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(Un cuento al mes... o más)

martes, 25 de abril de 2017

Rumores


Hay muchos que te pueden jurar que saben lo que realmente pasó, porque como en todos los pueblos, aquí también hay gente que recuerda más de la cuenta. Tenemos una memoria larga y ancha y rellenamos los huecos con historias inventadas. Pero la verdad es que nadie sabe nada. Todo son rumores, chismes, suposiciones. Y yo no te puedo decir que sé algo más de lo que todos saben o imaginan que saben.
Cuando tu mamá se casó con tu papá ya los rumores habían empezado. Tu papá no era de aquí y la gente se puso a inventarle un pasado. A la casa nos llegaban algunos de los cuentos y mamá se ponía furiosa. Tú no te acuerdas de tu abuela materna, pero ella era de armas tomar, como se decía antes. Y tu abuelo tenía que convencerla a veces de que no valía la pena amargarse por lo que dijeran por ahí. Él estaba seguro de que su hija se iba a casar con un hombre bueno y ningún chisme iba a hacer que pensara lo contrario. Porque la verdad era que a tu papá no le costaba nada contar su vida entera a quien quisiera escucharlo y estaba claro que no había ningún misterio.
Era verdad que se había quedado huérfano de padre a los cinco años. Su papá se había muerto de un infarto fulmimante. Su mamá se había quedado sola con cuatro niños pequeños y, aunque era maestra, le había tocado hacer de todo para sobrevivir y criar a los niños. Yo nunca la conocí, pero tu papá contaba que se levantaba todos los días antes de que saliera el sol, sin importar si era día de semana, sábado o domingo. Además de enseñar en la escuela del pueblo perdido donde habían nacido, llano adentro, cocinaba por encargo, lavaba, planchaba y remendaba ropa ajena. Durante un tiempo hasta cuidó los niños en la casa de una familia acomodada.
Cuando los hijos crecieron ella ya no tuvo que sacrificarse tanto porque los mayores comenzaron a traer algo de dinero a la casa. Trabajaban en lo que podían y tu papá, sobre todo, se encargaba de rebuscarse para quitarle de encima las cargas a la vieja. Trabajó como mandadero, como vendedor de periódicos, como limpiabotas, hacía todo lo que podía hacer para ganarse unos cobres. Cuando no había trabajo en el pueblo se iba para la finca de un tío que tenía unas tierras casi en la frontera con Colombia y allá trabajaba de sol a sol con los peones, comiendo una sola vez al día y viviendo a la intemperie, hasta que se terminaba la temporada de arriar el ganado.
Tu abuela murió antes de que tu mamá y tu papá se casaran. Yo no la conocí, pero me acuerdo de los cuentos que tu papá contaba porque a él le gustaba recordarla. Con pelos y señales le contaba a todo el mundo cómo había sido aquella vida en medio de tantas necesidades. A mí me sonaba muy sacrificada, pero él contaba todo con una sonrisa, con mucha nostalgia. Decía y repetía que no cambiaba su infancia por nada, que había sido una aventura, que nunca se aburría, que aprendió todo lo que había que aprender para sobrevivir. Si me dejan solo en medio de la sabana yo me defiendo, decía. Era una de las cosas de las que estaba más orgulloso.
Y a pesar de lo hablador y conversador que era, aún así la gente insistía en que había algo escondido o misterioso en su vida. Decían que desde muy joven se había juntado con la gente que se organizó en la clandestinidad para enfrentarse a Pérez Jiménez. Dicen que andaba para arriba y para abajo con un tío, que había sido uno de los fundadores de Acción Democrática, alebrestando a la gente por esos montes. Por eso, cuando se alzó la guerrilla todo el mundo decía que tu papá estaba en contacto con un grupo que se movía por estos lados y que les había dado paso franco por sus tierras.
Ya tu mamá estaba embarazada cuando eso, imagínate. Cuando tú naciste esos rumores corrían de un lado para otro. Pero nadie tenía una sola prueba. Te apuesto a que no hay un solo ser vivo en este pueblo que te pueda decir que vio o que oyó o que supo de primera mano que tu papá tuvo algo que ver con la guerrilla. Además ya nadie se acuerda de nada de eso. El único que sigue dándole vueltas al tema es ese falso padrino tuyo, que nunca te bautizó, y que vive inventando historias porque se cree el dueño de la memoria de todos. Pero no le creas. Son puros chismes.
Lo que a nosotros nos dijeron era que había sido un accidente. Que se les había espichado un caucho y se habían bajado a cambiarlo a la orilla de la carretera. Era de noche, estaban en una curva y una gandola se los llevó por delante sin verlos. Eso fue lo que nos dijeron. Por mucho tiempo se dijo que el hombre que manejaba la gandola que los había atropellado estuvo en el entierro. Decían que le había pedido perdón a la familia. Yo no me acuerdo de eso. Pero me acuerdo muy bien de aquel entierro. Nosotros estábamos ahí para enterrar a tu mamá, más que todo. Pero el pueblo entero había venido a despedirse de él.
Tu papá era un hombre querido, tal vez por eso a la gente le gustaba tanto hablar de él. Bueno o malo, todo lo que se decía de tu papá era por pura admiración. Y después que murió, en vez de parar, los rumores más bien crecieron. Yo escuché esa historia de la venganza un tiempo después, pero me imagino que estuvo danzando de boca en boca por mucho tiempo. Un día que estaba sentada en la sombra de la plaza descansando de la resolana escuché a dos hombres discutir sobre esa historia. Uno le decía al otro que no se metiera en vainas porque iba a terminar como el finado Espinal, con una bala entre las cejas.
No me pude olvidar de esa historia por más que intenté. Cuando por fin reuní valor para preguntarle a tu abuela ella terminó contándome todo lo que sabía. Había pasado ya mucho tiempo, papá también se había muerto y mamá se imaginaba que ya no le quedaba mucho más por delante. No sé. Tal vez estaba cansada de rumiar tanto secreto. Lo que ella sabía, porque papá se lo contó, era que los dos tenían tiros de gracia en la nuca. Durante mucho tiempo eso había sido un secreto a voces. Yo misma no lo hubiera creído si mamá no me lo hubiera dicho con lágrimas en los ojos.
No sé como se enteró Carla de todo eso. La gente dice cosas sin pensar y andan todo el día conectados por esas redes, leyendo chismes y repitiéndolos sin ton ni son. No me puedo imaginar todo lo que pueden estar diciendo. Si antes esto era un nido de víboras y cada uno tenía la lengua más larga que el otro, imagínate cómo será ahora. El caso es que de algún modo se enteró y vino a preguntarme, como tú me estás preguntando ahora, si era verdad que los habían ajusticiado. Me extrañó tanto esa palabra. Pero así fue como lo dijo y yo no supe qué responderle.
Al final le conté lo que sabía. Después que mamá me contó lo de los tiros de gracia yo misma empecé a preguntar por aquí y por allá. Mamá ya había muerto cuando supe que los viejos del pueblo decían que quien los había mandado a matar estaba en un alto cargo en el Ministerio del Interior. Era el segundo gobierno de Caldera, si mal no recuerdo. Yo no le seguí la pista al hombre, nunca había visto ni una foto ni nada, pero de vez en cuando repetía su nombre y su apellido para que no se me olvidara.
Decían que había sido un guerrillero cuando joven y que había traicionado a los suyos saltando la talanquera en los tiempos de la pacificación, en el primer gobierno de Caldera. Decían que el finado Espinal lo conocía bien, que eran casi de la misma edad y que habían militado juntos. Algo pasó entre ellos, quién sabe, en esos tiempos la gente tenía que elegir, como siempre, supongo. El caso es que parece que en algún momento se distanciaron, se enfrentaron, se volvieron enemigos. Pero sabían demasiado el uno del otro y llegó el momento en el que solamente podía sobrevivir uno de los dos. A tu papá le tocó la peor suerte. Y mi hermana terminó cayendo con él sin tener ninguna culpa.
Carla vino con fotos y recortes de prensa y me preguntó si lo conocía. Le dije que el nombre era el mismo y que los datos coincidían. Pero no quise alimentarle esa historia. Le dije que eran rumores, que no había manera de saber, que en este pueblo la gente siempre habla de más y no saben ni lo que dicen. Pero ella estaba tan convencida. Me pareció ver a tu papá y a tu mamá juntos en esa fuerza que la empujaba hacia adelante. Tú sabes que Carla era como mi hija. Cuando Carmen murió ella era apenas una bebé y yo la crié. Tú y yo la criamos juntas. Pero yo la sentía como mi hija mientras que tú eras más bien una hermana pequeña. Yo nunca sentí que tenía que educarte o guiarte de ninguna manera. Tú ya eras grande, casi una adulta.

Ahora las dos estamos aquí como si hubiéramos perdido una hija. No hay un dolor más grande que perder a un hijo. O tal vez sí. El dolor más grande es este, perder a alguien que sientes como una hija tuya sin que lo sea. Es un consuelo que todos hayan venido a darme el pésame como si reconocieran que yo soy la que más ha perdido. Tú tienes tanto tiempo afuera, Olga, que ya no te conocen. Pero yo sé que las dos perdimos a la persona más importante que nos quedaba. Ya te puedes ir en paz porque ahora sí es verdad que no tenemos nada. Ni te molestes en volver cuando sea mi turno. No vale la pena.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.