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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 30 de marzo de 2012

Dos viñetas

1.

El ruido de las motos llenaba el espacio como un grito de amenaza, como un insulto. Tal vez los vecinos se habían acostumbrado ya al desafío de aquel ruido. Pero un recién llegado que caminara por la acera justo en ese momento y llegara a la esquina en la que las motos se encontraban sentiría de inmediato el impulso de salir corriendo en dirección contraria. Eso no cambiaba nada, sin embargo. El estruendo de los escapes libres seguiría persiguiéndolo por cuadras y cuadras. Sobre todo si el que camina, el que acaba de llegar y ya se arrepiente y regresa por donde vino tiene la mala suerte de intentar regresar justo por la calle hacia donde se dirigen las motos en cerrada formación. El sonido de los motores es una música infernal, desafinada y sin armonía, pero efectiva a la hora de llenar de espanto el aire. Y así avanzan. Los jinetes usan gorras y pañuelos para taparse la cara. La bandera tricolor ondea en los volantes y sobre los hombros de algunos parrilleros. Como no les basta el ruido que hacen las máquinas, los jinetes van además gritando consignas. Unos gritan primero. Otros responden después. Y sus gritos parecen cantos de guerra que recorren un campo de batalla imaginario. No hay muertos aún, no hay sangre todavía. Pero el escándalo que hacen juntos los motores y los gritos presagia un horroroso encuentro que tendrá fatales consecuencias. La amenaza sube por la calle alcanzando a los peatones que aceleran el paso hasta que deciden detenerse y dejarla pasar. En otro espacio, en otro tiempo, podía haber sido un grupo de alegres camaradas viajando hacia una feria. Pero aquí, ahora, los jinetes que se desplazan sobre ruidosas máquinas, enarbolando coloridas banderas, no llevan el ánimo preparado para la fiesta. Su corazón no está dispuesto para el baile o la pasión amorosa que junta cuerpos en una lucha deseante. Más bien se disponen al asalto, se aprestan a la rebatiña, al golpe certero, al choque. Y el peatón que finalmente se ha detenido a verlos pasar, casi sin querer se hace encima del pecho la señal de la cruz y mira al cielo. Sabe que no hay misericordia, que no hay un dios arriba que pueda detener lo que viene, pero se niega a prescindir de esa forma inocente de esperanza. Se ha salvado por hoy, piensa el hombre que se queda varado en la acera viendo pasar la caravana multicolor de motorizados con las caras cubiertas. La algarabía sigue calle abajo. Y cuando ya el peatón no puede verlos se escucha el traqueteo de una ráfaga. La guerra ha comenzado a la vuelta de la esquina. El hombre corre. ¿En qué dirección?


2.


El clac-clac del arma resonó en el silencio de la madrugada. Sólo se oía ese ruido seco y unos perros ladrando en alguna otra azotea, tal vez a una cuadra de allí. Los hombres se movían en la oscuridad tratando de no hacer ruido, con movimientos precisos. Hablaban en susurros y se pasaban con la misma parsimonia las armas y las botellas. Tomaban whisky esa noche, en lugar del ron o la cerveza de otros días, porque el vecino del penthouse que acababa de unirse al grupo había traído de regalo dos botellas para celebrar una especie de ritual de iniciación: la llegada de un nuevo integrante del comité de vigilancia. El ritual consistía en un brevísimo entrenamiento en el que el novicio aprendía los códigos de la tribu, las señales que se hacían en la oscuridad y que significaban cosas como, “movimiento sospechoso a la izquierda”, “peatón con paquete bajo el brazo”, “motorizado que ha pasado dos veces por la misma calle”. Eran señales de alarma, reacciones defensivas frente a los que se consideraban intrusos.

No era necesario ningún entrenamiento para aprender a usar las armas que pasaban de una mano a otra, con algunos suspiros de admiración. Porque todos eran expertos. Cada uno pertenecía a alguna academia de tiro y muchos se habían conocido en esos salones en los que el tirador se enfrenta con un enemigo imaginario, de papel, y aprende a apuntar al pecho y a afinar la certeza de poder matar con un solo disparo. No todos eran hombres. Un par de mujeres subía con ellos a la azotea cada noche. Se vestían también de negro, se tapaban el pelo amarillento con gorras o pasamontañas comprados en algún viaje a los Estados Unidos y de vez en cuando aceptaban un trago para calentarse. Hacían guardias con la misma disciplina que los hombres, que eran sus maridos o cuñados o hermanos. En el día era más fácil y por eso la mayoría de las mujeres que se habían anotado en el comité de vigilancia preferían cumplir sus guardias en las mañanas o las tardes. Pero eran las guardias de las noches las que producían una sensación de aventura y un sabor a peligro que no se parecía en nada a la euforia del campo de tiro o a las guardias anodinas de las tardes chatas.

Era una noche tranquila, o lo fue durante las tres primeras horas de la guardia. Pero de pronto todos se pusieron alerta y con señas de diverso tipo, unas más extravagantes que otras, seguramente aprendidas en películas de espionaje o de guerra, se avisaron que algo sospechoso sucedía en la fachada sur del edificio. Se colocaron en posición de ataque. Apuntaron sus armas a un par de bultos que se movían en la oscuridad. Todo ser que llegara a pie o en moto era sospechoso. Como era sospechoso cualquier carro viejo, cualquier escarabajo destartalado. Porque en esa urbanización cerrada los vecinos manejaban grandes camionetas último modelo o carros espaciosos y brillantes. Nadie andaba a pie. Ninguno de ellos compraba carros usados. Los dos bultos venían por la acera sin apuro. Desde la azotea era imposible escuchar si hablaban o reían, si planeaban asaltar algún carro que llegara a esa hora o entrar a algún jardín mal iluminado para intentar forzar una puerta y de ahí al robo, al secuestro, a la violación o el asesinato había sólo un paso.

Todos los ojos estaban sobre las miras y las miras apuntaban a los bultos que avanzaban despacio sobre la acera. Los dedos se mantenían tensos sobre los gatillos. Por varios minutos no se escuchó más que la respiración acelerada del vecino del penthouse que por primera vez vivía la experiencia de apuntarle a un ser humano y sentir que en sus manos estaba la decisión suprema, el límite que separaba la vida de la muerte. A medida que los bultos se acercaban les fue posible distinguir que la pareja estaba formada por un hombre y una mujer, probablemente jóvenes, por el modo como se movían. La alerta creció cuando se detuvieron frente a la puerta del mismo edificio en el que hacían guardia los miembros del comité de vigilancia. La pareja parecía dudar entre entrar o salir. Los dedos en los gatillos se impacientaban. De pronto se oyó la reja. ¡Alerta! ¡Alerta! Se dijeron entre señas confusas y aceleradas.

Es una mujer. Tiene llave. Las dos mujeres que había en el grupo habían reconocido a la muchacha, o más bien habían juntado un par de datos de la realidad más evidente y habían llegado a una conclusión lógica. Es la hija de la concerje, dijeron en un susurro. Pero los hombres seguían apuntando, mandándose señales de alerta, armando conjeturas por lo bajo. Puede ser alguien que sacó una copia de la llave, una sirvienta, una niñera, la cocinera del otro penthouse, el jardinero que viene todos los sábados, el que le hace mantenimiento a la piscina, el guardaespaldas del que vive en el piso 3. ¡Es la hija de la conserje, coño! gritó esta vez una de las mujeres, quitándose el pasamontañas.

Los hombres bajaron las armas, desilusionados. La muchacha terminó de entrar. Hubo una ronda de whisky. Faltaban todavía dos horas para que entregaran la guardia. Había sido una noche tranquila.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.