dicen que fue un vigilante de una tienda, pero nadie se lo cree. Había pasado tanto rato que yo estaba ya a punto de ponerme otra vez los audífonos para matar el tiempo que faltaba antes de bajarme. Tengo unas amigas que están averiguando, preguntando, haciendo todas esas gestiones que se hacen con la policía o la fiscalía o lo que sea. Hablaba casi en un murmullo, como para sí misma. Son abogadas, periodistas. Hay hasta una patóloga, de esas que hacen autopsias en la morgue, me explicó, aunque yo no necesitara la aclaratoria.
Pero la verdad es que yo prefiero no saber. Se los dije varias veces, de todas las maneras. Yo no quiero saber quién lo hizo, ni cómo, ni por qué. Nada de eso me va a devolver a mi hermana. Ningún motivo justifica que alguien tan lleno de vida no exista más. La verdad no sirve para nada frente a la muerte. No es cierto que la justicia nos cure o nos alivie el dolor. Decía cada frase entre una pausa y otra. Largos silencios en los que se escuchaba el esfuerzo que hacía por no llorar, por no empezar a gritar y seguir gritando y no parar nunca más.
Miró otra vez por la ventana. Un rato después pareció recordar que yo estaba todavía ahí sentado a su lado y que también tenía un muerto que llorar. Me preguntó si yo sabía quiénes habían matado a Francisco. Le dije que sí. Le describí a los dos malandros como lo hubiera hecho cualquier vecino del barrio, porque todos los conocían. Me preguntó si estaban presos. Le dije que no. Que los habían detenido por dos días y después los habían dejado libres porque no había pruebas. No hay justicia que valga, murmuró, y esta vez ya no dijo nada más.
El autobús entró a la avenida principal y se estacionó en el terminal haciendo una lenta maniobra como de mastodonte perdido. Ella seguía viaje por un par de horas más. Nos despedimos sin decir nada. Me hizo un mínimo gesto de la mano, que respondí con una sonrisa donde creo que se me notaba un poco la culpa. No tuve oportunidad de contarle que yo era policía y que llevaba encima un papel arrugado junto a mi arma de reglamento. Un papel en el que me habían anotado la dirección donde encontraría a los asesinos de Quico. Porque yo sí sabía cómo hacer justicia y no necesitaba hacerme tantas preguntas.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.