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(Un cuento al mes... o más)

miércoles, 7 de marzo de 2018

El sonido y la furia

Al entrar sintió el peso de una especie de culpa. Una culpa que arrastraba desde antes de nacer y de la que no podía desprenderse. Todo parecía estar igual en el penthouse en el que terminaron viviendo sus abuelos cuando derrumbaron la casa vieja para hacer ese edificio. Ahora su tío Francisco Evelio compartía el apartamento con lo que quedaba de su abuela Sofi, un carapacho vacío y arrugado que ya no podía hablar y no reconocía a nadie. Miró la sala de la que tantas veces había querido escapar y se preguntó si realmente era necesario estar ahí. Pensó en sus hermanos y tuvo la vaga impresión de que tal vez hacía todo esto por ellos.
Caminó hasta el fondo del pasillo y entró en el cuarto de la abuela. No quedaba de ella ni la sombra de lo que había sido, ni su porte de reina ni su talante de matrona. El cuarto mismo había sido despojado de todos los objetos en los que una vez se había asentado su poder. La inmensa peinadora, la butaca de leer, la mesita en la que revisaba papeles y ordenaba las cuentas de la casa. Todo había sido removido hasta dejar apenas la cama, demasiado grande ya. La saludó con un beso en la frente y le dijo un par de cosas inútiles. Doña Sofi levantó los ojos por un momento y se quedó mirándola con la vista perdida. Glinda luchó contra las ganas inmensas de llorar y dio media vuelta para salir justo en el momento en el que su tío Francisco se asomaba a la puerta del cuarto.
-Tengo diez minutos -le dijo en su permanente tono de hombre ocupado.
Glinda lo siguió al otro extremo del penthouse, donde el hermano mayor de Blanca tenía la habitación de enormes ventanales que llamaba su despacho. Era el mejor espacio de la casa, más que todo porque el Ávila entraba entero por las ventanas y ese verde que cambiaba de tonos a cada momento del día iluminaba las paredes con un resplandor que parecía de otro mundo. No era justo, pensó Glinda, el desperdicio de toda esa belleza.
-Necesito que firmes aquí y aquí -le dijo el tío Francisco Evelio, señalando un par de documentos extendidos sobre su escritorio.
Glinda levantó uno de los documentos y se lo llevó hasta el ventanal para leerlo con calma. Ante la evidente impaciencia del tío quiso acentuar el gesto y rodó una silla, rayando un poco el parquet, y se sentó con exagerada parsimonia.
-Tengo menos de diez minutos antes de que empiece una reunión vía skype a la que me urge asistir -le volvió a aclarar el tío.
Glinda lo miró con un gesto neutro y le recordó que él mismo le había enseñado que no podía firmar nada que no hubiera leído antes con detenimiento. Al reportar la lección aprendida, su voz había intentado producir el mismo tono engolado con el que el mayor de los hermanos Pérez Alcántara se dirigía a todo el mundo. Más de una vez, Glinda y sus hermanos se habían divertido imaginando al tío tratando de enamorar a alguna de las muchas amantes que todos decían que tenía. Martín era el que mejor lo imitaba y Ninfa y Glinda se orinaban de la risa escuchándolo decir frases supuestamente románticas en aquel tono de voz que chirriaba y cortaba el aire como un cuchillo.
Francisco Evelio salió de la habitación impulsado por la furia, pero tuvo la decencia de no tirar la puerta. Glinda terminó de leer el documento y se levantó a leer el otro que había quedado sobre la mesa. Agarró un lápiz de los muchos que había dentro de un cubo forrado de cuero y comenzó a subrayar algunas frases. Puso marcas y signos en el margen de las páginas. Hizo anotaciones y formuló preguntas. Al terminar dejó el lápiz sobre los documentos y salió al pasillo.
-¿Firmaste todo? -preguntó el tío.
-Más o menos -respondió Glinda mientras recogía su bolso.
-¿Cuándo van a venir tus hermanos a firmar?
La pregunta sonó como una orden. Glinda ya había abierto la puerta y se estaba cruzando el bolso en bandolera sobre el hombro izquierdo.
-Cuando tus abogados redacten un nuevo documento -dijo Glinda con toda calma.
Mientras esperaba el ascensor escuchaba sin inmutarse las amenazas y los gritos. El tío había entrado a buscar los documentos y había regresado con los papeles en la mano mirando horrorizado las enmiendas y las notas al margen. Se había parado en el marco de la puerta abierta y durante todo el tiempo que tardó en llegar el ascensor se había dedicado a recordarle que sin la familia ellos no eran nada. Le reclamó que se había convertido en una copia al carbón de su madre, que Blanca seguramente estaría muy orgullosa de ella, pero que si seguía así iba a terminar exactamente como había terminado Blanca. Tirada en un charco de sangre en medio de una plaza.
El ascensor se abrió y Glinda entró despacio y marcó el botón de la planta baja sin decir nada. El tío Francisco seguía insultándola y cuando la puerta del ascensor comenzó a cerrarse metió el pie y una mano para impedirlo. Hubo un corto silencio. Glinda lo miró de frente. Había venido preparada para entrar y salir sin causar demasiado escándalo y sin que todo aquel trámite la afectara más de la cuenta. Hasta ese momento había logrado mantener la calma. Pero la imagen del cuerpo maniatado de Blanca se le atravesó en el ánimo y no pudo callarse por más tiempo.
-Yo sé que fuiste tú -le dijo.
Francisco Evelio soltó la puerta y dejó que se cerrara. Lo último que Glinda pudo ver fue la expresión de su cara, en la que había una mezcla de sorpresa y odio. Se dejó caer en el rincón del ascensor cerrado que descendía los siete pisos haciendo un ruido de trenes. El recuerdo del Ávila en los ventanales la acompañó hasta abajo, donde sin saber cómo logró recoger ánimos para levantarse. Salió secándose las lágrimas. Al pisar la acera ya sabía que no iba a regresar nunca más.



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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.