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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 7 de julio de 2017

Basura


La calle estaba sola. Era difícil acostumbrarse a las aceras vacías. No eran todavía las seis de la tarde y en esa calle ya parecía de noche. Apuró el paso sin darse cuenta, como si escapara de un enemigo invisible. Una ansiedad creciente se escuchaba en sus pasos. Miró hacia atrás. Nadie. La calle se inclinaba en una bajada aguda que llegaba hasta el río. A lo lejos se escuchaba el rumor del tráfico en la avenida. Autobuses, carros, motos. Eran dos cuadras largas y sin embargo parecía que estaba en otra ciudad. Los pocos negocios que seguían abiertos despachaban a través de rejas sólidas que no habían sido pintadas en años. Los demás ya habían bajado las santamarías y algunos parecían cerrados para siempre. Un gato saltó desde una cerca hacia adentro del jardín de un edificio donde no parecía vivir nadie. Dos perros ladraron en un balcón.

Siguió caminando cada vez más rápido. Las gotas de sudor ya le corrían por la espalda y el pecho. Un camión de basura cruzó en la esquina y comenzó a subir la cuesta en primera, parándose y arrancando otra vez, como si estuviera a punto de quedarse muerto en medio del camino. Su ruido llenó la calle desierta y ocupó todo el espacio vacío, aliviando en algo la sensación de total soledad. En la acera de enfrente se acumulaban las bolsas negras que el camión del aseo venía a recoger. Escuchó un ruido entre las bolsas y se paró a mirar.

Dos niños escarbaban agachados. Habían abierto ya un par de agujeros en el plástico negro y con las manos embadurnadas palpaban, seleccionaban y sacaban lo que podían comerse. No estaban recolectando para llevar. Su hambre era urgente, inmediata. Observaban un segundo lo que habían elegido y se lo metían en las mínimas bocas masticándolo después sin pausa. El olor a basura le llegó de pronto y sintió que una arcada le hacía doblar el cuerpo. Resistió las ganas de vomitar y dio un par de pasos más hacia abajo, hacia la avenida y el río. El camión estaba ya a la altura de las bolsas. Se oyeron gritos.

Los hombres del aseo levantaron un par de bolsas y las echaron en el camión. Los niños seguían comiendo, sacando lo que podían antes de que se llevaran el resto de la basura. Hubo una pausa. Todos se detuvieron al mismo tiempo. No podía escuchar lo que decían, pero podía ver por sus gestos que estaban negociando una especie de tregua. Uno de los hombres movía los brazos con la cadencia de quien ordena el mundo y da instrucciones. Los niños se habían parado frente a las bolsas y escuchaban, respondiendo de vez en cuando con negativas breves. En sus cuerpos flacos había una determinación furiosa.

Otro par de bolsas fue lanzado al camión. Sobre la acera quedó una bolsa sola. Los niños recogieron fragmentos de basura que se habían dispersado, le hicieron un nudo a aquel tesoro oscuro y entre los dos cargaron con su botín calle abajo. Los siguió con la vista y arrancó otra vez a caminar. Sus pasos apurados volvieron a resonar sobre la acera vacía. La avenida estaba ya a la vista. Un semáforo cambiaba a verde, el tráfico se movía apenas. Sin esperar que nadie les diera paso, los dos niños cruzaron en medio de los carros sin mirar a los lados y sin dudar un segundo. Se oyeron cornetazos y gritos.  

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.