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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 16 de agosto de 2012

Reciclaje




La mujer está parada en la acera y arma un cigarrillo con un papel cualquiera. Parece ser un pedazo de papel de revista o de periódico. Desde donde estoy mirándola se ve claramente que no es papel de cigarrillos, porque tiene letras y números y colores apagados. La miro desde el piso de arriba de un autobús detenido en el tráfico. La ciudad está llena de turistas y una vez más han cambiado el flujo de las calles, el tiempo de los semáforos, los cruces de peatones, porque el festival pone todo patas arriba cada agosto. Por eso el autobús está detenido en la calle y yo puedo mirar desde arriba a esta mujer que arma con parsimonia un cigarrillo.

Sin hacer mucho esfuerzo puedo ver el borde negro de sus uñas, las manchas amarillas de nicotina en los dedos. No creo estar imaginando el leve temblor en las manos, aunque se lo atribuyo a una ráfaga de viento helado. La mujer está cubierta apenas por una franelilla de tela muy delgada que deja afuera los brazos pálidos. Lleva jeans apretados, creo. Pero no es su ropa lo que en realidad me llama la atención, sino su pelo recogido en apretadas trenzas que le cruzan el cráneo y que desde arriba se ven como cadenas montañosas de un mapa fantástico.

El autobús avanza medio metro, haciendo un chillido de impaciencia, y por un rato dejo de mirar a la mujer y me concentro en el libro que estoy leyendo en el iPod. Leo un cuento sobre un exiliado que regresa a Bulgaria, su lugar de origen, a encontrarse con una culpa vieja. Me concentro por un rato en el final de la historia, trato de no elegir ningún lado porque cada personaje parece tener un buen motivo para hacer lo que está haciendo. Cuando llego a la última línea vuelvo a mirar hacia afuera. La mujer sigue armando su cigarro y el autobús no se ha movido ni un milímetro.

Entonces la veo agacharse a recoger algo del piso. Con sus dedos amarillos deshace la colilla que acaba de escoger del montón que se esparce alrededor de un basurero. Hay por lo menos cincuenta cigarros apagados en el piso. Sus largos varían desde casi medio cigarrillo hasta colillas que fueron apagadas más allá del filtro y apenas abultan contra la acera. La mujer se agacha otra vez. Su cigarro está casi completo pero parece necesitar una pizca más de tabaco. Hace malabarismos para que el viento no se lleve las diminutas hojas que ha acumulado con tanto esmero.

Cuando sus dedos sienten el grosor necesario, calculado a base de una práctica que seguramente lleva años, la mujer pasa la lengua por el borde del papel y cierra con un movimiento experto el pitillo. Entorcha uno de los lados primero y luego apenas el otro. Se pone el cigarrillo en la boca y se palpa los bolsillos del apretado pantalón. Antes de que el autobús arranque la veo pedir fuego a un hombre que pasa, con un gesto tal vez reconocible en el mundo entero.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.