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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 31 de diciembre de 2010

El muñeco de nieve

Para Lyo, que inventó conmigo este cuento

En realidad no sé cómo empieza esta historia. Cuando la gente le dice a uno que empiece por el principio, es porque no se da cuenta de que justamente el principio es el lado más oscuro, más indescifrable de un relato. A veces lo más difícil es encontrar el hilo que da inicio a la trama. Digamos que esta historia comienza con la nieve. Había nevado. Había más de medio metro de agua helada sobre todas las cosas y el mundo parecía hecho de esa substancia blanca que aplaca los sonidos y los pensamientos, que calla los pájaros y sólo deja hablar la luz.

En las mañanas, mientras me tomaba el segundo té después del desayuno mirando por la ventana, escuchaba las noticias de la radio sobre la gente atrapada en las carreteras y las autopistas. Decían que no había nevado así desde hacía medio siglo. Nadie sabía muy bien qué hacer. Hasta un ministro renunció por no ser capaz de manejar la crisis. Sus partidarios se quejaron porque su retiro forzoso del cargo no se debía a que era incapaz, sino a que la naturaleza se había ensañado con esta parte del reino. Y así todas las mañanas. Un escándalo cada día, una furia que parecía fabricada para contrarrestar el silencio helado de la nieve que seguía creciendo, indiferente.

El pan y la leche se habían acabado en el abasto del pueblo. También la carne, el pescado, el pollo y todos los productos frescos. Entrar en aquel lugar desolado me hacía recordar la tierra remota en la que nací, donde el más mínimo rumor desataba una ola de compras nerviosas que en minutos dejaba las estanterías de los abastos arrasadas, vacías como la boca inútil de un viejo sin dientes. En esas dos semanas había ido varias veces a hacer compras y había recorrido los pasillos con mi bolsa de yute debajo del brazo, sin saber qué llevarme. Esa vez elegí unas cebollas mustias que quedaban al fondo de una cesta azul, un kilo de arroz basmati y tres latas de atún en aceite de oliva. También aproveché que acababa de llegar la leche y compré un litro y medio, junto con unas galletas que se parecían a las galletas de soda de mi infancia.

Regresé a la casa con la sensación de que el fin del mundo estaba llegando pero no nos habíamos dado cuenta todavía. Mientras caminaba con cuidado para no resbalarme en las aceras abultadas de hielo se me ocurrió que el ruido que hacían mis botas sobre la nieve se parecía mucho al sonido de fondo de una película de catástrofes inevitables. Miré el cielo azulísimo y pensé que si no volvía a nevar estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? No sé. Ya lo dije. No sé muy bien dónde empieza esta historia. Pero creo que ese día de cielo azul y de compra precaria fue el día que vi a los niños haciendo en la plaza un inmenso muñeco de nieve.

Tenía que bordear la plaza para llegar a mi puerta. Me paré un momento a decidir cuál camino estaba más despejado. Y fue en ese instante que fijé en la memoria la imagen de los tres niños. Estaban vestidos con ropas oscuras. Uno de ellos tenía un gorro rojo con un gran pompón arriba que sobresalía como un chiste malo. Recuerdo que pensé que no tenían guantes y que se les congelarían los dedos antes de que terminaran de hacer el muñeco de nieve. Elegí el camino de la derecha, que un vecino fortachón y retirado limpiaba todas las mañanas con un entusiasmo sospechoso, y antes de llegar a mi casa le di una última mirada al grupo que reía y gritaba festejando pasadas o futuras ocurrencias.

Por las huellas que habían dejado en la nieve, se veía que habían hecho una primera bola, más bien pequeña, tal vez usando una pelota o algún otro objeto de relleno, y la habían ido empujando alrededor de la plaza. A cada vuelta la bola crecía más y más, dejando un rastro que parecía el de un gusano gigante que hubiera perdido el rumbo. Antes de abrir la puerta noté que la bola de nieve, que estaba ya en el centro de la plaza, era del tamaño del más pequeño de los tres niños. Pensé en las maravillas que se pueden hacer con ese material, al mismo tiempo duro y amable, que se deja moldear y que puede esconder tantas cosas.

Supongo que sería al día siguiente, al mirar por la ventana de la sala con mi segunda taza de té en las manos, que vi el muñeco terminado. Le habían construido una cabeza al cuerpo y le habían hecho una cara. Tenía puesto el gorro rojo que usaba uno de los niños y una bufanda desflecada que seguramente se había congelado ya. Debajo del gorro, después de una nariz hecha con lo que parecía un trozo de palo seco, le habían construido la boca con un objeto que no podía identificar de lejos, pero que le daba al conjunto un aire más bien siniestro. El muñeco de nieve parecía reírse ahí afuera de todos y de todo.

La vez siguiente que salí al abasto, sin demasiadas esperanzas de conseguir mucho que comer, crucé en diagonal la plaza, enterrándome en la nieve hasta más arriba de los tobillos. Me acerqué al muñeco blanco que seguía entero dominando el lugar y fue cuando lo vi. Debía haber sospechado algo en ese momento, pero después de sentir una especie de escalofrío que me paró los pelos de la nuca, pensé que todos los vecinos habían visto aquello y si a nadie le había parecido extraño, tal vez no lo era. La boca del muñeco de nieve era un zapato de bebé incrustado de perfil.

Ese día regresé con la bolsa del abasto algo más pesada. No tanto de comida sino más bien de papel sanitario, jabón de lavar, destapador de cañerías. Cosas que tal vez no necesitaba de inmediato, pero que sentía la necesidad de acumular, como si me preparara para tiempos más difíciles. Los estantes estaban llenos a medias pero yo ya me había resignado a comer arroz con atún hasta que el mundo volviera a la normalidad. El camino de regreso lo hice bajo una aguanieve gris que amenazaba con convertir la visión impoluta de la plaza en un charco más bien inmundo. Me apuré a entrar en la casa sin mirar hacia atrás.

Pasaron días, supongo. No sé en realidad si pasaron días, pero para todos los efectos mi memoria ha construido aquí una pausa, un tiempo que no recuerdo en términos precisos. Sólo sé que hubo lluvia, algo de sol, más lluvia. Unas estalactitas transparentes y deformes, como largas zanahorias de hielo que crecieran en el aire, se instalaron en mi ventana por más de una semana. Uno de los días soleados pasé un largo rato tomándole fotos a esos extraños objetos que habían invadido mi campo visual. Ese día, por no dejar, le tomé también una foto a lo que quedaba del muñeco de nieve.

Parte de la cabeza se había disuelto ya y el zapato de niño que una vez le había servido de boca se había caído al piso y parecía esperar el regreso de su dueño. Tal vez fue al día siguiente que me di cuenta del zapato, cuando miraba las fotos de las estalactitas en la pantalla de mi laptop. La verdad es que no le di importancia. Pero el resto de una idea se me quedó pendiente en algún lado, algo como la letra de una canción que no terminaba de recordar, como la pieza que no encaja y se queda danzando hasta en los sueños. Por eso, cuando volví al abasto a comprar atún y leche me metí en el bolsillo la cámara, casi sin pensarlo.

Me paré frente al muñeco de nieve y le tomé cuatro fotos, una por cada lado. No sé por qué lo hice. Fue un impulso. Es lo que le dije al par de policías que vinieron a tocar a mi puerta una semana después. Imprimí las fotos y se las entregué en un sobre transparente al día siguiente que descubrieron el cuerpo. A simple vista no había nada en las fotos que indicara que ahí adentro había un niño. Pero si se miraba bien, ampliando un par de puntos oscuros, en una de ellas se veían claramente tres dedos y en la otra una mata de pelo oscuro y revuelto. Es posible que me llamen a declarar, o al menos eso me informó uno de los policías con fingida amabilidad.

Tampoco sé cómo termina esta historia. El final de una historia debería revelar una verdad, apuntar hacia una certeza. Pero en este caso no es posible. No puedo ofrecer más que un cierre indeciso a esta historia que no sé cómo empezó. Tal vez todo comenzó como un juego de niños que querían aprovechar que había nevado como nunca en los últimos cincuenta años. Unos niños en busca de un lugar donde esconder una presa cobrada por pura diversión. Parte de lo que pasó lo vimos todos, sucedió frente a nuestras casas y a plena luz del día. Tal vez por eso esta historia sólo puede tener un final abierto. Un futuro lleno de sospechas, miradas de soslayo, puertas cerradas con doble llave, pesadillas al filo de la madrugada.

Los funcionarios del equipo forense siguen en la plaza buscando evidencias. Cruzan de un lado a otro con sus trajes blancos que les cubren el cuerpo entero de la cabeza a los pies. Llevan y traen bolsas, cajas y contenedores varios. La plaza está rodeada de una cinta amarilla y roja que prohibe el paso y tres policías de uniforme negro y chalecos fosforescentes vigilan que la prohibición se cumpla al pie de la letra. Los vecinos se asoman de vez en cuando a las ventanas. La señora que atiende el café de enfrente sale cada dos o tres horas con un termo de té o café y ofrece la bebida humeante en vasos de plástico. Los vasos se acumulan en el basurero de la esquina.

En el noticiero de la televisora local ya se comenta el hallazgo. Es muy pronto para saber qué pasó. El cuerpo no ha sido identificado todavía. Algunos vecinos aparecen en la pantalla comentando el suceso asustados o sorprendidos o indiferentes. Al final de la noticia aparece la foto fija de tres pequeños dedos congelados. Reconozco la imagen y me asalta la certeza de que ya nada será como antes. Ahora miro la plaza como si fuera un cementerio con una sola tumba. Esta mañana alguien dejó en el piso, sobre la nieve y casi frente a mi ventana, un pequeño ramo de flores secas.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.