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(Un cuento al mes... o más)

sábado, 28 de febrero de 2015

El accidente

Vi llegar el taxi y pensé que el chofer se iba a bajar a preguntar una dirección como había pasado antes tantas veces. Dicen que los choferes de taxi conocen Londres como la palma de su mano. Pero yo misma he comprobado que la realidad contradice ese mito urbano. Sobre todo cuando el taxista no maneja uno de esos taxis negros que tanto le gustan a los turistas, sino un carro más bien normal, que sólo se sabe que es un taxi porque tiene un letrero arriba que se prende y se apaga.
Recién llegada a la ciudad recuerdo que me subí a un taxi y le mostré la dirección que traía anotada desde Cape Town. El taxista arrugó la cara y echó a andar el carro con una seguridad que me tranquilizó. Pero una hora después seguíamos dando vueltas y al final tuvo que pararse en una esquina a preguntar por la calle. Todo el dinero que traía en efectivo se quedó en esa única vez que me subí a un taxi. Nunca más.
Pero no. El taxista se quedó adentro, esperando. Un minuto después agarró el teléfono para mandar un mensaje de texto. Al rato bajó ella con una maleta marrón a la que se le había desprendido una rueda. El hombre le abrió desde adentro la maletera y se bajó a ayudarla. Ella le hizo un gesto de que la esperara un momento y entró apurada a despedirse de mí.
Me tengo que ir de emergencia –dijo–. Mi hermana tuvo un accidente.
Me dio la llave de su flat y me pidió por favor que le regara las plantas y le pusiera comida al gato una vez al día. Me explicó cómo limpiarle la arena. Me pidió miles de disculpas y prometió que me pagaría por las molestias. No sabía si podía estar de regreso en una semana, aunque haría todo lo posible. Le dije que no se preocupara. Le aseguré que estaría pendiente. Le repetí varias veces que no tenía que pagarme. La vi salir casi corriendo. Hacía un inmenso esfuerzo por no llorar.
Nos conocimos en la escalera. Yo llevaba seis meses aquí cuando ella se mudó al flat del piso tres. Mi flat estaba en el primer piso. Entre las dos vivía una pareja con un niño pequeño. Nos saludamos con cierto interés cada vez que nos encontrábamos, tal vez porque las dos estábamos solas o porque éramos más o menos de la misma edad o porque éramos mujeres.
Un día ella iba saliendo y me vio entrar al negocio de la planta baja. Entró detrás de mí con la excusa de comprar un paquete de papitas, pero me pareció que en realidad lo que quería era aprovechar para cruzar un par de frases conmigo. Tenía esa ansiedad por conocer gente que tiene toda la gente que llega a esta ciudad desde otra parte. Es como un impulso natural que se pierde muy despacio, cuando nos desencantamos y comprendemos que este no es el mejor lugar para hacer amigos, que el modo natural de estar aquí es aceptar el aislamiento y la soledad.
Pero en ese momento ninguna de las dos había aprendido la dura lección del encierro y estábamos dispuestas a desafiar la ley de la soledad obligada. Adoptó la costumbre de entrar todas las mañanas a comprar algo, aunque solo fuera un café con leche. Lo pedía así, sin usar las palabras que estaban de moda como latte o capuchino. Un café con leche, me decía al principio. Después ya no tenía que pedirlo porque yo sabía que eso era lo primero que iba a decir al entrar.
Entre un café y otro hablamos primero del clima, después de las matas y los gatos. El suyo era un hermoso gato persa que dormía sobre su cama todo el día. Se lo había traído de su país después de una peripecia complicadísima que incluyó una estadía en Francia para evitar que lo obligaran a estar en cuarentena al llegar aquí. El mío era un gatico amarillo y callejero que había llegado un día a pedir comida y se había ido quedando. Cuando a su gato le dio diabetes y se quedó ciego comenzamos a conversar en las tardes, a la hora en la que yo estaba cerrando.
Se volvió una costumbre que ella me ayudara a cerrar y luego subiera a la casa a tomarse un te conmigo. Otras veces subíamos a su flat, pero algunos días el esfuerzo de subir aquellos tres pisos era demasiado para mis piernas cansadas de estar ocho horas de pie. Un domingo me enseñó a hacer arepas. Las había probado una semana antes, cuando ella se apareció con una cesta de mimbre cubierta por un pañito de cocina, que tenía adentro aquellas tortas de harina de maíz que olían a infancia. Estaban rellenas de mantequilla y queso y me supieron a gloria.
Cuando quieras te enseño a prepararlas –me había dicho ese día.
Y yo le tomé la palabra y el siguiente fin de semana le pedí que me mostrara cómo se hacían. Después quedamos en ir al mercado en Brixton en el que ella compraba la harina de maíz que venía directamente de Colombia. El sitio era un restaurant colombiano en el que el plato más conocido y popular era lo que llamaban una bandeja paisa. Aprendí a pronunciar el nombre después de varios intentos y la siguiente vez que fuimos yo misma pedí mi bandeja paisa, sin cochino, por favor.
Ella quería aprender francés y yo quería aprender español, así que hicimos un intercambio y dos tardes a la semana yo le enseñaba y ella me enseñaba a mí otras dos tardes. Así fuimos enterándonos poco a poco de la vida de la otra. Éramos tan distintas y al mismo tiempo nos parecíamos tanto. Yo había tenido ocho hermanos, cinco varones y tres hembras. Ella tenía sólo una hermana menor. Todos mis hermanos varones habían muerto y sólo me quedaba una hermana viva que se había quedado a vivir en Francia.
Escuchaba mi historia con una avidez y una angustia que a veces me daba un poco de pena. Mi inglés no era tan bueno como el suyo y a veces me quedaba pegada en una frase que intentaba terminar y no podía. Entonces ella me ayudaba, me ofrecía alternativas, me hacía preguntas, hasta que yo lograba terminar de decir lo que quería. Yo la escuchaba a ella en silencio. Cuando comenzaba a contar algo hablaba sin parar y no necesitaba que le hicieran preguntas o la ayudaran con palabras extrañas. Su vocabulario era extenso y a veces hasta algo solemne. Usaba palabras como obvio, sin embargo, ciertamente. Esas palabras que se leen en los libros.
Estaba claro que había aprendido inglés en un ambiente académico y se seguía comunicando en la vida real como si estuviera en un salón de clases. No tenía la soltura de la calle para hablar de nada. Cuando trataba de ser informal le salía un inglés americano, aprendido en las series de televisión, que a todo el mundo le sonaba de lo más extraño. Decía Hi, en vez de Hello, y nunca podía decir water como es debido. Al principio se quejaba del modo como la gente la miraba o del modo como nadie la miraba, lo que hacía que se sintiera invisible.
Pero en un par de años ya se notaba que se estaba adaptando y cada vez se sentía más a gusto en la ciudad. Sobre todo en primavera y en verano. En otoño comenzaba a apagarse y en invierno se volvía una sombra. Fue justo en otoño que le llegó la noticia del accidente de su hermana y fue como si todo el invierno le cayera encima en un solo día. Me llamó el lunes siguiente para saber cómo iba todo. Le describí con detalles cómo se estaba portando el gato y lo mucho que había comido, las veces que le había limpiado la arena cada día, la única vez que me dejó pasarle la mano por el lomo encorvado. Sabía que esos detalles la tranquilizarían.
Había incorporado sin dificultad en mi rutina subir a su piso dos veces al día. En la mañana salía diez minutos antes y en vez de abrir la puerta de la calle subía despacio, muy despacio al principio, y abría la puerta despacio, hablando casi en un susurro para que el gato no se asustara. Le iba contando lo que hacía mientras él me miraba con sus ojos ciegos desde la cama y seguía mis movimientos con las orejas alertas y olisqueando el aire. Le limpiaba la arena, le cambiaba el agua y le agregaba una cucharada de comida en el plato, mezclándola con la que quedaba de la noche anterior.
En la tarde, después de cerrar, subía directo al tercer piso, como si viviera allá arriba en vez de ahí mismo junto a la puerta, y repetía de nuevo toda la rutina de la mañana. Pasaron varios días antes de que el gato se acostumbrara a mí. El miércoles me esperó en el pasillo, frente a la puerta, y me maulló por primera vez, dándome la bienvenida. Cuando le conté que su gato ya no la extrañaba nos reímos las dos con una inmensa tristeza. Ella había llamado el jueves para decir que esa mañana iba a enterrar a su hermana. Yo sabía que no había ninguna palabra, en ningún idioma, que pudiera consolarla.
El sábado llamó para avisar que regresaba el lunes. Como siempre, me pidió detalles de lo que había pasado en los últimos días. Después del reporte obligado de cada movimiento de su gato, le conté cómo había estado el clima, qué clientes habituales habían dejado de venir y qué novedades había en la calle. Le describí el afiche que habían puesto en la puerta unos vecinos que estaban organizando un evento de caridad para recoger fondos por las víctimas de un huracán que había destruido una isla en el Pacífico. Le conté que había visto pasar un carro fúnebre con dos caballos negros con penachos de plumas en la frente.
Nos quedamos un rato en silencio y pensé que ella iba a despedirse cuando le oí decir que la habían matado. La mataron, no fue un accidente, dijo. No supe qué preguntarle ni cómo reaccionar. A todos mis hermanos los habían matado, pero nadie nunca había llamado accidente a aquellas muertes violentas e inútiles. Todos sabíamos que hablábamos de asesinatos cuando alguien joven y sano moría en aquellos días de crueldades infinitas. Cuando nos avisaban, nos ahorraban los detalles más siniestros. Era una bendición recibir la noticia de que había sido una sola bala certera. Cualquier otro dato era demasiado doloroso para ser relevante.
La mató un vigilante privado, dijo al fin, sin que yo le pidiera explicaciones. Parece que el hombre se confundió, que no supo qué hacer con el arma, que se le disparó mientras terminaba de cargarla. En realidad no se sabe qué pasó, dijo ya casi en un susurro. Es mejor no saber, le dije de todo corazón, recordando a los míos. Nada ni nadie va a devolvértela viva, dije. Ella respondió que claro, que no, que para qué saber. Y luego se despidió encargándome que le diera un cariño apretado a su gato. Sentí que me mandaba un abrazo y que volvía a pedirme otra vez miles de disculpas.
El lunes en la mañana subí a su apartamento y conversé largo con el gato que ronroneaba y daba vueltas alrededor de mis piernas mientras le servía la comida. Le dije que desde esa tarde ya iba a volver a estar acompañado, que no iba a estar más tiempo solito, que todo iba a volver a ser como antes. Me dio mucho dolor dejarlo en el pasillo, frente a la puerta que yo estaba cerrando, como si se preguntara qué había hecho mal.
Llegó arrastrando una maleta nueva, anaranjada y con sus dos ruedas en perfecto estado. La sonrisa con la que me saludó no tenía un solo rastro de alegría. Nos dimos un abrazo. El primero y el único. Le devolví su llave y antes de subir ella me prometió bajar a tomarse conmigo un té y a ayudarme a cerrar. Pero esa tarde cerré el local yo sola y cuando entré al edificio estuve a punto de subir al tercer piso por pura costumbre.
Al día siguiente me explicó que se había quedado dormida hasta la mañana. Me contó que su gato la había despertado empujándole las piernas con las dos patas y ronroneando hasta que no le quedó más remedio que levantarse. Se fue después de tomarse el café con leche, prometiendo que esa tarde sí vendría a cerrar conmigo. Y así fue. Una tarde tras otra conversamos sobre todo lo que había pasado. Sobre lo que iba a pasar. Sobre el modo en que finalmente todo terminó. Sobre toda aquella violencia implacable que la había alcanzado a pesar de tanta distancia. 
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.