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(Un cuento al mes... o más)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Antorchas


Le había dicho a Eli que iba a dejar mi antorcha apagada hasta que nos encontráramos. Me pareció que era un buen modo de representar la espera, una luz negada, una oscuridad minúscula. Pero cuando la ola de fuego se fue acercando sentí que me iba llenando de esa euforia primitiva que produce la cercanía de una llama, tan parecida al placer de entrar en el agua. Desde el frente de la procesión se habían encendido las antorchas y todo el que lograba prender la suya volteaba hacia atrás buscando alguna antorcha apagada. Dije tres veces que no, que iba a esperar un poco más. Pero cuando la procesión comenzó a andar y un señor de gorra escocesa me ofreció fuego por cuarta vez, dije que sí. Mientras la pequeña luz se encendía, saltando en el aire, no pude quitarme de la cara una sonrisa infantil.

Pocas veces nos encontrábamos en mi terreno, como llamaba Eli a la ciudad que yo había elegido para vivir. Pero el fin de año parecía un buen momento para decirnos adiós otra vez y es difícil encontrar otro lugar como Edimburgo para despedir al año viejo. Aquí el pasado se quema con fuego vivo y abierto. Cada treinta de diciembre caminamos por el centro de la ciudad con antorchas encendidas y al final hacemos una enorme fogata que sube al cielo y convierte nuestros temores en chispas y cenizas. Hace años, cuando llegué por primera vez a esta ciudad pensando que me quedaría sólo unos meses, miré la procesión de las antorchas desde la acera por un largo rato y al final me metí en la multitud que caminaba hacia Calton Hill y me dejé llevar por esa alegría inexplicable de los finales dramáticos.

Era una fiesta llegar al final y lanzar la antorcha hacia la inmensa hoguera que iba tomando fuerza con cada nueva llama. Alcancé a repetir ese ritual al año siguiente cuando me quedé a ver cómo se quemaba un inmenso barco vikingo. Quemar las naves ha sido siempre para los recién llegados una forma de establecer el arraigo, pero también el dominio. Es la anulación de la posibilidad del regreso y una declaración de pertenencia. Aquí nos quedamos, pase lo que pase, dicen las naves quemadas. Por eso había invitado a Eli a pasar el fin de año en Edimburgo. Lo había invitado cada año, sin falta, y siempre se había negado. Cuando dijo que sí hace un par de semanas me pareció tan extraño que al principio decidí no creerle. No sería la primera ni la última vez que inventaría una excusa de último momento para no aparecer.

La procesión avanzó apenas un poco y todos intentamos mantener la calma, contener las ganas de correr. Antes de llegar a la esquina de High Street en la que North Bridge se convierte en South Bridge, cuatro hombres con chalecos fosforescentes se pararon frente a la multitud y nos detuvieron. Nunca había visto tanta gente en la procesión. Pero este año, por primera vez, me parecía estar viendo más turistas que locales. Detrás de mí gritaba un grupo de italianos. Unos pasos adelante conversaban y tomaban fotos unos franceses vestidos como para una fiesta. Parejas de chinos pasaban de largo apurados, buscando algo más allá, filmando todo con sus teléfonos pegados a bastones telescópicos. Por los parlantes se escuchaba la voz de un animador preguntándole a todo el que pasaba cuál era su lugar de origen. Nadie parecía vivir aquí. Ya no se veían las familias con abuelos y niñitos hablando a los gritos en el fuerte acento local. Hasta los jóvenes encargados de contener el avance de las masas parecían traídos de otra parte.

Mientras esperábamos veíamos entrar, desde North Bridge, al grupo que llegaría primero que nosotros al final del camino. Este año la procesión había cambiado de rumbo y en lugar de bajar desde la ciudad vieja hacia Princess Street para terminar en Calton Hill, íbamos a ir entrando hacia la Royal Mile desde distintos puntos para bajar hacia Holyrood Park. Por eso parecía necesario aquel despliegue de personal, todos esos jóvenes con chalecos fosforescentes indicándonos qué hacer. Mientras esperábamos detenidos a media cuadra de High Street las ráfagas de viento amenazaban con apagar todas las antorchas de un solo soplo. A cada ráfaga se escuchaba una especie de lamento de la multitud, como el sonido que se escucha en un estadio cuando el equipo contrario está a punto de anotar. En uno de esos amagos de apagones pensé que Eli estaría buscando el modo de encontrarme y que tal vez intentaba, como yo, mantener su fuego encendido.

Miraba mi teléfono cada cinco minutos para ver si tenía un mensaje. Nada. Me imaginé que las líneas estarían congestionadas o que Eli se había olvidado de cargar su teléfono o que lo había dejado en el hotel junto con las maletas antes de salir corriendo a buscar su antorcha en el lugar que le tocaba. Me había dicho que su vuelo llegaba a las cinco de la tarde y me prohibió ir a buscarlo. Puedo llegar en el tram casi hasta la puerta del hotel, me dijo. No tienes que molestarte. No quise discutir. Habíamos hablado tan poco en los últimos meses que me parecía un milagro que hubiera aceptado pasar el fin de año conmigo. No es el fin de año, me corrigió cuando se lo dije. Era sólo el treinta de diciembre. Al día siguiente regresaría a casa a recibir el año nuevo con su mujer. Me quedé con una especie de insulto atravesado en la garganta. Tal vez había llegado el momento de decir que no, que de verdad ya no era necesario volver a vernos, pero pensé que era mejor decírselo en persona.

La multitud que iba entrando frente a nosotros se detuvo y por fin los hombres de chalecos amarillos se apartaron para darnos paso. Al avanzar gritamos como fieras. Parecíamos los mismos bárbaros que habían inventado aquella fiesta del fuego. Por un instante corrimos hacia un enemigo invisible enarbolando armas contundentes. Éramos feroces. Invencibles. Hasta que nos sumamos al paso manso de los que habían llegado antes y bajaban despacio por la milla real saludando a los que gritaban desde las ventanas. Algunos vecinos habían colgado banderas, otros se sentaban con las piernas colgando hacia afuera y tomaban fotos con una insistencia pasmosa. Yo había tomado fotos muchas veces a esos mechones cambiantes y había aprendido que es mejor disfrutar la magia del fuego sin intentar atraparla en una imagen, porque ninguna foto puede captar esa líquida transparencia.

Sentí que el teléfono vibraba en mi bolsillo y casi suelto la antorcha tratando de leer el mensaje de Eli. Ahora es que estoy entrando, cuento largo, decía. ¿Dónde nos vemos? Ya será al final, le respondí. Le tomé una foto al pub de la esquina por la que estaba pasando, y se la mandé con un mensaje diciéndole que estaba en el fin del mundo. Me respondió una carita alegre. Pensé por un momento en regresar y miré hacia atrás buscando el modo. La multitud que venía bajando era tan compacta que no me animé a nadar a contracorriente en aquel río de fuego. Calculé los minutos que faltaban para llegar a ese paso, quince, veinte tal vez. No sabía qué habían decidido hacer los organizadores este año, pero nada indicaba que se mantendría el ritual de la hoguera al final del camino. Antes, cuando la multitud subía a Calton Hill se producía una sensación de logro, de llegar a una meta difícil de alcanzar. Ahora cerrar en el punto más bajo de la ciudad vieja cambiaba todo el sentido de la procesión.

A medida que bajamos se escuchan cada vez menos voces. Nadie grita ya, nadie se ríe. En las últimas cuadras parecemos más bien una procesión fúnebre. Al llegar a Holyrood y pasar frente al parlamento la multitud ha perdido todo rastro de euforia. Las antorchas están casi a punto de extinguirse y nos envuelve un silencio que se parece mucho a una contenida frustración. Sobre Salisbury Crags aparecen letras precedidas de un hashtag, #ScotWord #BRAW #BONNIE Un helicóptero revolotea sobre el río de fuego que se desparrama al pie de la Silla de Arturo. Al final la multitud se detiene y comienza a circular sobre sí misma. Ahora son tantos los que van como los que vienen. Caminamos sin propósito hacia la nada, porque a alguien que nunca se ha parado frente a una inmensa hoguera con una antorcha en la mano se le ocurrió que era mejor eliminar el último rito.

Llegué al final, le escribo a Eli. No hay nada aquí. Esto es peor que el fin del mundo. Me responde con la figura de un hombre que corre. Miro hacia atrás y me imagino que lo veo llegar. Trato de distinguir entre la gente una antorcha que se mueva más rápido, pero sólo veo lentos fuegos a punto de extinguirse. Mi chaqueta se ha llenado de gotas de cera y ya no sé si vale la pena dejar la antorcha encendida hasta que Eli llegue. Siento el calor cada vez más cerca de la mano. A mi alrededor cada quien busca un modo de deshacerse de lo que queda del fuego. No importa que las jóvenes con distintivos oficiales griten a voz en cuello que por favor caminen hasta el final y utilicen los contenedores llenos de agua que han marcado con letreros minúsculos. Una joven pisa con su bota la punta chamuscada. Un señor de abultada panza entierra su anorcha en el borde de la grama produciendo un hilo triste de humo. Una señora de guantes de cuero coloca con delicadeza su fuego dentro de otro fuego. A falta de una hoguera final, los organizadores han puesto potes de metal encendidos al borde del camino y la gente los usa para dejar ahí su hambre de fogatas.

A medida que las antorchas se apagan el frío crece. La gente que miraba desde el borde se confunde ahora con los que salen de la procesión y comienzan a regresar a casa. En la montaña siguen apareciendo palabras que tienen cada vez menos sentido. #seeyounextyear. Ya nadie las mira. Una ráfaga helada me da en la cara y un rastro de ceniza o de cera me entra en un ojo. Siento que me quedo ciega por un momento y decido que es hora de acabar con este ritual inútil. Camino unos pasos más y dejo caer mi antorcha en el agua, conteniendo las ganas de gritar que no es justo, que alguien ha hecho trampa, que no vinimos aquí para esto. Vinimos a despedir el año viejo, a quemar las naves. Entonces siento que alguien se me acerca desde atrás y me grita en la oreja feliz año. Me volteo para encontrarme al fin con Eli que tiene una sonrisa eufórica en la cara y enarbola su antorcha como un niño que acaba de descubrir los fósforos.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.