Cuando vienen y se quieren quedar conmigo, escribo cuentos y los dejo aquí.

martes, 29 de mayo de 2012

Impaciencia

Le costaba tanto aceptar el paso del tiempo. Cuando se miraba en el espejo buscaba el mejor ángulo y levantaba la barbilla para evitar que apareciera la incipiente papada. Pero ahora, frente a la luz brutal del espejo del baño, no tenía escapatoria. No le quedaba más que aceptar que los cincuenta años que acababa de cumplir se veían con descaro en todos los rincones de su cara y especialmente en la sonrisa crispada, en los ojos apagados, en la frente atravesada de líneas en desorden.

Tal vez ya era hora de adoptar la medida de dejar de mirarse en los espejos, como aquella mujer que en el baño de la cinemateca le dijo que hacía años que no se enfrentaba a su propia imagen. Ella estaba arreglándose la falda y la mujer le había pasado por delante sin hacer ninguna pausa. Acababa de salir del cubículo y se lavaba las manos. Hace tiempo que dejé de mirarme en los espejos, le dijo, mirando fijamente la espuma que hacía el jabón en sus manos. Tú todavía tienes tiempo, unos diez años más.

Su voz era amable, su sonrisa dulce. Ella la miró tratando de comprender la intención del comentario y al ver que en su cara no había ni una pizca de ironía, sonrió también y dijo no tanto, no tanto. Se lavaron las manos en silencio. Después, mientras ella se secaba con el aparato que echa aire caliente y hace un ruido espantoso, la mujer entraba de nuevo al cubículo y sacaba un montón de papel sanitario. Con el papel en la mano había salido de nuevo y se había parado frente al pote grande de basura que estaba al lado de la puerta.

–No es verdad que con la edad uno se vuelve más paciente –comentó la mujer a modo de disculpa.

Ella volvió a sonreir mientras seguía frotándose las manos bajo el aire caliente. La mujer salió del baño y la dejó sola. Se rindió ante la evidencia y siguió el ejemplo de la mujer, repitiendo en su cabeza las palabras que le había dicho, pero esta vez traduciéndolas a su idioma. Mientras dejaba caer la bola de papel arrugado en la basura, consideró un par de variables. Sopesó el impacto que tendrían, la fuerza del sonido de cada palabra en las distintas frases y eligió una. La fue repitiendo como una oración hasta que salió a la calle y se encontró con el frío de la noche.

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.