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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 29 de abril de 2011

El patio del vecino

Esta semana murió un vecino que vivía unas casas más allá. No lo conocía. Pero lo veía cortar la grama en su lote de patio que está frente a mi ventana. Lo hacía con cadenciosa lentitud y una especial atención a los detalles. Usaba una cortadora de grama verde y negra, que funcionaba a pulso y parecía de los tiempos de la segunda guerra mundial. Con su aparato silencioso y anacrónico pasaba una hora o más a la intemperie, distrayendo el tiempo muerto de algunas tardes. Iba de arriba a abajo de su minúsculo patio emparejando la grama hasta que quedaba impecable. Después sacaba los excesos de monte de los bordes con un pequeño rastrillo y finalmente contemplaba su obra en busca de minúsculas imperfecciones. Esa es la única imagen que guardo del vecino que murió esta semana.

Aquí las casas tienen patiecitos de unos tres metros cuadrados para colgar la ropa. Son rectángulos bordeados de una cerca baja de madera, que tienen adentro tres o cuatro postes que sostienen tensas cuerdas de plástico. Casi todos están cubiertos de baldosas de piedra o cerámica que mantienen a raya todo lo verde que pretenda asomarse. Patios de tendido entiendo que se llaman en español. No sé cómo se dice en inglés. Me imagino que será algo tan simple como backyard. Pero esa palabra escueta no define en realidad lo que se esconde detrás de la idea de que cada casa tenga un rectángulo soleado donde poder airear la ropa, que no necesariamente secarla.

Las pocas veces que tiendo afuera mis sábanas y mis paños, en los días en que el sol parece que calienta, tengo que recogerlos en la tarde todavía húmedos, impregnados de ese frío que hay aquí en el aire y que hace que la ropa sólo se seque en realidad en las noches, a punta de calefacción. En esos días en que me toca recoger sábanas húmedas como si arriara velas, recuerdo el crispado sol del trópico y el modo como calienta las telas, tostándolas en cuestión de minutos. Entonces no puedo evitar sentir una nostalgia quieta, que se me queda pegada en la piel por horas.

Tal vez por esa empecinada falta de sol algunos vecinos dejaron hace tiempo de usar sus patios. Aunque un par de señoras siguen fieles al ritual inútil del tendido, hay quienes han quitado ya las cuerdas y sólo de vez en cuando salen a ver si hay alguna hoja que barrer o algún monte terco saliendo entre las grietas. Pero unos pocos han decidido que no vale la pena robarle a la naturaleza un trozo más y levantan las baldosas y remueven la tierra que está debajo. Entonces siembran una grama verde que retoña agradecida en apenas semanas. Y nace así un retazo de lo que antes fue, una especie de regalo nostálgico a los demás vecinos, al aire, al universo. Eso fue lo que hizo el vecino con su trozo de patio. Lo dejó cubrirse de grama y cada tanto, cuando no hacía demasiado frío, salía a podar su retazo verde.

Ese patio reticente me ha dado que pensar desde que llegamos a esta casa y lo miré por primera vez. Lo contemplo desde la ventana de la cocina cuando lavo los platos. Desde el principio me pareció que la existencia misma de ese trozo rebelde era producto de un acto insólito de generosidad. Cuando no estoy distraída pensando en otra cosa, me entretengo imaginando el modo como el vecino habría decidido esa devolución desinteresada a la naturaleza. Seguramente involucró mucho más que el simple acto de levantar el piso para sembrar la grama.

—Ya no usamos el patio de tendido, ¿no? —le habría dicho el vecino a su mujer, simulando desinterés.

—No mucho —habrá respondido la señora, mirándolo con curiosidad, pero haciéndose la distraída.

Tantos años de convivencia lo preparan a uno para captar la más mínima variación en el tono de voz del otro. Esos cambios imperceptibles para cualquier oído ajeno, le dicen al oído entrenado infinidad de cosas. Que se avecina una resolución definitiva, por ejemplo. Eso debe haber sentido la señora del vecino detrás de aquella pregunta aparentemente casual. Pero el ritmo y el tono, tal vez la etiqueta misma de las largas convivencias también enseña que ante esos discretos advenimientos lo mejor es no hacer preguntas. Es preferible esperar a que las preguntas lleguen solas. Por eso la señora del vecino no habrá querido saber nada más. Ya llegaría el momento.

—Podríamos hacer algo con el patio, ¿no te parece? —diría el vecino al regresar una tarde, después de contemplar por largo rato aquel espacio pelado e inútil.

—¿Algo como qué? —habrá respondido la señora del vecino.

A esta pregunta, formulada tal vez de un modo demasiado brusco, el vecino habrá respondido con uno de sus hoscos silencios. El tiempo habría pasado lento, como acostumbra a pasar el tiempo cuando uno ha superado ya los mejores años y el ocio inunda los días más bien fríos. Hasta otro día soleado en el que el vecino se habría decidido a hacer por primera vez su propuesta formal.

—¿Qué tal si levantamos las baldosas y sembramos grama en el patio?

También aquí la larga convivencia habrá aconsejado aproximarse al tema con cautela. Así que la señora del vecino, conociendo los impulsos de renovación que asaltan a su marido cada tanto, habrá seguido con lo que estaba haciendo sin darle demasiada importancia al asunto. Es posible que haya dicho ¿por qué no? entre una puntada y otra, sin levantar la vista de la labor que tenía entre manos.

Y fue así como un día cualquiera, armado tal vez con precarias herramientas, el vecino se habría instalado en su patio de tendido a iniciar el largo trabajo de deshacer la obra de hombres más civilizados y ambiciosos. Al final de tres o cuatro días de una labor que a los ojos de los demás resultaría intrigante, por decir lo menos, el vecino habría puesto al descubierto un trozo de naturaleza bruta. Me lo imagino parado frente a su obra con las manos sucias en las caderas, contemplando las hormigas y las lombrices que huyen despavoridas ante tanta luz y tanto aire.

—¿Y qué tipo de piso va a poner ahora? —le habría preguntado algún vecino distraído.

—Ninguno —habría respondido él, con una sonrisa generosa cubriéndole la cara por primera vez en años.

El vecino curioso se habría quedado mudo de la impresión. Nadie levanta el piso de un patio para dejar la tierra pelada. Esas cosas no se hacen en estos suburbios en los que cada metro tiene un propósito preestablecido. ¿Dónde colgaría la ropa la señora del vecino ahora que él había desamarrado las cuerdas, desenterrado los postes y hasta desmontado una a una las pesadas baldosas? Pero en las relaciones entre vecinos que han vivido largos años codo a codo también hay un protocolo que pone a cada quien en su sitio. Y el vecino que se queda asombrado ante la respuesta sabe que el hombre que sonríe espléndidamente delante de él es dueño y señor de ese rectángulo que antes era un patio y ahora no es más que un montón de tierra revuelta, donde corren como locas las hormigas.

—¡Voy a sembrar grama! —habrá anunciado triunfal, pasándose por la cara una mano sucia que le deja un rastro oscuro en la frente y le hace parecer menos sensato de lo que en realidad es.

El otro vecino se habrá convencido en ese instante de que el sentido común no es el que está mejor distribuido y se habrá ido a su casa a comentarle a su mujer las loqueras que se le ocurren a la gente. Pero tres semanas después, ante los hechos cumplidos, todo el vecindario terminaría acostumbrándose a la generosa extravagancia. Con el tiempo, el rectángulo verde se instalaría en el paisaje como un don, como un regalo inesperado que no queda más que celebrar y aceptar. Y a veces, por qué no, copiar descaradamente.

Es por eso que el vecino de al lado amaneció un día con la misma idea y le dijo a su mujer, más decidido que dudoso, que levantaría las baldosas del patio de atrás. Supongo que hubo cierta discusión, alguna forma de resistencia, porque en el patio del otro vecino, el que está vivo y de lo más saludable, siguen en pie los postes que sostienen las cuerdas en las que se cuelga todavía la ropa. Pero ese patio también está sembrado de grama y los perros y gatos del vecino lo agradecen todos los días, con o sin sol.

El patio del vecino que murió esta semana se ha ido cubriendo de florecitas blancas y amarillas. Son matas inocentes que la gente persigue aquí con saña, porque las consideran un monte invasor que es capaz de acabar con todo mientras dure el buen clima. A mí me parecen coloridas y alegres. Me recuerdan las matas silvestres de la tierra en que nací y tienen el encanto de las cosas que, aunque duran poco, sacan provecho al máximo del tiempo que les ha sido dado. Pero parece que si se dejan crecer se tragan hasta la grama más resistente. Así que ya vendrá algún vecino a encargarse de eliminar las flores del lote huérfano.

Pero mientras llega ese momento, cuando lavo los platos con agua tibia miro por la ventana las flores silvestres que siguen creciendo sin límites y me imagino las posibles variantes de esa resolución inesperada que nos dejó el retazo verde. Cambio el escenario y las líneas del diálogo una y otra vez hasta que me suena probable. Después las cambio un par de veces más hasta que se vuelve divertido y luego otro poco hasta que llega a sonar absurdo. Así me distraigo pensando que es el único homenaje que le puedo hacer al vecino que murió esta semana y que no conocí. Y de pronto, en un impulso de generosidad contagiada, le digo a mi marido que trabaja ensimismado en sus gráficos y ecuaciones:

—¿Qué tal si sembramos grama en el patio?
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.
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4 comentarios:

eliza dijo...

Una manera de mirar los protocolos cotidianos, cosa que los linguistas solemos hacer, con menos de esa dulce tristeza con la que tus cuentos retratan al género humano. La imagen "recoger sábanas húmedas como si arriara velas" es poema perfecto.

mirtha dijo...

Querida Raquel: tenías razón. Me gustó. Burda. Te salió redondo. Con música. Fluido. Un abrazo.

Marianella dijo...

Querida Raquel,

¡Qué maravilla es conmoverse! No he podido desprenderme del olor a jabón de panela y sol donde acudió mi nostalgia al imaginarme la ropa colgada en cuerdas. !Me encantó tu historia! Recordé también esa extraordinaria escena de "Yerma" cuando lava ropa con su vecinas, temiendo la vigilancia de su marido. Yo hice "Yerma" y tenía una escena donde doblábamos las largas sábanas entre dos y adopté después esa costumbre en la vida cotidiana, para empalagarme con el olor al sol. La nostalgia es un recurso que nos mantiene atentos y sensibles ante el tiempo y lo cotidiano.

Atenea dijo...

Querida Raquel:
Gracias por el regalo de estos cuentos. No conocía tus blogs. Verdaderamente, me encantó "El patio del vecino", pues está hermosamente escrito, con imágenes que me encantaron, como la nostalgia que se pega en la piel varias horas. No sólo en esa nostalgia está el migrante, sino en el hecho de adivinar esas vidas contiguas, a partir de pequeñas señales. Te felicito. Un abrazo, Luz Marina

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.