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(Un cuento al mes... o más)

martes, 21 de abril de 2015

Versión larga



¿Quieres la versión larga o la versión corta? dijo Luna con un tono como de fastidio. No. La versión mediana no existe. La versión corta es simple. Vivíamos en una universidad dirigida por un psiquiatra que se creía un genio y terminó siendo un asesino y violador en serie. Eso lo dice todo y tal vez no sea necesario agregar nada más. Es mejor que te cuente la versión menos corta, porque me tengo que ganar las cervezas que estás pagando.
Yo fui el primero en instalarme. Después vino La Nena a vivir conmigo. Para la época en la que comenzó la guerra ya vivíamos en aquellos locales Olga, La Nena y yo, Guillermo y ustedes tres. A eso habría que sumar a Fausto y a la loca Rebeca, que venían casi todos los días a comer cuando montábamos la olla. No sé muy bien cómo contar a Ígor, porque iba y venía, dependiendo del humor de Olga. El caso es que éramos una familia como todas, con allegados y visitantes que seguían de largo o se quedaban unos días. Con el tiempo nos convertimos en un punto de referencia y empezamos a llarmarlo el Barrio Chino.
No recuerdo a quién se le ocurrió la idea primero. Pero creo que nació de una conversación entre Ígor y Salgar sobre una película de Polanski en la que Jack Nicholson hacía de detective privado. De una cosa pasaron a otra y el Barrio Chino terminó convirtiéndose en el nombre de aquellos tres locales abandonados que habíamos convertido en nuestra vecindad particular. No teníamos muebles, ni ventanas, y las puertas eran todas diferentes porque cuando llegamos ninguna servía y tuvimos que modificarlas o cambiarlas, recuperando materiales de otros cubículos en mejor estado.
En el local en el que vivía Guillermo con ustedes habíamos puesto una litera que encontramos abandonada cuando remodelaron una sala de recuperación que usaban en el Clínico para los pacientes que donaban sangre. De resto, dormíamos sobre colchones que pusimos en el piso. El cuarto de Olga era el más adornado, porque le encantaban los trapos de colores y los encontraba cada dos por tres. Con ellos cubría las paredes, un par de lámparas y un colchón bastante grande en el que se tendía a leer a cualquier hora del día o de la noche. Muy pocas veces la vi dormida. Sufría su insomnio sin molestar a nadie, fumando y leyendo, dispuesta siempre a acoger en mitad de la noche a cualquiera que necesitara compañía.
La Nena era la encargada de arreglar nuestro hueco. Yo nunca me preocupé demasiado por eso. Lo suyo eran los libros y los cuadernos y los lápices de colores. Había montado un par de tablas sobre varios ladrillos que encontró en un sitio en construcción y a eso le daba el nombre de biblioteca. Empapeló una pared completa con los dibujos de ustedes y algunos que ella misma había hecho cuando le dio por aprender a hacer retratos. Eran caras tristes de gente desconocida. Nunca hizo retratos de nosotros. Ya sé. Ya sé que viste todo con tus propios ojos. Pero siempre hay que establecer primero el escenario. Una historia no ocurre en el aire y sin el Barrio Chino nada de lo que pasó tiene sentido.
Como seguramente recuerdas, nuestra rutina era casi siempre la misma. A pesar de que queríamos creer que éramos diferentes a todo el mundo, en realidad no hacíamos otra cosa que vivir. Y la vida, tarde o temprano, se fija en una serie de rutinas. Tomábamos café por la mañana en alguno de los cafetines de Humanidades de los que nos dejaban irnos sin pagar la mayoría de las veces, sobre todo en Comunicación Social, donde Hipólito nos recibía siempre con una sonrisa cómplice. Después cada quien se iba a lo suyo y nos reuníamos en la tarde a montar la olla, que era en realidad la única comida fuerte que hacíamos en el día. Cada quien llegaba con algo y Guillermo se encargaba de prender el fuego, combinar los ingredientes y anunciar que la comida estaba lista.
La sobremesa era el momento en que conversábamos o discutíamos. Para eso habíamos creado aquella comuna, para ejercer el derecho a disentir. Éramos un grupo anárquico pero orgánico. Nuestro propósito era ofrecer una alternativa al mundo del consumo compulsivo en el que vivíamos, donde el dólar se podía comprar a 4,30 y la clase media viajaba a Miami como quien visita el pueblo de al lado. Y nosotros estábamos empeñados en demostrar que era posible vivir consumiendo sólo lo mínimo. No queríamos vender nuestra fuerza de trabajo, no queríamos manejar dinero alguno ni producir nada que alimentara la máquina capitalista. Vivíamos del trueque, de la caridad pública, de la labia. Estábamos fuera del circuito económico y nos sentíamos muy orgullosos de inventar cada vez una nueva manera de frenar el consumo o una teoría más acertada sobre nuestra práctica antieconómica.
Es verdad que yo era el más convencido. Olga estaba allí por pura necesidad, por no creer en nada ni en nadie, por no poder estar en otra parte. No era una convencida sino una resignada. La Nena se había enamorado de mí y decía que no tenía otra opción que adoptar por el momento mi forma de vida. Me llamaba el filósofo de las causas perdidas y yo la amaba por eso, por esa entrega incondicional. Guillermo no tenía cómo mantenerlos a ustedes tres después de que Blanca los abandonó. Era el único que de verdad estudiaba en la universidad. Cuando lo mataron estaba escribiendo su tesis y en unos seis meses más se hubiera graduado. Me lo puedo imaginar encontrando un trabajo decente, alquilando un apartamento en El Valle y llevándoselos a ustedes a vivir una vida normal hasta que su mamá regresara. Pero, como sabes, no le dieron tiempo de hacer todo eso que hubiera hecho con gusto, aunque no era su responsabilidad.
La primera vez nos atacaron durante el día. Aprovecharon las horas entre el desayuno y la cena, en las que casi nunca había nadie en el Barrio, para entrar y destruir lo poco que teníamos. Ninfa y Martín recogieron uno por uno los papeles y los lápices, cada tira de sábana rota, cada plato de peltre magullado. Tú ayudaste a Guillermo a reparar la olla ¿te acuerdas? Esa tarde usamos todo lo que se podía quemar para montar la comida del día. De ahí en adelante las discusiones se alejaron de la teoría y comenzamos a pensar qué hacer para defendernos.
Nos estaban atacando sin razón. La ciudad universitaria no es una propiedad privada, es un bien público, patrimonio de la humanidad para más señas. Nos sentíamos con derecho de ocupar aquellos tres cubículos abandonados y no veíamos una razón lógica para no darle un uso. Pero habían elegido a un nuevo Decano que se empeñó en sanear los espacios comunes y que desde la misma campaña electoral había amenazado con expulsar a los parásitos, como nos llamaba con un tono fascistoide.
Claro que le habíamos hecho la vida imposible. Los carteles y afiches que pegaban en la mañana aparecían en la tarde convertidos en caricaturas, llenos de grafitis y pintas. La Nena era experta en cambiarle la cara al futuro decano, pintándole unos bigotes y una barbita al estilo Velásquez. Seguramente te acuerdas de que reescribimos un par de canciones que estaban de moda para cantarlas en los pasillos en los que la acústica nos favorecía. Las consignas eran pegajosas y la gente terminaba cantando, hasta sin querer, los coros en contra de las autoridades. Con el tiempo alguien terminó identificándonos con el sabotaje y nos declararon la guerra.
El segundo ataque fue de noche. Esa vez sí nos encontraron y nos dieron con todo. Llegaron sin hacer ruido, con la cara tapada al estilo de los encapuchados que tiraban piedras en las manifestaciones. Pero no eran jóvenes ni ágiles como los estudiantes que se enfrentaban a la policía con piedras, palos y bombas molotov, sino más bien hombres de mediana edad, mofletudos y lentos. A mí me sacaron a empujones y cuando salí ya La Nena estaba afuera, gritando a todo lo que le daban los pulmones. A Olga también la habían sacado y empujaba en silencio a los hombres que tiraban afuera todo lo que lograban alcanzar. Me acuerdo que ustedes revoloteaban alrededor de Guillermo para impedir que le pegaran más. Fue un milagro que no les hicieran nada.
No sé por qué insistimos en seguir en el Barrio. No me preguntes esas cosas. Uno no siempre sabe por qué se empeña en cometer una y otra vez el mismo error, en quedarse quieto en vez de reaccionar. Si hubiéramos sabido lo que iba a pasar. Pero el futuro no es más que una probabilidad entre muchas y en ese momento no queríamos imaginar lo peor. Es verdad. Yo no quería. Todos los demás se fueron convenciendo poco a poco de que había que irse. Y yo me negué. Insistí. Ya no recuerdo qué argumentos usé en las largas tardes en las que buscábamos razones para irnos o quedarnos. Porque al final ningún argumento es en realidad válido.
Si quieres irte, cada cosa que pasa parece reforzar la idea de que lo mejor es abandonarlo todo. Si te quieres quedar, no importa que tan grave sea la situación, siempre vas a encontrar un modo de justificar tu quietud, tu arraigo empecinado. Eso vale tanto para los lugares como para las personas. Por eso estamos aquí, tú y yo, recordando lo que pasó para llevar agua al molino de cada quien y alimentar el mismo dilema eterno. Irse o quedarse. Tú te quieres ir. Yo me quiero quedar. Nada ha cambiado. ¿O tú crees que hoy entendemos mejor lo que pasa y somos capaces de tomar decisiones menos equivocadas?
Eso fue después, pero tienes razón, ya es hora de recortar el cuento. Llegó un punto en el que ya no era posible ni siquiera un remedo de normalidad. Nos turnábamos en las noches para vigilar. Al menos en esa mínima acción terminamos poniéndonos de acuerdo. Hasta Ígor vino a velarnos el sueño. Salgar también pasó un par de noches conversando conmigo hasta la madrugada. ¿Te acuerdas de Salgar? Hasta fue una buena idea invitar a Rebeca, porque su mente trastocada vivía todavía en los años de la Digepol y era la vigía perfecta. Hasta que le daba por ver sombras en medio de la noche y comenzaba a gritar como loca y ya nadie podía hacer que se callara.
Nos confiamos, es verdad. Pasaron unas semanas y pensamos que todo había vuelto a la normalidad. Eligieron al Decano, el hombre tomó posesión del cargo, moderó las amenazas y comenzó a hablar de una comunidad universitaria a la que pertenecíamos todos. No sé por qué le creímos. ¿Por qué le creemos en la gente que nos gobierna? Esa es la pregunta. El caso es que bajamos la guardia, pero al mismo tiempo el Barrio perdió todo su encanto. Ustedes seguían inventando juegos en los que nos involucraban a todos. Pero tal vez ese era el último resto que nos quedaba de lo que habíamos sido.
¿Te acuerdas de los juegos que inventaban? Claro que te acuerdas. Contaban historias inventándolas una línea a la vez. Y eran exigentes. Cuando no nos tomábamos en asunto en serio nos expulsaban y no nos invitaban más hasta que cambiaban de historia y decidían que era hora de darnos otra oportunidad. Me acuerdo de la historia del Capitán Paz. La Nena se había empeñado en que debían nombrarlo en inglés, Captain Peace, porque los más aguerridos filibusteros tenían que ser súbditos de su majestad Isabel Primera, Reina de Inglaterra e Irlanda. Había una vez un pirata que se llamaba Peace, decía Martín. Tenía un barco enorme llamado la Maga de Oriente, decías tú. Y en él navegaba por los mares en busca de barcos enemigos que saquear, decía Ninfa. Exacto. Y así iban contando el cuento. Creo que esa historia coincidió con el final del Barrio. No sé si te acuerdas.
Sí. Es verdad. Me sentí y me siento culpable. Nunca he podido quedarme en paz con la idea de que no había nada que pudiera hacer. La gente piensa que si vuelves una y otra vez a tus recuerdos y los escarbas y los desmenuzas terminas aprendiendo algo que te salva o que al menos te hace sentir mejor. Eso que llaman cierre. Pero no es verdad. Si te sientes culpable desde el principio, siempre te vas a sentir culpable. Y yo me siento responsable de la muerte de Guillermo y no hay nada que pueda hacer para cambiar eso. Desde que vi la cara lívida de Olga, incluso antes de que me contara lo que había pasado, yo ya había comenzado a sentirme culpable.
No sé cómo explicártelo. Yo tampoco entiendo exactamente por qué. Es una cosa física. Es una incomodidad del cuerpo, como cuando tienes hambre o sueño o ganas de vomitar. Es algo con lo que no puedes razonar. Así es como siento yo esa culpa. Guillermo estaba todavía en el Barrio porque era un tipo leal, fiel, de los que se quedan hasta el final, de los que no se rinden. Habíamos conversado mucho. O, más bien, yo había hablado mucho y él me había escuchado con esa manera suya de mantener la atención, de asentir con la cabeza, de quedarse en silencio sin discutir mientras uno decía disparates. Él sabía que eran disparates, que nada tenía sentido. Pero aceptó quedarse, aunque al mismo tiempo comenzó a hacer gestiones para ponerlos a ustedes a salvo.
No necesitaba creer en las razones que yo usaba para justificar mis miedos. Sólo necesitaba que yo le pidiera que me acompañara. Y por eso se quedó. La Nena ya se había ido. Hasta Fausto y Rebeca habían dejado de aparecer por los pasillos. Olga estaba a punto de abandonarnos. Cada vez había menos cosas en su cuarto y ya dormía menos o apenas se quedaba un par de días a la semana despierta la noche entera en su colchón lleno de trapos de colores. Hasta Ígor había dejado de venir.
Eso no es verdad. Yo no me había ido. Nunca me fui. De hecho, como puedes ver, aquí estoy todavía. Todos los demás se fueron. Nadie quería en realidad saber qué había pasado. Sólo yo, porque era responsable, culpable. ¿Cuál es la diferencia? Guillermo murió porque yo lo convencí de quedarse. Es cierto que desde el principio dijeron que lo habían confundido con alguien más. Que no era a él al que tenían que matar sino a un tal Juan Antonio, que ve tú a saber quién sería. Pero cualquiera puede armar una coartada como esa ¿no? Me planto con un arma frente a un tipo, que sé muy bien quién es, le grito otro nombre para que todo el mundo escuche, y sin esperar aclaratorias le disparo a quemarropa y lo mato en seco. ¿Qué mejor manera de garantizar que nadie entienda nada, que se corra el rumor de que fue una equivocación, un accidente? En este país en el que la vida de un hombre no vale nada, una muerte equivocada es irrelevante por partida doble.
Nadie investigó. A nadie le interesó saber qué había pasado. Por eso me quedé. Solamente desde el lugar de los hechos era posible reconstruir lo que había pasado. Volví al estacionamiento de autobuses miles de veces. La primera vez todavía estaba su sangre en el asfalto. No se puede comparar con lo que vio Olga, claro. Pero eso fue lo que me tocó a mí. Eso y preguntar, indagar, insistir. Pero nadie sabía nada y después de meses volviendo sobre lo mismo entendí que tenía que proceder al revés. Que en lugar de ir de los hechos a las teorías, debía armar una teoría para ver si lograba hacerla coincidir con los hechos.
Mi primer sospechoso era el Decano, es decir, las autoridades. Después de todo, ellos eran los que nos habían amenazado, golpeado y asaltado por tres o cuatro meses. ¿A quién más le podía interesar ver a Guillermo muerto? Los choferes de los autobuses a los que Guillermo ayudaba en sus ratos libres hablaban de él como se habla de un santo, un arcángel caído del cielo. Todos lo lloraron, cargaron la urna, se quedaron en el cementerio hasta que cayó la última paletada de tierra y se le puso encima la última corona de flores. Ninguno conocía al tal Juan Antonio.
Era evidente que habían contratado a alguien. Del mismo modo que contrataron a los encapuchados que nos habían asaltado y golpeado. Pero no encontraba el modo de juntar la punta de arriba con la punta de abajo en aquella madeja imposible de desenredar. Así que me armé de paciencia. No quedaba otra. Me dio por vigilar al secretario del Decano, el que le hacía los recados menudos, desde llevarle las camisas a la tintorería hasta lavarle el carro o falsificarle la firma en el despacho de asuntos rutinarios. Con el tiempo me animé a conversar con el hombre. Era un tipo eficiente, ambicioso, con ganas de abrirse su propio espacio. Hacía bien su trabajo con la mira puesta en el ascenso. La ambición es una cosa difícil de entender. Al menos para mí que apenas he conocido las ilusiones, los sueños inalcanzables. Cuando La Nena se enamoró de mí no lo podía creer.
Nadie me había soportado nunca por mucho tiempo. Y ella se vino a vivir conmigo apenas una semana después de la primera vez que estuvimos juntos. Ya sé que no te interesan los detalles, pero aquí entre nosotros, era buena en la cama. De las que disfrutan de verdad. De las que piden más. De las que no se cansan. De las que inventan cosas nuevas y nada les da asco. Era de esas. Y fuera de la cama hacía su propia vida. No dependía de mí, no pedía explicaciones. Le horrorizaban los celos y le importaba muy poco en qué ánimo andaba yo de día o de noche. Era la mujer perfecta.
Ya sé que te prometí el cuento corto y me sigo desviando por las ramas. El secretario del Decano se volvió con el tiempo un compañero de tragos. Y con unas cuantas cervezas encima al final del día le dio por contar cosas. Yo me hacía el desinteresado. Pero poco a poco me fui enterando. Lo demás ya lo sabes ¿no? Lo demás es, como dicen, historia. Un cuento difícil de contar porque todo el mundo lo conoce y ya no hay a quien sorprender. Aparece un muerto más y nadie sabe quién es el responsable. Esa culpa si es verdad que no me pesa. Te lo he dicho varias veces. Hay ciertas culpas que son fáciles de lavar.
Ahora todo es lo que es. Ya no nos queda ni el sueño de un futuro mejor. Hemos perdido hasta lo que no se debe perder. Esa manoseada idea de la esperanza como último refugio, de pensar que es posible un futuro mejor, incluso contra toda evidencia. Ya nada de eso cuenta. Es verdad que creí por un tiempo en una especie de justicia. Hasta que entendí que en un país como éste lo que no se cobra con la propia mano se queda siempre en deuda. No eran tiempos buenos, pero comparados con estos días, aquellos parecen envueltos en un aire de inocencia. Éramos más libres. Eso sí te lo puedo decir. Nos atrevíamos a jugar a ser otros, a cambiarlo todo con la pura fuerza de la voluntad. Lo pagamos caro, es verdad. Pero lo intentamos. Ahora ya ni eso podemos hacer. Todo cambió para peor y ahora estamos aquí, haciendo cola hasta para comprar papel sanitario, pendientes de los más mínimos rumores, convertidos en restos de lo que una vez fuimos, mirando las ruinas que quedan al sol.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.