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(Un cuento al mes... o más)

jueves, 26 de abril de 2012

Apuntes para juego


doy mi vida. A cambio de vejeces y ambiciones ajenas. Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Juan Carlos Onetti


Para qué preocuparse por ir apagando una a una las luces de salones, pasillos y cuartos en los que algunos viejos olvidados han estado soñando con un futuro que no existe, en el que en todo caso no tendrán ninguna vida que vivir porque para ellos, sin contar la edad que puede empujarlos por caminos definitivos, vivir es tener sobre la cabeza un techo y sobre la mesa un plato lleno tres veces al día. No habrá más de esa vida cuando lleguen las máquinas y todo se vuelva un polvo que atormenta la respiración y la sensación de que el derrumbe de paredes y el trituramiento de pisos, árboles y grama equivale al fin de una especie de sueño en el que nunca se creyó demasiado pero se buscó con terquedad por lo que de promesa de paz tenía.
Así va a estar, oscuro, pero sin sombras cuando no haya más nada que hacer y yo esté de regreso al mismo lugar del que vine, otra vez aburriéndome en las misas de muertos, bautizando carajitos que lloran sin razón y sin cansancio. Para que vengan después hombres con planos, otras máquinas, y pueblen este espacio de pequeñas casas blancas en las que habrá un nostálgico recuadro de grama al frente, un techo para guardar el carro de la lluvia y el sol que todo lo atormenta en este pueblo, tal vez un perro de lengua afuera y niños que gritan y la mujer que achica los ojos para ver desde la reja quién atraviesa la luz de la tarde.
Aquí pasaron o pudieron pasar mil cosas, pero un derrumbe de ladrillos y tejas por orden del gobierno municipal es lo único para lo que estas paredes no estaban preparadas. Tal vez ha sido una especie de castigo, aunque no haya castigo sino dos o tres hechos que coinciden insinuándonos que hay dioses y que toman una decisión cualquiera cada cierto tiempo. Castigo por los días en los que la gente fue sintiendo que algo estaba ocultándose en el ancianato, porque se oían quejidos en la noche, gritos y alaridos que pedían un perdón, misericordia y olvido. Siempre se habían oído, pero ahora las casas están más cerca. El cerro había sido todo nuestro, lugar para la soledad de los sapos en medio del silencio, hace unos diez años. Pero el pueblo necesitaba más espacio para sus pretensiones de ciudad y fue subiendo por el camino empinado cubriéndolo todo hasta llegar a nuestro patio y, claro, los ruidos no pueden esconderse cuando hay tanta gente para oírlos.


El padre Samuel busca con los dedos la forma de la llave que cierra cada puerta y que desde hace años no necesita mirar para reconocer. Cierra todo como si hubiera algo que proteger, guardar del mundo de afuera, en el borde mismo del fin, a un día y medio del momento en el que no quedará más que rastros fracturados como ruinas y no habrá una sola cerradura ni llave en la que las manos del padre Samuel puedan reconocer una forma precisa. No lo escucho, pero es como si oyera los pasos lentos que se arrastran un poco, empeñándose en seguir adelante como si las claras amenazas del futuro no hubieran sido ya descubiertas. Habrá una cuadra y media entre mi casa y el asilo de ancianos. Algo así, no es fácil saberlo porque en esta parte del cerro los constructores olvidaron dividir cuadras y manzanas, es una sola calle larga que sube desde el pueblo en un sentido, llega al viejo convento convertido en ancianato, y baja paralela a sí misma en sentido contrario como si dijera por donde llego, me voy, estoy de paso. Como si tuviera el ánimo que yo tuve al llegar hace ¿cuánto? años que no he contado. Dije que iba de paso, me dije que sería un tiempo para la calma alejada de los agites inútiles de Caracas, del vivir veinte pisos más arriba del suelo haciendo equilibrio para no caer en trampas de deudas, del juego de comprar.
Pero ya he comprado una casa recién construida y olorosa a cemento en la que terminé de guardar hasta el último papel en un sitio definitivo. Cuando uno le encuentra un lugar a cada cosa es que nunca va a irse. Y todo tiene también su hora, levantarse temprano –lo que aquí llaman temprano que es como a las ocho de la mañana– bajar a la universidad donde hay un café caliente antes que nada y después un escritorio repleto de papeles. La cara de profesor que hay que ponerle a los alumnos tan aplicados que piden permiso en horas que no son de clases para hacer dos o tres preguntas y ver cómo es el cubículo del tipo que los aburre con historia los martes y jueves. Corregir, buscar razones para tener la razón y apoyarse en teorías sobre las que se tiene más de una duda que no vienen al caso cuando se trata de enseñar. A eso de las doce y media buscar un lugar donde comer algo y subir a dar unas vueltas por la casa hasta que sea hora de caminar al convento y sentarme con el cura Samuel al lado de la gruta de la Virgen a recordar un tiempo en el que no sudábamos bajo este sol. Hacer uno que otro favor a los viejos del asilo que piden libros, exigen explicaciones sobre fechas y nombres. Ese es un momento del día que ya no voy a saber cómo llenar. Desde pasado mañana se me va a quedar la tarde como suspendida en un espacio que no encuentro y será preciso armar hábitos nuevos para llenar las tres o cuatro horas que me ocupaban el padre Samuel y el ancianato. A mi edad una rutina que se rompe arrastra una especie de caos silencioso hacia el que todo parece irse en fuga desesperada para dejar sólo un hueco blanco donde la única manera de reconstruir algo es a fuerza de imponerse obligaciones inútiles.


El profesor Salgar Calero mira en el espejo una cara marcada por líneas largas que le extravían el gesto. Un día y medio será suficiente para que también él pierda su razón de estar despierto bajo el sol de las tres de la tarde que todo lo tuesta. Hora de encontrarse con el padre Samuel al lado de la pequeña cueva que hicieron los curas hace más de treinta años, con piedras de río, para dejar ahí olvidada la imagen de una virgen. No sé por qué me acuerdo de él en un momento en el que debería estar pensando que yo estoy a punto de perder mi puesto, mi sueldo, el lugar al que le he dedicado seis horas diarias de mis últimos tres años. No es que sea complicado manejar una biblioteca que no supera los dos mil ejemplares y que tiene como únicos usuarios a los viejos olvidados de ese asilo que prefieren sobre todo las revistas de deportes y los folletines de crímenes. Buscan en las fotos, en las que la sangre se adivina en cada mancha marrón de un cuerpo maniatado, la imagen que quisieran para ese crimen que han planeado alguna vez. Todo viejo se arrepiente en uno de sus últimos años de no haber matado a alguien, también de no haber seguido esa inclinación al beisbol que los llevó a ser buenos primera base en los años en que las niñas no habían empezado a ser lo más importante. Ese es el sueño que rozan cuando acarician temblorosos sobre el papel las gorras azules o rojas de peloteros sonrientes sobre los que saben cada fecha importante, cada cifra record, cada millón de dólares ganado en las grandes ligas.
Pero son tres años de estar ahí a la hora en punto, siempre tratando de ser amable, sintiéndome vieja entre viejos sin haber cumplido los treinta y buscando la manera de justificar haber escogido quedarme aquí cuando tuve opciones, posibilidades de viaje y la compañía de hombres que me habrían ofrecido una vida en común, juez y cura de por medio si yo insistía, una vida en la que me sintiera dueña y señora de una seguridad a toda prueba siempre y cuando privara el silencio, una especie de perfección sumisa, un ensayo constante de tolerancia. Era mucho pedir. Escogí este modo de tirarme en el medio de la cama, brazos y piernas abiertos, viendo el techo quedarse ahí arriba sin ningún sentimiento de piedad hacia mí. No tener que preguntar dónde está el cepillo, quién usó mi paño, por qué no recoges esa ropa sucia, ¿me amas?, ¿todo está bien?


Y la señorita Olga, pobre, tan sonriente, parece que nunca tuviera calor. También ella debe estar pensando en este desastre que viene. Mañana es el último día y ella estará echada en la cama, boca arriba, esperando sentir por lo menos tristeza. Pero quién sabe si lo logra. Yo no voy a tener ni tiempo de esperar que me llegue algo como un dolor al estómago, desde temprano va a ser cargar y cargar cajas, ir y volver del edificio a los camiones para terminar de recoger lo que queda. Es mejor no pensar en lo que va a venir después de que el último polvo del último viaje se haya asentado otra vez en el camino. Además, esta noche María debe estar esperándome y debe haber sacado ya a la muchacha que limpia del cuarto de atrás para que podamos estar juntos por última vez.
A los diecisiete años es una suerte contar con alguien como María que no tiene miedo, que se lanza a lo prohibido como con un paracaídas en la espalda, sin dudar de que va a abrirse en el momento justo para salvarla. Solamente lo sabemos nosotros tres y es como un juego saltar la pared de atrás del convento y caer en su patio haciendo un ruido de gato que caza, entrar en el pasillo oscuro tanteando la pared en que aparecerá bajo mi mano la puerta, abrirla y cerrar en silencio para comenzar a adivinar las sombras. María va a estar ahí inmóvil, mostrándome una sonrisa que no puedo ver. A veces pierde la paciencia y se me abalanza desde la obscuridad con una especie de sed, otras veces se queda en la cama esperando que su cuerpo desnudo me atraiga sin un solo movimiento.


Se llama Juan, igual que el otro Juan, el estudiante del liceo, que a veces me visitaba cuando estaba en el internado. Ya debe estar buscando el modo de salir al patio y saltar la pared para venir a estar un rato conmigo y hacer el amor sin vernos ni hablarnos como el primer día en el que descubrí que entraba por las noches al cuarto de la muchacha que limpia. Jugamos a que yo soy ella, pero hay tantas diferencias que no es posible creer que él no se dio cuenta del cambio. En el momento que puso su mano sobre mi vientre y la arrastró con fuerza alrededor de mi cintura para atrapar mis nalgas escuché una sonrisa asustada que era su manera de indicar que aceptaba la trampa. Hace casi un año que caemos en ella con el mismo placer de no tener que componer para el otro una cara precisa ni construir frases que tengan sentido ni pensar en lo que va a pasar después.
Y mientras tanto el resto de la casa duerme. No es que sea mucha gente: la tía Ana, mi mamá y mi papá cuando no está en Caracas firmando un contrato o durmiendo con la querida. Qué manera de llamar a una mujer que te saca plata por entretenerte el sexo una hora al día, algunos días. Y mi mamá esperando, con tantos sueños perdiéndosele en el tiempo que pasa. No se puede decir que sea infeliz, porque la falta de felicidad hay que sentirla para que sea real y ella parece estar todo el tiempo buscando una cosa que no sabe qué es, insatisfecha siempre pero confiando en algo, que es como tener una esperanza.


Y María ha pasado tanto tiempo lejos de nosotros, metida en ese internado, que no puede ser tampoco un consuelo. Cuando estaba chiquita era más fácil sentársela en las piernas y decirle mira, mi amor, mamá está triste porque se siente sola… ella me escuchaba sin entender nada, claro, pero como si sintiera con sólo tocarme exactamente lo mismo que yo sentía y era un alivio inmenso. Después vino Alberto y su propuesta de casarnos aunque yo tuviera una hija y era tan simple imaginar una felicidad en la que los dos nos miráramos y sonriéramos a toda hora sin que hubiese ninguna necesidad de decirse demasiadas cosas porque todo estaría ahí, sobre la piel, brotando simplemente hacia afuera sin dobleces. Nada que esconder. Pero es que uno piensa tanto, se siente feliz por tan poco tiempo, que comienza a buscar una razón cualquiera para estar triste, para inventar una desconfianza aunque sea tonta, para tener miedo de perder lo que tiene. Tener, tener una casa y un carro y algo de dinero para pagarle a la mujer que limpia y a la cajera del abasto. No es eso lo que la gente defiende cuando dice «no quiero perder lo que tengo». No sé. Es como si uno buscara sostener un andamio que sostiene unas tablas que sostienen una escalera que sostiene un tobo que contiene la pintura con la que estamos dándole un color agradable a los días que pasan.
Tener miedo de perder algo se vuelve, después de que uno le ha dado muchas vueltas, el miedo mismo de perderlo todo. Es como el padre Samuel, pobre, tan atento, tan luchador y dispuesto a mover la tierra y el cielo para no perder el convento. Hasta con Alberto vino a hablar. Me daba un poco de lástima verlo decirme, porque usted es la señora de Narváez Fonseca, un hombre influyente, importante, tal vez él pueda hablar con alguien, hacernos ese favor… Pero no había nada que hacer, cuando se mezcla la política con los negocios casi nunca hay nada más que hacer. Aún así, el padre Samuel es un hombre que no se rinde. Debe ir por el pasillo apagando luces y cerrando puertas como si quedara una esperanza, una salida cualquiera.


Cómo saber qué piensan cuando miran a lo lejos a través de una ventana. Tal vez se trata sólo del momento justo en que descubren con sorpresa un gesto repetido mil veces que dejó ya de tener sentido o puede ser justo el instante en que se entregan a creer con desesperación que hay algo que puede salvarlos. Nadie diría, en todo caso, que yo cultivo la inofensiva distracción de imaginarme diálogos, la forma en que alguien mira o sonríe cuando dibuja la frase justa que he imaginado y corregido hasta que cada pausa está en su sitio. Tampoco diría nadie que esa mujer que vive detrás del convento tenga una razón para quejarse. Pero a mí no me cuesta imaginar un dolor aunque ella tal vez nunca lo haya sentido porque la peluquería, el abasto diario antes del almuerzo, los frenos que hay que mandarle a ajustar al carro… son cosas que ocupan su tiempo. Pero siempre hay el momento de quedarse detenido en un gesto, en una pausa del programa de televisión, ese momento en que el operador de guardia se distrae –el aparato se queda ciego, mudo– y nos asalta un sentimiento de abandono, de que no hay nada de qué agarrarse, ningún grito que dar ni una palabra que pueda ser oída. Un instante en el que una especie de duda total viene corriendo hacia nosotros trayendo una amenaza de destrucción. Entonces la imagen del televisor vuelve y es como si algo se salvara. Pero tal vez es que se perdió para siempre la posibilidad de entender o de sentir un pedazo verdadero de esto que nos agobia.
No se puede saber si han pensado –vuelto palabras, cambiado adjetivos y adverbios para ser más precisos o sonoros– sobre este dolor o aquella alegría. Pero es seguro que si lo han hecho no lo contarán y si lo cuentan, después de muchas vueltas –encender un cigarro, tomar un vaso de agua o una taza de café, mirar el piso como buscando el modo– saldrá tan fragmentado y disperso, tan lleno de pausas, que el que oye tendrá que reconstruir aquel estallido silencioso y formar con los fragmentos un todo que forzosamente será distinto del original. No hay remedio, es como una condena. Pero yo intento construir ese posible diálogo, ese monólogo angustioso y fraccionado, únicamente por el placer de creer que está sucediendo en alguna parte.
Aunque hay muchas cosas que me falta por saber. Indagaciones en las que no me he aventurado porque sólo cuento con las aceras por las que camino y miro vivir a la gente. Veo al profesor Salgar Calero salir por la mañana en un Fiat tan lleno de polvo que da la impresión de ser prestado. Lo veo volver después del mediodía y a veces coincidimos en algún tramo de la acera cuando va despacio desde su casa hasta el asilo donde sé que conversa con el cura.
Veo a la esposa de Narváez Fonseca regar las matas del jardín como a las nueve, con un vestido de algodón azul y una expresión que parece tensa. Me saluda un poco sin querer, temiendo que quiera quedarme a conversar, cerrando algunas veces la llave y recogiendo la manguera para indicarme que no tiene tiempo para mí. Y también logro ver a veces cómo entra y sale María, con su pelo largo agarrado en la parte alta de la cabeza con una inmensa cola, sin tomar en cuenta a nadie, como si el mundo estuviera sobrando.
A la señorita Olga es a quien más me cuesta encontrar por ahí. Está siempre encerrada en alguna parte, en su casa, en la biblioteca o en el bar. Lo sé porque un día la vi entrando por la puerta que se abre discreta al fondo del restaurant de Pedro, sin mirar a los lados, sin ningún temor, como quien realiza un recorrido habitual. Creo que se toma uno o dos tragos para llenar las tres horas muertas que se le abren de par en par al salir del asilo y en las que no tiene nada más que hacer. Más o menos pasadas las siete sale del bar decidida a enfrentarse otra vez con una casa medio vacía, en la que no hay más que una tía vieja. Ignoro la historia de Olga. Nunca la he oído hablar. No sé si siente la soledad desesperada en la que todos creemos que está. No tiene ni treinta años y es como si ya la vida no le guardara ninguna alegría. Pero lo más seguro es que estemos equivocados y ella tenga sus razones para levantarse temprano, ser eficiente, perseverar. Una mujer se sostiene sobre extraños pilares. Extraños para nosotros que creemos que sólo lo que se hace a la vista de los otros es importante y tiene sentido.


La mano poderosa, Mérida. 2008


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1 comentario:

Raquel Rivas Rojas dijo...

Estoy desempolvando viejos textos para ver si me pongo al día. Éste ejercicio narrativo forma parte de un texto más largo que se puede leer completo aquí: http://apuntesparajuego.blogspot.co.uk/

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.