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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 29 de junio de 2012

Tinta verde sobre fondo blanco



A María Teresa Vera

Sin embargo no fue eso lo que más me llamó la atención. Había estado mirando el ir y venir del abanico blanco desde que el tren salió de la Avenida Carrilet y casi me había acostumbrado a aquel objeto insólito. Íbamos ya por Santa Eulalia cuando la mujer sacó un bolígrafo verde y comenzó a escribir sobre la piel blanca del abanico desplegado. Al principio me pareció una excentricidad o un desperdicio.

Podía verse de las dos maneras. Aquella mujer, que seguramente acababa de comprar un impecable abanico blanco, decidía en un impulso para mí incomprensible mancharlo con un bolígrafo verde, escribiéndole encima. Pero eso no fue lo que más me llamó la atención. Lo que me sorprendió en realidad vino después, cuando miré por encima del hombro de aquella mujer y vi mi nombre escrito con absoluta nitidez. No tuve dudas. Era mi nombre. Estaba ahí junto a una especie de dedicatoria y la fecha, el año, la ciudad. Barcelona, Junio 2012, decía.

La mujer se bajó en la estación Sants y, aunque yo debía haber seguido hasta Verdaguer, por un impulso incontrolable salté del asiento y salí detrás de ella un segundo antes de que se cerraran las puertas. En el primer instante no pude verla entre la multitud. Un grupo de estudiantes uniformados o tal vez de miembros de algún equipo de fútbol se atravesó en medio. Pero luego me pareció reconocer un abanico blanco que se abría y se cerraba en el aire. Avancé entre la gente que iba y venía con maletas y morrales, haciendo un ruido como de pájaros o insectos.

Alcancé a la mujer en el momento en que se abrazaba estrechamente con otra. Veía de espaldas a la mujer del abanico blanco y frente a mí estaba la otra. Pero no podía verle la cara. Sólo lograba entrever una falda marrón y una camisa de algodón beige que me resultaron extrañamente familiares. Las mujeres debían haber pasado muchísimo tiempo sin verse, porque aquel abrazo no se terminaba nunca. Mientras se abrazaban se hablaban al oído y se balanceaban como si se arrullaran mutuamente.

Al ver ese cariño compartido recordé a mis amigas que estaban tan lejos, recordé otros abrazos que yo también había dado y recibido. Abrazos alegres y volanderos, o llenos de dudas o de controladas vergüenzas, en los que no sabes si debes mantener los brazos apretados por más tiempo o soltarte antes para no incomodar. Pero sobre todo recordé abrazos tristes, llenos de lágrimas, de palabras entrecortadas que intentaban murmurar un lo siento tanto... ya sé, ya sé... llora, llora, está bien que llores. Está bien.

Un hombre alto me tropezó con su maleta cuando las dos mujeres se soltaron y se miraron de frente agarradas de las manos. Sonreían y hablaban al mismo tiempo. Caminé un par de pasos para ver mejor a la otra, justo cuando la mujer que había bajado del tren le daba el abanico, abriéndolo para mostrarle que se lo había dedicado con tinta verde, como se dedica un libro. Las dos celebraron el chiste, que seguramente ya conocían, y antes de que se dieran la vuelta para salir de la estación entendí por qué aquella otra mujer me parecía tan familiar.

Con el abanico blanco en la mano, hablando y sonriendo, al lado de la mujer que yo había perseguido al salir del tren, iba una mujer idéntica a mí, vestida con mi falda marrón y mi camisa beige.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.