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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 29 de octubre de 2009

La misma, dos veces

Regresaba a casa en el autobús de las nueve. Me había empapado durante media hora caminando hasta la parada y también durante los diez minutos que esperé en George Street un autobús que parecía negarse a llegar. Había saludado al chofer que ya me conocía de tanto verme en la misma parada a la misma hora. Me había acomodado en mi puesto, siempre en la fila de la izquierda, y llevaba ya un rato escuchando en el ipod una vieja canción que me recordaba las fiestas de una tierra lejana y tibia en la que había vivido, mucho tiempo atrás, como en un sueño, cuando una mujer vestida toda de negro y cargada de paquetes subió al bus con un niño.

La mujer pagó al entrar con cierto revuelo de manos y carteras —llevaba dos bolsos, uno pequeño, el otro enorme. Caminó por el pasillo con una cojera a la que no parecía estar acostumbrada y después de hacer extraordinarios esfuerzos para acomodar al niño y los paquetes al lado de la ventana, se sentó en el asiento del pasillo derecho que estaba justo a la misma altura de la fila en la que yo me había sentado. Medio minuto después, cuando yo ya me ensimismaba de nuevo en mi música, la mujer saltó del asiento como si le hubieran escupido un insulto. Tocó el cojín azul con un dedo precavido y determinó, en alta voz, que alguien se había orinado en él.

Nadie pareció hacerle mucho caso. A esa hora la gente que regresa a su casa, cansada y hambrienta, no quiere ya saber nada de nada. La mayoría cabecea de sueño o aburrimiento y los que se mantienen despiertos miran pasar el mundo por las ventanas con la más absoluta indiferencia o revisan sus mensajes en el celular o responden mensajes o hablan de manera desganada con quienes están ya en sus casas, tibios y satisfechos. Nadie quiere saber que hay un asiento sucio justo en la fila de atrás y todos piensan que la solución es tan simple que no vale la pena ni mencionarlo. Hay que sentarse en otro puesto. Asunto resuelto.

La mancha era claramente visible y la humedad parecía reciente y fresca. Un incidente así podía sucederle a cualquiera. Sentarse en un asiento mojado. Sobre todo en estos mullidos asientos forrados de tela, que son imposibles de limpiar y retienen los más insospechados fluidos corporales. Pero la mujer no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de indagar en el asunto. Tal vez tenía alma de vengadora errante, o espíritu inquisitivo. O tal vez simplemente no podía soportar ver nada sucio en el mundo o le resultaba del todo incomprensible la indiferencia ajena ante una afrenta tan evidente. El caso es que para ella el asunto no era simple, no podía ser simple.

Tal vez por eso se dedicó a preguntar a todos los que estábamos cerca del lugar del delito si habíamos visto quién se había sentado antes ahí. La vi acercarse a los pasajeros de enfrente y hablar con ellos señalando el asiento con asco y ánimo justiciero. Sabía que tarde o temprano me tocaría ser interrogada como testigo. Miré hacia afuera y traté de desentenderme del drama del asiento mojado observando las calles abiertas en zanjas. Princess Street parecía recién salida de una guerra implacable. Después de medio siglo de haber abandonado el tranvía, por considerarlo obsoleto, lento, pasado de moda, las autoridades habían decidido que en el nuevo siglo el mejor medio de transporte volvía a ser ese maravilloso invento del siglo viejo. Y ahora la ciudad tendría que soportar por años los trabajos que era necesario hacer para convertir en realidad ese sueño nostálgico.

Diciembre se acercaba, las fiestas navideñas estaban a la vuelta de la esquina y los trabajos del tranvía no avanzaban como debían. Por eso se habían redoblado los turnos, según anunciaron en la prensa, y ahora se trabajaba las 24 horas del día. Unas enormes torres de luces blancas, más claras que la luz del sol, convertían los espacios de trabajo en teatros de operaciones. Parecía que la ciudad estaba siendo operada del apéndice, o tal vez de algo mucho más grave. Difícil saberlo con toda esa gente alrededor, rompiendo y cavando, extrayendo tubos y cables, para volver a ponerlos más allá. No era fácil entender la urgencia si se miraba desde las ventanas de un autobús en marcha, apenas pasadas las nueve de la noche, con el cansancio del día pesando en la mirada.

Como no era fácil dejar de notar la urgencia inquisitiva de la mujer que seguía parada en el medio del pasillo, casi pegada a mi asiento, preguntando ya en voz más alta quién se había orinado en su silla. Saqué el audífono de mi oreja derecha y la miré un rato, resignada a enfrentar el interrogatorio que ya me tocaba. Cuando se fijó en mí, después de murmurar un rato una especie de queja larga que no entendí, me adelanté y le pregunté si no prefería sentarse en el asiento que estaba justo a mi lado. Le hice señas golpeando suavemente con la mano el seco y mullido cojín, como se hace con los niños cuando han estado peleando o quejándose y uno quiere calmarlos, sentarlos al lado para contarles un cuento, cualquier otra historia que no sea la que están empeñados en perpetuar.

Pero la mujer hizo como que no había escuchado la simple solución que intenté ofrecerle y volvió a insistir en el mismo interrogatorio al que había sometido a los demás pasajeros antes que a mí.

—¿Cuánto tiempo llevas sentada aquí? —me dijo.

—Como diez minutos —le respondí.

Sabía que esta era la primera pregunta porque la había escuchado antes y ya tenía mi respuesta preparada. También sabía que a continuación me preguntaría si había visto a la persona que estaba sentada ahí antes de que ella llegara. Mi respuesta sería simple, sólo iba a responderle que no y volvería a meter en mi oreja el audífono y me desentendería del asunto para siempre. En lugar de eso, me sorprendí a mí misma dándole una larga explicación que incluía el cálculo de cuánto tiempo podía haber estado mojado el asiento, la posibilidad de que a alguien, horas atrás se le hubiera botado algún refresco o una inocente botella de agua. Fue una larga explicación que ya no puedo recordar y que expresé con mi fuerte acento latino y muchos gestos de las manos, que yo veía reflejados en los ojos de aquella mujer que de pronto encontraba una interlocutora totalmente inesperada.

La mujer me miraba alternativamente las manos y los labios y los ojos. Ahora me imagino que estaba tratando de ajustar sus oídos a mi acento, que estaba tratando de entender si yo hablaba en serio o me estaba burlando, que estaba tratando de descifrar mi procedencia, mis motivos para hablarle largo y alto y lento en un mundo de gente que sólo respondía con monosílabos a los extraños que se empeñaban en hablar con ellos en un autobús que atravesaba la ciudad en medio de la noche. Ahora que lo recuerdo me doy cuenta del impacto que debe haber sentido esa mujer acostumbrada a la indiferencia. Pero en ese momento yo sólo quería responderle, actuar como si en realidad importara, ayudarla a resolver un enigma que podía considerarse genuino pero sobre el que sólo era posible especular. Así que yo la estaba ayudando a considerar todas las posibilidades, que eran muchas pero que al mismo tiempo sólo conducían al entretenimiento de la especulación y luego a la simple solución de que era mejor dejar de preocuparse, dejar de incordiar a todos los pasajeros y sentarse en otro asiento.

Después de mi larga explicación, que también incluyó la posibilidad de presentar una queja formal por escrito y pedirle al chofer que la consignara ante la empresa de transporte para que revisaran —en un futuro, no ahora— las cámaras instaladas en el autobús, donde seguramente aparecería el incidente y el responsable del incidente, le reiteré la invitación a sentarse a mi lado y olvidar todo el asunto. Cuando finalmente me callé, la mujer me seguía mirando palmo a palmo, como se dice. Miraba mis cejas gruesas y los cuatro zarcillos que he ido acumulando en una sola oreja, el gorro de lana cruda y la bufanda anaranjada, los guantes de piel azul que revoloteaban en una de mis manos y los anillos multicolores que brillaban en la otra, el borde mullido y acolchado de mi inmenso abrigo de invierno.

Hubo un silencio en el que también entraron las miradas de los otros pasajeros que con seguridad se preguntaban lo mismo que la mujer. Cuando los demás pasajeros dejaron de mirarnos, la mujer pareció tomar una decisión acerca de lo que debía hacer conmigo. Su cara se iluminó en un gesto que no supe descifrar. Dio media vuelta y se fue a instalar en los asientos de adelante, donde su hijo se había sentado desde el principio mismo del drama. Yo volví a mi música pensando que todo estaba por fin donde debía estar. Cada quien en su puesto, en silencio, soñando con llegar a casa.

El autobús estaba ya en las afueras de la ciudad cuando la mujer y el niño se levantaron para irse. Era uno de esos suburbios que están lo suficientemente lejos de la ciudad para no avergonzar a las autoridades y a una distancia no tan remota como para ser confundidos con las elegantes urbanizaciones en las que vivían quienes podían comprar no sólo una casa sino también el terreno que las rodeaba. La parada estaba al lado de una gasolinera y las luces anaranjadas de sus anuncios iluminaban un pedazo de acera en una calle que de resto estaba del todo a oscuras.

Al bajar, de la misma manera aparatosa en la que subieron, la mujer y el niño se quedaron parados bajo la luz naranja que venía de los inmensos letreros de la gasolinera. Parecían esperar a que el bus arrancara para poder moverse. Mientras otros pasajeros subían yo me quedé absorta mirándolos, tratando de entender una especie de misterio que se me escapaba. La mujer levantó la cabeza un momento para mirarme, pero de inmediato se distrajo con el ruido del bus que arrancaba. El niño, sin embargo, me miró fijamente durante todo el tiempo que el autobús estuvo en la parada. Cuando ya nos movíamos hacia adelante, el niño levantó la mano en un gesto decidido y me mostró dos largos dedos oscilantes.

Una semana después, a la misma hora y en el mismo autobús, la misma mujer y el mismo niño subían y se sentaban en los mismos dos asientos. Esta vez yo me había sentado al fondo y ellos no podían verme. La pantomima completa del asiento mojado se repitió íntegra. Asistí a aquella representación como se mira una obra ya vista o se lee un libro ya leído. Antes de que la obra terminara, subí el volumen de mi ipod y miré por la ventana. Las luces inmensas seguían encendidas y los obreros seguían tratando de curar a la ciudad de un mal desconocido con un remedio antiguo.
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2 comentarios:

Víctor Manuel dijo...

Raquel, es una grata sorpresa encontrar tu blog y leerte desde un lugar lejano. Ya pensaba yo que estaba un poco loca esa señora de quien hiciste un personaje, o de que simplemente deseaba atención. Me llamó la atención el sentido de extrañeza que lograste comunicar en torno a la narradora, una extranjera que como todos los extranjeros hubiera deseado pasar desapercibida.

Raquel Rivas Rojas dijo...

Víctor Manuel, bienvenido a los cuentos de la Caldera Este. Gracias por tu acertado comentario. No sé si quise representar el personaje de una "loca", pero sí el de una mujer que necesitaba desplegar su presencia en el mundo. Y, en efecto, como bien apuntas, creo que lo más interesante es el contraste con la narradora que no quiere ser notada y que sin embargo se traiciona a sí misma.

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.