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(Un cuento al mes... o más)

viernes, 30 de octubre de 2015

Umbral



Me llamo Olga Espinal, dijo extendiéndome una mano firme. Tú debes ser Lena, agregó sin preguntar. Yo la había visto venir desde la esquina con un paso decidido y al mismo tiempo receloso. Tenía ese andar de los que se obligan a enfrentar el mundo, pase lo que pase. Aunque sólo usaba unos pantalones color caqui y una camisa de algodón blanco, se notaba a leguas que ya no pertenecía.
Llevaba el pelo recogido en una cola baja desde la que su pelo se desparramaba bajándole por la espalda en un reguero de bucles negros. Una línea de canas partía del centro de la frente y marcaba un camino plateado de punta a punta que era lo único cierto en aquella maraña de rizos. De lejos parecía más alta porque se notaba que había aprendido a andar erguida y que sabía sacarle provecho a los breves tacones que usaba con soltura. Pero al verla de frente me di cuenta de que era más bajita que yo.
Cuando le indiqué que pasara adelante dudó y se paró en el umbral a dejarme pasar. Era como si, en lugar de amabilidad y buenas maneras, necesitara a alguien que le dijera por dónde andar y qué hacer sin ninguna pérdida de tiempo. Estaba claro que había venido a cumplir con un trámite y que quería hacerlo lo más pronto posible. Le ofrecí agua y café. Dijo que no, que gracias, que no le entraba nada en el estómago desde el día anterior. Recordé que Patricia me había contado que la había buscado en el aeropuerto y que había sido un trayecto tenso. Unos motorizados las habían rodeado en la cola de la autopista.
No debe ser fácil volver después de tanto tiempo —dije para acortar el silencio mientras atravesábamos pasillos y puertas y oscuras escaleras.
No respondió. Se sentó en la silla que le indiqué. Sacó del bolso un abanico blanco y comenzó a echarse aire respirando hondo. Los calorones, me dijo, la menopausia. Entré en la sala y revisé que hubieran hecho todo como lo había indicado. Desde temprano en la mañana había supervisado yo misma que ese espacio estuviera listo para recibirla. Era una amiga de toda la vida de Patricia y de Sere y era lo menos que podía hacer. Mientras daba órdenes a los dos asistentes y movía muebles y cambiaba sábanas reconocí, una vez más, que hasta para mostrar los muertos teníamos distintos escenarios. Acomodábamos un espacio casi íntimo para los nuestros. A los otros los dejábamos ver tal como estaban. Sin ninguna ceremonia.
Me acordé de aquella mujer que vino un día a reconocer a su hijo mayor y en el mismo momento se encontró entre los caídos del fin de semana al menor. Todavía me resuenan en los oídos sus gritos de impotencia. La hicimos entrar en una sala en la que estaban todos juntos. Nadie se había tomado la molestia de cubrirle la cara a los demás. Creíamos que sólo importaba el cuerpo que venía a reconocer y que, en medio de su dolor, no se fijaría en los otros cadáveres que esperaban también a sus familiares. Nos equivocamos tanto que ya apenas nos damos cuenta. Y la culpa se nos amontona en la memoria como los cuerpos amoratados que desalojamos cada tanto para dar paso a los que van llegando.
Le pregunté si estaba lista y dijo que sí con la cabeza mientras se levantaba de la silla. Esta vez yo me quedé en la puerta y le di paso. Entró sin apartar la vista de la camilla cubierta con una sábana verde. Se paró a un lado con las manos cerradas en puño apretando el bolso de lona que le cruzaba el cuerpo y le servía de escudo. Tenía una mueca tensa en la cara. Era un gesto que yo había visto muchas veces. Me sorprendía siempre preguntándome si había en aquel gesto un último ruego, una esperanza. Que no sea él. Que no sea ella. Hasta el último minuto todos esperan que no sea verdad.
Le volví a preguntar si estaba lista. Esta vez dijo que sí con una voz gruesa y seca, atragantada. Levanté la sábana y la doblé a la altura del cuello, cuidando de que no quedara a la vista la incisión de la autopsia. La oí respirar hondo y vi cómo su cara se fue transformando. La esperanza que tenía de encontrarse con alguien desconocido seguía allí al mismo tiempo que se iba trasmutando en otra cosa. Una revelación. El anuncio contundente de una verdad irremediable. Y después el dolor. Un dolor neto.
No sé por qué comencé a hablarle de las heridas. Me escuché decir que había sido la cercanía del disparo y la trayectoria y el punto exacto en el que habían impactado los perdigones lo que le había causado la muerte. Cuando entré por la ancha avenida de ese discurso forense que convierte a la muerte en un procedimiento ya no pude parar. Mi voz sonaba como un manual de instrucciones. Seca, inhóspita. Iba sola, por su cuenta, y yo no tenía ningún control sobre su impulso de seguir adelante explicando el horror como quien describe un mecanismo de relojería. Dije que sólo habían pasado unos pocos segundos antes de que perdiera la conciencia. Que tal vez no había sentido dolor alguno.
Fue su cuerpo golpeando contra el piso helado lo que me hizo callar. Se había derrumbado en un segundo. No tuve ni tiempo de impedir que se golpeara el codo, el hombro, el pómulo izquierdo. Pedí ayuda y la sacamos a la salita de espera. La revivimos con un poco de vinagre y le dimos agua con azúcar. Es ella, me dijo, como si eso fuera lo único que le quedara claro. Patricia ya había venido a reconocerla y todo aquel trámite era innecesario. Ella lo sabía y aún así ahí estaba. Hace mucho tiempo aprendí que no hay manera de evitarle el dolor a los que pierden a alguien. Sólo se puede aceptar la muerte mirándola de frente. De otra manera resulta inverosímil.
Me senté a su lado y le expliqué los trámites pendientes. Eran frases que me permitían sentirme a salvo. Las había repetido muchas veces y acumulaba varias versiones, previendo las particularidades de cada caso. Esta vez se trataba de un cuerpo que iban a llevarse al interior, así que recité los detalles del procedimiento. Ella me escuchaba mirando el piso o la punta de sus botas gastadas. De pronto me interrumpió y comenzó a hablar como si oyera el dictado de otra voz que le llegara desde el hueco oscuro en el que había caído.
No quiero saber, me dijo. No quiero saber cómo fue ni cuánto sufrió ni si hubo minutos o segundos entre el disparo y la pérdida total de conciencia. Ese es un saber con el que no quiero tener ningún trato, me dijo. Prefiero la ignorancia. Guárdese los detalles para los informes, las planillas, los expedientes y devuélvame el cuerpo de mi hermana lo más rápido posible. Eso es todo lo que he venido a hacer aquí. He venido a sacarla de este infierno y a llevármela conmigo, para enterrarla al lado de sus padres y sus abuelos. Lejos.
El bolso de lona esperaba aplastado en la otra silla. Cuando terminó de hablar se paró como dando por terminado el encuentro y preguntó qué tenía que firmar. Era la misma y sin embargo se había transformado en otra. Había cruzado ya al otro lado y estaba entrando en ese lugar en el que se aprende a vivir mutilado, incompleto. El dolor de la pérdida no la abandonaría nunca más. Eso también lo había visto ya tantas veces. No la compadecí. Más bien la admiré por haber logrado dar el salto tan pronto. Muchas se quedan para siempre en el umbral sin cruzarlo nunca.
La acompañé a la salida y le ofrecí comprarle un café en el quiosco de la esquina. No sé si aceptó para evitar parecer demasiado ruda o si lo hizo porque de verdad necesitaba tomarse algo que la sacudiera un poco. El café de la señora Cristina era cerrero y dulcísimo. Al probarlo Olga hizo un gesto de empalago que intentó disimular. Pero doña Cristina lo agarró en el aire y le preguntó si quería un chorrito de leche. Ella negó con la cabeza y trató de sonreir. No estoy acostumbrada al café con azúcar, dijo con toda la amabilidad que pudo juntar. Es papelón, mi amor, le respondió orgullosa la dueña del quiosco.
Escuchamos por un rato la enrevesada explicación sobre las bondades del papelón y aprovechamos la llegada de otros clientes para irnos apartando lentamente de aquel sermón que parecía eterno. Sere ya resolvió todo lo de la funeraria y el traslado, le dije a modo de despedida. No te preocupes, le insistí. Le repetí los plazos y los tiempos porque no estaba segura de que me hubiera escuchado. Me pareció que no sabía qué hacer ni para dónde ir y le ofrecí acompañarla hasta la parada de taxis que estaba dos cuadras más abajo.
Me dijo que no hacía falta, que conocía bien la zona y que quería caminar un poco. Intenté convencerla de que no era una buena idea. Le dije que Caracas ya no era un lugar seguro a ninguna hora del día. Sin saber por qué comencé a contarle de un atraco que había sucedido un par de días atrás y que había terminado en una tranca horrorosa que duró toda la tarde. Me miró con una honda desesperación y me preguntó con todo el cuerpo ¿qué más me puede pasar?
La vi bajar la cuesta con paso firme. La ropa, el bolso, los zapatos y hasta el modo como llevaba amarrado el cabello en la nuca la hacían ver como alguien de otra parte. Tuve el impulso de correr calle abajo para acompañarla. Pero me quedé parada viendo cómo se alejaba hasta que la curva de la calle la hizo desaparecer. Seguí escuchando sus tacones  incluso en medio del estruendo de un autobús que subía en primera escupiendo humo y apagando todos los demás ruidos de la tarde.
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Soy escritora y traductora. Venezolana de origen. Británica por adopción. Vivo en Edimburgo. Leo y escribo.