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(Un cuento al mes... o más)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Un detalle sin importancia

Le gustaba recitar sin ton ni son y cuando menos venía al caso la primera línea de uno de los cuentos de Rulfo, ¿te acuerdas? “...de los altos cerros del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso...” era una de sus líneas favoritas. Si estaba de ánimo podía incluso recitar el cuento entero. Yo nunca lo oí completo, pero él juraba que se lo sabía de memoria, íntegro, con puntos y comas. Creo que así es como nos acordamos de él, es decir, del modo como él era cuando estábamos en la universidad. Pero ahora está de lo más cambiado. Si lo ves no lo reconoces. Tiene como treinta kilos más, la cabeza casi totalmente blanca y medio calva. Ya no usa lentes, por no sé qué equilibrio entre la miopía y la presbicia, así que sus ojos enormes te dan una impresión de angustia y desamparo. Y, lo que más impresiona de todo, ya casi no habla. Si lo ves no lo reconoces.

El otro día se apareció aquí. Se me paró enfrente y yo le dije, como a todo el mundo que viene al restaurant, ‘en qué podemos servirle’. Se sonrió a medias y me dijo ‘qué hay para los buenos y viejos amigos’. Lo que reconocí primero fue su voz, te puedes imaginar. ¡Ígor!, casi le grité. Y no pude evitar insistir una y otra vez en lo cambiado que estaba. ¿Hace cuánto tiempo que no lo veíamos? ¿Veinte años? ¿tal vez más? No quiero ni sacar la cuenta, querida, porque es la cuenta de los años que nos han caído encima y esa es una cifra demasiado implacable para esta hora del día.

Total que era él, vivito y coleando. Me dijo que había venido a ver cómo era esto de que yo había montado un restaurant, porque lo había escuchado por la radio en un programa en el que invitaron al Enano a conversar sobre recetas de pan de jamón. No sabes la cantidad de gente que ha resucitado por aquí porque leyeron un reportaje o escucharon en la radio que el Enano y yo habíamos abierto un restaurant. Un gentío querida. Pero el más raro de todos los espectros ha sido Ígor. Ese día no conversamos mucho porque en realidad él parecía no tener ganas de hablar y la verdad es que yo estaba hasta los topes con el gentío y la mujer de la cocina que faltó, siempre es así, cuando más los necesitas te fallan, es una lucha, te digo.

Creo que fue justo una semana después que apareció, era martes, igual que la semana anterior. Pensé que tal vez los martes tenía un tiempo libre y le daba por distraerse un poco y no tenía otro lugar a donde ir, no sé. Pero desde el primer día que apareció aquí, cada dos o tres martes volvía y se sentaba en esa mesa de la esquina sin tratar de llamar demasiado la atención. Cuando me desocupaba, me acercaba a saludarlo. Si tenía tiempo me sentaba a conversar un rato, pero creo que no era eso lo que él esperaba de mí. Creo que solamente quería que lo dejara en paz. No es fácil, hace tanto tiempo que no sabemos nada de él que lo menos que puedo hacer es tratar de enterarme, ¿no? Si no quería que lo molestaran hubiera elegido otro lugar para instalarse los martes.

No. La verdad es que no toma mucho. Un par de cervezas cada vez. Creo que un día se tomó un vasito de ron, pero ése fue el día que vino tarde y no pidió nada de comer. También fue el primer día en que se quedó más tiempo a conversar. Me imagino que te acuerdas que dejamos de ver a Ígor más o menos en la época en que mataron a Guillermo. Al menos es así como yo lo recuerdo. Siempre he relacionado la muerte de Guillermo con la desaparición de Ígor y de toda aquella gente que vivía en lo que llamábamos El Barrio Chino ¿te acuerdas? Por supuesto, cómo no te vas a acordar. Blanca era la más cercana a nosotros, pero también La Nena, que siempre se llevó muy bien contigo. Pero con quien Ígor estaba más relacionado era con Olga, ¿no? Pues, claro, le pregunté por ella cuando me dejó conversar un rato ese día.

Hubo un largo silencio, de esos incómodos que no sabes si llenar con algún comentario que permita cambiar de tema. Pero justo cuando yo iba a hablar de otra cosa me dijo: ‘Cuando estás en el límite de la desesperación, los detalles insignificantes cobran una importancia súbita’. Pensé que se trataba de una de sus famosas citas y estuve a punto de intentar adivinar: ¿Federico Vegas? iba a decirle, para aligerar un poco su cara de tragedia y ver si agarraba el chiste. Pero no me atreví y esperé a que terminara la frase. ‘Y lo peor que puede pasarte en ese momento’ dijo ‘es que alguien te recuerde que se trata de un detalle sin importancia’. Me quedé muda, ¿qué le podía decir? Antes de que pudiera pensar en algo me llamaron desde la cocina y fue una bendición tener una excusa para salir corriendo.

Volví al rato. Ya había armado una pregunta que cambiara el tema de una vez por todas. Le iba a preguntar por Luna y La Nena. Pero antes de que abriera mi bocota me dijo: ‘¿Sabes que Blanca vive de comprar y vender casas?’. No sabía. Así que conversamos largo sobre Blanca y me contó cómo se habían encontrado en una especie de convención de agentes de bienes raíces que él estaba cubriendo cuando trabajaba en la sección de economía de El Nacional y ella le había insistido en que no se perdieran de vista otra vez. La historia de Blanca no me interesaba en lo más mínimo. Siempre pensé que era una desalmada, una traidora. Dejar al pobre Guillermo solo, con tres niños que para colmo no eran de él, es demasiado. Quise insistir en lo de Olga, pero Ígor no estaba con ánimo de confesiones. Antes de irse sólo me dijo, lo de Olga se acabó mucho antes que lo de Guillermo.

Estuvo un par de semanas sin venir. Con el ajetreo del restaurant casi se me olvidaba que habían pasado dos o tres martes. Un día, supongo que era martes, lo vi llegar y saludar con un gesto de la cabeza, sin mucho interés. Se sentó en la mesa de la esquina, que era la que más le gustaba, y pidió la cerveza de siempre. Cuando salimos del ajetreo de la cena me acerqué a ver en qué ánimo estaba y me sorprendió que me recibiera con una sonrisa. Me saludó con algo parecido al cariño y me pidió que lo acompañara un rato. ‘Tómate una cerveza conmigo’, me dijo, ‘por los viejos tiempos’. Así que me senté con él y le comenté que teníamos días sin verlo. Entonces se animó a contarme todo lo que no sabía de su vida, como si se hubiera guardado por demasiado tiempo un secreto o una culpa. Lo primero que dijo fue, ‘yo no lo supe sino hasta que fue demasiado tarde’. Me quedé callada esperando el resto del cuento, porque ya me había acostumbrado a su nuevo modo de hablar, con largas pausas que parecían no terminar nunca.

Ella me había dicho desde el principio que no quería nada conmigo, dijo Ígor, porque había decidido hacía años que ya no aceptaría vivir con nadie fijo y porque lo único que yo quería era una mujercita que supiera lavar y planchar, que me pariera un par de hijos, para cumplir con mi cuota de reproducción de la especie, y pusiera la mesa en su santo lugar. Yo le dije que eso no era verdad, que yo la quería a ella y que ella podía seguir siendo tal como era. Pero ella parecía ver a través de mí, en la distancia, lo que yo iba a ser diez, veinte años después. Salimos y hasta dormimos juntos algunas veces, pero nunca me dejó quedarme hasta el día siguiente y nunca aceptó una cita específica, con hora y lugar fijos. Solamente me dejaba estar cuando no tenía a nadie más en el panorama y con una especie de lástima por mí. Al principio me pareció que si era sólo eso lo que podía conseguir de ella me conformaría. Era mejor esa migaja que nada. Pero con el tiempo empezó a ser cada vez más difícil.

Le propuse que nos mudáramos a otra parte. Le ofrecí comprarle una casa en otro lugar, tal vez en otro país, donde pudiéramos comenzar de nuevo. Pero ella insistía en que esa no era vida para ella, andar detrás de mí como una mascota, siguiendo mis humores y mis impulsos, mis horarios y mis planes. Lo suyo era andar de su cuenta, decidir por sí misma lo que quería hacer cada minuto del día. No tener que responder a preguntas como ¿qué hiciste hoy? ¿dónde estabas? ¿cómo te fue? Eran las preguntas que yo le hacía cuando quería imaginarme que de verdad había una especie de rutina de pareja entre los dos. Nunca me respondía. Me miraba con un odio contenido que yo no podía descifrar y que había decidido entender como timidez o simple distracción.

Antes de que mataran a Guillermo ella me había anunciado que se iría lejos y sola. No hubo manera de convencerla de que me dejara acompañarla. Tampoco pude lograr que me dijera a dónde se iba. Su empecinamiento era tal que llegué a pensar que se vengaba de mí. Yo le había regalado un libro que me gustaba mucho, los poemas de un argentino que pocos conocían y que hablaban de una larga y sostenida decepción amorosa. El día que llegué a buscarla y no la encontré, el libro estaba sobre la cama, desamparado en una esquina del colchón sin sábanas. Estaba seguro de que no había dejado ningún mensaje. Aún así, revisé el libro página por página buscando una señal. No había nada. En la contratapa, como al descuido, había dibujado un sol pequeñito, como los que Olga siempre dejaba estampados en las servilletas y en las paredes.

Me imagino que te acuerdas, me dijo Ígor. Entonces se abrió la camisa y me mostró el hombro izquierdo donde se había tatuado el sol. Le llevé el libro al chamo que me hizo el tatuaje para que lo dibujara exactamente igual, dijo. Se tomó de un largo trago lo que quedaba de la cerveza y cerró su historia con una sonrisa distraída. Cuando conocí a la que hoy es mi mujer y me preguntó qué era eso, qué significaba ese sol que me había hecho dibujar a sangre y tinta, le dije que era muy antiguo, que ya no recordaba por qué me lo había hecho y que, en todo caso, era un detalle sin importancia.

Pensé que el cuento había terminado y estaba buscando una manera de despedirme que no sonara demasiado brusca cuando me dijo que la había vuelto a ver hacía tres meses. Al contrario de todos nosotros ella está más flaca, me dijo. Estaba vestida con pantalones, ella nunca usaba pantalones, siempre vestidos sueltos o faldas con camisas arrugadas. Venía caminando por la acera en sentido contrario, casi tropezamos, pero ella no me miró. Siguió andando sin voltear. Dijo que estuvo a punto de gritarle, pero que se le quedó el grito atragantado en el pecho, que sintió que era inútil. Después agregó, como si no tuviera importancia, ¿tú sabías que ella y Guillermo habían tenido algo? Le dije que no. Era imposible. Eran como hermanos. Precisamente, me dijo Ígor.

Le pregunté cómo se había enterado, quién le había dicho. Pero ya se le habían acabado las ganas de hablar. Sin decir palabra pagó, se levantó y se fue. No ha regresado.



*Este texto es un hilo suelto –spin off, se diría en inglés- de un texto más largo que publiqué completo en forma de blog y que se llama El Barrio Chino. Ahí se puede encontrar un poco más de la historia de Luna y La Nena, Ígor y Olga, Guillermo, Blanca y los niños.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.