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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 12 de enero de 2015

Boca



La mujer puso una carta sobre la mesa y se quedó pensando. La apuntó con un dedo regordete en el que brillaba un inmenso anillo de plata y luego la picoteó con la uña, como una gallina terca. Este es un hombre alto, fuerte. Hacía como que dudaba y entrecerraba los ojos mientras intentaba describir la figura que estaba viendo quién sabe dónde. Un hombre relacionado contigo de alguna manera, decía como si preguntara. Este hombre te causó un gran sufrimiento, aseguró después de una pausa y ya con los ojos bien abiertos. Ahora leía los efectos de sus palabras no en las cartas sino la cara de Eli que hacía todo lo posible por mantenerse inexpresivo.
–Era tu padre –dijo ya totalmente convencida–. Y murió no hace mucho.
Levantó otra carta y se quedó mirándola sin ponerla sobre la mesa. Su mano temblaba apenas. Me miró asombrada y volvió a mirar la carta comprobando una certeza. Después miró a Eli con un gesto de sospecha y fue poniendo la carta poco a poco sobre la mesa. Le pasó la mano por encima como si necesitara limpiarle el polvo o desarrugarla o presentarla en todo su esplendor. El aire se movió en el cuartucho en el que un ventilador invisible se echó a andar de pronto. La mujer dijo que sí con la cabeza y frunció los labios. Luego soltó como un rayo tres frases fulminantes.
Eli se levantó y salió afuera sin disculparse y sin decir una palabra. Yo lo seguí después de darle a la mujer tres billetes arrugados. Pero la mujer no estaba dispuesta a dejarnos ir. Se levantó y caminó detrás de nosotros con los trabajosos pasos de quien ha tenido mejores días. Mientras nos alejábamos por el patio del conventillo convertido en centro comercial, ella seguía hablándonos de un futuro que nos esperaba, en el que habría un par de tragedias a menos que hiciéramos algo para evitarlas. Sin mirar atrás era posible imaginarla, batiendo las faldas y los chales, moviendo los brazos y haciendo sonar las pulseras. Su voz se quedó atrás cuando salimos a la calle.
Afuera los turistas tomaban fotos frente a la fachada colorida a las marionetas tamaño natural que se asomaban por las ventanas con sus ojos de trapo. Un grupo de chinos llegó con una guía que enarbolaba una sombrilla roja. La guía explicaba lo que los turistas debían saber del lugar. Tal vez les contaba que en La Boca había estado el puerto desde la fundación de la ciudad, por allá en el mil quinientos y tantos. Los chinos no parecían tan impresionados por las fechas como por los colores de los edificios. Esos rojos y amarillos, esos anaranjados y azules, toda esa luz que no parecía caber en las cámaras que disparaban como locos.
Por un rato los chinos y su guía bloquearon la entrada del conventillo del que acabábamos de salir. Eli tropezó con un par de ellos en su apuro en busca de cielo y de aire y siguió caminando hacia el Riachuelo sin esperarme. Me quedé un poco atrás a propósito, escuchando ese sonido como de pájaros que hacían las bandadas de turistas que llegaban, se detenían, tomaban miles de fotos y seguían de largo, en busca de nuevas imágenes. Un grupo de gaviotas aterrizó en la plaza y sus graznidos opacaron el ruido de los carros. Caminé lentamente hacia la orilla. En el agua estancada flotaba una capa de aceite donde el cielo se mezclaba con tonos de colores ondulantes e indecisos. Un barco antiguo cabeceaba amarrado al borde con un mecate tan ancho como mi brazo.
–Sólo estaba adivinando –le dije a Eli cuando por fin me le acerqué.
Movió la cabeza como si quisiera quitarse de encima un pensamiento incómodo. Y luego murmuró, más bien como para sí mismo, que él no creía en esas cosas. Que nunca había creído. Comenzó una frase que dejó a la mitad y luego miró las gaviotas en la plaza, el agua estancada del río aceitoso, las fachadas coloridas que se perdían hacia el final de la calle. Otro autobús lleno de turistas se estacionaba en la calle ya repleta.
–Vamos a comernos un buen pedazo de carne –sentenció al fin.
Una amiga nos había prestado un apartamento en la Avenida Alicia Moureau de Justo, en Puerto Madero. Habíamos llegado el día anterior y desde el principio todo parecía indicar que aquel viaje iba a ser un desastre. El papel en el que habíamos anotado el número se nos traspapeló en el camino y cuando vimos la hilera de edificios nos dimos cuenta de que iba a ser imposible llegar si no recordábamos la dirección exacta. Eli dijo que sonaba como una fecha del siglo antepasado. Imaginamos que los dos primeros números debían ser 1 y 9. Después yo me acordé que había un siete. Entonces Eli dijo 1979. Y caminamos sobre la acera leyendo todos los letreros. Cuando estuvimos delante de la puerta que tenía el número que creíamos recordar nos pareció que sonaba bien.
La llave que debía abrir la puerta del lobby entró sin problemas en la cerradura. Adentro había una penumbra húmeda. La planta baja estaba llena de matas que subían hasta el pasillo del primer piso. Todos los pisos tenían pasillos que daban a este patio interior lleno de matas tristes. Si uno miraba desde abajo, desde el centro del patio, podía ver el techo transparente que dejaba entrar lo poco que quedaba de la luz de la tarde. La llave tenía dos números: 4to y 421. Subimos al cuarto piso en un ascensor ultramoderno, todo forrado en metal y espejos. Nos llevó un rato encontrar el apartamento 421 y mientras dábamos la vuelta por el pasillo bañado en una luz azul que parecía difuminar todas las cosas, escuchamos ecos de pasos y el ladrido de un perro.
–Aquí es –dijo Eli, exténdiéndome la mano para que le diera la llave.
Un olor a cuero nos asaltó cuando entramos. Dejamos los morrales en la puerta y fuimos directo al balcón que corría de un extremo al otro del apartamento dejando entrar una brisa casi fría. Miramos la ruta del tranvía que pasaba enfrente y a lo lejos la cuesta que sabíamos, por el mapa que consultamos en el aeropuerto, que nos llevaría al centro. Revisamos rápidamente los dos pisos, el baño, la cocina. Los dos estábamos inquietos y nerviosos. Hacía años que no teníamos por delante tres días completos para nosotros solos.
–Pido el sofá –dijo Eli señalando el inmenso mueble de cuero que ocupaba casi toda la sala.
Dos minutos después ya estábamos otra vez en la calle. Queríamos aprovechar el tiempo y verlo todo, aunque sabíamos que iba a ser imposible. Pero tres días después yo debía seguir viaje al sur y Eli tenía que cruzar otra vez el Atlántico. Habíamos hecho una lista de lugares a donde ir y los habíamos marcado en un mapa que ya parecía viejo. Hacía mucho tiempo que no jugábamos a ser turistas. Nuestros encuentros siempre se producían en lugares que los dos conocíamos bien, o que al menos uno de los dos conocía lo suficiente para no necesitar mapas ni guías de viaje. Pero ninguno de los dos había estado nunca en Buenos Aires y nos sentíamos como dos niños jugando al escondite con la inmensa ciudad que nos esperaba contando hasta cien.
Nos tomamos un café en un puestico mínimo en Puerto Madero mientras estudiábamos el mapa y decidíamos a dónde ir primero. Estuvimos de acuerdo en conocer el puerto antes que nada. La Boca suena como el principio de todo, había dicho yo con cierta convicción. Mientras íbamos en camino, Eli hizo un comentario sobre el turismo de los barrios y sobre lo divertido que sería montar un conventillo para uso de turistas en una ciudad como Caracas. Le dije que una pensión de estudiantes a la usanza de los años treinta podía quedar muy bien en La Pastora. Un burdel de principios de los años cincuenta en El Silencio, antes de que demolieran el viejo barrio de las putas, completó Eli nostálgico. Nos divertimos imaginando otros museos en lugares perdidos y recordando museos insólitos en sitios reales que habíamos visitado, como el museo de la infancia en Edimburgo, lleno de juguetes que parecen sacados de una película de horror, o el museo de la inocencia que construyó Orhan Pamuk en Estambul para convertir en realidad una de sus ficciones.
La Boca nos decepcionó a primera vista. Quedaba muy poco del viejo barrio. Las casas de paredes coloridas parecían restos de un escenario gastado. Lo auténtico se había despedido de aquel lugar mucho tiempo atrás. Pero habíamos aprendido que la autenticidad ya no es más que una fachada para atrapar turistas. Todo era falso y sin embargo en todas partes la historia de aquel lugar era mostrada con orgullo. Un tango arrabalero sonaba en un aparato de radio que simulaba ser antiguo. Se visita el pasado para comprar los productos del presente, escuchamos comentar a un turista con una gran cámara en la mano y el ceño fruncido. Eli me miró levantando mucho las cejas y me hizo señas para que camináramos hacia la iglesia de Nuestra Señora de los Inmigrantes. Entramos a ver si podíamos prender una vela.
Fue al salir de la iglesia, un poco encandilados con el sol de mediodía, que andando por las calles cercanas encontramos el conventillo convertido en centro comercial y decidimos entrar. Olía a parrilla y ya nos imaginábamos probando uno de esos famosos asados de tira. Las tiendas se abrían hacia un patio de ladrillos con un inmenso árbol en el centro y mesas de manteles verdes rodeadas de unas sillas de metal que parecían muy incómodas. Recorrimos los pasillos que rodeaban el patio mirando artesanías y adornos de cuero. Hasta que nos llamó la atención un local que tenía en la puerta un letrero pintado con tizas de muchos colores donde se ofrecía la lectura del tarot por veinte pesos.
Por puro gusto de ver algo extraño, nos paramos enfrente a admirar el letrero y la decoración del lugar. No queríamos saber en realidad qué nos esperaba en el futuro. El porvenir no nos intrigaba, porque ya lo habíamos determinado nosotros mismos mucho tiempo atrás. Así que dimos media vuelta y seguimos andando. Pero la mujer salió del lugar como si viniera de otro mundo y nos persiguió por el pasillo hasta el patio. Le dijimos que no con toda la amabilidad que pudimos juntar. Yo me negué con un poco más de contundencia. Pero Eli tenía una de esas supersticiones atávicas que lo obligaban a aceptar las manifestaciones del destino en la forma en que vinieran. Y esta vez el destino tenía la forma de una morena disfrazada de gitana a la que le sonaban las pulseras cuando hacía gestos rotundos para asegurar que sus predicciones siempre se cumplían.
–Les hago dos lecturas por el precio de una –estaba diciendo la mujer, ya con la mano de Eli entre sus dos manos regordetas y llenas de anillos.
Eli ya se iba detrás de la falsa gitana mientras yo seguía protestando y negándome. Al final no me quedó otra que acercarme hasta el lugar en el que aquella mujer decía que leía el porvenir. Era una especie de cubículo con tres paredes sin ventanas, pero abierto hacia el patio central por una puerta corrediza que se subía y dejaba entrar toda la luz y los ruidos de afuera. Adentro había lámparas tapadas con velos rojos y morados. Varias alfombras cubrían el piso en un estudiado desorden y tanto el techo como las paredes estaban cubiertos por telas de batik superpuestas que daban la sensación de que uno estaba entrando en la tienda de un beduino encandilado por el sol del desierto. Era una mezcla rara, pero producía el efecto exótico que parecía indispensable para escenificar la entrada al misterio, a lo inexplicable.
Me negué a sentarme, por más que la mujer insistió. Me paré detrás de Eli mientras la mujer elegía de entre tres montones de cartas de distintos tamaños. Puso la mano primero en unas que se veían más viejas que las demás. Era una pila de cartulinas de un azul muy oscuro. Pareció no sentir la vibración adecuada. Movió después la mano hacia otro montón de cartas más coloridas y más anchas. Sus dedos tamborilearon inquietos. Finalmente se decidió por unas barajas largas y gastadas. Mientras revolvía las cartas nos miraba alternativamente a Eli y a mí y hacía preguntas que no se sabía a quién iban dirigidas. Ninguno de los dos respondía y la mujer no parecía impacientarse.
Le pidió a Eli que cortara el mazo en cuatro montones más pequeños y que los pusiera en cruz sobre la mesa. Eli siguió sus instrucciones con la cara paralizada en un gesto serio, resignado a lo que tuviera que venir con tal de salir de ese trance lo más pronto posible. La mujer miró las cartas y las recogió de nuevo. Las barajó y dio las mismas instrucciones otra vez. Eli obedeció respirando hondo. A la tercera vez que Eli hizo una cruz con los distintos montoncitos que había separado la mujer pareció conforme y volteó la primera carta de uno de los montones. La puso en el centro y comenzó a hablar.
No era una predicción lo que estaba haciendo en ese momento sino una lectura de la personalidad, del pasado y del presente. La cara de Eli se iba poniendo cada vez más pálida a medida que la mujer describía con precisión su vida entera, hasta en los detalles más insignificantes. Cuando sacó la carta de la sacerdotisa ya Eli estaba al borde de la silla y parecía a punto de salir corriendo. Por eso entendí muy bien que había llegado a su límite y ya estaba contando los billetes cuando lo vi salir disparado hacia afuera.
–No es justo que el destino te persiga a donde quiera que vayas –dijo Eli limpiándose los dedos grasosos con una inmensa servilleta de tela.
En los platos quedaban apenas los restos de lo que había sido un almuerzo exagerado, contundente y delicioso. Habíamos pedido de todo y nos habíamos comido cada plato con la gula del que sabe que tiene poco tiempo que perder. Le dije que no valía la pena dejarse impresionar por los trucos baratos de los lectores de la fortuna. Que esa gente pesca en río revuelto y lanza predicciones al azar a ver si dan en el blanco. Son encantadores de serpientes, le dije. Gente que sabe que todos tenemos miedos y secretos. Que todos vivimos aterrados esperando el día en que nos van a descubrir. Al final ella estaba leyendo más tu cara que las cartas, le dije. Mi cara, repitió Eli como si regresara de una duda larga.
–¿Qué decía mi cara? –me preguntó escarbando entre los platos.
No recuerdo ya si logré responderle algo convincente. Pero le dije que todos tenemos un padre y una madre, que basta con mencionar uno de los dos para que la persona que tienes delante haga un gesto de agrado o de disgusto y que su gesto arrugado de mi-padre-nunca-me-comprendió es una de esas caras que se pueden leer a leguas. Seguí diciendo quién sabe cuántas cosas, tratando de explicarle cómo esos charlatanes leen en nuestros gestos lo que hemos sido y lo que quisiéramos llegar a ser. Quería convencerme a mí misma, porque yo también me había sorprendido con algunas de las cosas que aquella mujer había dicho y que ni siquiera yo sabía.
–No es justo que tu futuro esté escrito –me interrumpió Eli.
De eso era de lo que no queríamos hablar. De la frase lapidaria que la mujer había pronunciado justo antes de que Eli se levantara y saliera corriendo como si quisiera evitar a toda costa que el destino lo alcanzara. Era el único tema prohibido, la única zona de la vida de Eli que no aparecía nunca cuando estábamos juntos. Pero era lo que nos definía, lo que limitaba y contenía nuestros encuentros y la historia entera de lo que éramos y habíamos sido. Hasta hoy puedo recordar con total nitidez no sólo las palabras sino el tono exacto de las frases que aquella mujer pronunció señalando la baraja.
–Esta es tu mujer. Va a vivir muchos más años que tú. No vas a poder dejarla nunca.
Eli nunca hablaba de ella. Yo nunca preguntaba. Sólo una vez tuvimos esa conversación y fue la conversación más larga y más dolorosa de nuestra vida. Ninguno de los dos quería repetirla. Pero la recordábamos como si no hubiera sucedido veinte años atrás. Eli había viajado desde el otro lado del Atlántico para anunciarme que no, que no se separaría de ella por nada del mundo. En medio de las largas horas en las que hablamos de ella, de lo que lo unía a esa mujer que lo amaba sin límites, de lo que pasaría en el futuro con nosotros, yo había pronunciado una frase horrible que Eli me obligó a retirar. Esperaremos a que se muera, entonces, había dicho yo en medio de la furia.
El joven con el pelo embadurnado de gomina que nos atendía se acercó una vez más a la mesa a preguntarnos si queríamos alguna otra cosa, nos recomendó postres y licores y quiso saber de dónde veníamos mientras recogía despacio los platos. Yo respondí con amabilidad todas sus preguntas, sin entrar en detalles. El joven se sorprendió al descubrir que no veníamos del mismo lugar y que después cada uno se iría a un sitio diferente. Es que no somos pareja, dijo Eli, muy serio. Sólo somos amigos, agregó, en un tono tan cortante que el joven se retiró sin esperar que ordenáramos los postres ni el café.
Habíamos aprendido a entrar sin angustias en el silencio que se instalaba en medio de nuestras conversaciones. En ese silencio habitaba ella y no queríamos perturbar su recuerdo. Esa imagen que ahora y para siempre iba a estar representada por la sacerdotisa, la mujer sabia de largos cabellos sentada entre dos pilares a la puerta del templo, con el agua del subconsciente a su pies y la luna de la intuición sobre el hombro, sosteniendo en la mano un pergamino que simboliza el pasado, el presente y el futuro. La carta del hogar, la casa, la relación permanente y sólida. El lugar al que siempre se vuelve. La imagen de lo que en realidad se es y de lo que se desea por encima de todas las cosas. Ahí estaba para siempre entre nosotros, como había estado desde el principio.
Volvimos a mirar el mapa sobre la mesa despejada. Yo leí en voz alta fragmentos de la guía de viajes que Eli había traído. Pedimos café con alfajores mientras planificábamos el resto de la tarde. Discutimos el tema del turismo político, pensando en la posibilidad de mirar aunque fuera de lejos el edificio de la ESMA, desde donde mandaban a los detenidos todavía vivos a convertirse en desaparecidos eternos. Hablamos sobre lo que haríamos si al pasear entre las tumbas de la Recoleta nos encontráramos con la lápida de Evita. Consideramos reclamarle en silencio por todo lo que vino después. Pero el día estaba herido de muerte y lo sabíamos. Al final salimos a caminar sin rumbo y regresamos temprano al apartamento prestado.
–Mañana nos vamos a Tigre –anuncié convencida cuando nos despedimos hasta el día siguiente.
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Mi foto
Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.