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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 27 de febrero de 2012

Cursed

La puerta tenía dos números marcados, 125 y 127. Lo que significaba que había adentro dos casas, aunque desde afuera parecía una sola, con su única puerta negra, destartalada, siempre entreabierta, como invitando a entrar. Había estado cerrada por años. No sabíamos cuántos, porque sólo habíamos vivido en el pueblo los últimos cinco. Cuando llegamos aquí no conocíamos a nadie y había demasiadas cosas que entender y asimilar. Por eso, al principio, no nos llamó la atención la casa abandonada detrás de su puerta negra.

Con el tiempo, cuando aprendimos a comunicarnos con algunos vecinos, escuchamos una que otra vez comentarios de paso sobre la gente que había vivido por última vez en la casa. Nunca hemos sabido si en la 125 o en la 127. No preguntamos detalles, porque cada vez nos resultaba más claro que los vecinos miraban ese lugar de reojo. Había cejas levantadas y arrugas en la frente cada vez que se hablaba de la casa abandonada que estaba justo al lado de la oficina de correos y que tenía en la puerta dos números.

Una vez, en la pequeña cola de tres o cuatro vecinos que se hacía todos los jueves frente a la camioneta blanca del pescadero, escuchamos un comentario sobre la tragedia. No supimos de qué se trataba exactamente, pero pudimos entender con claridad que el drama había sucedido detrás de aquella puerta negra. Otra vez, en una conversación en la que tampoco estábamos participando, pero escuchamos por azar, oímos que eran cuatro las personas que habían vivido allí. También oímos una frase que escucharíamos muchas veces más en relación con la casa abandonada: la llamaban the cursed place –el lugar maldito.

Aquí hay que hacer un paréntesis que tal vez eche a perder el efecto compacto que debería tener esta historia, pero creemos que es necesario. Cursed no es una palabra fácil de traducir. Podríamos pasar por encima de esa dificultad adoptando sólo uno de sus sentidos –maldito– y dejando a la imaginación y a la experiencia de quien escucha el resto del trabajo. Pero cursed puede ser tantas cosas distintas que a veces la imaginación no alcanza y por eso este paréntesis es tan necesario.

Cursed es una palabra que resuena como un insulto, reverbera como un juramento y viaja por el aire como un grito. Significa maldición, pero también abominación, enfermedad, improperio, aflicción, blasfemia y amenaza. Pronunciarla da escalofríos, despierta odios, produce horror y saca a la superficie miedos que se creían superados. En otros tiempos, las mujeres solían llamar the curse a la regla que, como una maldición, las visitaba cada mes. En pueblos pequeños como este la palabra se sigue usando para señalar esa incómoda recurrencia, aunque no sea algo que se diga en público y uno sólo se entere cuando se encuentra con la frase en una conversación demasiado íntima que no se debería estar escuchando.

Cursed es una palabra que separa, que hace evidente una frontera más allá de la cual languidecen los que están marcados porque no pertenecen y han sido condenados a no integrarse nunca. A menos que quienes están del otro lado, los que estampan la marca de la maldición, se olviden de la historia y dejen de ser capaces de reconocer a los marcados. Por eso el pueblo mantiene siempre viva la memoria de la casa maldita, para recordar que allí vivieron una vez seres abominables, monstruos con los que nadie quiso nunca tener nada que ver. Fin del paréntesis.

Si alguien nuevo se muda al pueblo se le examina con cuidado por un tiempo, se le observa entrar y salir, hasta que eventualmente –cuando ya los vecinos han determinado que quizás, algún día, pueda llegar a pertenecer a la comunidad– se le cuenta la historia de la casa maldita. Así fue cómo comenzamos a entender que se nos había dado el beneficio de la duda. Al contarnos a retazos, sin muchos detalles, la historia de la casa, nos estaban dando a entender que temporalmente nos consideraban dignos de estar al tanto de al menos una de las fobias colectivas, de uno de sus miedos más extendidos. Se esperaba, ante todo, que entendiéramos y acatáramos.

Pero eso lo entendimos mucho después. Fue por casualidad, o así nos pareció en el momento. Nos enteramos de parte de la historia cuando ya habíamos dejado de preguntar, porque llegamos a convencernos de que era una zona oscura en la que era mejor no entrar sin ser invitados. No es fácil explicarlo. Tal vez sólo lo pueda entender quien haya vivido en un pueblo pequeño. Todos los pueblos tienen esas historias que sirven de ejemplo o de advertencia. Son al mismo tiempo un manual de uso y un libro de mandamientos. En las ciudades grandes las reglas están más disueltas. Cada quien construye un manual de supervivencia a su cuenta y riesgo. Pero en los pueblos pequeños las normas están claras. Y son inflexibles.

Aquí, las historias encargadas de imponer las reglas sólo pueden ser contadas por ciertos personajes que conocen la versión correcta y saben decidir quiénes son dignos de recibirla. Nuestra vecina parecía ser una de esas personas a quienes se les había otorgado la custodia del relato de la casa maldita y sus misteriosos habitantes. Y fue ella la autorizada a darle un contorno más preciso a la imagen que ya teníamos de lo que había pasado detrás de la puerta negra. Estábamos sentados en la sala. La vecina nos había invitado a tomar el té. No quisimos negarnos, como lo habíamos hecho tantas otras veces, porque la pobre había estado enferma y nos daba pena inventar otra excusa para dejarla sola con sus achaques.

Entre gestos de asco y silencios cruciales, en los que cabían insultos no pronunciados, la vecina nos contó que aquella casa tenía años vacía porque los últimos que habían vivido ahí habían dejado sobre ese lugar una marca que sería muy difícil de borrar. Su relato era tan enrevesado, tan lleno de comentarios hechos en susurros o a medias, que nos costó entender el cuento entero. Un par de horas después, mientras preparábamos en nuestra propia cocina un té como es debido, reconstruimos en parte lo que habíamos entendido. Una sola cosa nos había quedado clara, los últimos que habían vivido en aquella casa eran extranjeros, probablemente indúes o paquistaníes.

En todo caso eran diferentes y su diferencia se veía –literalmente– a flor de piel. Eran oscuros. Así había dicho la vecina entre mohines y escrutando nuestras caras morenas y nuestros pelos crespos con un ojo precavido. No se vestían como el resto de la gente y sus niños no se comportaban como los hijos de los demás. La lista de diferencias era larga y aunque ya no recordamos los detalles mantenemos todavía viva la memoria de haber comparado nuestras diferencias con las de los extraños habitantes de la casa abandonada. Recordamos claramente que, mientras recogíamos las tazas y los platos, habíamos llegado a la conclusión de que aquellos seres malditos no eran demasiado distintos a nosotros.

Tuvimos por un tiempo la sensación de que debíamos cuidarnos. Que nos hubieran contado parte de la historia podía ser visto como un índice de que nos habían aceptado, pero también podía significar que habían decidido hacernos llegar una velada advertencia. Había una línea muy fina entre la enseñanza y la amenaza. Por esa línea caminamos con cautela por meses, mirando siempre por encima del hombro, tratando de adivinar cuándo se iba a convertir en agresión abierta. Pero los vecinos seguían siendo tan amables como al principio. Nos seguían saludando camino al abasto, cuando paseábamos por el parque o nos encontrábamos en la parada del autobús. Por un tiempo dejamos de escuchar la historia y bajamos la guardia.

Pero la historia volvió a cobrar vida cuando empezó a haber movimiento detrás de la puerta de la casa abandonada. Como si se tratara de una alarma silenciosa que se dispara ante un peligro difícil de detectar, de pronto todos en el pueblo recordaron el cuento de aquellos oscuros seres que habían ocupado por última vez la casa. La escuchamos en el abasto y en la farmacia, en el pub y en la oficina de correos. La oímos en conversaciones que tenían los vecinos en la barbería y en el café de la esquina. La escuchamos en el parque cuando la gente se detenía a saludarse y dejaba que los perros corretearan como locos persiguiéndose. Si hubiéramos ido a la iglesia los domingos, con toda seguridad la habríamos escuchado en las reuniones de feligreses que entraban o salían de misa.

En cierto modo repetían lo que ya sabíamos. Pero agregaban detalles que nos sorprendían. Algunos francamente contradictorios entre sí. La versión que conocíamos era más o menos simple, y en realidad decía más de la actitud de los vecinos del pueblo frente a los extraños, que de los seres oscuros que habían dejado su maldición eterna entre las paredes de la casa marcada. Pero esa versión ya no se sostenía. Era como si la historia original, tras recibir una certera carga explosiva, hubiera estallado. Era como si cada uno de los pedazos libres y rotos de la historia se hubiera echado a andar por su cuenta para crear infinitas versiones. Era como si ya nadie tuviera control alguno sobre esas ramificaciones que proliferaban nerviosas.

Aquella explosión de versiones no era más que la reacción del pueblo ante la inminente reforma de la casa, de las dos casas que estaban detrás de la misma puerta negra marcada con los números 125 y 127. A principios de la primavera apareció una cuadrilla de obreros que armó en un par de horas un andamio. Los tubos fijados en los extremos con gruesos tornillos cubrían toda la fachada de la casa. Cuando terminaron de armar aquel caparazón de metal y tablas, el trabajo comenzó. Primero adentro. Por semanas sólo se escucharon los ruidos apagados de los obreros desmontando pisos o tumbando paredes.

Era como si la casa estuviera volviendo a la vida desde las entrañas. Como si un desmemoriado cirujano se hubiera empeñado en ignorar el hecho de que operaba sobre un cadáver y lo estuviera reviviendo, órgano por órgano, con un terco empecinamiento. Mientras más ruidos se oían dentro de la casa, más historias circulaban sobre la maldición que acechaba, ya no a los que habían vivido entre esas paredes, sino a los que se atrevieran a vivir otra vez detrás de la temida puerta negra.

En el momento no nos dimos cuenta, porque en nosotros pesaba más la curiosidad por lo que vendría que la preocupación por lo que había sucedido y estaba por repetirse. Como seguíamos siendo estraños, el peso de la memoria no teñía nuestras espectativas. Por eso nos costó entender que las historias habían comenzado a tomar un rumbo defensivo. Ya no contaban lo que había sucedido sino que se habían convertido en planes de acción, tímidos todavía, sobre lo que había que hacer en el futuro inmediato.

Un día, a principios del verano, los obreros dejaron de hacer ruidos adentro y salieron con sus bragas azules y sus chalecos amarillos a trabajar afuera, sobre el andamio escueto que impedía el paso por la acera justo antes de llegar a la oficina postal. Repararon el techo y las ventanas. Cambiaron el recubrimiento de piedras oscuras de la fachada por un friso color crema que le dio a la casa un aspecto casi alegre. Y después, durante las primeras semanas de agosto, cuando ya habían desmontado el andamio porque la casa estaba casi lista, pintaron de rojo la puerta que había sido negra y sobre el rojo encendido pusieron nuevos números dorados: 125 y 127.

Hubo un silencio. De eso sí nos dimos cuenta. No había manera de escapar de él. Era un silencio que podía tocarse. Nadie hablaba en el consultorio del dentista. No se escuchaban largas conversaciones en la puerta del centro comunitario cuando las madres dejaban a los niños, vestidos de kimonos blancos, para que aprendieran karate durante un par de horas. En el restaurant de comida china para llevar, la gente entraba con hambre y salía cargada de manjares fragantes en potes de plástico bien sellados sin detenerse más que a saludar. En la puerta del pub los fumadores se aferraban a sus cigarros, encerrados en un fiero mutismo. Nuestra vecina salía a colgar la ropa de manera furtiva, cuando no había nadie más en el patio de tendido, como si temiera preguntas impertinentes.

El silencio no duró mucho. O más bien se nos ocurrió pensar después que ese modo particular de silencio duró poco. Y en menos de una semana entendimos por qué. Lo supimos cuando escuchamos la sirena enloquecida del camión de los bomberos y vimos desde la ventana el humo denso y el aire se llenó de graznidos de gaviotas alborotadas. Llegaron demasiado tarde. Nadie parece haber visto el momento en que el fuego se desató y ningún vecino llamó a tiempo al número de emergencias. Cuando los diligentes bomberos comenzaron a lanzar agua a la casa, lo que quedaba de ella no era más que un cascarón chamuscado.

Los vecinos se reunieron a mirar el espectáculo de aquellos hombres enfundados en enormes chaquetas protectoras, cubiertos de cascos resistentes, luchando contra una fatalidad superior a sus fuerzas. Formaron un coro murmurante en la acera de enfrente. Nosotros nos acercamos también. Pero no quisimos ya escuchar las historias que contaban los vecinos sobre una maldición que seguía viva. De regreso a casa, miramos con inquietud creciente lo que quedaba en pie. Sólo pudimos distinguir con claridad los números todavía dorados sobre los restos rojos de la puerta entreabierta. 125 y 127.

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.