Cuando vienen y se quieren quedar conmigo, escribo cuentos y los dejo aquí.

viernes, 28 de febrero de 2014

Hombre con bandera

A Pedro Varguillas y a todos los estudiantes venezolanos



Levantó la bandera todo lo que pudo. La dejó ondear en el aire de la tarde. Algunos turistas se pararon a mirarlo. Uno que otro tomó fotos. ¿Qué hacía ese hombre con una bandera en el medio de aquella plaza alfombrada con la escarcha sucia de febrero? Su cara mostraba indiferencia por el mundo que lo rodeaba. Se veía que estaba soñando con un paisaje y un horizonte que sus ojos no podían alcanzar. Miraba más allá, tal vez recordando una tierra distante. La bandera tenía tres colores y por un momento pensé en la bandera de mi propio país, también lejano, donde mucha gente caminaba por la calle en ese mismo momento mostrando en alto el tricolor cruzado de estrellas. Pero los colores no coincidían.

Sólo el rojo. Un rojo que, según me enseñaron en la escuela, representa la sangre derramada por los que lucharon en antiguas guerras. Me pregunté si el rojo de la bandera que enarbolaba aquel hombre que pasaba frío en el parque representaba también la sangre de otros muertos en otras remotas batallas. Bajé del autobús en la siguiente parada y regresé hacia el parque donde estaban el hombre y su bandera. Mientras andaba las tres cuadras que me separaban de su mudo acto de resistencia, quise imaginar el momento en que aquel hombre había tomado la decisión de salir a la calle a protestar en un país que no era el suyo, por una causa que nadie a su alrededor podía comprender.

Se habría levantado esa mañana sin sol con una sensación de urgencia. O tal vez habría pasado la noche en vela, porque allá lejos los suyos estaban en pie de guerra y mandaban mensajes urgentes por todas las redes. Se habría mirado en el espejo y se habría preguntado en voz alta ¿y tú? ¿tú qué vas a hacer? Un gesto de vergüenza se le dibujó en la cara justo antes de la fiera determinación que vino después. La certeza de que no era necesario quedarse con la furia adentro. Revolvió los trastos viejos del armario de atrás o tal vez los baúles que había olvidado en el ático. Sabía que entre las cosas que se había traído cuando salió de su tierra para siempre estaba aquel trapo, que plegado y escondido entre otras telas significaba bien poco, pero suelto al viento era como un grito, una oración o un canto.

Se vistió con muchas capas de distintos materiales. Juntó la gorra y los guantes, la bufanda más gruesa y la chaqueta forrada de piel de ovejas. Sabía que iba a soportar un frío de horas, un viento sordo, la sed y el hambre. Se calzó las botas más calientes. No volvió a mirarse en el espejo porque no quería hacerse más preguntas. El frío de afuera le mostró en segundos lo duro que iba a ser seguir andando, perseverar, enfrentar las dudas. Decidió caminar en vez de esperar en la parada. Eran diez cuadras largas, pero el camino era verde, sólo tenía que dejarse llevar por los senderos de tres parques que se conectaban entre sí a través de pasos de peatones siempre llenos de gente.

Esquivó a los ciclistas y a las madres que escoltaban niños en patineta. Miró a lo lejos la Silla de Arturo y recordó su primer ascenso a la montaña desde donde se ve la ciudad entera, el mar todo, los puentes del estuario del río Forth, la niebla en el horizonte. Recordó la sensación de triunfo, el ánimo acelerado del que llega a la cumbre, el deseo de seguir andando cada vez más arriba sin tener otra cuesta que subir. Sólo el cielo abierto y el mundo abajo. Tal vez fue en ese momento que decidió desplegar la bandera. La sacó del morral y la agarró por las puntas. Subió los brazos y la vio volar por encima de su cabeza. Tres colores. Tres gritos al viento. Uno de ellos rojo como la sangre derramada.

Al llegar a la plaza que había elegido se paró firme, con las piernas un poco abiertas, y dejó que el viento hiciera todo el trabajo sin importar que al mismo tiempo le helara los huesos. Así lo vi desde la ventana del autobús. En esa misma posición lo encontré cuando llegué a la plaza después de caminar tres cuadras desde la parada. Me paré frente a él del otro lado de la acera. Apreté el bolso que llevaba en bandolera como si necesitara aferrarme a algo sólido. Esperé que cambiara la luz y crucé la calle con paso decidido.

Sólo el rojo era igual. Pero las dos banderas tricolores movidas por el viento parecían conversar entre sí o tal vez cantar en distintos tonos una misma melodía.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.