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(Un cuento al mes... o más)

miércoles, 25 de marzo de 2015

Tráfico



No estaba gorda, pero había dejado de ser la joven espigada que había sido en los buenos tiempos. Me da pena reconocerlo pero fue lo primero que noté al verla salir de la zona de equipajes. Llevaba el pelo muy corto y no le quedaba mal, pero la expresión entera de su cara era dura, seca. La vi intentando mirar sobre las cabezas de los que esperaban amontonados frente a la puerta agitando los brazos en el aire. Grité su nombre y al reconocerme entre la multitud la expresión le cambió apenas. Su sonrisa era una mueca dolorosa que parecía el recuerdo remoto de otro gesto más amable. Nos abrazamos y la sentí tensa y al mismo tiempo a punto de dejarse caer. Le pedí que me dejara ayudarla a llevar la maleta y se negó con una firmeza que parecía llevarla al extremo del cansancio.
Salimos al aire caliente de Maiquetía y se detuvo un momento. Se quitó la chaqueta y luego el suéter que llevaba abajo, quedándose sólo con una delgada camisa de algodón blanco. Aún así su cara se puso roja y en el trayecto hasta mi carro el sudor le empapó la espalda y le corría por las sienes y el pecho, como si hubiera atravesado corriendo un aguacero. Al principio no hablamos más allá de las frases necesarias. Un hace calor, un siempre es así, un aquí está mi carro, un puedes poner la maleta en el asiento de atrás. Viajas con poco equipaje. No me gusta cargar mucho peso. Yo quería decirle que lo sentía tanto, quería cumplir con el ritual de darle el pésame como se debe. Pero algo en su modo de mirar al frente, de no sonreir sino solo a medias, me hacía sentir fuera de lugar.
No parecía una persona en luto, no parecía haber perdido al único familiar cercano que tenía. Sus padres habían muerto hacía tiempo, cuando ella era apenas una adolescente viviendo en un pueblo perdido del interior. Casi nunca hablaba de ellos. Su única referencia familiar era Carla. Durante todos los años que estudiamos juntas en la universidad y durante el tiempo en que nos mantuvimos en contacto después de graduarnos su hermana fue la única familia que le conocí. Sabía que tenía tíos y primos y que la había criado una tía solterona que todavía vivía en aquel pueblo al que iba a llevar a enterrar a su hermana. Tal vez la temprana pérdida de los padres la había convertido en esa mujer de piedra que me acompañaba en silencio mientras subíamos por la autopista.
Llegamos casi hasta la entrada de Catia sin caer en ninguna cola. Pero al entrar al distribuidor La Araña vimos la larga fila de carros que se extendía hasta el horizonte y nos preparamos para pasar al menos un par de horas encerradas en aquel infierno metálico. Entonces el silencio se me hizo demasiado opresivo. Sentía que podía tocar la tensión si estiraba una mano y como siempre que eso me pasa comencé a hablar sin pensar en lo que decía, sólo para empujar el silencio y sacarlo del medio.
Le dije que Carla había estado trabajando muy bien en los últimos meses, que había disfrutado mucho su primera exposición individual. Mientras hablaba me di cuenta de que había dicho primera y que debido a lo que había sucedido era también la última. Pensé en disculparme pero seguí hablando. Quería contarle mis impresiones de los últimos días, semanas o meses que había visto vivir a su hermana. Sentía que era de algún modo mi deber, porque yo era tal vez una de las personas que había estado más cerca de ella. Trabajábamos juntas. O más bien yo era el contacto de Carla en la revista. Nos comunicábamos por correo electrónico la mayoría de las veces. Yo le enviaba la pauta, ella me mandaba las fotos adjuntas. No era necesario nada más. Pero las pocas veces en que ella tenía que pasar por la redacción a dejar algo o a acompañar a uno de los reporteros en alguna pauta que implicara viaje, ella siempre venía a mi escritorio a saludar, como si cumpliera con una norma de cortesía no escrita.
Y yo trataba de estar pendiente de su vida, de preguntarle cómo iba, qué estaba haciendo y, sobre todo, qué sabía de su hermana. Era el vínculo que nos unía. Aunque yo sabía que Carla era la hermana de mi vieja amiga, cuando comenzó a trabajar en la revista ella no lo mencionó. La habían contratado como fotógrafa freelance porque su trabajo era excelente y también porque era flexible. Su vínculo familiar con Olga no había tenido ninguna relevancia. Sólo yo sabía que eran hermanas y cuando me preguntaron de dónde la conocía ya ella formaba parte del equipo estable de la redacción.
Una vez cada tanto la invitaba a almorzar. Me sentía en cierto modo responsable desde que Olga se había ido a vivir afuera. A medida que nos íbamos quedando solas, porque todos a nuestro alrededor se habían ido, se estaban yendo o estaban haciendo planes para irse, nuestros vínculos parecían estrecharse. Lo conversamos más de una vez. Primero cuando Olga nos avisó que se iba. Estábamos las tres tomándonos un café antes de entrar al cine. Carla miró a su hermana sin asombro alguno, como si estuviera viendo el modo exacto en el que una profecía largamente anunciada se hiciera realidad. Yo me quejé, insistí en que no era necesario irse, solté mi eterno discurso sobre la urgencia de seguir sosteniendo lo poco que quedaba en pie. Pero Olga había escuchado aquel discurso demasiadas veces y ya no le hacía ningún efecto.
Me dejó hablar, igual como me deja hablar ahora que insisto en contarle sobre las series de fotos que Carla estaba preparando con ánimo de montar pronto una segunda exposición. Me deja hablar aunque conoce bien de qué le estoy hablando, porque nunca dejó de comunicarse con su hermana y ella le mandaba todas las imágenes que le gustaban o que estaba pensando incluir en alguna de sus famosas series. La de los niños, la de los viejitos, la de las esquinas desoladas de la ciudad sin gente. Esas series contaban una historia. Eran como un relato de los tiempos idos, de los tiempos por venir, de las dimensiones desconocidas. Me gustaban mucho las calles vacías que había fotografiado en las últimas semanas. Y cuando íbamos a la altura de Parque Central yo estaba describiendo en detalle algunas de aquellas fotos mientras Olga miraba al frente y sonreía apenas diciendo a veces que sí con la cabeza.
Creo que fue justo en ese momento que los motorizados comenzaron a pasarnos por un lado y por el otro. No sé cuántos eran, pero parecían treinta, cincuenta motos. Todas con un pasajero atrás. A veces era una mujer, pero la mayoría eran hombres. Llevaban banderas rojas y tricolores y letreros con consignas que ya no hablaban de la muerte sino de la vida. Acababan de perder a su líder y tal vez iban camino al inmenso desfile que se había organizado para llevar el cuerpo al lugar en el que se quedaría en capilla ardiente hasta el entierro. Le conté los detalles a Olga, imaginando que tal vez no había tenido tiempo de leer la prensa con el apuro del viaje.
Olga bajó el vidrio para escuchar mejor lo que decían. Le pedí, le rogué que cerrara la ventana. Me miró como quien ve a alguien entrar en la más profunda de las locuras sin camino de regreso. Le expliqué que eran unos violentos y que cualquier cosa podía pasar. ¿Qué nos van a hacer? me dijo ¿robarnos camino al entierro? Pero subió el vidrio de todos modos cuando seguí insistiendo en que no era seguro y que ella no entendía lo rápido que un grupo así se podía poner agresivo, porque había pasado demasiado tiempo fuera del país. Me dijo que sólo quería escuchar lo que decían. No se entierra a un líder como ese todos los días, dijo. Y entonces confirmé que de verdad llevaba mucho tiempo afuera.
Los motorizados comenzaron a ocupar un canal, luego otro y después otro más. Estaban a un par de carros delante de nosotros. No los teníamos muy encima pero podíamos verlos organizarse y tomar posiciones frente a nosotros. A medida que la cola avanzaba, los motorizados que llegaban iban ocupando el espacio que se abría, de modo que no podíamos seguir hasta que ellos no se movieran. Poco a poco fueron creando una sólida barrera ruidosa. Hacían sonar los escapes de las motos y cantaban, cantaban algo que al principio no se entendía. Toda la autopista comenzó a retumbar en un solo ritmo que parecía rebotar en las torres de Parque Central y en los cerros de enfrente desde donde parecía venir un eco que respondía al grito de los motorizados.
La corneta de un carro que estaba detrás de nosotros comenzó a sonar al mismo ritmo y poco a poco se fueron uniendo otros carros con sus cornetazos. Pam, pam. Taa, taa, taaa. El clamor crecía y sonaba al mismo tiempo como un grito desgarrado y como un reclamo. Era el sonido de la desesperación y la angustia. De la orfandad prematura. En ese momento yo solo sentía miedo. Un miedo irracional que bordeaba el pánico. Lo que me mantenía en mi lugar era ver el gesto de dolor de Olga que parecía acompañar el ruido acompasado que hacía la multitud. No había muerto un hombre sino un proyecto de país, me dijo cuando juntó el ánimo para hablar.
Me he arrepentido muchas veces de lo que le dije en ese momento. La acusé de estar del lado del gobierno, con palabras que ya no me atrevo a repetir y que atribuyo al estado de pánico en el que estaba. Olga no volteó a mirarme. Pero me respondió con mucha serenidad aclarándome que ella se había ido del país no solo porque no comprendía a quienes estaban en el gobierno, sino también porque entendía muy poco a quienes estaban en la oposición. Este es un país que se niega a mirarse de frente a sí mismo, dijo, entre otras cosas que ya he olvidado.
Esperamos en silencio a que la masa de motorizados decidiera por fin avanzar. Con sus banderas y sus pancartas, sus pitos y sus consignas, muy lentamente se fueron moviendo y despejando la vía. Parecían un ejército en retirada que hacía todo el ruido posible antes de admitir la derrota. La inmensa cola avanzó detrás, centímetro a centímetro. Las cornetas se fueron callando y en un par de minutos estábamos pasando frente al Jardín Botánico. Los motorizados salieron de la autopista a la altura de los estadios de la UCV y el tráfico se alivió por un rato.
Qué se sabe del hombre que disparó, me preguntó Olga cuando regresó el silencio. Le repetí en parte lo que le había dicho por teléfono, agregando lo que habíamos logrado averiguar en las últimas horas. Era un vigilante privado que había escuchado un intercambio de disparos afuera y salió de la panadería en la que trabajaba a ver qué pasaba. Llevaba el arma de reglamento en las manos y estaba intentando cargarla cuando se le fue un tiro. El tiro le dio casi a quemarropa a Carla que iba entrando, huyendo de los hombres que disparaban afuera. Fue un accidente, dije y repetí, como lo había hecho al llamar a Londres. Un horrible accidente.
Le conté que el hombre estaba detenido, que había confesado, es decir, que había contado una y otra vez cómo había sucedido todo. Había otros testigos que también habían sido llamados a declarar. La averiguaciones apenas estaban comenzando. Le dije que Natalia estaba al tanto del caso y que se ocuparía de que la acusación progresara para que no lo dejaran libre por algún tecnicismo de esos que ahora sirven para que cualquiera termine saliéndose con la suya. No podía alegar defensa propia porque Carla no estaba armada. Al menos tendrían que encerrarlo por homicidio culposo, le dije.
Olga volteó a mirar por la ventana. Íbamos a la altura de Bello Monte, donde estaba el apartamento en el que había vivido Carla. Aunque ya lo había dicho, repetí que entraría por Las Mercedes a pasar buscando la llave del apartamento por casa de Sere. Tal vez hubiera sido más rápido salir por los estadios pero el alboroto de los motorizados me desconcentró y seguí de largo. Lo que en realidad quería decir era que no me parecía una buena idea que llegara sola al apartamento de Carla, que tal vez lo ideal sería que se quedara durmiendo en mi casa o donde Sere. Hasta Lena le podía prestar su apartamento en Santa Mónica, donde apenas iba a dormir un día sí y otro no. Lo importante era que no se quedara sola con tantos recuerdos.
Pero sin saber por qué lo que se me ocurrió comentar fue que éramos un grupo de mujeres solas. Y que Carla nos había tomado como modelo. ¿No crees que Carla hubiera sido más feliz si hubiera elegido casarse y tener hijos? Al instante sentí que había dicho algo totalmente fuera de lugar, algo que no se le dice a la hermana de una joven que acaba de morir en un absurdo accidente, de esos que sólo pueden pasar en un país armado hasta los dientes donde te pueden matar por error, de un tiro a quemarropa, en un lugar público en pleno día. Lo que quiero decir es que tal vez no sea una buena idea que te quedes en su apartamento hoy, traté de explicar. Pensé que podías quedarte con cualquiera de nosotras y luego pensé en que todas vivimos solas y una idea me llevó a la otra.
Patricia, me dijo Olga, no tienes que disculparte. Esto no es culpa de nadie. Los accidentes pasan. Siguió mirando por la ventana mientras recorríamos la Río de Janeiro, atestada de autobuses, taxis, camioneticas y peatones que cruzaban en medio de cualquier cuadra. Todo está igual, dijo un rato después. Igual de sucio y de ruidoso, le dije. Y, sin embargo, todo se ve tan diferente, continuó, como si no me hubiera escuchado. Es la luz del trópico, dije, solo para mantener la conversación. Es la furia, la tensión, la rabia y el gozo de vivir, dijo. Es algo que pierdes cuando te vas. Todo se apaga y terminas viviendo como una autómata. Funcionas, cumples con tus obligaciones, pero ya nada importa. Su voz era un lamento apagado.
Me sentí estúpida. Con qué derecho pretendía yo darle lecciones de vida a esta mujer que acababa de llegar de un largo viaje de ida y vuelta. Con qué moral le iba a pedir que no entrara de lleno en su dolor y se entregara a su luto por una noche, por una semana o por el tiempo que necesitara para pasar al otro lado del sufrimiento que le estaba causando este regreso y esta pérdida. Seguimos bordeando el Guaire hasta Bello Monte donde el tráfico se paró en seco. Escuchamos sirenas y vimos apartarse las filas de carros para dejar pasar dos patrullas de la policía, un enorme camión de bomberos, una furgoneta. Un par de cuadras más adelante vimos que sacaban un cuerpo del río.
Subimos por la Avenida Caroní buscando las colinas. El tráfico se iba aliviando a medida que dejábamos las vías principales y recorríamos los recovecos hasta llegar a la casa de Sere. La llamamos cuando estuvimos cerca y al entrar a la calle ciega en la que vivía la vimos al fondo, haciendo señas con el celular en la mano. Sere no cambia, dijo Olga, con una sonrisa triste. Las vi abrazarse y llorar. Tal vez no haya un modo de medir los grados de amistad, pero yo siempre supe que Sere y Olga eran más amigas entre sí de lo que yo era de ellas. Nunca he sabido muy bien cómo describir ese sentimiento. La intimidad es algo tan difícil de expresar. Pero cuando lo ves te das cuenta. Y ahí estaban las dos abrazadas. Lloraban a moco tendido. Y yo entendí una vez más que cuando ellas estaban juntas yo sobraba. Me despedí de ellas y bajé de las colinas a encontrarme otra vez con el tráfico de la tarde.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.