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(Un cuento al mes... o más)

domingo, 27 de diciembre de 2009

Retrato de Isabel con hayacas

para Alonzo

Todo estaba listo sobre la mesa: las hojas de plátano, la masa ya preparada con onoto, caldo de gallina y su punto de dulce, el guiso crudo y los adornos, aceitunas, pasitas, cebollas y pimentones de dos colores. Isabel miró la mesa y se terminó de secar las manos en el delantal. Nunca había hecho hayacas sola y nunca fuera de su tierra. Pero el ritual de preparar la comida navideña estaba como metido en sus genes y no iba a renunciar a él por soledad o por distancia.

Se sentó frente a las hojas ordenadas por tamaños y el olor de aquel objeto casi vivo le trajo a la memoria todos los diciembres. Aquel diciembre en que nadie quiso celebrar porque hacía apenas unos meses había muerto la hermana mayor. El primer fin de año que recibieron la llegada del solsticio de invierno en la granja, a cielo abierto, con fogata y ponche crema. La navidad en la que decidió hacer de hija pródiga justo el día en que estaban todos reunidos en la casa de la abuela haciendo hayacas. La tristeza de los diciembres pasados entre gente extraña, de costumbres diferentes. Las fiestas con los primos adolescentes, llenas de patinatas y de intercambios de regalos. Los días pensando en la carta para el Niño Jesús, la espera ansiosa la noche del 24 y el descubrimiento de los regalos frente al nacimiento.

Los regalos siempre tenían que ponerse frente al nacimiento, porque el padre de Isabel se empeñaba en mantener las tradiciones propias, como él decía. El arbolito es un invento gringo, proclamaba a voz en cuello cada navidad. Lo que nosotros tenemos que hacer es conservar las tradiciones… y por ahí se iba en un largo discurso que las niñas se sabían de memoria y habían dejado de escuchar hacía años. Ahora ya no hay tradiciones que defender. Todos sus nietos viven en un país remoto donde no solo el arbolito es el dueño de las navidades, sino que además celebran el día de brujas, la noche de acción de gracias y tantas otras cosas ajenas que ya no vale la pena ni preocuparse. La tradición es un borroso recuerdo de infancia.

Isabel había hablado una semana atrás con su papá y escuchó su voz cansada, sus preguntas siempre iguales, la insistencia en que volviera a darle la dirección y el teléfono que tenía en el país remoto al que se había ido a vivir. El año que viene, si todo sale bien, te voy a visitar, había dicho el viejo. Pero cuando no haga tanto frío, insistió, como siempre que hablaban. Y después, como siempre, preguntó si estaba haciendo frío y se convenció, como cada vez que hablaban, de que nunca dejaba de hacer frío en ese lugar cerca del polo. Entonces, como todas las veces que habían hablado desde que Isabel vivía en el exilio, el padre decidió que tal vez estaba ya demasiado viejo para un viaje tan largo.

Durante toda la infancia de Isabel la letanía de la conservación de las costumbres propias obligó al ritual del nacimiento. Había que escoger un rincón de la casa que sirviera para armar el falso pueblito donde nacería el niño. Desde que Isabel tenía memoria usaban unas figuras de cerámica que representaban a José y María, la mula, el buey y los tres reyes. Se construía un pesebre a un lado del pueblo, donde esperarían con paciencia todas las figuras, y un desierto con aserrín por donde se irían acercando poco a poco los reyes magos. El niño sólo aparecía en el establo el día 24 a media noche y con él los regalos.

Cuando eran pequeñas, Isabel y sus hermanas tenían que estar en la cama antes de media noche, porque si no el niño no dejaba regalos. O al menos esa era la amenaza con la que se iban a la cama sin ganas y sin sueño. Con el tiempo ya no fue necesario mantener el ritual al pie de la letra y todas se quedaban despiertas ayudando a poner los regalos en el piso, frente al pueblito y las figuras de cerámica. En alguna de las muchas mudanzas las figuras se quebraron por última vez y ya nadie quiso repararlas.

El ritual de los regalos era más divertido cuando se reunían todos los primos y tíos en la casa de la abuela. Los primos grandes se encargaban de mantener en pie el cuento del niño Jesús para los primos más pequeños. Los sacaban a todos al patio a mirar las estrellas y a ver quién veía bajar al niño, mientras dos o tres ayudaban a la abuela y a los tíos a desparramar cajas envueltas en papeles de colores por toda la sala. Cuando estaban todos juntos los regalos eran muchos y no había nacimiento ni arbolito que aguantara tantos peroles al pie.

Lo que a Isabel más le gustaba era la preparación de la comida. Las ensaladas, los dulces, los pastelitos de la abuela, y sobre todo las hayacas. El ritual había sido dirigido por mucho tiempo por la abuela paterna. Pero ahora que la abuela no estaba, los preparativos se hacían muchas veces en casa de la otra abuela, bajo el férreo comando del padre. Hacer hayacas era todo un ejercicio de poder y sabiduría, una escuela en la que se iba avanzando año a año, y el certificado de graduación lo otorgaba el padre cuando permitía que el aspirante alcanzara el grado mayor de envolvedor de hayacas.

Pero antes de llegar a ese supremo puesto en la cadena de labores había que pasar por las bolitas de masa, el picado de aliños, la selección de hojas, el amarre y, finalmente, llegaba el año en que se enfrentaba la primera prueba de aprender a envolver. Si todo salía bien, al año siguiente se conservaba el sitial y el honor intacto. Si el jefe supremo tenía dudas sobre el desempeño de la aprendiz, con una simple orden podía degradarla a posiciones anteriores.

El padre de Isabel dirigía estas operaciones ante un ejército de mujeres. Aunque había tíos y primos, el género femenino predominaba. Estaba su mujer y sus cuatro hijas y un número indeterminado de sobrinas y cuñadas, amigas de la familia y la abuela, que por un par de días cedía con cierta reticencia el comando de su casa y su cocina, aunque se reservara el privilegio de dirigir las operaciones del preparado de pastelitos. En ese mundo de mujeres el padre reinó por un tiempo. Pero llegó el día inevitable en el que su autoridad tuvo que ceder. Todo comenzó lentamente, como sucede con los cambios más profundos y definitivos. Las hijas se quejaban del exceso de órdenes y contra órdenes, del tono en que las órdenes eran dadas, de la dureza, la insistencia y las arbitrariedades.

Sentada frente a la mesa, con la primera hayaca envuelta y amarrada, Isabel pensó que a partir de esos tiempos de rebelión el mundo había cambiado. Pero su padre seguía dando órdenes, cansadas y huecas, pero órdenes al fin. La semana anterior, cuando lo llamó para saber cómo estaba y preguntarle qué iba a hacer en las fiestas de fin de año, le contó que por primera vez se había quedado solito en navidad y que no iba a hacer hayacas. Aunque había pensado que este año tal vez no valdría la pena hacer tanto esfuerzo, ese día Isabel decidió que continuaría la tradición, como si obedeciera una orden de su padre.

Yo sí voy a hacer hayacas, le dijo. Entonces él le dio instrucciones, como todos los años. No le pongas carne de res al guiso, sólo cochino y gallina. Pollo también sirve, pero lo que le da gusto de verdad es la gallina. Isabel sabía que no lograba nada insistiéndole en que no se consiguen gallinas en este otro lado del mundo, donde los pollos vienen empaquetados y listos, sin especificación de género. Claro, cochino y gallina, se limitó a decir Isabel. Y no cocines el guiso, en Apure hacemos las hayacas con el guiso crudo. Sí, el guiso crudo. Y amasa la masa con el caldo de gallina para que quede más gustosa. Sí la masa con el caldo. Y ponle al guiso bastante ají dulce, y al caldo también. Aquí no hay ají dulce, papá. Ah?! ¿no hay ají dulce?... y así, lo mismo cada año.

Pero esta vez había una diferencia. El papá de Isabel no iba a hacer hayacas y el año entrante cumpliría ochenta años. Está renunciando poco a poco, pensó Isabel. Las hayacas se amontonaban en la mesa y al contarlas Isabel recordó el ritual de anunciar a voz en cuello cuántas hayacas iban, en las maratónicas sesiones que empezaban el día anterior, picando el guiso y montando el caldo. En la noche del día siguiente todavía estaban sacando hayacas de la inmensa olla que se montaba en el patio sobre una hornilla de campamento. Cuatrocientas, quinientas, seiscientas hayacas se contaban en esos días en que la familia entera se reunía para picar, amasar, envolver, amarrar, probar y, claro, comer y beber.

Solita en su cocina Isabel escuchó las voces, las risas, la música y sintió que estaba recordando un tiempo remotísimo que tal vez sólo había existido en sus sueños. Puso las hayacas con cuidado dentro del agua hirviendo y tapó la olla. Miró el reloj y marcó sesenta minutos en el cronómetro del horno. Escuchó la voz de sus tías cantando la hora, ¡ya va media hora! ¡no destapen la olla! ¡hay que esperar que se cumpla la hora completa porque el guiso está crudo! Es peligroso comer cochino crudo… Y escuchó otra vez la voz de su padre, una hora es más que suficiente.

Isabel se sirvió un té con leche y miró por la ventana calentándose las manos con la taza humeante. Afuera estaba todo blanco. Había nevado por cinco días seguidos en los que Isabel se había negado a asomar la nariz a la calle. Sólo se había animado a caminar las dos cuadras que separaban su casa del abasto, para comprar leche y pan. Pero cuando decidió que iba a hacer hayacas, no le quedó otro remedio que hacer, en medio de la nieve, la larga excursión por la ciudad que era necesaria para comprar la harina Pan y las hojas de plátano, o más bien de bananas como le dicen aquí.

Cuando se sacaba los guantes para pagar a la vendedora del abastico tailandés, que la miró extrañada por la cantidad de paquetes que se estaba llevando, recordó el olor a hojas tostadas de aquella vez en que se antojaron de ahumarlas en el mismo patio de la casa. Al entrar en la tienda de productos latinoamericanos donde conseguía la harina de maíz se quitó el gorro y se aflojó la bufanda para poder sentir mejor el aroma a café colombiano y a tostadas mexicanas, la mezcla de olores que le recordaban que su tierra existía del otro lado del mundo, en un lugar más oloroso y menos frío.

Con su cargamento a cuestas había llegado al mínimo apartamento en el que vivía y había llenado la diminuta cocina de carne y aliños, hojas de plátano y harina de maíz. Ahora que comenzaba a oler a hayacas se sentía menos sola y le parecía increíble que allá afuera, los niños que jugaban en la nieve hablaran en un idioma que su padre apenas podría entender. Era como si por un momento, mientras el olor a hayacas inundaba la casa, dos tiempos y dos mundos se juntaran. Sonó el teléfono y al oírlo Isabel sintió que sólo uno de esos mundos era real.

—Aló —dijo. No había dejado de responder en español.

Era su hermana. Llamaba desde el otro lado del Atlántico. Ella también estaba haciendo hayacas, pero su casa estaba llena de gente, de hijos y nietos, de vecinos y amigos. Compararon recetas y matices, precios y selecciones de ingredientes. Su hermana le contó los planes que tenían para la noche buena y el fin de año, los regalos que habían comprado, lo alta que estaba la nieve, las fotos que acababan de subir a facebook. Comentaron las conversaciones con el padre, los viajes prometidos siempre y nunca cumplidos, las demás novedades. Cuando Isabel colgó el teléfono el sonido del cronómetro le recordó que había pasado una hora y ya podía sacar del agua las hayacas.

Puso cada una inclinada sobre la rejilla de secar los platos para que se escurrieran. Eligió una bien armada y la abrió para probar. Se sentó en la mesa y miró la masa firme y del color exacto de las mejores hayacas que habían hecho tantas y tantas veces todos juntos, hace tiempo y allá lejos. Probó el primer bocado. Reconoció una vez más el sabor de la nostalgia, su consistencia tibia. Miró por la ventana el cielo blanco. Había comenzado a nevar otra vez.
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*Nota: Siempre he dicho que escribo hayaca con “y” y no con “ll” por ejercer el derecho a la anarquía ortográfica, porque me suena mejor y porque me parece más “indígena” que la versión castellanizada con doble ele. Pero, según me entero por internet, la Real Academia acepta las dos opciones… así que, aunque ya no hay mucho lugar para la anarquía, la razón estética sigue contando.

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.