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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 15 de agosto de 2008

Botín de guerra

–Párate ahí o te mato! –le había gritado con una furia que parecía genuina.

La figura de espaldas pareció reaccionar. Dejó de correr y se puso lentamente de rodillas.

–¡Déjame ver las manos! –gritó el hombre de nuevo.

Los harapos que cubrían el diminuto cuerpo parecían haber estado allí por años. En esos trapos deshilachados que apenas podían llamarse ropas había polvo, grasa, retazos de cadillos que se le habían pegado en el camino y sangre. Todos estábamos en aquella época manchados de sangre.

–¡Te estoy diciendo que levantes las manos! ¿es que no entiendes?

Unas manos que seguían siendo blancas debajo de toda la inmundicia comenzaron a aparecer a los lados del pequeño cuerpo. La espalda temblaba y la cabeza, que era un amasijo amuñuñado de pelos retorcidos, parecía decir que no, que no, en movimientos muy cortos pero continuos.

–¡¿Qué llevas ahí!? –dijo ya en un tono menos imperioso, más abierto a la piedad o al común desamparo.

El cuerpo tembloroso extendió aún más los brazos y abrió los dedos de una de las manos, estirando mucho cada músculo, como si suplicara a medias a un dios remoto que no necesitara de largas plegarias.

–En la otra mano, ¿qué llevas en la otra mano? –dijo el hombre, apuntando con la pistola.

La mano cerrada, que temblaba tanto como la mano abierta, hizo un movimiento apenas visible, como si intentara reacomodar entre los dedos acalambrados un objeto incómodo.

–¡Es algo que te robaste, ¿no?! –dijo con toda seguridad.

El hombre con la pistola se fue acercando al cuerpo tembloroso. Al escuchar los pasos amenazantes, el amasijo de harapos comenzó a lloriquear y su espalda se arqueó hasta que la frente tocó la tierra roja y seca.

–¡Dame acá eso! ¡Dame acá! –dijo el hombre mientras seguía apuntando con la pistola, ya a una cuarta de la nuca de aquel cuerpo tembloroso y postrado.

El puño cerrado temblaba, pero se negaba a abrirse. El hombre agarró entonces aquel amasijo apretado e inmundo y trató de abrirlo. El puño sólo se abrió cuando el hombre clavó sus uñas negras en la piel que parecía haber sido alguna vez blanca. El objeto que había estado en el puño cayó y brilló por un segundo. El llanto de la criatura en harapos se hizo más intenso pero el hombre ya no escuchaba.

–¡Eso es todo lo que estás escondiendo, pedazo de mierda! –dijo el hombre, ya más decepcionado que furioso.

El objeto que había levantado del suelo terroso era una pequeña medalla dorada. Por un lado tenía una especie de virgen, ya muy desgastada y apenas visible; por el otro, una inscripción que el hombre no era capaz de leer. Como todos los hombres que no han aprendido a descifrar la escritura, éste odiaba y temía lo escrito. Hubo un momento en el que sólo se escuchaba el gemido del cuerpo desparramado en el suelo y el lejano sonido de los cascos de los caballos de la tropa que se alejaba.

–Para esto me has hecho correr detrás de ti –dijo el hombre bajando la pistola por fin y ya sin gritar.

El gemido del cuerpo en el suelo comenzaba a disminuir, tal vez por cansancio. Ahora parecía, más que un llanto, una fuerte respiración con uno que otro largo suspiro. Los pelos enmarañados del cuerpo en harapos no dejaban ver su cara. El hombre recordó en un instante la imagen que lo había hecho romper la formación y precipitarse fuera del camino detrás de una sombra. Más allá de las ruinas de un viejo caserón que todavía humeaba había visto moverse un cuerpo pequeño. Todo lo que no era desperdicio era ganancia en una guerra como ésta, así que se lanzó a probar suerte.

–¿Dónde vives? –preguntó el hombre señalando con la pistola sin apuntar.

Como respuesta el cuerpo postrado intentó ponerse de pie. Se enredó en los trapos, ahora más entierrados que antes, y no pudo sino quedarse de rodillas. Se detuvo un momento y luego estiró la mano en la que varias capas de tierra, grasa y sangre hacían un extraño dibujo. El hombre contempló aquella mano con curiosidad primero y luego con asombro.

–¿Qué quieres? –dijo, con esa especie de furia contenida con que hablan quienes han perdido toda esperanza.

La mano se quedó allí en el aire, temblando como una hoja, con la palma ahuecada hacia arriba. Un galope largo parecía acercarse a la distancia. El hombre miró hacia el camino por donde se había ido la tropa. Casi al borde del horizonte se podía ver aún la polvareda que levantaban los jinetes y las bestias. En medio de la nube de polvo, un punto entre gris y marrón se hacía cada vez más visible. La mano volvió a agitarse en el aire.

–No estás pidiéndome que te devuelva esta pringosa medalla, ¿no? –dijo el hombre, volviendo a mirar el pequeño objeto en la palma de su mano.

Entonces de en medio de los trapos sucios y del enmarañado pelo surgió una cara. Las manos habían despejado aquel rostro que era una visión casi imposible en medio de aquella llanura seca y polvorienta. En todos los años que el hombre llevaba asaltando fincas, saqueando pueblos y enfrentando partidas de los colorados nunca había visto un ser tan extraordinario. Sus ojos eran de un verde oscuro, casi azul, que reververaba en medio de la sabana pelada. Su boca era como la de esos ángeles que el hombre había visto en las iglesias que él y su tropa se habían afanado en destruir en medio de la vorágine de la guerra. Tenía una nariz perfecta, como ninguna que él hubiera visto antes en alguna persona viva o muerta. Sólo un ser extremadamente hermoso podía lucir tan radiante debajo de toda esa mugre y esos pelos enmarañados. El hombre quedó como desarmado por un largo rato. El relincho de un caballo se escuchó en el monte. Entonces el ser que lo había estado mirando fijamente le extendió de nuevo la mano suplicante.

–No, no te la doy hasta que no me digas por qué corriste tanto sólo para salvar esta inmunda medalla. ¿Dime de dónde la sacaste? ¿Qué significan estas letras? –mientras el hombre preguntaba la cabeza de aquel ser extraordinario comenzó otra vez a decir que no, que no.

El hombre se acercó con la medalla en la palma de la mano. La lanzó un par de veces hacia arriba y volvió a recogerla. La mano que se había extendido en una súplica se cerró en un puño de rabia e impotencia. Los ojos verdes miraban la tierra roja y seca del camino. El trote de un caballo se escuchaba cada vez más cerca. El hombre miró la nube de polvo que se agrandaba, en el centro una mancha ya claramente marrón. En unos diez minutos el jinete estaría delante de él. Traería noticias de la tropa. Ya habrían decidido si acampar al atardecer o seguir huyendo en medio de la noche. La guerra estaba hecha de largas retiradas y mezquinas victorias. Perseguir o ser perseguido. El hombre sacudió la cabeza para espantar el desaliento.

–¡Estoy esperando que me respondas! –volvió a hablar en voz alta pero ya sin mucho énfasis.

El cuerpo en harapos se dejó caer de nuevo. Se escuchó un lento y largo sollozo que parecía salir del fondo mismo de la tierra. El hombre dio unos pasos hacia atrás. Miró su caballo que comía más allá, sin hacer caso del drama que sucedía a su alrededor. Intentó volver a hablar, dar una orden, pero las palabras se quedaron como presas dentro de su boca seca.

–Es lo único que me queda –dijo el ser postrado en la tierra roja.

El hombre hizo un esfuerzo por descifrar lo que había escuchado, porque era casi un murmullo en medio del llanto. Miró de nuevo la medalla en su mano. La volteó una y otra vez.

–¿Qué dice? ¿qué es lo que dicen esas letras? –preguntó.

–María de los Ángeles –dijo después de un largo silencio.

El hombre miró la medalla de nuevo como si pudiera comprobar que en efecto aquellas letras dibujaban el nombre pronunciado por el ser postrado en la tierra. El abismo que se abría ante aquel enigma era mucho mayor de lo que esperaba encontrar en medio de una retirada. La carrera del jinete que venía en camino disminuyó y el hombre, como impulsado por un vago instinto de protección, se retiró del ser harapiento.

–Que dice mi general que si usté está huido –dijo el jinete a los gritos, aún antes de llegar.

–Qué huido ni que mierda, Lagartija –respondió el hombre, caminando ya hacia su cabalgadura.

–¿Qué?... ¿nos llevamos al granujita?

–Déjalo, es bastante castigo que se quede solo en medio de la nada.

–Los colorados vienen atrás.

–Pues aún mejor, que se las arregle con los Godos –dijo el hombre montando en el caballo.

Antes de espolear a la bestia, soltó lo que tenía en la mano. El objeto brilló por un segundo al caer en la tierra roja y seca del camino. El bulto harapiento corrió hacia el brillo y levantó la medalla empolvada. Escuchó atentamente el ruido de los caballos que se alejaban al galope. Sólo cuando sintió que ya estaban lo bastante lejos, una espléndida sonrisa surgió en el rostro del ser en harapos. Le lanzó a la medalla un escupitajo pastoso, la limpió con el borde de una manga y hurgó entre sus trapos inmundos hasta encontrar una bolsa, cuidadosamente amarrada a su delgada cintura con un cordón de seda de color indefinido. Aún de rodillas sobre la tierra pelada, abrió la bolsa y examinó el botín de guerra, su tesoro. Varias medallas, un delicado anillo con una piedra roja, algunos dientes, una finísima cadena y una reluciente morocota de oro brillaban en el fondo de la bolsa.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.