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(Un cuento al mes... o más)

martes, 28 de julio de 2015

Historias sueltas



¿Te has preguntado cómo crecen las historias? —dijo Luna masticando un cartílago con el entusiasmo de un perro callejero—. Porque es inútil preguntarse cómo nacen, ¿no?
Glinda se había recostado en la silla de enfrente y trataba de seguir el hilo de las historias sueltas con las que Luna pretendía contarle lo que había pasado en el Barrio Chino. Lo que ella y sus hermanos apenas recordaban.
Uno tiene un recuerdo y después, en las noches en blanco, entre el sueño y la vigilia, uno va rellenando los huecos con detalles.
Luna hacía ruido al masticar, un ruido seco y molesto, como hecho a propósito. Parecía querer anunciar al mundo entero que le importaban poco las normas y los modales. En medio de aquella conversación que duró cuatro días le repetiría una y otra vez que no había que olvidar que éramos animales, que comer y defecar eran nuestros actos más puros, junto con fornicar. No decía fornicar, decía tirar. Pero a Glinda esa palabra le sonaba cruda. Innecesariamente vulgar.
Te puedes imaginar cuántos detalles le he inventado a esos recuerdos si han pasado treinta años y mis noches de insomnio han ido creciendo hasta volverse casi una sola.
No había manera de parar a Luna cuando decidía largarse a contar un cuento. Escuchaba apenas las preguntas cuando Glinda lo interrumpía para precisar algún dato. Casi nunca respondía. Pero si aceptaba considerar por un segundo la pregunta y se animaba a responder, lo más seguro es que se fuera por las ramas y no retomara nunca el hilo de la historia. Esto lo aprendió Glinda el primer día.
Cuando tocó la puerta, Luna le había abierto en franelilla y canzoncillos, con el pelo revuelto y la barba crecida. Glinda le sonrió y le dio un abrazo apretado. Había planeado aquel reencuentro con una meticulosidad obsesiva y finalmente estaba ahí, frente a aquel hombre que le recordaba todo lo que había perdido. Lo soltó y dio un paso atrás para mirarlo bien. En medio de los pelos revueltos y las canas era posible todavía ver el gesto empecinado del viejo Luna, el de antes, el que arengaba a las masas imaginarias con encendidos discursos revolucionarios. Pero estaba claro que ya era otro. Este que tenía enfrente era más un abuelo que un tío.
Soy Glinda —le dijo, tratando de moderar la sonrisa—. ¿Ya no te acuerdas?
Luna había dado dos pasos atrás y había murmurado Ninfa, Martín y Glinda, como quien recuerda una vieja oración casi olvidada.
La última vez que te vi eras de este tamaño —dijo Luna haciendo un gesto con la mano cerca de la cintura.
Tampoco así —había dicho Glinda, todavía en la entrada— tenía ocho años.
Luna se había quedado paralizado frente a la puerta. La memoria de aquellos tres niños con los que había convivido durante meses, tal vez más de un año, le fue cayendo encima como una lluvia repentina.
¿Me vas a dejar pasar? Vengo de lejos.
Luna terminó de abrir la puerta y caminó detrás de Glinda, casi empujándola y haciéndole miles de preguntas. ¿De dónde venía? ¿Cómo lo había encontrado? ¿Qué había pasado con sus hermanos? ¿Qué era de la vida de Blanca? ¿Por qué estaba ahí? ¿Quién le había dicho dónde vivía? ¿Por qué no había avisado que vendría? Algunas preguntas se repetían de diversas maneras y Glinda se dio cuenta de que lo primero que Luna quería saber era quién le había dicho cómo encontrarlo. Ese era el Luna que ella recordaba: paranoico y siempre cuidándose las espaldas.
Viví con tía Olga en Londres por unos meses. Estuve un par de días en Caracas con tía Sere.
Glinda intercalaba estas frases en medio de las preguntas de Luna hasta que se dio por satisfecho y dejó de hacer preguntas para ofrecerle algo de comer. Abrió la nevera y sacó una gran olla con sopa de pollo y empezó a contarle cómo la había preparado.
¿Te acuerdas de la olla que montábamos en el barrio? —repetía Luna en medio de la receta.
Glinda supo desde ese momento que no era necesario responder a sus preguntas y que no debía interrumpir demasiado el borbotón de palabras que aquel viejo solitario le iba a echar encima como un diluvio. Porque bastaba ver el estado de aquella guarida para darse cuenta de lo solo que vivía. No era nada más el desorden ni la falta de limpieza. Era un olor a soledad pegado a todas y cada una de las cosas que lo rodeaban. Porque la soledad huele a húmedo y a polvo, pensó Glinda, que hacía veinte años había dejado de ser una niña de ocho.
Durante cuatro días iban a comer sopa de pollo. Con cambur, con queso, con crema de leche, con ají picante. Pero siempre sopa de pollo. En el almuerzo y en la cena. El desayuno que Luna le ofreció el segundo día fue café solo. Glinda lo acompañó con unas galletas de mantequilla que había traído de regalo y que Luna apenas probó. Los últimos dos días Glinda había logrado comprar pan dulce y huevos en la panadería del pueblo a donde se acercó caminando a primeras horas de la mañana, cuando Luna todavía estaba durmiendo. Bastan apenas cuatro días para que se establezca una rutina, pensó Glinda esa mañana mientras desayunaba, sintiendo que había vivido en aquel lugar toda su vida.
El anexo diminuto en el que Luna estaba pasando sus días por esa época estaba en el sótano de una casa más grande. Los dueños eran una pareja de viejitos que tenían la vida entera en aquel pueblo. San José, se llamaba. Y no era más que una calle que subía y bajaba por una loma y se empalmaba con la carretera vieja que iba de Baruta a San Antonio. Un caserío perdido sin plaza ni iglesia, que tenía en el centro un enorme restaurant de carne a la brasa y una panadería y un abasto.
Hasta ahí había llegado Glinda después de mucho preguntar. Nadie quería revelar el paradero de Luna. Todos lo sentían como una traición. Pero ella se empeñó y preguntó hasta que se cansaron de evadir las preguntas. Olga le dio la última dirección conocida y Sere le ratificó que en efecto ahí seguía viviendo. En el medio habían pasado tantas cosas que Glinda estuvo a punto de abandonar la idea de regresar. Pero el recuerdo de Guillermo la obligaba a volver y la tenía como paralizada en un punto del que no podía moverse. Ni para atrás ni para adelante, le había dicho a Olga allá en Londres.
Por eso estaba allí, tratando de recuperar los recuerdos y de llenar los vacíos. Se había estrellado por años contra el silencio de Blanca. Martín se había desentendido. Ninfa ya no estaba. Tal vez por eso Glinda se empeñó en saber más. Ya Olga le había contado el final. Sere le había contado los detalles menores que conocía desde lejos. Ígor le había hablado más de Olga que de Guillermo. La Nena se negaba a recordar. Sólo quedaba Luna. Ese viejo solitario al que todos llamaban por su apellido y nunca por su nombre. El tío Luna le decían para fastidiarlo, porque nunca le gustó que le pusieran ningún título, ni siquiera el de tío.
Al final nunca se sabe si lo que crees recordar te lo inventaste o realmente sucedió —estaba diciendo Luna.
Era el preámbulo que usaba para comenzar a contar cualquier cosa que tuviera que ver con el pasado. Especialmente si tenía que ver con el Barrio Chino. Pero ahora ya no estaban hablando de eso. Después de cuatro días de largas conversaciones, parecía que ya le había contado, de distintas maneras, todo lo que recordaba. Pero la memoria es un bicho extraño y Glinda sabía que solía moverse de costado, al sesgo, como los cangrejos. Por eso le había preguntado por su vida antes del Barrio, antes de Blanca y Guillermo, antes de que Ninfa y Matín y ella nacieran.
Lo que sí te puedo decir es que en esa época no andábamos con el tema de salvar al mundo. Lo que queríamos era levantarnos a las carajitas y, si era posible, convencerlas de que no iban a salir preñadas por tocar y dejarse meter mano.
Luna se reía como si tuviera delante una de esas muchachas ingenuas a las que tenía que convencer de la inocencia de sus actos. Sólo un poquito no preña, decía. Y se reía a carcajadas. Glinda lo escuchaba mientras lavaba los platos y enjuagaba por fin la inmensa olla de sopa ya vacía. Lo miraba de vez en cuando de reojo para sorprenderse cada vez de lo viejo que estaba, del desorden imposible de su pelo casi blanco y de aquellos ojos hundidos en una maraña de arrugas infinitas.
Pero Blanca no se creyó nunca esas mentiras —dijo de pronto.
Y entonces Glinda cerró lentamente la llave y comenzó a secarse las manos sin voltear. No quería espantar el recuerdo.
Blanca era de las que regresaba con el pan cuando nosotros íbamos apenas con la harina —dijo Luna con la mirada perdida en el pasado.
Glinda se removió en la silla, imaginando cómo había sido aquella mujer que nunca terminó de aprender a llamar mamá. Las palabras de Luna le devolvían el cuerpo joven y las ganas de vivir de la muchacha que fue Blanca.
Tenía un culito chiquito y respingado y unas piernas largas y flacas que se veían infinitas cuando usaba tacones y esas faldas tan cortas que quitaban el aliento —dijo Luna, sirviéndose el primer trago de ron del día.
Mientras tomaba despacio contó que Blanca se pintaba el pelo de amarillo y se lo cortaba todo parejo a la altura de la nuca. Parecía un paje renacentista, recordó. Casi un varón, porque apenas tenía tetas. Pero las piernas eran de mujer. Y el culo, dijo, haciendo un gesto ampuloso con la mano que tenía libre. Todo eso lo vimos claramente el día que Sebastián se antojó de ella y empezó a perseguirla con saña. Ella lo toreaba. Le daba cuerda y lo soltaba. Y todos lo veíamos bailar al ritmo que ella le imponía.
Glinda se movió otra vez, como si diera un salto mínimo, porque por primera vez aparecía en las historias sueltas de Luna ese hombre llamado Sebastián, de quien sólo tenía la imagen de una borrosa foto que se había perdido en alguna de las tantas mudanzas. Se moría por preguntarle cómo era, a quién se parecía, cómo se vestía o hablaba, qué le gustaba comer, esas cosas. Pero sólo cambió de postura y trató de no mostrar ningún otro signo de impaciencia.
Blanca hablaba poco de él, más bien nada —dijo en un susurro.
Luna la miró con una chispa de picardía en los ojos y se terminó el resto del ron de dos tragos largos. Pues no me extraña, dijo sirviéndose otro vaso. Nunca supimos si Blanca lo quiso o sólo se dejó perseguir y querer por puro ocio, por falta de una diversión más entretenida. Cuando salió embarazada pensamos que hasta ahí llegaría todo. Algunos pensaban que Sebastián iba a dejarla porque le aterraban las responsabilidades y lo último que quería en la vida era ser padre de familia. Pero las mujeres decían que era ella la que lo iba a dejar con su muchacha el día menos pensado.
Por más que Glinda intentó quedarse quieta, como suspendida en el aire de la tarde que empezaba a apagarse, llegó un punto en que tuvo que ir al baño y salió corriendo, pidiéndole a Luna que siguiera hablando, que ella iba a dejar la puerta abierta para escucharlo. Pero no funcionó. Luna terminó una frase y se quedó callado. Cuando Glinda regresó, Luna había puesto música y se había sentado frente al ventanal a mirar los yagrumos que asomaban en el barranco.
Cuando me mudé para acá todas las semanas veía una pereza. Una o dos, por lo menos. Ahora hace tiempo que no vienen.
Me estabas hablando de Sebastián, de cuando nació Ninfa.
Luna la miró sorprendido, como si no la reconociera, y siguió hablando de las perezas y los yagrumos. Tenía una de esas memorias selectivas y al mismo tiempo exhaustivas. Cuando quería agotar un tema leía y leía sobre lo mismo en la vieja computadora que funcionaba de milagro y que estaba conectada a la red del vecino de al lado. Glinda lo había visto un par de noches atrás conectarse para buscar el nombre de una película de los años ochenta que no lograba recordar. Y había escuchado la larga explicación de cómo la habían filmado y de lo difícil que había sido conseguir financiamiento para terminarla y de cómo se había vuelto al final una de las películas más taquilleras de todos los tiempos.
Por esa misma vía debió haber leído todo lo sabido y por saber de las perezas y los yagrumos y se lo estaba recitando sin orden ni concierto, parado frente al ventanal, con el vaso de ron en una mano y el Marlboro rojo en la otra. Glinda se paró a su lado a escuchar como quien oye llover. Tenía que aceptar todas aquellas historias aledañas, a la espera de los recuerdos que realmente le interesaban. Y mientras las palabras de Luna volvían al tema de Blanca acompañó con paciencia los desvíos, mirando las hojas plateadas de los yagrumos temblando en la neblina.
Bradypus tridactylus es el nombre científico de la pereza de tres dedos, que es la más común. Le dicen también perezoso, calípedes y preguiza. Pasa la mayor parte de su vida en los árboles y baja solamente una vez a la semana a hacer pipí y pupú. Ve tú a saber por qué no puede hacerlo desde arriba. El caso es que baja y cuando lo hace es cuando es más vulnerable, porque no puede caminar sino que se arrastra. Dicen que puede nadar, pero aquí no hay ríos. Pueden tener un hijo al año, aunque no creo que las que viven por aquí sean muy fértiles. En todo caso, más les vale que nadie las vea criando. Porque las matan para quitarles las crías, aunque todo el mundo sabe que no sobreviven, que se mueren por no soportar ningún otro alimento que no sea la leche de su propia madre.
Glinda se había servido un chorrito de ron en un vaso lleno de coca cola con hielo. Estaba exprimiendo sobre el vaso la mitad de un limón cuando Luna pareció haber agotado el tema de las perezas y regresó a la butaca. En la emisora de Jazz que había puesto hablaba un locutor presentando una pieza legendaria. Se sirvió otro trago y se rascó la barba despeinada y rebelde.
Se separaban a cada rato —dijo Luna—. A veces era Blanca la que se iba. A veces el que se largaba era Sebastián. Harto de los desplantes de ella.
Hubo un silencio en el que los dos se miraron como midiéndose. Luna parecía medir qué tanto debía contar. Glinda parecía rogarle que le dijera todo. Todo absolutamente. Sin guardarse nada.
Cuando Blanca apareció con la segunda barriga corrió el rumor de que el padre de la criatura era un tal Rodrigo, dijo Luna. Un argentino echón y hablachento que había llegado de Brasil con una mano adelante y una atrás, contando sus hazañas de montonero huido. Nadie le creía las aventuras insólitas que contaba. Pero a Blanca le fascinó desde el principio aquel acento cantarín y relamido. Y no tardó mucho en pelearse con Sebastián por cualquier razón y largarse con el porteño quién sabe a dónde.
Regresó sola de aquella aventura. Y con una panza de siete meses. Cuando Martín nació Sebastián lo presentó como si fuera suyo y lo crió igual, sin quejarse y sin mencionar jamás que el niño se parecía a su verdadero padre como si fueran dos gotas de agua. Tenía los mismos ojos saltones y verdes, la misma cabeza alargada y el mismo pelo rubio. Era el opuesto absoluto de su padre adoptivo. Pero como Blanca se había pintado el pelo de amarillo toda la vida y tenía los ojos claros, de un marrón aguarapado, casi verde, la gente se cansó de murmurar y dejaron de compararlo con el padre.
Glinda se levantó a prender un par de luces y a montar café en la greca destartalada que Luna mantenía sin lavar desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Aunque el ron le soltaba la lengua, prefería que Luna se mantuviera lo más sobrio posible por al menos un par de horas. Luna aceptó el café sin mucha convicción y prendió otro Marlboro. El humo que le salía por la nariz y la boca creaba una nube densa que se le estacionaba en la barba y le impregnaba los mechones desordenados de pelo.
La verdad es que sólo recuerdo pedazos, historias sueltas –dijo Luna sin esperar otra pregunta–. Y no parece haber un hilo que conecte una historia con otra.
Lo siguiente que recordaba era a Blanca con su última barriga. Y después esa niña ensimismada y de ojos inmensos que había sido Glinda. Del padre nunca se supo nada. Ya ni se molestaban en averiguar ni en especular. El misterio había perdido todo encanto. Era simplemente así. Blanca desaparecía unos meses y volvía preñada. Por eso la última vez que desapareció, dejando a los niños con Guillermo, porque Sebastián también se había borrado, a nadie le extrañó. Todos pensaron que en unos meses regresaría, preñada otra vez.
Y eso fue lo último que supimos de ella —cerró Luna—.
Su enorme cabeza se fue inclinando hacia un lado y en un par de minutos ya estaba roncando. Glinda le quitó el cigarro de una mano y la taza de café de la otra. Luna se removió en la butaca y con voz pastosa pronunció dos frases que tal vez no hubiera dicho si no hubiera estado más dormido que despierto.
Tu mamá era una grandísima puta. Esa es la pura verdad.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.