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(Un cuento al mes... o más)

martes, 26 de enero de 2010

La niña Inés

Mi única diversión cuando estaba encerrada en el cuarto de la casa vieja era mirar por la ventana y esperar a que alguien se acercara lo suficiente. Cuando una cabeza desprevenida aparecía a mano, yo vaciaba sobre ella mi bacinilla y cantaba y reía de felicidad. No sé qué edad tengo, pero los vecinos, en la época en la que podía verlos, me decían ‘niña’. Y hasta donde entiendo sólo se le dice así a las mujeres que han pasado de largo por la edad de casarse y tener hijos. Antes las mujeres se casaban mucho más jóvenes, ahora se casan alrededor de los veinte. ¿Llegará un tiempo en que la edad para casarse sean los treinta? Pero ese tiempo no me va a tocar a mí, que ya soy ‘la niña Inés’. Cuando era niña de verdad me llamaban Inesita y a mí me parecía un nombre de animal, de gata en celo, no me parecía un nombre de gente. Teníamos un patio enorme donde jugábamos sin hacer ruido en las largas tardes en que papá y mamá dormían la siesta. Eso era en la casa vieja. Esta es una casa nueva, que no tiene patio y que apenas conozco. Aquí no hay bacinillas ni ventanas.

En la casa vieja había un pozo en el patio de atrás y una fuente en el patio de adelante. El patio de atrás estaba siempre lleno de pájaros que anidaban en el inmenso samán del fondo y se bañaban en la fuente cuando hacía calor. Se esponjaban y se acicalaban por horas y yo los miraba sorprendida de que unos animales tan pequeñitos pudieran saber tanto. Sabían cómo hacer sus nidos, dónde encontrar agua y alimento, cuándo quedarse quietos o volar apurados para escapar del peligro. Sabían si lo que caía al piso cuando la cocinera sacudía el mantel eran migas de pan que se podían comer o restos de papeles que eran incomibles. Sabían mucho más de lo que yo sabía cuando era una niña y era mucho más grande que todos ellos juntos. Pero me tocó ir creciendo y me tocó aprender, a pesar de todo.

Mamá decía que una niña tenía que ser educada y pasó mucho tiempo antes de que entendiera qué era exactamente lo que eso significaba. A veces era saber usar bien los cubiertos, con todas esas reglas de con qué mano se agarra el cuchillo y con qué mano el tenedor, dónde van las copas y cómo hay que colocar la servilleta distraídamente sobre la mesa al terminar de comer. A veces era sentarse sin cruzar las piernas con las rodillas juntas y la espalda recta, sin tocar el respaldo de la silla. A veces era un modo de bajar la voz o de callarse. ¡Las niñas educadas no responden! insistía mamá. Y yo le preguntaba por qué las niñas educadas tenían que ser mudas, pero ella era una señora educada y no respondía a mis preguntas necias. Qué hubiera pensado mamá si todavía viviera. Cuántos cambios en tan poco tiempo. Qué diría de los vestidos que usan ahora hasta las niñas de sociedad. Yo las veo en las revistas que Mercedes me deja leer de vez en cuando. Mi mamá diría que están todas desnudas. Pero en las fotos todos parecen felices siempre.

Las fotos del matrimonio de mis hermanas también las vi. Todavía no me habían traído aquí, sólo pasaba el día en mi cuarto, en la casa vieja, siempre atendida por una jovencita delgada con uniforme de enfermera que se llamaba Ana. Pero no era enfermera. En días de aburrimiento me contaba que la habían ido a buscar a Achaguas, donde vivía con otros once niñitos, hijos de la misma madre y distintos padres. Ella había aceptado venirse a la capital por no tener que seguir durmiendo en la misma cama con sus hermanos, que la manoseaban y querían hacer con ella lo que el cura del pueblo había dicho que era pecado, de pensamiento, palabra o comisión. Cada vez que me contaba esa historia decía comisión y yo no la corregía, me parecía lo único divertido de aquella historia tan triste. En el tiempo en el que Ana me cuidaba en mi propio cuarto no era tan difícil estar encerrada. Tenía todas mis cosas, mi ropa, mis cremas, mis perfumes, mis cepillos, mis ganchos de pelo. Podíamos estar horas sólo haciéndome peinados. Y tenía además mis libros. Cuando terminaba de vestirme y acicalarme en la mañana, con la ayuda de Ana, ya era casi la hora del almuerzo. Yo le leía a ella los novelones románticos que había heredado de mi abuela y que me dejaban leer y releer porque nadie pensaba que me hacían daño.

Fue en esa época que mis hermanas se fueron casando, una a una, con sus grandes vestidos blancos, abombados y tiesos. Una a una fueron llegando las fotos de las fiestas a las que no me permitieron ir. Te puedes poner muy nerviosa, decían, y eso no es bueno para tu salud. Tienes que descansar. Nunca he entendido de qué tengo que descansar. No me canso de nada en todo el día. Ni siquiera camino cuatro pasos y ya me doy contra una pared. Tal vez deba descansar de mí, de mi propia memoria que es lo único que me cansa y me tortura. Tal vez no sea por cuidarme que me han encerrado, sino para que no moleste a nadie con el recuerdo de lo que pasó. A veces parece que yo soy la única que recuerda. En las tardes en las que Ana me cuidaba me dejaban salir al corredor del patio de atrás, cuando todos estaban durmiendo la siesta, con la condición de que no hiciera ruido, que no hablara con las sirvientas, que no rodara los muebles de un lado a otro, que no jugara con el perro a las carreras, que no le cantara a las matas o las regara con largos chorros de agua, que no le echara a nadie encima la bacinilla llena de orines de la noche anterior. Yo aceptaba todas las condiciones que se iban acumulando, porque era el único momento del día en que podía ver el cielo, escuchar a los pájaros como cuando era de verdad una niña y respirar el aire de la tarde, perfumado y tibio.

Aquí ni siquiera hay condiciones. No hay ninguna penitencia que pueda ofrecer para que me dejen salir de este cuarto en el que sólo hay una cama, una silla y una mesa. Sólo me dejan leer el nuevo testamento y no hay ningún otro libro. Ana hace siglos que no me cuida y todas mis cosas han ido desapareciendo poco a poco. Cuando me trajeron, me dijeron que papá había decidido hace tiempo vender la casa y que ahora que mamá ya no estaba no tenía sentido que él se quedara ahí viviendo solo. Yo insistí en que me dejaran ir a vivir con él, a pesar de todo lo que pasó, aunque nadie quiera que lo recuerde. Pero me dijeron que papá no podía cuidarme, que él necesitaba que lo cuidaran. ¿De qué? ¿de qué necesita que lo cuiden? De sus propios remordimientos.

Yo tenía doce años. Todas mis hermanas eran mayores que yo y ninguna quería nunca acompañarme, ni jugar conmigo, porque decían que yo era muy fastidiosa y que siempre terminaba llorando. Era verdad. Hasta después de vieja siempre termino llorando. A los doce años todavía lloraba si alguna de mis hermanas se burlaba de mí porque yo estaba jugando en el patio a hacer arepas de tierra como si fuera una niñita pequeña. Pero ese día no lloré. Estaba sola debajo del samán del patio, medio escondida en la sombra para que no me pegara el calor de las tres de la tarde. Los escuché entrar, tan claro como escucho ahora el ruido del camión que recoge la basura. Todos los martes pasa el camión de la basura. El ruido del motor se instala bajo la ventana de mi cuarto durante un largo rato que ya no sé medir. Quince minutos, media hora. Hace años me quitaron los relojes y los almanaques. El último año nuevo que me dejaron celebrar fue en 1954. El médico dijo que mi obsesión por el tiempo podía producirme una crisis nerviosa y que era mejor que me dejara guiar por las rutinas diarias en lugar de las horas y las fechas. Desde entonces el tiempo se divide entre el desayuno, el almuerzo y la cena. Alguien trae la bandeja con la comida y alguien se la lleva un rato después. Ese entrar y salir de gente divide el día en partes casi iguales. He dejado de distinguir sus nombres y sus caras.

Antes, cuando me sacaron de la casa vieja y me encerraron en este lugar vacío y helado, yo trataba de hablar con todas las mujeres que entraban y salían de mi cuarto. Las que limpiaban, las que traían la comida, las que se la llevaban casi intacta al principio. Trataba de conocer sus vidas, acordarme de sus nombres, contarles de mí. Pero al final dejé de hacerlo. Ellas no tenían tiempo para escucharme y cambiaban tanto que terminaba agotaba por el esfuerzo de intentar distinguir quién era quién. Terminé memorizando sólo el nombre de la enfermera, que ha sido siempre la misma y que me ha visto terminar de envejecer como yo la he visto a ella ponerse vieja. Se llama Mercedes y tiene un rostro duro, pulido y seco, como una talla de madera. Pero cuando se ríe su cara se transforma y uno no puede evitar reírse con ella, aunque no haya más tristeza en el mundo que la que hay dentro de estas cuatro paredes.

Mercedes se sienta a veces a contarme historias de su vida, de sus hijos y su marido, que se fue hace años dejándola sola con cuatro bocas que alimentar, como ella dice sin un asomo de furia. Con los años, los cuentos de Mercedes se han convertido en la única distracción de mi inútil existencia. A veces, cuando sé que nadie escucha, yo también le cuento algunas de las cosas que recuerdo. Pero si comienzo a contarle de aquel día, ella se persigna y me agarra las manos y me dice que estoy confundida, que seguro estoy mezclando cosas que pasaron con cosas que me imaginé, que me contaron, que nunca fueron así. Al principio le insistía, pero ya no. Ahora le cuento de los pájaros en el patio de la fuente, de los vestidos y los perfumes que me dejaban usar en la casa vieja, le cuento de Ana y de la cama en la que dormía con todos sus hermanos. Y cuando el recuerdo de aquel día se me viene encima me callo y le pregunto por sus nietos.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.