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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 3 de octubre de 2008

La vida de los otros (cuento epistolar)

Londres, 15 de septiembre

Amiga,

Ya estoy aquí, parece increíble! Después de tanto sufrir con el papeleo, la burocracia, las miles de diligencias que tuve que hacer en Caracas, me parece mentira que finalmente estoy aquí! Hace un par de días que quería escribirte, pero esta semana ha sido complicadísima. Primero, tuve que llegar directo del aeropuerto con mis dos maletas a la universidad. No conozco a nadie en esta ciudad y mi único contacto era la jefa del Departamento que me había resuelto todos los problemas por email. Así que le escribí antes de venir y me dijo que la contactara al llegar. Después de un par de vueltas inútiles tratando de seguir las instrucciones, finalmente llegué al inmenso edificio que está en una calle muy céntrica paralela al río. Subí al sexto piso y ahí me senté a esperar que alguien resolviera mi problema de alojamiento, no podía pensar más! Pasé tres días en una residencia de estudiantes y en ese tiempo conseguí este apartamentico desde el que ahora te escribo. Igualito que encontrar casa en Caracas, ¿no?

Vivo en una callecita tranquila, pero en lo que cruzas la esquina estás en el mero centro de una de las zonas más transitadas de la ciudad. Te alegrará saber que estoy a sólo unas cuadras de Bloomsbury, el barrio donde vivió Virginia Woolf. Pero no todo es tan glamoroso como en los libros, querida. Para empezar, todo es oscuro, aún cuando estamos apenas saliendo del verano, el cielo es más bien gris y cada día se hace de noche más temprano. Estoy en el tercer y último piso de un edificio mínimo. Hay un flat por piso –así es como le dicen aquí a los apartamentos- así que tengo sólo dos vecinos debajo de mí. Sería impensable un lugar como éste en Caracas. Me dicen que originalmente cada uno de estos edificios que ahora están divididos en flats era una casa, con su negocio con puerta a la calle, su área social en el primer piso, sus habitaciones principales en el segundo y la zona de la servidumbre en el último. Así que, amiga, vivo literalmente ¡en el cuarto de la sirvienta!

En el segundo piso vive una pareja de muchachos jóvenes, tal vez estudiantes. Los he visto entrar y salir con sus bicicletas, sus morrales y sus impermeables. No importa qué tan cerca del verano estemos, aquí siempre puede llover, así que todo el mundo es precavido. En el primer piso parece vivir una mujer sola. Debe ser africana, porque se viste con esos trapos coloridos que nosotras sólo hemos visto en las películas y usa también trapos de colores en la cabeza estilo turbante. ¡A ti te encantaría! La he visto sólo un par de veces y la verdad es que no sé ni siquiera qué idioma habla, por eso no me he atrevido a saludarla. A los muchachos de abajo sí los he saludado. Su inglés es rápido y entrecortado y me cuesta mucho entender lo que dicen, así que me limito a sonreir y a responder a sus saludos lo mejor que puedo.

Bueno, amiga, te debía este recuento de la semana que llevo aquí, aunque te he hablado de todo menos de cómo me siento. La verdad es que es un tema que estoy evadiendo a conciencia. El lunes será mi primera reunión formal en la universidad con mi tutor. Ya te contaré cómo resultó todo.

Recibe un enorme abrazo (no sabes la falta que me hacen todos!),

Olga

***

Londres, 25 de septiembre

Amiga,

Finalmente comencé a trabajar en mi investigación. Tengo carnet de la universidad, de la biblioteca y de la British Library! Ya tengo mi rutina: Todos los días me levanto a eso de las nueve (sí, estoy de lo más floja, pero ¡considera que sigo con jet lag!), desayuno y me voy caminando a la universidad. Es una media hora a pie, si no me distraigo en alguna vitrina. En la universidad me instalo en la biblioteca de humanidades, que es la más bonita porque tiene vista al río. Si llego temprano siempre consigo una mesa frente a la ventana más grande. Cuando quiero cambiar de ambiente subo hasta la British Library. Amiga, ¡ese lugar es impresionante! A los londinenses no les gusta, dicen que parece un supermercado gigante. Claro, la biblioteca estaba antes dentro del museo británico y la sala de lectura quedaba en el centro del museo.

Comparado con eso, todo luce menos glamoroso. Pero a mí me gusta.
La biblioteca está al lado de la estación Saint Pancras, que es preciosa. Ahí me siento a tomarme un café de vez en cuando y veo entrar y salir los trenes. Veo a la gente esperar frente a las pantallas hasta que anuncian el número de plataforma que les corresponde y luego miro a todos salir corriendo a sus respectivos andenes. Parece una coreografía y se repite cada quince o veinte minutos. Puedes estar horas mirando a la gente aquí, son todos tan distintos. Aquí es que uno se da cuenta de lo parecidos que somos todos en Venezuela. Media hora observando gente entrar y salir de esta enorme estación y puedes estar segura de que has visto por lo menos una pareja de especímenes de cada rincón del mundo: asiáticos, africanos, latinos por supuesto, todos los tonos de piel y unos cuantos idiomas diferentes. Todo se reúne aquí como si éste fuera el ombligo del mundo, como decimos nosotros. Un Arca de Noé de seres humanos.

Estoy leyendo como una loca. Todo lo que se me antoja lo encuentro en las bibliotecas. Podría estar leyendo por siglos y el material no se me acabaría nunca. En algún momento tendré que ordenar mis lecturas y sentarme a escribir los primeros informes de mi investigación. Pero, por ahora, estoy bien así. Aunque debo confesarte que esta vida no es fácil. A la gente le parece de lo más interesante que uno tenga la oportunidad de vivir en el primer mundo, cuando uno no lo conoce piensa que todo debe ser diferente, que la gente es mejor, que las calles están limpias, que no hay tráfico... el paraíso pues. Te diré que desde aquí no me lo parece tanto. Las calles están más sucias de lo que uno esperaría, todo huele más bien mal y si no fuera por la lluvia que todo lo lava, no creo que uno podría caminar sin un pañuelo en la nariz. La gente es agresiva, casi violenta. La reacción natural de todo el que se sabe diferente es bajar la cabeza y hacerse notar lo menos posible.

Bueno, querida, no hay muchas novedades en realidad, pero cumplo con mi promesa de mantenerte al tanto.

Te mando un abrazo (me haces mucha falta),

Olga

***

Londres, 6 de octubre

Amiga,

Te escribo todavía bajo el impacto de una noche casi en vela. Esta madrugada ocurrió algo extraño. Yo estaba en el quinto sueño. Creo que estaba soñando con la casa de mi familia en la que nací, ¿te acuerdas? Corríamos por el patio mis hermanas y yo, mientras alguien nos perseguía. Sabes que siempre sueño con persecuciones, desde que era una niña. Bueno, estaba en eso cuando empecé a oír gritos, unos largos y complicados gritos que al principio pensé que estaban en mis sueños. Los escuchaba cada vez más claramente y recuerdo que cuando entendí que los gritos eran en inglés me emocioné, porque dicen que no dominas en realidad otro idioma hasta que no empiezas a oírlo o hablarlo en tus sueños. La verdad es que ahora me da vergüenza haber pensado eso, pero en ese momento no sabía lo que estaba pasando.

Cuando finalmente me desperté y tuve fuerzas para salirme de mi cama calientica y asomarme a la ventana, vi que quien gritaba era un tipo enfundado en un sobretodo, con un sombrero de esos que son o parecen de cuero y con guantes negros. El hombre caminaba dos pasos para allá y dos pasos para acá, gritando algo que apenas entendía. Las groserías las distinguía, claro, pero lo demás era confuso. Parecía que le estaba pidiendo cuentas a alguien. Ven aquí afuera, creo que decía, y gesticulaba agresivamente. Lo demás eran insultos. No sé cuánto tiempo estuvo el hombre gritando. Me quedé mirando un rato por la ventana. No podía creer que alguien pudiera armar semejante escándalo y que no pasara nada. Finalmente, cuando ya estaba a punto de volver a mi cama para no congelarme, se abrió la puerta de nuestro edificio y salió la mujer que vive en el primero. Estaba cubierta con una bata gruesa de un color claro que brillaba bajo la luz del poste de la esquina.

El hombre se calmó cuando la vió salir. Ella le hablaba en un tono que era imposible escuchar. Él se le fue acercando lentamente. De pronto, sin mediar ninguna palabra o gesto, le dio un golpe directo en el vientre. Yo solté un grito de espanto. El hombre la vio agacharse y sin esperar a que ella reaccionara le dio con la rodilla en la cara, durísimo, tan duro que la mujer cayó en el suelo. Toda su bata se abrió y ella hacía esfuerzos por volverse a parar en medio de las telas y el dolor. Yo empecé a abrir la ventana para tratar de hacer algo, gritar algo, no sé. Pero antes de que pudiera abrirla se comenzó a oír una sirena cada vez más cerca.

La policía se llevó al hombre y una ambulancia se llevó a la mujer. Te juro que no me he recuperado del susto todavía. No puedo evitar pensar que yo podría estar pasando por lo mismo, sola en un país que no es el mío, ¿te imaginas?

Un abrazo,

O

***

Londres, 27 de octubre

Amiga,

Disculpa que me haya tardado tanto en responder tu carta. Tienes razón en reclamarme, porque te prometí que te escribiría todas las semanas, pero ya ves que la rutina de esta ciudad me atrapó y ahora tengo cada vez menos tiempo. Tienes razón, sería más fácil que te respondiera por email, pero ya sabes que para mí no hay nada como agarrar la pluma y sentir que anoto sobre el papel mis impresiones. Es un ejercicio que me gusta y no quiero abandonarlo. Tú eres la única que acepta mis excentricidades y me tiene la paciencia suficiente, así que te toca esperar.

Te cuento que en estas semanas he avanzado bastante en mi investigación. Ya tengo algo parecido a un proyecto y tengo un plan de trabajo bien definido. No ha sido fácil ponerme de acuerdo con mi tutor, es un tipo raro, no sé cómo describírtelo. Es un tipo agresivo, creo, pero también como asustado de algo o por algo. No sé, como esa gente que está siempre en guardia y uno no entiende por qué. Tenemos reuniones cada quince días y en esas reuniones revisamos los informes de lectura que he escrito. Trabajo en inglés, así que el proceso es lento. Mi tutor se detiene en cada palabra que no le suena y al final salgo de esas sesiones aplastada de cansancio y sin entender realmente si lo que estoy escribiendo está bien o si es un desastre, porque sólo hemos trabajado con los detalles y no con las ideas generales. En fin, no te aburro más con mis dramas académicos.

En efecto, como dices en tu carta, te dejé en suspenso con el cuento de mi vecina. La verdad es que a pesar del susto de ese día, que me duró más de una semana, no he sabido gran cosa. Al día siguiente de que puse en el buzón la carta contándote todo, la mujer que atiende la venta de ensaladas de la planta baja estaba afuera conversando con los vecinos del segundo piso y me saludó al entrar. Me imaginé que hablaban de lo que había pasado, así que me detuve más de la cuenta tratando de enterarme de lo que sabían. El acento de la mujer de la tienda es cockney cerrado, lo que significa que le entiendo a medias. Pero creo que dijo que al hombre lo habían metido en la cárcel y que la mujer iba a regresar o ya había regresado.

Dos días después me la encontré en la escalera. Yo iba saliendo para la biblioteca, ella venía de la calle con la compra. Las dos nos miramos y sonreímos. Yo quería saber cómo estaba pero me daba mucha pena preguntarle. Al final fue ella la que habló. Con un fuerte acento francés me dijo que hacía mucho viento afuera y que estaba a punto de llover. Yo no supe qué responderle y sólo me salió preguntarle “are you ok?”. “I am better now” me dijo. Sonrió francamente y pude ver sus dientes blanquísimos. No supe qué más decirle así que me despedí y salí.

No la he visto desde entonces, por lo que no puedo darte más detalles, lo siento amiga, te prometo que te cuento cualquier novedad en lo que sepa algo.

Cariños,

O

***

Londres, 4 de diciembre


Amiga,

No tengo excusa, no tengo excusa. Ya sé que te tengo abandonada y no sé cómo disculparme. Al trabajo en la tesis se ha sumado una investigación extra que estoy haciendo para una colega que me pidió ayuda, y además estoy terminando de traducir un artículo, así que el tiempo no me sobra. Sabes que siempre he creído en la terapia ocupacional y en estos días de invierno y oscuridad lo único que me mantiene a flote es tener miles de cosas pendientes y llegar a la casa agotada. Así que por eso he estado apenas respondiendo a tus emails con una línea o dos y tratando de hacer tiempo para escribirte largo. Finalmente decidí escribirte desde la biblioteca. Aquí estoy, escribiéndote antes de ir a almorzar, en una de las salas más amplias de la British Library, rodeada de gente concentrada en sus libros, con un cerro de lecturas delante de mí.

Desde esta paz y este silencio lo que pasó con la vecina del primer piso parece ya lejano. La verdad es que lo que sé no es mucho. Creo que estar en una cultura diferente, hablando un idioma distinto al que uno hablaría en su estado natural, te condena a entender todo siempre a medias. Lo único que sé con certeza es que la mujer del primero ya no está. Lo demás son conjeturas. Hace un par de semanas entré a la tienda de la planta baja a comprarme una ensalada para cenar. La mujer que atiende, y que nunca he sabido si es la dueña o una empleada, me respondió el saludo como si me reconociera.

Tengo casi cuatro meses viviendo aquí y ese día, por primera vez, me miró con la confianza de una vecina. Cuando me estaba dando el vuelto me dijo, “triste historia la de la vecina del primero, ¿no?” (aunque más bien dijo algo así como, “sad story that one, eh”). “¿Qué pasó?” (“which one?”) pregunté. Dijo un par de frases convencionales refiriéndose a lo obvio que era que ella no se metía en la vida de los vecinos, pero me explicó que tratándose de una desgracia como esa no había más remedio que enterarse, por solidaridad humana, me dijo. Después de toda la perorata sobre la vida ajena se dignó a contarme que la mujer del primer piso resultó ser una refugiada política. De Uganda o Zimbabwe, no sabía muy bien en realidad de dónde, pero insistió en que era uno de esos países que viven metidos en una guerra y donde masacran a la gente cada dos por tres. Dijo esto con el típico gesto de superioridad con el que los británicos se refieren a los seres que han tenido la infortunada idea de nacer en un lugar distinto del planeta.

Parece que, como refugiada, la mujer tenía un estatus especial y su permanencia en el país dependía de que no tuviera contacto con gente considerada peligrosa, al menos eso entendí. El hombre que vino a golpearla la otra vez parece que era, en efecto, uno de esos tipos peligrosos. Al principio la policía investigó el incidente considerando que la mujer era la víctima. Pero pronto se dieron cuenta de quién era la mujer y parece que la investigación se volvió en su contra. No entendí los detalles, pero el resultado de todo el asunto es que a la mujer la deportaron de nuevo para Rhodesia o Zimbabwue y quién sabe qué vida terrible le va a tocar por allá.

Disculpa que estas noticias sean tan escuetas. De verdad quisiera tener algo más sustancioso y detallado que contarte. Pero no hay manera, la gente con la que uno se cruza por aquí es casi siempre gente que va de paso, o así se siente. Exiliados que saben que estarán en la gran ciudad sólo unos meses, unos años. Gente que no se arraiga. No lo digo por ella, sino por mí. La falta de arraigo hace que las personas nos interesen menos. Por más que he querido preocuparme por esa mujer que fue tan brutalmente golpeada delante de mis narices, ya ves, no he podido. La única razón por la que me he mantenido colgada a esta historia es porque en tus cartas y en tus emails me insistes en que te cuente qué pasó. Y no sé qué pasó. No sé si sea sensato creer la versión de la señora que vende ensaladas, porque no me supo decir de dónde había obtenido la historia, ni quién le había contado qué. Y, como sabes, sin una fuente confiable toda historia puede ser falsa.

Podemos hacer un ejercicio de imaginación y construir una versión que nos convenza. Imaginar que la mujer golpeada es una disidente de algún movimiento o de algún grupo perseguido por cualquiera de las sangrientas dictaduras africanas. En ese caso, podemos imaginar que de verdad pidió refugio en este país, o en algún otro de Europa y terminó trabajando aquí en una perdida oficina. Tal vez en alguna ONG, de esas que se ocupan de los refugiados. Podría ser una de esas mujeres que se encargan de tramitar las visas de los inmigrantes. Precisamente en su trabajo no habría tenido más remedio que conocer gente de su país, amigos y enemigos. Alguno de esos enemigos se habrá hecho pasar por conocido de algún conocido y ella le habrá entregado su confianza para finalmente descubrir que se trataba de un espía ...y todo desembocó en la terrible noche de la golpiza.

También podemos imaginar una versión menos política y suponer que la mujer venía huyendo, quién sabe desde cuándo y desde dónde, de un hombre terrible que la golpeaba, que golpeaba también a sus hijos, a los que tuvo que dejar con algún pariente. A pesar del tiempo transcurrido el hombre nunca olvidó la afrenta del abandono y la buscó hasta encontrarla. Cuando finalmente la localizó, esperó la hora y el día adecuados ...y todo desembocó en la terrible noche de la golpiza.

Todavía podemos entretenernos en una tercera versión, tal vez más truculenta pero sin duda probable. Imaginar por ejemplo que la mujer era en realidad una funcionaria del gobierno, la mano derecha de algún personaje muy importante de la dictadura. Que el gobierno estaba en peligro de caer y ella se vino a esta enorme ciudad a desaparecer entre la multitud y a ocultar sus pecados de lesa humanidad entre las sombrías calles londinenses. El hombre que la golpeó era el padre de algún niño desaparecido, el esposo de alguna mujer violada, el hermano de algún hombre torturado... la miseria humana no tiene fin y el cuento podría ser larguísimo y tristísimo.

La verdad, amiga, es que por lo general la vida de los otros no es tan interesante. Lo que la hace atractiva es el deseo que tenemos de descubrir secretos inconfesables y confirmar, por contraste, que nosotros somos mejores que los demás. ¿No te parece?

Saludos,

O

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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.